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Como los viajes son una de sus pasiones, vuelve a Bogotá, va a Barranquilla, a Medellín, pasa por Cartagena, llega a Santa Marta y cuando por fin recala en Valledupar se mete de cabeza en los lejanos cultivos de algodón, que lo apartan bastante del tradicional grupo de amigos que siempre ha frecuentado. En esa época sus compañeros de tragos y actividades son Urbanito Castro, Alfonso Ávila Quintero y otros de Codazzi con los que pasa mucho tiempo en esa población. Hay también otro motivo que lo hace permanecer más en Codazzi que en Valledupar y es el mismo motivo de siempre y de todas partes: allá resulta enamorado de una hija de Antonia Orozco a la que le dicen la Mona, y esta nueva posibilidad de romance basta para convocar toda la atención, la asiduidad y la constancia de que es capaz Escalona.
Mientras él realiza sus consabidos desplazamientos por los más inesperados parajes del territorio nacional, en Valledupar Alfonso Castro Palmera, Armando El Yío Pavajeau, Carlitos Espeleta, Ramiro Baute Céspedes y un grupito respetable de parranderos menores, comienza a empatar los días con las noches y los domingos con los lunes, prácticamente asidos de las notas que con gran propiedad va sacando de su acordeón un muchachito moreno, flaco y demasiado joven para su destreza musical, que cualquier día llegó a Valledupar. Se llamaba Nicolás Elías Mendoza Daza y venía de un caserío remoto, de nombre sonoro con sabor a mujer: Caracolí Sabanas de Manuela.
Colachito como le dicen sus protectores, se aprende rápidamente los cantos de Escalona que le enseña el Yío Pavajeau y Poncho Castro y cuida bien de seguirle los pasos y los pases a Luis Enrique Martínez, que para esa fecha es el acordeonero más prestigioso, el gran innovador, que va a sacar al vallenato del sonsonete monorrítmico de su melodía tradicional para enriquecerlo abundantemente con tonos brillantes, compases más ágiles y la virtuosa explotación de toda la riqueza musical oculta en el fuelle del instrumento europeo. Se producen entonces dos hechos que después serán históricos: de un lado surge el aporte importantísimo e indiscutible que Luis Enrique Martínez le da a nuestra música creando un estilo (el vallenato-vallenato) que después se convirtió en escuela y el otro es el caso de que Nicolás Mendoza, el mejor y más idóneo intérprete de Escalona, se sabe de memoria y difunde parte muy importante de su obra, sin conocer aún al Maestro, cosa que ocurrirá años más tarde.
A principios de septiembre Escalona quiere ir a Villanueva para la fecha de las fiestas de Santo Tomás pero por alguna razón desconocida no realiza el viaje. Y el 27 de ese mismo mes se entera de la dolorosa tragedia que ocurrió el 26, un día después de la octava de dicha celebración. El Tite Socarrás, su amigo del alma, el parrandero de más fama en toda la comarca, el trompeador más temible de toda la provincia, el contertulio más ameno de su barra de amigos villanueveros, se mató a tiros con su suegro, Bolívar Olivella, en plena calle del pueblo a la vista de todo el mundo y sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo.
El dolor de Escalona se vuelve rabia. Tampoco va a Villanueva, y pasó mucho tiempo antes de que se decidiera a regresar al sitio donde cantó, vivió y soñó parte de sus mejores años y donde el Tite, desafiado a duelo por el padre de Raquel, su mujer, agarró el revólver y se enfrentó a aquel hombre de honor sereno y tranquilo que había perdido la paciencia y la mesura ante los constantes desafíos que el Tite borracho le vivía haciendo. Cuentan los que presenciaron el caso que Bolívar disparó primero y derribó al Tite quien, desde el suelo y malherido, alcanzó a disparar varias veces y mató a Bolívar antes de morirse desangrado sobre la calle. Fue una muerte pendeja -diría Escalona más tarde- y si yo hubiera estado allá, eso no habría pasado. Este hecho que sacudió de raíz la sensibilidad de Escalona, contribuyó en gran medida a prolongar su silencio musical, que sólo vino a interrumpirse, con la fuerza arrolladora de los años pasados, a mediados de 1955 cuando volvió a cantar. Entonces le hizo EL PLAYONERO DEL CESAR a Urbano Castro Céspedes, el amigo y compañero con quien más andaba en esos años por la región de Codazzi.
