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Capítulo VIII
EL HOMBRE Y... EL MITO

(Cómo se hace un departamento. López Presidente. La misión en Panamá y la soledad de la misión. Dina Luz. Muere Jaime. En las nieves de Estocolmo. "El Viejo Pedro"...)

 

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Uno de sus hobbies, que sigue practicando hasta en su apartamento de Bogotá: fabricar caucheras.


Mediaba diciembre 1965 y al medio día de un jueves de brisas frescas se presentaron Crispín Villazón y Clemente Quintero a la casa de Hernandito Molina a comunicarle que "en el avión de ahora, dentro de un ratico, llegan amigos de Bogotá que andan por todo el país en el asunto de la campaña de Lleras". Crispín y Clemente que ya se iban para el aeropuerto querían que Hernando Molina preparara almuerzo para unas ocho personas "que son los que vienen". Y salieron. No habían ellos alcanzado a llegar al aeropuerto cuando el carro de Yayo Ustáriz se detenía en la puerta de la casa y de él se bajaron cinco tipos rolos, colorados y con las mangas de las camisas enrolladas encima del codo, que entre el eco de estruendosas carcajadas preguntaban por el doctor Molina. Eran Fabio Lozano Simonelli, Otto Morales Benítez, Belisario Betancur, Alberto Casas Santamaría y alguno otro cuyo nombre no recordamos. Detrás, avisados oportunamente de que el avión ya había llegado, se regresaron Crispín y Clemente. Para las horas de la tarde, y ante la insistencia de los visitantes, medio Valledupar andaba rastreando a Rafael Escalona, al que habíamos mandado a buscar por todas partes infructuosamente. Los cachachos no querían acostarse sin haber departido un rato con él, y él nada que aparecía. Las fincas, su casa, las casas de sus hermanos, las de sus queridas, las de sus compadres, los metederos más escondidos y los escondrijos más secretos, los lugares de rochelas y los de visita formal, en toda parte donde pudo ser averiguado se averiguó por él y nada. Mandamos a buscarlo a La Paz en un carro expreso, que de su cuenta resolvió subir hasta Manaure, y tampoco lo halló. Total fue que al otro día por la tarde, después de haber conseguido a algún acordeonero de emergencia para que les hiciera la parranda, los promotores de la campaña Llerista de 1965 se fueron sin que Rafael Escalona hubiera comparecido.
El domingo siguiente, a las 11 de la noche debajo de la primera ventana de la casa Molina, sonaba bajito el acordeón de Colacho Mendoza y Rafael Escalona, con su propia voz, cantó textualmente estas estrofas:
Buscaba a Miguel Canales
y no lo pude encontrar
perdido en los platanales
a orillas del río Cesar.
Un amigo me había visto
y esto me gritó enseguida:
te anda buscando Fabito
con tu compadre Molina
Te buscan por tierra y cielo
con tu comadre Consuelo
pues Fabito está borracho
y quiere escuchá a Colacho...

