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Rufino José
Cuervo.
Oleo de Francisco A. Cano.
Biblioteca Nacional, Bogotá.
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Filólogo y humanista nacido en
Bogotá, el 19 de septiembre de 1844, muerto en París, el 24 de abril de 1911. Hijo de
Rufino Cuervo, vicepresidente de la República durante el mandato del general Tomás
Cipriano de Mosquera, y de doña Francisca Urisarri, dama de ascendencia vascongada,
piadosa y de agradable trato, que conservó en su familia las austeras y puras tradiciones
de sus antepasados, Rufino José fue el último de siete hermanos, tres de los cuales
murieron en la niñez y juventud. Su intensa religiosidad y devoción por la ciencia,
posiblemente resultado de la influencia de sus antepasados, donde se cuentan un
presbítero, un obispo, un arzobispo, próceres de la Independencia de la Nueva Granada,
gentes relacionadas con el gobierno, militares, exploradores, escritores y naturalistas,
fueron los aspectos que marcaron su vida. Bautizado por el ilustrísimo señor Manuel
José Mosquera, amigo de su padre, su infancia transcurrió en la casa paterna, ubicada
cerca de la catedral, donde vivían las familias distinguidas. Allí recibió,
directamente de su padre, las primeras enseñanzas, debido al caos en que se encontraba la
educación después de la expulsión de los jesuitas en 1850. Su enorme capacidad de
asimilación y observación permitió que los preceptos y normas vistos en el padre y
captados en la tradición familiar, fueran moldeando su espíritu; por otra parte, los
elementos de geografía y gramática que recibió durante su primera educación, fueron
decisivos en el desarrollo de sus posteriores estudios sobre la lengua. Muerto su padre en
1853, Cuervo ingresó al Liceo de Familia, dirigido por su hermano mayor Antonio Basilio,
donde enseñaban profesores como Pedro Fernández Madrid, el ex presidente José Ignacio
de Márquez y Antonio José de Sucre, quien viendo la disposición para los idiomas de
Cuervo y Miguel Antonio Caro, los separó de los demás alumnos, para darles lecciones
especiales de latín y castellano. En 1860 Cuervo estudió con don Santiago Pérez, quien
introdujo las enseñanzas gramaticales de Andrés Bello en Colombia. En 1861 estudió
lógica en el Colegio San Bartolomé, pero su permanencia allí fue corta, puesto que la
comunidad jesuita fue nuevamente expulsada del país. Así, a causa de la inestabilidad
política y social imperante en Colombia, la educación intelectual de Cuervo no pudo ser
continua, coherente y metódica; con todos los claustros clausurados en 1861, su
educación llegó a un fin prematuro cuando tenía 17 años. Los siguientes seis años
constituyen un período de silencio en su vida, pero se presume su dedicación al estudio
solitario y perseverante de las disciplinas lingüísticas. Para aliviar la mala
situación económica por la que atravesaba su familia, Cuervo se dedicó, por un corto
tiempo, a la enseñanza. Fue catedrático de latín en el Colegio del Rosario, entre 1867
y 1868, y en el Seminario Conciliar de Bogotá, enseñó latín y griego en 1868; en 1870
se dedicó a la latinidad, y dejó la enseñanza. En estos años escribió, en compañía
de Miguel Antonio Caro, el texto original de la Gramática de la lengua latina para el uso
de los que hablan castellano. Allí aparecen, con sin igual armonía y bien fundamentados,
los resultados de las investigaciones llevadas a cabo hasta entonces por los más
destacados filólogos de la época; por medio de la comparación entre las modalidades del
castellano y el latín, y el uso continuo de ejemplos tomados de los más notables
escritores, la Gramática latina de Caro y Cuervo sienta las bases de la moderna
lingüística, empleando un método que se adelanta a los mejores de hoy. Según Fernando
Antonio Martínez, este trabajo fue considerado por la Real Academia Española, una «obra
magistral y la mejor de su género escrita en castellano>. Caro y Cuervo, las dos
figuras más notables de la filología, aparecen aquí unidas en el plan pero distanciadas
en el desarrollo. Según Martínez, la analogía, parte que correspondía a Cuervo, fue
considerada como un análisis sagaz; la sintaxis, ejecutada por Caro, una síntesis
completa. Así, la Gramática latina revela el trabajo conjunto de un erudito de la lengua
y un filósofo del idioma.