Hijo de padres que pertenecían a tradicionales familias vallenatas, Urbanito, como se le dijo siempre, escogió el monte y renunció sin más ni más a los atractivos y ventajas de la vida social de Valledupar. Siendo un muchacho todavía se internó en los extensos playones a orillas del río Cesar, hasta donde se extendían los límites de las diez mil hectáreas de terreno que formaban el globo de tierra conocido como "El Sinaí", cuya posesión ejerció, desde tiempos inmemoriales, don Casimiro Maestre Amaya. Al morir éste la hacienda pasó a sus dos hijos, don Casimiro Raúl y doña Adela María. Don Casimiro contrajo matrimonio con doña Delfina Pavajeau y tuvo tres hijos; y doña Adela casó con el doctor Ciro Pupo Martínez, pero no tuvieron descendencia. Muerto don Casimiro Raúl en el año de 1945, el doctor Pupo se hizo cargo del manejo de los bienes de su esposa y de los hijos de su cuñado, que quedaron huérfanos siendo aún muy niños. La administración de la hacienda El Sinaí, que en verdad no era de él sino de su señora, se la encargó el doctor Pupo a Urbanito Castro quien, con el correr del tiempo, se convertiría en experto caporal del extenso territorio donde miles de cabezas de ganado de la familia Maestre pastaban a sus anchas, sin más dominio que el lazo certero que encima de sus cabezas hacía zumbar Urbano Castro.
A este amigo y a este estilo de vida le hizo Escalona el paseo EL PLAYONERO que es, quizás, un homenaje a nuestros hombres del campo; a los que renunciaron voluntariamente a las comodidades de la ciudad para internarse monte adentro a defender y a poner a producir los patrimonios agropecuarios de esta región. A los que, en medio de los peligros que acechaban a las manadas y a sus vidas, aún tenían tiempo para descubrir la poesía y encontrar el mensaje de amor en la huella que en forma de corazón deja pintada la pata del toro en el lodo de los playones húmedos. EL PLAYONERO DEL CESAR no ha sido de los cantos más festejados y conocidos de Escalona, pero es uno de los más profundos y hermosos. Y otro de los que demuestra que la narrativa en el vallenato es una realidad evidente:
Yo tengo, yo tengo una fama buena,
yo tengo una fama buena
extendida en todo el playón:
porque conozco en la huella
hombe si el novillo, hombe si el novillo
es cimarrón...

El 29 de octubre de 1955, nace la tercera hija de Escalona que recibe el nombre de Margarita, en homenaje a la madre del compositor.
En el apogeo de su gloria, el alto gobierno decide invitar al cantor vallenato a Bogotá. María Eugenia Rojas de Moreno brinda una fiesta en su residencia en la que Escalona será la figura principal y allá va él con un heterogéneo grupo musical formado por Víctor Soto en el acordeón, Hugues Martínez en la guitarra, Bambirio Ustáriz, improvisado de guacharaquero, Alberto Fernández como primera voz, Salterén -a quien Escalona le coloca desde entonces el remoquete de "el zancudo"- en la caja, y él como jefe único de la singular tropilla organizada a las carreras para atender el llamado de la hija del presidente.
La fiesta hace bulla y se prolonga más de lo acordado. De allí salen para Bucaramanga, invitados por Samuel Moreno Díaz a inaugurar Radio Santander, y durante el viaje, al calor de los tragos y la emoción, Escalona determina hacerle también un canto al general Rojas Pinilla. Antes de llegar a Bucaramanga ya la canción tiene forma y a la llegada se la canta a los acompañantes, a la hija y al yerno del general que se ponen felices con la composición. De regreso a Bogotá la orden filial es terminante: hay que llevar a la televisión todas estas maravillas que ha hecho este extraordinario compositor vallenato y, en un tiempo récord, Juana Arias es dramatizada e interpretada en la pantalla chica donde Bambino Ustáriz, en una improvisada hamaca, hace las veces del eminente y capacitado doctor Molina, mientras alguna novel artista criolla interpreta a la alharaquienta patillalera.

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