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Desmitificación del hombre y humanización del mito
La imagen se conserva en mi memoria tan fresca como la brisa
que se colaba por la ventana aquella tarde de sol: ante una máquina
de escribir, tan pesada como vieja, ella transcribía a una
velocidad impresionante el lento y pausado relato que él hacía.
Ella trataba, infructuosamente, de corregirle a voz en cuello el
sartal de exageraciones, la narración de hechos no ocurridos, la
confusión de otros que sí sucedieron pero no como él los contaba;
en fin, toda esa mezcla de fantasía y realidad que imprimía a cada
una de sus respuestas, como si fuera posible cambiarle de un día
para otro esa incorregible manía que se había consolidado con el
paso de los años y que de alguna manera estaría latente en todos
sus cantos.
Así fue como me enteré de la existencia de este libro. Tendría no
más de doce años cuando absorto presencié aquella escena en que la
autora y su personaje discutían -como sólo dos grandes amigos
pueden discutir: en voz alta y con cariño- sobre la cronología de
ciertos hechos, la ocurrencia de otros, el origen de tal canción o
sobre cuántas estrofas tiene en verdad "El pirata del
Loperena" y cuál es el orden real de los versos de
"El medallón". Al yerme, él me dijo con esa voz
roncosa y llena de ternura que tiene cuando está de buen humor que
es la mayoría de las veces: "mijito, sírvame otro trago
para poder aguantar esta indagatoria". Y soltó una
carcajada.
Sólo ahora alcanzo a comprender cabalmente que esa dosis de
ternura, curiosidad, admiración y afecto con que ella lo envolvía,
era la única fórmula existente sobre la tierra para que Rafael
Escalona se sentara a soportar, bajo un calor agobiante, un más
agobiante interrogatorio sobre su vida y que a su vez permitiera
que se le corrigiera, cuando no refutara por completo, con pruebas
en mano, sus afirmaciones. Y si esa era la fórmula, sólo una
persona en el inundo tenía en aquel entonces la confianza
necesaria, la paciencia suficiente y la voluntad de sacrificio
plasmada en más de treinta años de búsqueda y recolección de
testimonios, documentos y pruebas en general sobre la vida y obra
de ese hombre de talla mítica que en aquella tarde soleada no podía
atreverse a cuestionar la contundencia de la evidencia recaudada
durante tantos años de esfuerzos y de esperas.
Y no podía hacerlo porque había descubierto, con la estremecedora
clarividencia del que ve pasar ante sus ajos la película de su
propia vida, que esa mujer que ahora lo abrumaba con datos y
preguntas, antaño la niña que tantas veces se sentara en sus
rodillas y acunara en sus brazos, había logrado armar pieza por
pieza, de modo impecable, el rompecabezas de su historia con una
fidelidad tan certera, que su memoria, más dada a fusionar la
ficción con lo real, ya no podría negar Aquella escena, pues, no
era tan sólo la culminación de un largo proceso de investigación
sino, más que eso, el encuentro ineludible del artista con su
espejo.
Alguna vez escuché decir que para que el hecho más simple, trivial
y cotidiano del mundo se transformara en historia, sólo necesitaba
ser narrado por alguien. Aunque Escalona ya era Escalona antes de
este libro y sigue siéndolo aún después de él, sería injusto negar
que esta obra, cuya primera edición fue un éxito de ventas en el
año de 1988, ha sido un gran aporte al escaso mundo de las letras
vallenatas -hoy, cuando todo el inundo presume de saber escribir y
opinar al respecto- y que en su momento significó un rescate
oportuno de la verdadera esencia de los cantos de Escalona, cuya
música había sido objeto de toda clase de abusos, tergiversaciones,
mutilaciones y de formaciones melódicas y de sus letras. Y es que a
partir de la publicación de este libro, ya no podrían entonces los
piratas y testaferros musicales abusar impunemente de la obra
musical del Maestro, pues en él no sólo quedó consignada la
historia de cada una de sus profundas vivencias y del entorno en
que se dieron, sino también, en la primera edición, la letra
original y completa de las que entonces eran ochenta y cinco
canciones con sus respectivas partituras musicales; recreando así,
con inconfundible estilo provinciano, un paisaje musical único e
irrepetible que supera a leguas la detallada descripción biográfica
para convertirse en el vivo y fiel retrato jamás realizado en la
literatura colombiana sobre el mundo onírico, mágico y melódico del
más grande cronista de la vieja Provincia de Valledupar y de
Padilla.