Como la situación económica empeoraba,
Cuervo dejó la enseñanza para dedicarse a trabajar en la fábrica de cerveza que había
fundado su hermano Angel en 1868. Allí el trabajo era duro e intenso, y nunca faltaba el
cobro de cuentas pendientes. Según Fernando A. Martínez, Cuervo vivía «yendo por
fondas y tabernas aguardando y volviendo una y más veces>. Sin embargo, durante estos
años Cuervo continuó con su formación filológica, y se sospecha que fue en esos ires y
venires por tabernas y fondas, donde recogió las formas populares del habla bogotana.
Estudioso de los avances del comparatismo lingüístico europeo y del movimiento
científico y bibliográfico que venía operándose dentro del campo de la filología, su
preparación intelectual ya estaba casi completa. A medida que avanzaba en sus lecturas,
Cuervo hacía rápidos y seguros adelantos, como sus Apuntaciones críticas sobre el
lenguaje bogotano, la Muestra de un diccionario de la lengua castellana (1872) y los
Estudios filológicos. Cuando Cuervo publicó en 1872 la Muestra, su argumentación
lingüística era tan amplia que abarcaba varios troncos idiomáticos: armenio, celta,
danés, flamenco, griego, latín, lituano, ruso, sueco y sánscrito, y dentro de las
lenguas románicas: francés, italiano, portugués y provenzal, contando con el español,
de cuya repartición dialectal daba información. Remitía también al vascuence, y en el
campo de las lenguas semíticas, al árabe y al hebreo. Fernando A. Martínez dice: «Si
Cuervo hubiera proseguido por el campo acotado del comparatismo, hubiera podido ser uno de
los primeros indoeuropeos del siglo XIX». Paralelamente, Cuervo se esforzaba por mantener
un círculo de relaciones sociales en el que se destacan las figuras de Venancio González
Manrique, su colaborador en la Muestra, el doctor Ezequiel Uricochea, quien lo mantenía
al corriente de las noticias literarias y científicas europeas, y, especialmente, Miguel
Antonio Caro. Su más conocido y simpático libro de esta época, las Apuntaciones
críticas sobre el lenguaje bogotano, constituye una continua corrección de impropiedades
del lenguaje, de voces mal formadas, de palabras con acentos errados y de giros
defectuosos. Es una corrección, dice Nicolás Bayona Posada, encaminada a hacer patria,
pues la patria es la lengua. Las correcciones de Cuervo se hallan fundamentadas en un
sinnúmero de citas de los clásicos, etimologías y referencias a otras lenguas. Bayona
Posada dice que la obra tiene un solo defecto: su modesto título. Lo que llama
"apuntaciones", son estudios que no pueden contener mayor ciencia y más certero
análisis; además, casi la totalidad de lo que se censura a los bogotanos, puede
aplicarse a los americanos en general, y aun a los mismos españoles. Libro muy útil, que
llamó la atención de los lingüistas y se extendió rápidamente por los países de
habla castellana, las Apuntaciones convirtieron a Cuervo en la mayor autoridad de nuestra
lengua.
Sin embargo, Cuervo no se encontraba
satisfecho con su trabajo filológico. Su meta era elaborar un diccionario que reuniera
las etimologías, las autoridades y las comparaciones. Pero consciente de que esta labor
le era imposible, puesto que no contaba con los elementos necesarios para un trabajo de
tal envergadura, Cuervo decidió sacrificar su ambición y reducirse a lo posible: en
lugar de un diccionario general, elaboraría otro, en el cual figuraran solamente las
palabras que tuvieran un valor sintáctico importante en la frase. Así, en 1872 Cuervo
comenzó la lectura de los clásicos, subrayando las palabras notables de cada escrito. El
léxico, las construcciones sintácticas de todos y cada uno de los maestros de la lengua,
fueron quedando fijados poco a poco en tarjetas. Se dice que el estudio y anotación de
Don Quijote de la Mancha le llevó dos años de trabajo; esto muestra la magnitud del
análisis a que cada obra era sometida. Su amigo Marco Fidel Suárez, otro enamorado de la
lengua, le ayudó a elaborar las tarjetas. Cuervo trabajó ininterrumpidamente en su obra
durante seis años, hasta 1878 cuando suspendió transitoriamente su labor, para ir con su
hermano Angel a Europa en busca de nuevos materiales y tecnologías para la fábrica.