El paseo es mucho más largo y sus estrofas exactas aparecen completas en la segunda parte de este libro. El nombre que Escalona le dio esa noche a la composición fue simplemente CANTO A FABITO; pero, como ocurrió siempre con muchas de ellas, más tarde alguien la bautizó como EL GODO DECENTE y terminó con el nombre de DOS TIPOS IMPORTANTES. Su letra y música también sufrieron modificaciones al ser grabadas, mal éste de que iban a padecer casi todas las composiciones vallenatas en boca de los cantantes de ahora.
La mayor parte del año 1966 Escalona la pasó en sus cultivos de arroz, que ahora sembraba en compañía de Hernando Molina en tierras de este último, cerca del Guatapurí, y dedicadísimo a la Mona del Cañaguate. La gente vallenata había empezado a alborotarse nuevamente con la idea de la creación del departamento de El Cesar, un viejo anhelo que alguna vez fue proyecto en borrador que no alcanzó a ser debatido siquiera. Por sugerencia de Crispín Villazón y de José A. Murgas desde Bogotá, y convocada por don Manuel Pineda Bastidas que tantos servicios le prestó a la región, el día cinco de septiembre se llevó a cabo en el teatro de Radio Guatapurí una gigantesca reunión de la que surgieron la Junta Directiva y los comités que irían a trabajar por la creación de El Cesar. Los que nos vinculamos al comité de Finanzas, vimos cómo en un tiempo récord la tarea era recompensada por una ciudad entusiasta y generosa que desembolsaba respetables sumas de dinero para instalar oficinas, para papelería, propaganda y giras por todo el sur del viejo Magdalena, conquistando adeptos para nuestra independencia territorial. Viajes a Aguachica, Tamalameque, Río de Oro, San Alberto, Curumaní, Pailitas y decenas de sitios que nunca antes habíamos oído mencionar siquiera, se sucedían vertiginosamente. Se abrieron oficinas en Bogotá, y desde allí Alfonso Araújo Cotes, Crispín Villazón de Armas, José Antonio Murgas y Luis Rodríguez Valera se empeñaban en convencer a los parlamentarios de las bondades y la justicia del proyecto. La campaña era una demostración plena de unidad, de fervor y decisión inquebrantable de hacer tolda aparte de Santa Marta y echarnos a caminar con nuestros propios recursos.
Pero algo no funcionaba.
El entusiasmo seguía creciendo, la plata se fue acabando y se consiguió más, se acabó de nuevo y se volvió a conseguir y se volvió a acabar porque las oficinas de Bogotá eran un esponja que se chupaba todo; y cuando ya nos estábamos aburriendo de pedir y no hallábamos qué más inventar para sacarle dinero a la gente que empezaba a mirar con desesperanza la creación del Cesar, alguien pensó en Escalona. Crispín Villazón que fue el de la idea, lo cuenta así: "...el país destilaba antidepartamentalitis... y además del mal ambiente, aún se debatía la creación del departamento del Risaralda.
Por si faltara otro obstáculo, Lleras Restrepo -que no quería más fraccionamientos geográficos- era el presidente de la República. Estábamos metidos en un callejón sin salida, pero se me ocurrió de pronto una solución: buscar inmediatamente a Rafael Escalona. Lo encontramos en Pueblo Bello con Colacho, acompañado de un grupo de la televisión argentina interesado en el ascenso a San Sebastián de Rábago. Le dijimos de qué se trataba y él dictó la sentencia: "nos vamos para donde los cachacos mañana mismo. No les hablaremos de política, solo les cantaremos vallenatos".
Y así se abrió el camino, con acordeones en El Tiempo, El Espectador, La República y en todos los ámbitos de la comunicación. De esta gira musical que hicimos a Bogotá, se recuerda aún con especial admiración la fiesta que brindó El Tiempo y en la cual se ratificó una vez más el poder unificador de la música vallenata; doña Helena Calderón de Santos, distinguida esposa del director don Hernando, fue una de las anfitrionas más entusiastas y simpáticas de que el multitudinario y heterogéneo grupo de cesarenses que de puerta en puerta y al ritmo de la música vallenata, les contamos y cantamos nuestros propósitos al país. Hoy, nadie se atrevería a discutir siquiera el hecho de que sin Rafael Escalona y Colacho Mendoza el departamento del Cesar posiblemente no existiría.
El 20 de marzo de 1967, tres meses y un día antes de que la ley No. 21 de junio por medio de la cual se crea el departamento de El Cesar hiciera tránsito en la Cámara, el senador, ex-ministro de Estado y ex-gobernador del viejo Magdalena Grande, Pedro Castro Monsalvo, fallecía en un accidente de tránsito que conmocionó a toda la Costa Atlántica. A las dos semanas del trágico suceso, Gustavo Gutiérrez Cabello que hacía poco tiempo había empezado su brillante carrera de compositor con un estilo romántico inusitado en el vallenato de entonces, sorprendía a los seguidores de este género con un paseo sentido y triste en el que cantaba su adiós al prestigioso hombre público.

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