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Eugenio Diaz Castro.
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Biblioteca Luis Angel Arango,
Bogotá.
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Escritor costumbrista nacido en la
hacienda Puerta Grande (hoy anegada por la represa del Muña), en los alrededores de
Soacha, Cundinamarca, el 5 de septiembre de 1803, muerto en Bogotá, el 11 de abril de
1865. Célebre por ser el autor de Manuela, considerada en su época la novela nacional y
una de las iniciadoras del género costumbrista en Colombia, además de innumerables
cuadros y artículos de costumbres publicados en los periódicos El Bien Social, El
Mosaico, El Bogotano, Biblioteca de Señoritas y La América; se conoce poco sobre la vida
de José Eugenio Díaz Castro. Los datos existentes provienen de una biografía escrita
por José María Vergara y Vergara (cofundador, con Díaz, del periódico El Mosaico,
escritor costumbrista y primer historiador de la literatura colombiana) para el periódico
El Iris, en el segundo aniversario de la muerte de Eugenio Díaz Castro de algunos
comentarios autobiográficos aparecidos en sus artículos de costumbres y del testimonio
de amigos y contertulios. Hijo legítimo de José Antonio Díaz y Andrea de Castro, fue
bautizado el 8 de septiembre de 1803, por fray Silvestre Polanco, cura doctrinero, y sus
padrinos fueron el escritor José Joaquín Ortiz y Josefa Díaz, según consta en el libro
10 de bautismos del Archivo Parroquial de Soacha. Recibió sus primeras enseñanzas de
Casimiro Espinel y después pasó al Colegio de San Bartolomé, donde tuvo por
condiscípulos a Florentino González y Ezequiel Rojas, dos de los más importantes
políticos liberales de los primeros años de la República. Sin embargo, debido a una
afección al pecho y a las secuelas de un accidente sufrido al caer de un caballo; cuando
iba a visitar a su familia, Díaz Castro tuvo que retirarse del colegio y continuar sus
lecturas y estudios por su cuenta, en la hacienda Puerta Grande, propiedad de sus padres.
De aquí en adelante y hasta 1858, cuando se le presentó a Vergara y Vergara en su casa,
con los originales de Manuela bajo el brazo, sólo conocemos algunos datos aislados sobre
su vida. Sabemos que para sobrevivir se dedicó a las labores del campo, a veces como
propietario y a veces como mayordomo, en distintos lugares de la Sabana de Bogotá y de la
tierra caliente. En el artículo autobiográfico "Mi pluma", en el que describe
las diferentes plumas que ha usado a lo largo de su vida («en la escuela fue de castilla,
de ganso en la Sabana, de pava y guacamaya en tierra caliente, de guala en los trapiches,
y, por un capricho de la suerte, fue del reino mineral en Ambalema, y del vegetal en un
establecimiento de pastales en que la usé de un cañón de pasto de guinea»), don
Eugenio hace un rápido recorrido de sus andanzas: «Cuando vivía solo en un
establecimiento entre los montes, cuando atravesaba los ásperos caminos, o cuando no
tenía yo con quién conversar sino con mis arrendatarios o peones [...] cuando estuve en
Ambalema, morando entre un salón lleno de prensas de tabaco [...] Qué fidelidad la de mi
pluma, que me hizo soportables mis penas, desde los montes fríos de la cordillera de
Subia hasta los ardientes arenales del Magdalena, lo mismo entre la quina, que entre la
caña, que entre el hostigoso y ardiente tabaco de los caneyes». A1 parecer, Díaz Castro