Allí visitaron la exposición de París, y estudiaron una que otra fábrica de cerveza,
sintiéndose Angel muy satisfecho del sistema de producción que utilizaba. En el año de
estadía, Cuervo aprovechó para establecer contacto con filólogos europeos como Pott,
Ribbeck y Teubner y para adquirir las publicaciones de la época. Los hermanos Cuervo
regresaron a Bogotá en 1879, pero con la idea de que sólo en París se daban las
condiciones necesarias para que Rufino José terminara su obra, ya que allí había
encontrado bibliotecas que le ofrecieron las primeras ediciones de las obras y colecciones
de manuscritos, y personas eruditas a quienes consultar sin demora. Tres años después,
en 1882, su anhelo de varios años se hizo realidad: los hermanos Cuervo cedieron la
cervecería, y viajaron a París, donde se radicaron. Recorrieron toda Europa, Tierra
Santa, Egipto y Arabia, estudiando a fondo las lenguas de esos pueblos, estableciendo
amistad con sus gramáticos y adquiriendo colecciones de sus literaturas. La vida
parisiense de Cuervo se puede asimilar a una existencia de carácter religioso. Iniciaba
su trabajo cotidiano al alba, dedicándose especialmente al Diccionario de construcción y
régimen de la lengua castellana.
Las obras de Cuervo se ubican dentro del
pensamiento lingüístico dominante en su época, y la manifestación de su pensamiento
científico, que se refleja en su actividad de investigador, podría señalarse en su idea
del lenguaje. Para Cuervo, el lenguaje es un mecanismo que está en constante
transformación, de acuerdo al tiempo y a los constantes cambios de la sociedad. De esta
manera, la lengua puede modificarse hasta el punto de convertirse en otra, lo que implica
que el idioma no es idéntico ni en el tiempo ni en el espacio. La lengua es un conjunto
de hechos que se explican históricamente, además, se debe tener presente que el clima,
el dominio de ciertas profesiones y la naturaleza realzan ciertos elementos que introducen
nuevas asociaciones de ideas; así se origina una alteración lingüística cuyos
principales agentes son la evolución fonética y la analogía. Pero esta alteración no
sólo se produce en el lenguaje figurado o en maneras generales de expresión, sino
también en la forma material de las palabras y su construcción, donde las palabras se
agrupan de acuerdo a su significado o forma. Estos elementos fueron los supuestos
teóricos que sostuvieron su tesis de la fragmentación del español en América. Por otra
parte, la obra de Cuervo se encuentra compenetrada con los principios de la lingüística
del siglo XIX, en la cual predominaban el historicismo, el radicalismo y el positivismo,
junto a la idea de ajuste a la realidad, a los puros hechos. Cuervo, trabajando conforme
al método del positivismo, veía en la historia un concepto realmente fecundo y le daba
la importancia requerida, ya que, en cierto modo, los estudios gramaticales de índole
descriptiva lo llevaban a explorar y determinar a través del tiempo las variaciones de la
lengua, según dice Fernando Martínez. Así, este concepto domina en todos los trabajos
de Cuervo, pero lo aplica de una manera rigurosa en dos escritos: "Disquisiciones
sobre, antigua ortografía y pronunciación castellanas" y "Los casos
enclíticos y proclíticos del pronombre de tercera persona en castellano". En las
Apuntaciones, Cuervo establece datos que, provenientes de la historia, son susceptibles de
ilustrar o confirmar la evolución fonética o el desarrollo semántico de la palabra. Sin
embargo, la obra en la que aparecen los principios históricos aplicados con más clara
conciencia es el Diccionario de construcción y régimen. En sus textos literarios, Cuervo
también se vale de la historia, pero recurre además a fuentes lexicográficas y
bibliográficas, a las crónicas y a la tradición.
