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Cristóbal Colón.
Litografía de J.J. Martínez.
Museo Nacional, Bogotá.
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Navegante y descubridor de
América. Casi todo lo relativo a Cristóbal Colón está rodeado de polémica o permanece
en el misterio: nombre, lugar y fecha de su nacimiento, educación, viajes, amigos,
valores éticos, locura, de todo se ha dudado. El primero en meter desorden fue su propio
hijo Fernando, cuando en la Vida del Almirante (1571), aseguró que su padre «quiso que
su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos» (capítulo I), y que de sus viajes y
navegaciones «no tengo plena noticia puesto que él murió cuando aún no tenía yo ni
atrevimiento ni familiaridad bastante por el respeto filial para osar preguntarle tales
cosas» (capítulo m). A juzgar por los relatos de sus coetáneos, Colón fue gente de mar
desde muy joven, cartógrafo como su hermano Bartolomé y conocía tanto el Mar del Norte
como el Mediterráneo. Pero los historiadores desde hace un siglo han puesto en tela de
juicio si Colón, como afirman los españoles, y Colombo, como lo identifican los
italianos, son o no una misma persona. Ciertamente la familia de Cristóforo Colombo era
de operarios manuales-tejedores y laneros unos, vinateros otros- y por esa razón se
sostuvo la tesis de que el hijo de Dominico Colombo y Susana Fontanarosa, nacido entre el
28 de agosto y el 31 de octubre de 1451, al parecer en Génova o en alguna ciudad del
Genovesado, fue cardador de lana y no tuvo nada que ver con el intrépido navegante
"descubridor" del Nuevo Mundo. Que Colón y Colombo eran dos personas distintas
lo demostró en 1921 el académico Ricardo Beltrán y Rózpide. Que Colón pudo ser
español, judío cuya familia había emigrado a Italia una o dos generaciones atrás, lo
argumentó Salvador de Madariaga. Que era catalán, lo afirmó Luis Ulloa. En medio de tan
singulares polémicas, la Real Academia de Historia de Madrid concluyó en 1926 «que si
bien hasta ahora es cierto que no hay prueba suficiente para declarar que Colón nació en
Pontevedra, tampoco la hay de que nació en Génova». En 1953 la prensa internacional dio
noticia, al parecer definitiva, de que Colón había nacido en Casale Monferrato. Otros
exigieron que se reconociera a Cataluña como patria del Almirante, argumentando que el
Documento Borromei, atribuido al protector de Pedro Mártir de Anglería, demostraba que
había nacido en Mallorca. Pero los historiadores, escépticos ahora, no han hecho más
que tomar nota de las discrepancias. La enigmática firma de Colón sigue siendo, 500
años después, otro misterio sin descifrar. Algunos han visto en ella la estrella de
David, disimulada entre las letras; otros, en cambio, la traducen invocación latina de
origen cristiano. El hecho de que Colón no haya escrito en italiano, porque no sabía la
lengua, sino en español, aunque salpicado de galleguismos, y que impuso muchos nombres
españoles a los lugares que visitó, hace aún más sospechoso su lugar de origen. En
1990, un autorizado historiador italiano, Paolo Emilio Taviani, realizó una cuidadosa
tarea de divulgación y estudio de las tesis genovesistas respecto a Colón. Sin embargo
subsiste la duda sobre la identidad entre el navegante Colón y el lanero Colombo. Es
desconcertante que ni retratos auténticos haya de Colón: de una treintena de pinturas,
algunas tan populares como el anónimo existente en la Galería Giovio, en Como, o el de
Sebastián de Piombo, en el Museo Metropolitano de Nueva York, todas las treinta son
apócrifas.
Los años mozos de Colón se desconocen.