no participó en las guerras de Independencia, quizás a causa de su mala salud, y tampoco
tomó parte en las numerosas guerras civiles que siguieron a la batalla de Boyacá. En un
artículo aclaratorio de su identidad (a propósito de la publicación de una lista de
miembros de un partido político, en la que figuraba un homónimo suyo), firmado el 13 de
febrero de 1850 y aparecido en El Patriota Imparcial, don Eugenio decía nunca haberse
enrolado en sociedades políticas, ni pertenecer a ningún bando: «Una larga experiencia
me ha enseñado que la sangre que se derrama en la Nueva Granada para que suban a los
puestos nuestros padrinos, prohombres, o candidatos es infructuosamente perdida, porque lo
mismo, con cortas excepciones (excepciones que no valen la pena del sacrificio de la vida)
mandan todos los partidos; y para el que vive del sudor de su frente en un retiro, donde
las plantas no crecen por influencias de Palacio, lo mismo es que mande el candidato A que
el candidato B, siendo un ciudadano que merezca aceptación entre las mayorías». Sin
embargo, confesaba haberse alistado como soldado en la cuarta compañía del batallón
Guardia Nacional de Ambalema, cuando el general ecuatoriano Juan José Flórez amenazó
con invadir la Nueva Granada en 1848. En ese tiempo, don Eugenio dirigía un negocio de
prensas de tabaco en Ambalemà. Hacia 1851 escribía desde el «seno de las montañas que
están debajo de la cordillera de Subia Occidental [...] entre las húmedas y oscuras
selvas, en medio de la ranchería de la peonada que saca quina». Lo encontramos después
como mayordomo de la hacienda Junca, importante trapiche que llegaba a contar con 500
arrendatarios, en jurisdicción del municipio de Mesitas del Colegio; allí escribió sus
primeras obras, entre ellas Manuela, «en una antigua mesa de nogal barnizada de negro y
con signos masónicos [... ] ya en las cubiertas de las cartas que el autor recibía de su
familia y amigos, ya en otros desiguales pedazos de papel», según cuenta Isidoro Laverde
Amaya en sus Fisonomías literarias de colombianos (1880). En 1857 se trasladó a Bogotá
para acompañar y atender personalmente a su madre enferma. En noviembre de 1858, un amigo
le publicó su novela corta Una ronda de don Ventura Ahumada, su primera producción,
escrita hacia 1854 en la hacienda Junca, y editada en la Imprenta de la Nación, de
propiedad de Lázaro María Pérez. Con este folleto de 44 páginas, en el que el
protagonista es un personaje real, don Buenaventura Ahumada, jefe político y de policía
de Bogotá entre 1825 y 1830, Díaz Castro se dio a conocer como escritor y comenzó a
disfrutar de un relativo éxito. A partir de este momento, comenzó a colaborar con
Biblioteca de Señoritas.
El 21 de diciembre de 1858, Eugenio Díaz
Castro se presentó en la casa de José María Vergara y Vergara, enviado por Ricardo
Carrasquilla y llevando los originales de su novela. Quería proponerle que fundaran un
periódico literario. Vergara se entusiasmó con la idea, y salieron enseguida a hablar
con José Antonio Cualla, quien estaba montando una imprenta. Así nació El Mosaico, cuyo
primer número salió el 24 de diciembre siguiente. Según Vergara, Eugenio Díaz «era un
hombre de edad madura: las canas de su cabeza acusaban en él cincuenta a sesenta años;
pero su vivaz mirada que atravesaba los lentes de sus espejuelos, le daba un aspecto
juvenil que contrastaba con su cabeza cana. Venía primorosamente afeitado y aseado.