El primer tomo del Diccionario de
construcción y régimen de la lengua castellana apareció en 1886, y el segundo, en 1893.
En este último, según Martínez, Cuervo se dio a una tarea de ordenación y redacción
más sencilla que en el primero. En el Diccionario, Cuervo establece la acepción correcta
de cada palabra de acuerdo a un contexto, busca su etimología, justifica el uso de cada
palabra utilizando gran cantidad de ejemplos, la analiza sola o como parte de un modismo,
anota la variación que haya podido sufrir a través de su uso y del tiempo, establece
científicamente sus relaciones con otras palabras, corrige con razones válidas las
construcciones erradas, y formula comparaciones entre la respectiva construcción
castellana y la de otras lenguas. A1 escoger como campo de trabajo la construcción y el
régimen de la lengua castellana, Cuervo abrió el camino a una doble consideración del
problema lexicográfico: la selección escrupulosa de un vocabulario restringido, pero
pleno de un contenido expresivo, dice Martínez, y su redacción y ordenación desde los
puntos de vista de la función y el valor sintácticos. Era evidente que si se trataba de
construcción y régimen, estas peculiaridades lingüísticas sólo cobraban sentido si se
las encuadraba en un ambiente propio: la sintaxis. Según Martínez, en el Diccionario
Cuervo introdujo una nueva dimensión al problema lexicográfico que se había propuesto
resolver: la dimensión histórica, y fue aquí, en el concepto de historia lingüística,
donde Cuervo puso a trabajar su capacidad de análisis para advertir y determinar
evoluciones semánticas, y contrastar etimologías, formas y variedades sintácticas;
donde vertió su experiencia de investigador que recoge los resultados de la lingüística
para aplicarlos a un dominio especial de los estudios referentes a la lengua materna. Es
bueno señalar que Cuervo introdujo, con rigor metódico, un principio esencial en torno
al problema central del español americano: la corrección idiomática. Tal principio
esclarecedor, crítico, es el uso lingüístico, superior y anterior a la gramática
misma, e íntimamente relacionado con su concepción general del lenguaje como ser vivo
sometido a constante mutación. En esta concepción dinámica es esencial señalar las
leyes a que obedece cada pueblo en las constantes mutaciones de su idioma, ya que, en
última instancia, estas leyes son las que constituyen el recurso esencial de cada lengua
en cuanto aseguran su permanente recreación, dice Amado Alonso. De aquí que las
Apuntaciones no queden reducidas a un repertorio de las reprensiones que Cuervo hace de
los vicios y corruptelas del lenguaje bogotano, o, más exactamente, americano; Cuervo
explica históricamente aquellos usos americanos que son paralelos y responden a las
mismas leyes de otros usos de la Península. Cuervo aceptaba una irremediable ruptura de
la comunidad lingüística hispánica, debido a la existencia de usos divergentes en el
lenguaje, unida a su concepción naturalista de éste. Sin embargo, a pesar de que creía
en la inevitable escisión que las circunstancias históricas imponían al español, las
Apuntaciones contribuyeron en extraordinaria medida al buen hablar colombiano, vigente en
la actualidad, como lo ha subrayado Amado Alonso.
