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Capítulo VI
PRIMERA VEZ EN LA VIDA

(Una señora patillalera. El 14 de abril a las 4:00 a.m. Ada Luz. En Urumita en la casa e Pedro Nel. Gabo regresa. Simón sale de El Plan...)

 

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Recibiendo un diploma de manos del maestro José Barros.


Los estragos que las desavenencias con Escalona causaron en La Maye se notaban fácilmente en el rostro de la bonita muchacha pacífica que se había adelgazado en forma alarmante. Sus padres, sus hermanos y su largo primerío recibieron, pues, con un suspiro de alivio, la reanudación de unos amores que habían combatido con fervor de cruzados pero que era lo único que podría aliviar la lamentable situación espiritual y física de la joven a quien tanto querían todos. Ya hasta el recalcitrante Luis Enrique estaba convencido de que a ella nadie le iba a sacar del corazón ese amor desmedido, inmenso, monumental, infinito y noble que sintió, que estaba sintiendo y que iba a sentir toda su vida por Rafael. Así que cuando el enamorado, con la frescura y la parsimonia de quien no ha roto un plato, llegó a visitarla una noche, después de muchos meses de no detenerse ni en la calle donde ella vivía, todos se sintieron liberados de un peso enorme y le dieron gracias a Dios. Era preferible mil veces que siguiera con él a que se muriera de amor, que era para donde iba sin remedio, pensaba reflexionando Fidelina Moscote. A lo mejor, él algún día se cansa de esa vida de mujeres y parrandas y reuniones con los amigos y viajes interminables -decía Matilde Monroy- y quién quita que acabe convertido en un respetable patriarca de panza voluminosa y chancletas de cordobán. En fin, que sea lo que Dios quiera, remataba doña Concha sabida como estaba que en estos casos de amores contrariados lo único que no se podía hacer era nadar contra la corriente.
Florecidas sus ilusiones y reverdecidas sus esperanzas, la Maye salió a temperar a "Los Guacimitos" una finca de su hermano-medio don Juan Daniel Calderón que quedaba de San Diego hacia abajo por la región que antes llamaban El Jobo y que ahora se conoce como Tocaimo. Al cabo de un tiempo, Escalona fue a visitarla. Allá permaneció tres días juiciosísimo y atento, llenando de detalles y promesas a La Maye. Una tardecita, en esa hora incierta en que el monte comienza a llenarse de ruidos extraños y ni es de día ni es de noche, paseando ambos por las orillas de los potreros, se tropezaron con un armadillo pequeñito al que se le notaba que se había separado de la fila natural que estos animales mantienen cuando aún no han crecido lo suficiente. La Maye gritó y él se apresuró a cogerlo. Era un animalito asustado y hambriento que, de una vez, encontró refugio, comida y cariño en las manos de Escalona. En medio de los gritos y comentarios de los trabajadores lo llevaron a la casa y dispusieron un pedacito de territorio para él en el traspatio donde se criaban los animales domésticos.
Todo estaba bien. Los novios felices, los familiares contentos, y el armadillito disfrutando de su nuevo hábitat, donde le sobraba comida y seguridad. Pero una mañana doña Rosa Antonia, la mamá de Juan Daniel, se llevó un soberano disgusto: el armadillo de los enamorados había escarbado y escarbado la tierra por todas partes, le había hechos huecos a montones y había sacado de sus cuevas unas morrocoyitas de las que estaba criando la morrocoya grande.
Busquen el armadillo ese -fue la orden tajante de la dueña de casa- y échenlo otra vez pal monte, porque si me vuelve a destripá las morrocoyitas así, lo voy a matar. Escalona se anticipó a los trabajadores y encontró el armadillo metido en la cueva de los morrocoyos y como ya estaba para concluir su visita, resolvió traérselo para su casa de Valledupar. Decidido el viaje, La Maye, su novio y los anfitriones salieron a la carretera, como era la costumbre, a esperar carro que pasara. Al rato apareció Romancho Peraza en el suyo y se detuvo. Enterado del cuento del animalito, de la contrariedad de la señora Rosa y de las intenciones de Escalona de criarlo en el Valle, se puso a acariciarlo encima de la tabla del portón donde lo habían colocado. El animal, que estaba amarrado de una cabuya, comenzó a andar con ese bamboleo trabajoso que en las superficies lisas se les acentúa por la dificultad de las pezuñas para agarrarse con la pericia que lo hacen en los suelos de tierra.
Cuando Romancho lo vio soltó la risa y exclamó: "mejoche, vé, si se parece al mismo Sabitas". Todos soltaron la carcajada, porque evidentemente el movimiento ondulante del animalito les recordó el modo como caminaba don Sabas Torres. Pero Romancho siguió, "y se parece en la cabecita también, que Sabitas la mantiene agachá; y en los brazos corticos... ve, mejor dicho Rafa, este animal y Sabitas son idénticos". Cuando llegaron a La Paz, y al día siguiente al Valle, estaba listo con letra y música, el segundo JERRE-JERRE que, a diferencia de aquel con el que se tropezó en el camino de Manaure cuatro años atrás, iba a meterlo en un lío cuyos resultados sacudieron toda la región.
El merengue, que es el aire musical de esa narración, habla por sí solo:
Tengo un armadillito
que en el Jobo me encontré;
tan inocente que es
y me lo tienen mal visto.
El primo Romancho
tiene cosas que me mortifican;
ha dicho que el Jerre-jerre
se le parece a Sabitas...

El canto no se conoció de inmediato, como era costumbre con los demás que había compuesto, pero el cuento del parecido de Sabas Torres con un armadillo que Escalona había traído desde "Los Guacimitos" se fue filtrando poco a poco porque el mismo Romancho, que era el autor de la comparación, lo fue comentando entre amigos que después le preguntaron a Escalona cómo era la cosa. Este les relató el asunto con pelos y señales a todo el que se lo fue averiguando, les dijo lo que Romancho había dicho y acabó cantándoles el JERRE-JERRE Nº 2 que, como era de esperarse, no demoró en llegar a los oídos de Sabitas. Cuando don Sabas Torres estalló en La Paz, don Pedro Canales fue al Valle y le comentó la cosa a la mamá de Escalona quien se disgustó mucho y le llamó la atención a Rafael. Escalona trató de hacerle entender a don Sabas, por interpuestas personas, que no había sido él, ni más faltaba, el autor de semejante insolencia. Que quien había dicho que era igualitico al armadillo había sido Romancho Peraza y no Rafael Escalona. Que tuviera la seguridad de que a él, Escalona, jamás se le habría ocurrido decir una sola frase que pudiera mortificarlo. Que no estaba en su ánimo ofenderlo a él ni a nadie. Que le juraba que...
Pero a don Sabas todo eso le supo a cacho. Para él lo único cierto y evidente era que un canto de este muchachito irresponsable lo tenía en la cima del ridículo y lo había convertido en el hazmerreír de todo un pueblo. Los amigos de don Sabas compartían totalmente su disgusto que fue creciendo en la misma medida en que su ira provocaba la difusión del merengue y el merengue seguía aumentando su inconformidad. A tales extremos llegó la cosa que no faltó el lambón que le dijera a don Sabas que lo único que lo podría resarcir del daño de que había sido víctima era que al Escalona ese le metieran su buen carcelazo.

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