Vestía ruana nueva de bayetón, pantalones de algodón, alpargatas y camisa limpia, pero
no traía corbata ni chaqueta. Este vestido, que es el de los hijos del pueblo, no
engañaba: se veía sin dificultad que si así vestía era por costumbre campesina; pero
su piel blanca, sus manos finas, sus modales corteses, sus palabras discretas, daban a
conocer que era un hombre educado». Y en cuanto a su personalidad, Vergara afirma: «Por
modestia, por costumbre, y aun por no tener de sobra los recursos, no quiso vestir traje
cortesano. Se exhibió como escritor, pero de ruana. Nunca le dio vergüenza no tener
levita. Este traje formaba parte de sus virtudes; una de ellas era la de ser tan riguroso
republicano, tan riguroso cristiano, que se iba al cuaquerismo. No tomaba vestido
cortesano, no toleraba que los domésticos le llamasen amo; no hallaba a nadie inferior a
él. No tenía embarazo ninguno, ni se mostraba encogido cuando hablaba con personas de
alta posición; en cambio no tenía orgullo ni manifestaba desdén o tosca familiaridad
cuando hablaba con un criado. Eran para él literal y prácticamente iguales todos los
hombres. Era fervoroso creyente de los dogmas de la Iglesia Católica con todo el dulce y
tierno apego de las almas honradas y de los espíritus rectos, pero sin la intolerancia de
las almas incultas o malas. Su programa en política era conservador, y a pesar de ser un
perfecto republicano, o mejor dicho, por la misma razón de ser un republicano perfecto,
no aceptaba la democracia anárquica. En sus amistades era constante y delicado, sin
imponer ni aceptar pretensiones, sin cultivar cumplimientos, sin cambiar nunca lo cordial
por lo familiar». Eugenio Díaz y José María Vergara fundaron la tertulia de El
Mosaico, a la que rápidamente se unieron José Joaquín Borda, José Manuél Marroquín,
Medardo Rivas, Manuel Ancízar, José María Samper, José Manuel Groot, José Caicedo y
Rojas, Juan de Dios Restrepo (Emiro Kastos) y José David Guarín, entre otros; y Manuela
comenzó a aparecer, por entregas, en el periódico. Díaz continuó con sus
colaboraciones en diferentes diarios, por las cuales recibía una remuneración mensual;
sin embargo, algunas veces sus amigos y contertulios tenían que prestarle dinero. En 1861
enfermó y tuvo que enclaustrarse, suspendiendo sus artículos. Pasó sus últimos cinco
años en cama, muy impedido, aquejado de «una enfermedad crónica, incurable y
dolorosa», según Vergara. No obstante, desde su lecho de enfermo escribió El rejo de
enlazar, Los aguinaldos en Chapinero y 32 capítulos de Pioquinta o El valle de Tenza, que
no alcanzó a terminar. Murió el 11 de abril de 1865, al empezar la tarde. "Todos
sus amigos y admiradores concurrieron afligidos a alzar sobre sus hombros el féretro en
que, vestido de un hábito de franciscano, descalzos los pies, la cara apacible y serena,
yacía el ingenioso escritor don Eugenio Díaz, cuyo cuerpo está ya entregado a esta
tierra en la que siempre vivirá su memoria», escribió Vergara.
En cuanto a su obra, Eugenio Díaz Castro
escribió cinco novelas, todas publicadas póstumamente, dos novelas cortas (Una ronda de
don Ventura Ahumada y María Ticince o Los pescadores del Funza, de tema indigenista) y
numerosos artículos y cuadros de costumbres. Manuela, su obra más conocida, elogiada por
Vergara y Vergara, Miguel Antonio Caro, Jorge Isaacs, Salvador Camacho Roldán, Baldomero
Sanín Cano, Tomás Rueda Vargas, Rafael Maya y otros, comenzó a salir con el primer
número de El Mosaico, en 1858, pero su publicación fue suspendida en el capítulo 8
porque, según Vergara, «don Eugenio no quería poner en limpio los confusos
borradores». En 1866, Manuela apareció como parte de la colección Museo de cuadros de
costumbres, dirigida por Vergara, y sólo hasta 1889 fue publicada en una edición
independiente, por la Librería Española de Garnier Hermanos en París. El rejo de
enlazar, que recrea los acontecimientos de la revolución contra la dictadura del general
José María Melo en 1854, en medio de un ambiente campesino en el que se describen
minuciosamente las faenas agrícolas, se publicó como folletín del diario La América en
1873. Los aguinaldos en Chapinero, pintura costumbrista de Chapinero hacia 1850, fue
publicada también en 1873 por el periódico La América. Pioquinta o El Valle de Tenza,
su última e inconclusa novela, sobre el guerrillero conservador Román Carranza, que en
1861 vengó a su hermano asesinando a 62 de los 63 hombres que componían la partida que
le dio muerte, empezó a aparecer como folletín de El Bogotano, un mes y quince días
después de la muerte de Díaz Castro, en 1865. Y Bruna la carbonera, originalmente
titulada Las aventuras de un geólogo, su tercera novela, exaltación de la figura del
naturalista que descubre un mundo campesino y desconocido para el hombre culto, apareció
como folletín en El Bien Social, entre noviembre de 1879 y mayo de 1880.