Según Nicolás Bayona Posada, una de las
obras de Cuervo ideológicamente más interesantes es Notas a la Gramática Castellana de
Andrés Bello, junto con el índice alfabético de la misma. Bello fue el primero en
estudiar las características del castellano para fijar sus rasgos propios y su índole
peculiar. Con Cuervo, lo que había pasado de anatomía a fisiología, se convirtió en
algo superior: en psicología. Cuervo fue el complemerito de Bello: lo que en Bello es
anticipación, en Cuervo toma la forma de un estudio científico riguroso; lo que en Bello
es falta, en Cuervo está en abundancia; cuando Bello avanza, Cuervo lo aligera aún más;
si Bello se equivoca, Cuervo lo corrige con firmeza de erudición y profundidad de
análisis. Cuervo es considerado el continuador directo de la obra de Andrés Bello;
según Eugenio de Bustos Tovar, esto se impone por una doble realidad: por una parte, por
el hecho innegable de que la Gramática Latina responde a la Gramática Castellana de
Bello; por otra, porque las Notas a la Gramática Castellana, de Cuervo, se han
incorporado ya, inseparables, a la obra del filólogo caraqueño. La Gramática Latina de
Cuervo está construida sobre el mismo principio descriptivo que Bello usó en la
Castellana, es decir, que el sistema de una lengua debe ser considerado desde el seno de
la misma lengua. Este principio está enriquecido con los conceptos del comparatismo
lingüístico de Bopp. A este respecto, dice Eugenio de Bustos, Cuervo intenta alcanzar
una finalidad que hoy parece evidente, se trata de probar «una función secundaria pero
importante del latín: su valor documental en orden a la unidad y pureza del castellano,
como clave interpretativa del origen y exacto sentido de muchos problemas que la lengua
materna ofrece». Así, Cuervo incorpora en las Notas a la Gramática Castellana, las
innovaciones que el comparatismo y el positivismo trajeron a la ciencia lingüística. El
núcleo fundamental de los trabajos de Cuervo está en su concepción dinámica de la
lengua, es decir, en la validez del estudio histórico para alcanzar una imagen real y
auténtica de la lengua.
Su obra magna, el Diccionario de
construcción y régimen de la lengua castellana, donde plasmó su preocupación por la
organización científica de nuestro vocabulario según un criterio semántico, que por
primera vez se aplicaba al castellano, fue la que consumió sus mayores afanes; no
obstante, quedó interrumpida tras la publicación del segundo tomo. Cuervo trabajaba con
minuciosidad la documentación en que basaba sus afirmaciones, y fue elaborando el
Diccionario lentamente, como recreándose en las investigaciones previas que lo
fundamentan. Así, a las dificultades propias del trabajo, vino a sumarse la debilidad de
su salud y la soledad en que se encontraba, especialmente después de la muerte de su
hermano en 1896. Ya anciano, envejecido prematuramente por los rigores del trabajo, apenas
podía dedicar unos minutos seguidos a su trabajo, que tenía que interrumpir
constantemente. En 1905 hizo su testamento, y parecía haber abandonado sus estudios para
encontrar la paz en la lectura del Breviario de la imitación de Cristo y las obras
teresianas. Tomó una actitud apacible y tesonera ante la muerte. Dejó sus Libros,
papeles y manuscritos a la Biblioteca Nacional de Bogotá; el dinero, a la beneficencia de
la patria chica; el producto del arriendo de sus fincas, para auxiliar a un tipógrafo; a
la familia Cuervo, lo espiritual, sus diplomas, sus trofeos, sus condecoraciones; los
muebles, a la empleada de servicio. Murió vestido con una casaca ceremoniosa que con
anterioridad se había hecho colocar y que sólo usaba en ocasiones solemnes. En 1942 el
Ministerio de Educación Nacional creó el Instituto Caro y Cuervo con el objetivo, entre
otros, de continuar el Diccionario de construcción y régimen. En 1987 fue publicado el
tomo tres del Diccionario. También se han hecho recopilaciones de sus estudios
lingüísticos y literarios, y de su correspondencia, textos en los que Cuervo se muestra
un crítico y narrador ameno [Ver tomo 4, Literatura, pp. 118120; y tomo 5, Cultura, p.
138].
SILVIA ROJAS
B
ibliografía
BAYONA P., NICOLAS. Escritos literarios de
Rufino José Cuervo. Bogotá, Ed. Centro, 1939. CUERVO RUFINO, JOSÉ Obras. 1a. ed.
Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1954; 2~ ed.: 1987 TORRES QUINTERO, RAFAEL.
Bibliografía de Rufino José Cuervo. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1954.
Para mayor información
acerca de Rufino José Cuervo puede consultar el siguiente libro:
Vida de Rufino José
Cuervo y noticias de su época - TOMO I
Vida de Rufino José
Cuervo y noticias de su época - TOMO II
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