Los de Colombo están en tela de juicio. De éste se dice que estudió en Pavía, pero
ningún documento avala la aserción. Que vivió en Savona en 1473, cuando trabajaba para
casas comerciales genovesas, parece cierto, al igual que su radicación en Portugal en
1479. A1 año siguiente se casó con Felipa Moniz, hija de Bartolomé de Perestrello,
capitán de Puerto Santo. Es la época en que leyó la Imago Mundi de Pedro d'Ailly y la
Historia Rerum Libique Gestarum del papa Eneas Silvio Piccolomini. Entre 1485 y 1486 se
estableció en Castilla, ya dedicado totalmente a promover su proyecto del viaje
transoceánico. Es, justamente, la época en que conoció, al decir de Juan Manzano y
Manzano, el viaje del protonauta Alonso Sánchez de Huelva, y el momento en que se
consolidó lo que la historia conoce como "el secreto de Colón". Como se sabe,
Colón nunca pudo explicar con suficiencia las razones que tenía para su proyectado viaje
«a levante por poniente». Conociendo la existencia de tierra firme al oeste con el
nombre de India Oriental como estaba pintado en los mapas de Martellus de 1489, sabiendo
que a 750 leguas aproximadamente se extendía el enorme archipiélago antillano, que desde
Marco Polo se creía parte de Cipango (Japón), Colón no podía revelar la fuente de su
información a los eruditos del reino, por la simple razón de que no convenía a sus
planes de obtener prebendas y recompensas: conoció la ruta en la bitácora de Sánchez de
Huelva, muerto en su casa de Madera en 1484. Acosado por su conciencia y por las presiones
de los sabios que exigían documentos probatorios para avalar su proyecto, le confió su
secreto al fraile de La Rábida, Antonio de Marchena. Sin embargo, el desarrollo mismo del
primer viaje trasatlántico de 1492 dejó al descubierto suficientes indicios de lo dicho
aquí. Veamos algunos:
El texto de las Capitulaciones de Santa
Fe, signadas el 17 de abril de ese año, admiten claramente que Colón descubrió islas y
tierra firme en los mares occidentales. Literalmente dice que Colón «ha descubierto»,
así, en pasado y como hecho cumplido.
La seguridad en la ruta trazada
este-oeste, casi en línea recta por la latitud 28 norte, desde la Isla Gomera, si bien no
llevaba más que confusamente a las islas antillanas, muestra un conocimiento claro de
tierras al otro lado del océano. La ruta de regreso siguiendo la corriente del Gulf
Stream, suroeste-al-nordeste, es otro acierto y otro misterio no suficientemente aclarado.
El mapa que llevaba Martín Alonso
Pinzón, consultado en altamar y conocido durante "los pleitos colombinos", era
una copia del Martellus traído de Roma, de la biblioteca del papa Inocencio VIII, fechado
en 1489, donde explícitamente aparece el litoral suramericano.
La doble contabilidad llevada durante el
primer viaje, demuestra que se tenía una distancia estimada y prevista de unas 750 leguas
marinas, calculada porque se tenía conocimiento de las distancias por recorrer, bien por
Martellus, Behaim, por Pinzón o por sí mismo.
La carta-credencial para el Gran Can, por
triplicado, delata una misión predeterminada y un objetivo político del viaje, no
evangelizador, puesto que en el primer viaje no iba ningún cura y sí un intérprete
políglota, Luis de Torres, judío que hablaba «hebraico, arábigo y algo de caldeo>.
Allí se le ordena dar embajada ante los príncipes de Oriente y referirles la situación
de España después de la expulsión de moros y judíos.
En efecto, en el proemio a su Diario de
viaje, es patente que Colón sabía a dónde iba y a qué, pues no tendría objeto darle
informes al Gran Can de la estrategia antimusulmana y antijudía de los reyes si no era
con el propósito de buscar su alianza.
La confirmación de los privilegios
otorgados al Almirante el 28 de marzo de 1493, después del primer viaje, se apresura a
otorgarle nombramiento de Virrey de las islas y tierra firme, cuando sólo se habían
hallado seis islas y apenas habían transcurrido trece días de su regreso.
La insólita bula papal, imprudente y
precipitada, qué encomia el viaje "descubridor" de Colón y prepara los
tratados de partición del mundo, cuando apenas el almirante pisaba, de retorno, tierra
hispana.
Fernando Colón, en la biografía de su
padre, dejó testimonio de la manera solapada y de los ardides de que se valió para decir
su verdad a medias, ante las juntas de sabios convocadas para examinar el proyectado
primer viaje: «Como en aquellos tiempos no había tantos cosmógrafos como hay ahora, los
que se reunieron no entendían lo que debían, ni el Almirante se quería dejar entender
del todo, por temor a que ocurriese lo mismo que en Portugal y se alzasen con el santo y
la limosna>. Pero Marchena sí conoció la verdad de todo, y ese es un nuevo indicio
revelador. Gonzalo Fernández de Oviedo afirma que Marchena fue «la persona sola de
aquesta vida a quien Colón más comunicó de sus secretos». Pero como tampoco los podía
revelar, porque los había conocido bajo el secreto de la confesión, el fraile se las
ingenió para decirle a los Reyes Católicos «que era verdad lo que el Almirante
decía», y a Martín Alonso Pinzón que «fuese a descubrir las Indias que placería a
Dios que habían de hallar tierra». El propio Colón aceptó después, que en los siete o
casi ocho años que duró su lucha por obtener apoyo oficial a su plan de viaje, «no
halló persona que no los tuviese en burla salvo aquel padre fray Alonso de Marchena».
