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La Paz, y con ella la región entera, se dividió en dos bandos
sectarizados hasta los huesos. De un lado los amigos de don Sabas,
que estaban ávidos de darle su escarmiento a quien se había
atrevido a tanto, y del otro los amigos de Escalona que creían que
la cosa no era para verla bajo ese prisma. Los primeros, apoyados
en Beltrán Orozco, que era el alcalde godo del gobierno del doctor
Laureano Gómez, indujeron a Sabitas a que le pusiera una demanda a
Rafael Escalona por el delito de calumnia. Y Sabas Torres se la
puso ante el despacho del alcalde, quien citó a Escalona para que
compareciera el día 5 de febrero de ese año de 1951. La citación no
tardó en convertirse en la comidilla de todas las esquinas,
tertuliaderos, casas y traspatios de la Provincia entera, que
prácticamente se apostó sobre las expectativas para no perder
detalle del enfrentamiento que estaba plantea do entre el
compositor y su demandante.
Pero no eran esos los aguaceros que iban a mojar a Escalona. En el
Hotel América se concentró lo que él llama su contingente de
amigos, que iban a acompañarlo hasta la alcaldía donde lo esperaba
don Sabas con los suyos. El bando pro-Escalona lo formaban
Poncho Cotes, Miguel Canales, Dagoberto López,
Monche González,
Pacho Mendoza,
Humberto Costa, el acordeonero Carlitos Noriega y, algo rezagado
del grupo con un bojote entre las manos,
RomanchoPeraza que, al fin de cuentas, era el que
había provocado todo este lío, por andar buscándole parecido a los
animales. Con don Sabas estaban en el despacho, además del alcalde,
cuya parcialización era manifiesta, don Hernando Morón Canales y
Manuel Moscote. Morón Canales era de los que le había dicho a
Sabitas que no permitiera ese irrespeto; que ya Escalona había
comparado a todo un mayor del Ejército Nacional con un perro
rabioso y no había pasado nada, y que ahora lo venía a comparar a
él con un armadillo. Que ya era tiempo de que alguien lo pusiera en
su puesto. Manuel Moscote, pese a la gran amistad que mantenía con
Escalona, no compartió el texto de ese JERRE-JERRE segundo que
había venido a dividir a un pueblo como La Paz, donde todo el mundo
era amigo de todo el mundo, y por eso fue a la alcaldía a servirle
de testigo a Sabitas.
Comenzó la audiencia pública en medio del gentío que se apretujaba
en el incómodo recinto y de los curiosos que se guindaban de las
ventanas buscando un mejor foco visual. El alcalde le dijo a
Escalona lo que ya él sabía y éste comenzó a defenderse con la
misma argumentación escurridiza con que intentó excusarse ante
Sabitas. Sabitas contraatacó. Escalona le dijo al alcalde que él
había llevado a Carlitos Noriega como un defensor y que quería que
lo escucharan. Noriega habló y echó sin resuello el discurso que le
enseñó
Poncho Cotes sobre las metáforas, la
retórica, la sinécdoque y los recursos poéticos a que acuden los
compositores y comenzó a tocar el JERRE-JERRE para ilustración de
la audiencia. El alcalde le dijo que se callara la boca y cerrara
el acordeón. Escalona le preguntó al alcalde que por qué se iba a
callar Noriega. El alcalde le respondió a Escalona que respetara
porque lo podía fregá como alcalde y pegarle como hombre... y se
formó un tiraitape verbal, un dimetúqueyotediré, hasta cuando el
acusador, que lo era Hernando Morón Canales, pidió que se siguiera
el curso del juicio como era debido. A punto de ser apabullado por
las acusaciones, reforzadas con la actitud hostil de Beltrán
Orozco, Escalona, en un rapto de lucidez, le dijo al alcalde que
hiciera comparecer el armadillito para que él y todos los allí
presentes vieran con sus propios ojos, que se iba a tragar la
tierra, si Sabitas y el animalito eran o no igualiticos entre sí.
Rápidamente, sin esperar asentimiento de la autoridad,
Romancho Peraza sacó el animalito, que llevaba
escondido en el bojote, y lo puso encima del escritorio del
alcalde. Cuando el armadillito comenzó a tratar de caminar sobre
esa base lisa y esmaltada, la carcajada que atronó el ambiente se
escuchó por toda La Paz, y hasta Beltrán Orozco sacó el pañuelo
haciendo creer que se limpiaba el sudor, y era para taparse la boca
y disimular la risa.
Don Sabas estaba energúmeno, el alcalde ofuscado, la gente
desternillada de la risa y la situación poniéndose fea. Sabitas,
lívido de la ira, volvió a arremeter y dijo casi ahogado:
"Yo no me parezco a ese animal, yo no tengo rabo, yo no
tengo rabo". Por unos instantes se hizo un silencio espeso
y la angustia del acusador impuso respeto. Parecía que Escalona
perdería esta partida, pero él, con asombrosa frialdad se paró y le
dijo al alcalde:
"Sabitas dice que no tiene rabo, señor alcalde, pero para
que lo demuestre, tiene que bajarse los
pantalones"...