Eugenio Díaz Castro vivió en un tiempo
en el que Colombia, recién salida de la dominación colonial, buscaba el mejor modo de
construir la República. Fue un período de agitación política e ideológica y, al
tiempo, un momento de auto descubrimiento. Mientras en los diarios se debatían las ideas
y los diferentes proyectos políticos, sociales y económicos; en el arte y la literatura,
los pintores y escritores volvían los ojos sobre lo propio, las costumbres, las
tradiciones, los personajes, los objetos, el paisaje de un país que necesitaban conocer
para gobernar. Se trataba de un país escindido en dos mundos totalmente separados: el de
los terratenientes y el de los campesinos, el mundo de los de casaca y el mundo de los de
ruana. Así, influenciados por el costumbrismo español de autores como Mariano José de
Larra y Ramón de Mesonero Romanos, y guiados por la máxima de la escritora costumbrista
Fernán Caballero (seudónimo de Cecilia Bóhl de Faber): «Los cuadros de costumbres no
se inventan, se copian», que aparecía como epígrafe de Manuela, los costumbristas
colombianos emprendieron la labor de describir la realidad nacional. De ahí salió
Eugenio Díaz Castro, celebrado por su exactitud y veracidad, su espontaneidad, su
sencillez, su viveza, su ingenio y sensibilidad para descubrir en el mundo rural,
especialmente de la tierra caliente, interesantes y poéticos caracteres y objetos; y
también especialmente celebrado por la intención crítica y analítica de sus obras, con
las cuales don Eugenio quería «mostrar los vicios de nuestra organización política»,
al decir de Vergara. No obstante, al mismo tiempo don Eugenio fue duramente criticado por
sus contemporáneos debido a sus «descuidos idiomáticos», la «falta de pulcritud de su
estilo», su «lenguaje incorrecto», «su estilo vulgar y desaliñado>, y su
«filosofía barata». Su origen campesino, su carácter sencillo y pobre, y los baches de
su cultura, nunca fueron del todo aceptados por sus contertulios de Bogotá. Por eso El
Mosaico suspendió la publicación de Manuela, a pesar de que, aparentemente, Vergara,
José Manuel Marroquín y Ricardo Carrasquilla alcanzaron a retocar los ocho capítulos
aparecidos en el periódico. De todas maneras, Eugenio Díaz Castro es el autor de una de
las más importantes obras costumbristas de Colombia, donde se mezclan la pintura
realista, el comentario social y político, y el relato histórico, en un conjunto que, si
bien es irregular estilísticamente, resulta enormemente valioso como documento y
testimonio del país de aquellos primeros años [Ver tomo 4, Literatura, pp. 105-108].
PATRICIA TORRES
LONDOÑO
Bibliografía
CAMACHO ROLDAN, SALVADOR.
"Manuela" (Prólogo a la edición de 1889). En: Escritos sobre economía y
política. Bogotá, Colcultura, 1976. COLMENARES, GERMÁN "Manuela, novela de
costumbres de Eugenio Díaz". En: Manual de literatura colombiana. Bogotá,
Procultura-Planeta, 1988, tomo I pp. 247266. DÍAZ CASTRO, EUGENIO. Novelas y cuadros de
costumbres, 2 tomos. Edición, Elisa Mújica. Bogotá, Procultura, 1985. DÍAZ CASTRO,
EUGENIO. Manuela. Bogotá, Oveja Negra, 1985. REYES, CARLOS JOSÉ. "El costumbrismo
en Colombia". En: Manual de Literatura colombiana. Bogotá, Procultura Planeta, 1988,
tomo I, pp. 175-246. RUEDA VARGAS, TOMÁS "Eugenio Díaz" (Prólogo a El rejo de
enlazar). En: Escritos sobre Bogotá y la Sabana. Biblioteca de Bogotá. Bogotá, Villegas
Editores, 1988.
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