Fue tanto el impacto, la influencia y difusión que tuvo aquella
primera edición, que, aunque muchos insistan ciegamente en negarlo,
hasta una serie televisiva se hizo con base en esta obra de
Consuelo Araújonoguera; serie que si rompió todos los niveles de
sintonía y paralizó al país, se debió en gran parte a la adaptación
-no autorizada, por cierto..., pero eso ya es harina de otro
costal- de la casi totalidad de los capítulos del libro que hoy se
edita por segunda vez. Y no sólo en televisión. También volvieron a
grabarse canciones ya olvidadas y otras desconocidas por muchos
grupos musicales vallenatos y no vallenatos -entre ellos el de
Carlos Vives, que fue catapultado hacia la fama únicamente gracias
a "Escalona"-, y se desató toda una
"escalonomanía" nunca antes vista que rebasó las
fronteras del país. No obstante, por esas ineludibles paradojas de
la historia, la criatura opacó al creador La
"escalonomanía ", manejada hábilmente por quienes
vieron en ella un insospechado filón comercial, pudo más que el ser
humano de carne y hueso.
Predicando justicia, es justo también hacer un reconocimiento a la
casa editorial Planeta, la única que creyó hace diez años exactos
en la propuesta de la autora y que hoy vuelve a renovar su apoyo
para que estas sabrosas páginas tengan vida nuevamente. En este
país en donde publicar un libro es toda una odisea que muy pocos
autores logran, realizar una segunda edición es una empresa más
ardua aún que sólo se consigue cuando confluyen, como ocurre en el
presente caso, dos elementos imprescindibles para ello: el decidido
respaldo de la casa editora y el talante de la obra misma y su
importancia ganada a través de estos diez años de desmitificación
del Hombre y humanización del Mito. Volver a editar estas páginas
es brindarle la oportunidad a las nuevas generaciones de
escalonólogos, escalonófilos y escalonólatras, que si acaso sólo lo
conocerían por sus inmortales cantos, de recorrer a través de ellas
los pasos cardinales de la existencia de ese ser irrepetible, que
lo consagraron para la posteridad como una especie sin par de
Hombre-Mito.
En diez años han pasado muchas cosas: Escalona ha compuesto algunas
canciones más; sigue disfrazado de cachaco en el frío deprimente de
Bogotá pero aún sueña con regresar a Patillal a sentarse por las
tardes, bajo la sombra de un cotoprix, sobre un viejo taburete,
mientras sus dedos tamborilean sobre el cuero templado y suba la
melodía que dará origen a un nuevo canto; andareguear por las
sabanas en busca de sus recuerdos; y en las mañanitas, encaramarse
al Cerrito de las Cabras acompañado por Nandito Molina, Alfredo
Araújo y Julio Martínez para conversar con ellos y con algunos
otros de los que ya se fueron pero que aún lo visitan en sueños,
como el inolvidable Jaime Molina. Y de vez en cuando, hacer una de
esas parrandas memorables para volver a escuchar los versos
sentimentales de Tobías Enrique Pumarejo, los cuentos de Alfonso
Pimienta coreados por las carcajadas de Andrés Becerra, mientras la
guitarra y la voz de Poncho Cotes suenan interminablemente para que
el corazón se adormezca y pueda, al fin, olvidar todas las
heridas...
Por todo esto y más que sólo el corazón conoce, si tuviera que
definir este libro diría sencillamente que más que una biografía,
que más que un retrato, es un sagrado testimonio de amistad entre
la autora y el personaje, y también entre todos los amigos mutuos
que juntos dejaron huellas profundas en ese mundo diferente y único
que es la provincia vallenata. Mundo que Escalono, como artista,
dibujó en sus cantos y que Consuelo con gracia y sencillez se
encargó de plasmar en una prosa fluida y rica, agradable de leer y
releer
En esa amistad grande y profunda que los une, cada quien hizo lo
suyo en forma limpia y sincera sin sospechar ninguno, que a los
libros, como a la vida y como a los sueños -y como a la Custodia de
Badillo- también puede aparecerles un "ratero
honrado" que cargue con ellos y terminar sin que nadie lo
explique, dentro de un barco pirata bandido, que nadie sabe a dónde
va... a dónde va...
ANDRÉS MOLINA
Bogotá, marzo de 1998.
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