La hilaridad volvió a cundir en la sala y el asunto terminó con el
carrerón que Escalona y sus seguidores pegaron hasta el Hotel
América, donde se refugiaron, convencidos de que iba a haber un
carcelazo colectivo. Finalizando el mes de febrero, todavía en La
Paz, de donde ya no saldría más en las mismas condiciones en que
había llegado cinco años atrás, Escalona les cantó a sus amigos del
Hotel América LA DEMANDA, un merengue que narra las peripecias
vividas a causa del armadillo, con el mismo estilo y la misma
música del JERRE-JERRE que les dio origen. Estas son unas cuantas
estrofas sueltas:
Primera vez en la vida
que a Escalona le sucede:
lo llevan a la oficina
por culpa de un Jerre-jerre.
A Sabitas le informaron
y por eso es mi enemigo,
que yo lo había comparado
con un maluco armadillo.
El amigo jerre,
que nadie lo quiere,
pobre animalito
lo tienen mal visto.
Sabitas me demandó
y él mismo metió la pata;
de la oficina salió
con la cabecita gacha.
La sofoquina por la que pasaron Escalona y sus amigos con el
bendito jerre-jerre y los comentarios que quedaron sonando sobre si
el canto era un insulto o simplemente un relato jocoso, mas la
llamada de atención de
Aló, que por primera vez
desaprobó una composición de su hijo, acabaron resabiando al
compositor que, molesto por la interpretación equívoca que se le
había dado a lo que no era otra cosa que su costumbre de ponerle
música a los sucesos, decidió callarse la boca y dejar que el mundo
se viniera abajo si le daba su gana porque lo que era él no iba a
volver en su vida ni a silbar una melodía. Le pareció injusto
haberlo puesto en semejantes aprietos, no tanto de parte de
Sabitas, que al fin y al cabo tenía razón y derecho a estar
disgustado, sino de parte de esa parranda de irresponsables
azuzadores, empezando por el Beltrán ese que se quiso lucir con
ellos prevalido de que estaba detrás de un escritorio oficial.
Además, pensaba, no sólo a él. El mismo Sabitas salió de ahí peor
de como había entrado; porque si la cosa la mantienen callada y no
le dan tanta trascendencia, lo más seguro habría sido que ese canto
no hubiera pasado del conocimiento de unos cuantos amigos que, si
acaso, lo cantarían en alguna parranda. "Ahora -dijo
Escalona- se van a jodé porque no vuelvo a cantar ni la
lotería".
El disgusto con la música acentuó su dedicación a
la
Maye. En La Paz y en Valledupar y por todas partes se
comentaba que durante cinco años y siete meses de amores, era la
primera vez que Marina no tenía competidora a la vista. Todo
parecía indicar que el buen juicio y la mesura le habían llegado
por fin a Rafael Calixto, que ese mismo año, el 27 de mayo,
cumpliría 24 de edad. Fuese determinación, fuese casualidad, lo
cierto es que el mes de marzo, completo, lo pasó Escalona mudo. Se
sabía de él por sus visitas diarias al pueblo donde estaba Marina y
por las 39 composiciones, más la cantidad de versos sueltos que
había hecho, pero no se le había vuelto a ver en parrandas ni
estrenando cantos. Y treinta días de silencio para alguien tan
dispuesto a musicalizarlo todo, eran un tiempo largo que comenzó a
preocupar a amigos y admiradores. Solamente Jaime Molina en
Valledupar, con su profundo conocimiento del amigo, se reía solo de
dos cosas que él creía entrever más allá de los comentarios sobre
la tan sonada resolución de Escalona y su tan alabado juicio con la
Maye:
"Primera, le decía Jaime a su hermana Helina, preparáte
pal pretinazo porque ese tal juicio del Rafael es palos pendejos.
Sabrá Dios que estará tramando. Y segunda, no he creído yo ni un
momento en la vida que sea cierto eso de que no va a volvé a cantá.
El día que el Rafael deje de silbá y de hacé canto, tené tú la
seguridá que es que está pa moríse". Y remataba con la
sentencia que sacaba de casillas a Escalona: "¡Yo sí lo
conozco a él!". Esto lo dijo Jaime también en la puerta de
Carmen Montero, donde lo escuchó Bambino Ustáriz quien, dos días
después, primer sábado de abril, se lo manifestó a Escalona. Rafael
se fue enseguida para donde Jaime a reclamarle "qué es la
vaina que tú cargas conmigo, que cuanta cosa yo hago, o digo, o
pienso, tú tienes que estar diciendo la última palabra. Yo no me
meto en tus mamarrachos ni en tus amores para que tú andes dando
opiniones sobre todo lo mío..." Pero Molina, inmutable
porque conocía perfectamente donde le ponían las garzas sus huevos
al compositor, siguió frente a sus lienzos y le respondió
únicamente: "Si queréi apostamos una caja de whisky ya
mismo pa vé quién tiene la razón". "Bueno la
apostamos -gritó Escalona-, y te voy a probá no sólo que estoy
juicioso con Marina, sino que por primera vez en la vida voy a bebé
a costillas tuyas porque no vuelvo a cantá más nunca".
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