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Pero no importaba. El vallenato de Cristóbal Lúquez y José León Carrillo, el de Agustín Montero y Abraham Maestre, el de Fruto Peñaranda y todos los López, el de Chico Sarmiento y Chiche Guerra, el de los Fernández y Juan Muñoz, el de Fulgencio Martínez y el Negro Ayala, el de Carlos Araque y compai Chipuco, el de Lorenzo Morales, el vallenato-vallenato, el auténtico y puro, el sacrosanto y legítimo que dio origen a toda una escuela de la cual se derivó todo lo demás que se conoce con este nombre, acababa, por obra y gracia de un presidente de especiales condiciones espirituales, acababa de dar el salto desde los discretos salones íntimos de la intelectualidad bogotana, donde se le amaba y se le defendía, al sitial más alto del país: el palacio de los presidentes. El reconocimiento o la crítica a ese hecho, no importaba; el primer paso estaba dado.
Veintidós años después, con el regocijo de toda Bogotá y de medio país, que entonces se lagarteó invitación y se acomodó de primero en los mejores puestos, otro presidente, Belisario Betancur, llenaba el Salón de los Gobelinos del Palacio de Nariño para brindarle al compositor, "el homenaje que desborda los límites del reconocimiento a una vida creadora y se convierte en acción de gracias al pueblo que ha nutrido en su seno a una figura de las calidades humanas y artísticas de este trovador desmesura do y cordial que es Rafael Escalona Martínez, el Maestro"... Pero en aquel momento de 1965 cuando los sones y paseos y merengues de Escalona retumbaron en la casa presidencial aquí mismo en Valledupar las opiniones se dividieron. De un lado estábamos sus irreductibles partidarios de toda la vida que, aunque éramos mayoría, lo éramos sin saberlo. Nunca antes nos habíamos puesto a investigarnos entre nosotros mismos y por lo tanto mal podíamos saber cuántos sumábamos. Formábamos, pues, una mayoría silenciosa. De otro lado, encabezados por Pedro Castro Monsalvo, con quien tuvimos una larga discusión porque él consideraba impropio del presidente Valencia haber llevado vallenatos al Palacio, estaban los del refinamiento criollo sustentado en la exquisitez de lo foráneo que, amparados en el insólito artículo 62 de los estatutos del Club de Valledupar, sentían que esa música, así fuera compuesta por Escalona y así Escalona ya tuviera fama fuera de estos contornos, no era otra cosa que música folclórica, y como folclórica que era estaba reservada únicamente para que la siguiera haciendo, disfrutando y defendiendo el pueblo. Pero no un presidente de la República, y menos, mucho menos, los socios del exclusivo Club de la muy hidalga ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar...
Esta era, palabras más palabras menos, la teoría del querido senador vallenato. El no estaba, no, ni más faltaba, "entiéndeme bien -insistía en decirnos en medio de la discusión- en contra del vallenato porque sí". El también lo amaba, lo entendía, sabía de la belleza de su melodía y de la riqueza de su contenido pero, "no me parece -repetía insistentemente- que en todo un Palacio presidencial, en un salón de actos solemnes, donde se han reunido varias veces los más conspicuos jefes de Estado del mundo; por donde han desfilado los artistas más notables del arte musical, vaya ahora un presidente a llevar un conjunto típico de música vallenata. ¡Me parece exagerado! Yo no lo habría hecho. Y sigo creyendo que el presidente Valencia se excedió...".
Rafael Suárez, Ulises Sánchez, Alfonso Saade, Carmen Montero, Gustavo Cotes, Bambino Ustáriz (q.e.p.d.) y Hernando Molina que estaban presentes esa mañana, saben del apasionamiento con que Castro Monsalvo argumentaba su crítica y del ardor con que nosotros nos atrevimos a discrepar de su opinión que, pese a todo, era una opinión honrada.
Pedro Castro sabía mejor que nadie y desde quince años atrás, que Escalona lo había mencionado en EL TESTAMENTO y luego en otros dos de sus mejores sones; que Chema Gómez también lo había citado en boca de Compai Chipuco como una de las tres únicas deidades en quien éste creía: no creo en santo, no creo en ná/ yo creo en López (Pumarejo ) y en Pedro Castro/ en Santo Ecce Homo y nada má/;... que después de ellos dos, muchos otros cantores de vallenato incluyeron su nombre en merengues, sones y paseos. Y sin duda alguna todo ello lo halagaba. Pero no se trataba de ser condescendiente, por gratitud, con algo con lo que no comulgaba. El en ese entonces, como muchos otros aquí y en todas partes, no le daban al vallenato importancia ni valor diferente a ese valor relativo y para ellos superficial que tenían las manifestaciones de la cultura popular. Mejor dicho, los más ni siquiera consideraban que eso fuera cultura, porque en esa época y desde tiempo atrás a varias generaciones de colombianos la expresión cultura ya se la habían dado a masticar y a beber en píldoras y elíxires de las recetas del Olimpo griego o de los dioses romanos preparadas en laboratorios extranjeros. Lo auténtico, lo terrígeno, lo raizal, no tenían valor, y por culto solo se tomaba lo que procedía de Europa, y en algunos sitios de la Costa Atlántica, lo que tuviera el sello Made in USA.
Es aquí, entonces, donde hay que consignar lo que les va a parecer una herejía a muchos pero que no es otra cosa que una incuestionable verdad histórica. Y ella es la de que, principalmente a los cachacos de Bogotá: a Alfonso López Michelsen en primerísimo lugar; al grupo de jóvenes llamados Los Magdalenos; a Álvaro Castaño Castillo y su emisora H.J.C.K., y a los que rodearon al presidente Valencia esa noche vallenata en Palacio, es a quienes se les debe en gran parte la difusión de este género musical por el resto de Colombia y de otros países. Que nadie, pues, se escandalice ni se llame a engaño ante esta afirmación, que no sobrará quienes tilden de exagerada o de lambona pero que es evidente y fácilmente demostrable con un repaso somero a la secuencia de los hechos.
Si tomamos como arranque de la difusión del vallenato las primeras grabaciones hechas por Abel Antonio Villa, Luis Enrique Martínez y algunos otros en las disqueras costeñas por allá por la mitad de la década del cuarenta, nos encontramos con que dichas grabaciones, no obstante su importancia histórica y artística, tuvieron una área de difusión circunscrita exclusivamente a sectores muy específicos de la Costa Norte colombiana. Y no de toda la Costa, por las razones ya explicadas de la poca estima en que se tenía esta música y el ningún valor que se les daba a sus cultores. Esos sectores eran minoritarios, casi marginales, y por su misma marginalidad no tenían como convertirse, como nunca se convirtieron, en difusores masivos y permanentes del vallenato. Fue indudablemente en Bogotá, en los círculos descritos, donde se cumplió al pie de la letra aquella sentencia clásica de que nadie es profeta en su tierra; y donde, con la música de Rafael Escalona antes que con cualquiera otra, el vallenato adquirió carta de ciudadanía y comenzó a pisar firme y oírse fuerte en el ámbito musical de Colombia, entonces repleto sólo de bambucos, pasillos, guabinas y demás expresiones del folclor andino, cuando no de ritmos extranjeros. El resto de la masificación del vallenato, lo hizo el Festival de la Leyenda Vallenata, que se institucionalizó en Valledupar en 1968...

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