¿Qué otra cosa pudo revelar Colón a Marchena sino el origen y las pruebas de su
ambicioso proyecto? Aún más, información suficiente sobre Sánchez de Huelva, primer
español en llegar a tierras americanas (Haití, 1484 ó 1485), consta en muchos
escritores antiguos, como Bernardo Aldrete, Roderigo Caro, Juan de Solórzano, Fernando
Pizarro, Agustino Torniel, Petrus de-Maliz, Gregorio García, Juan de Torquemada, Juan
Bautista Riccioli, Gonzalo Fernández de Oviedo, Francisco López de Gómara, Girolamo
Benzoni, y el ilustre autor de los Comentarios Reales, Garcilaso Inca de la Vega.
Los cuatro viajes de Cristóbal Colón
tuvieron distintas motivaciones, y aunque existe consenso sobre el segundo y el tercero,
que se llevaron a cabo para dar embajada al Gran Can y para atesorar oro y perlas,
respectivamente, y sobre el cuarto o «alto viaje», para buscar el estrecho que
permitiera llegar a las Molucas, en el Sinus Magnus, no ha sido posible un acuerdo sobre
la finalidad del primer viaje colombino. Que se toparía con tierra firme de la India
Oriental, donde se entrevistaría con el Gran Can, era previsible, pero no han escaseado
las suposiciones casualistas que, desde hace medio milenio, han entorpecido las
investigaciones. Las teorías sobre la "casualidad", "encuentro
fortuito" o "providencial" de América sólo han servido para encubrir el
reparto del continente entre las dos potencias católicas, España y Portugal, para
justificar el despojo de tierras de los indios y explicar la subsecuente guerra de
exterminio o de conquista, de la que Colón, por cierto, fue ajeno.
A1 amanecer del 3 de agosto de 1492
salió de Palos, a orillas del río Tinto, la pequeña flota compuesta por dos carabelas,
La Pinta y La Niña, y una nao, la Marigalante, rebautizada como Santa María. Todo el
viaje costaría alrededor de dos millones de maravedís, de los cuales los banqueros
genoveses de la Casa Berardi pusieron una cuarta parte prestada a Colón, los Pinzón y
los Niño otro tanto, y los Reyes Católicos la otra mitad, representada en las carabelas.
El primer viaje, de 32 semanas, se podría dividir en seis etapas. La primera, de Palos a
Canarias, entre el 3 y e19 de agosto, cuando llegaron a las Canarias, islas ya castellanas
y de las que no se podía sobrepasar al sur por prohibirlo el Tratado de Alcazovas. Colón
sabía, empero, que podía navegar hacia el oeste siguiendo los alisios del norte, a lo
largo del paralelo 28. La segunda etapa cubre hasta el 12 de octubre, viernes, en que se
afirma que vieron tierra los navegantes. Es curioso que, contra lo que se cree, ni un solo
documento coetáneo, ni siquiera el Diario de Colón, citado por Bartolomé de las Casas,
confirme esa fecha de manera explícita. Colón aseguró haber sido él en persona quien
avistara una lucecilla a eso de las dos de la mañana. La superstición fraguada después
sirvió para despojar al judío converso Juan Rodríguez Bermej, llamado Rodrigo de
Triana, del premio de diez mil maravedís y un jubón de seda a quien primero viera
tierra; pero fue este hombre quien gritó desde el palo mayor de La Pinta (no desde la
Santa María): «Waana Hen-I» (¡He ahí tierra!), de modo que lo entendieron sólo
Colón y Torrés, el judío. La tercera etapa del viaje llega al 16 de enero, cuando
Colón se creyó en el archipiélago japonés y próximo al Sinus Magnus. Tan apremiado
estaba por entregar las credenciales de embajador al Gran Can, que al pasar por Cuba
envió a sus emisarios a buscarlo. Con la misma idea se le adelantó Pinzón, y así
llegó a Haití, pensando en Cipango. La cuarta etapa ya es de regreso, Colón llegó
entonces a las Azores, el 17 de febrero, por ruta equivocada debido a una tormenta. De las
Azores a Lisboa cubre la quinta etapa. Durante el imprevisto encuentro con el rey de
Portugal, se le notificó a Colón que las islas al norte y al occidente de las Azores
eran lusitanas, en virtud del Tratado de Alcazovas de 1479. Más adelante, Portugal
reivindicó Terranova, Labrador y Brasil como posesiones suyas. En fin, la sexta etapa
concluye justamente en Palos, el 15 de marzo de 1493. La noticia de su regreso no causó,
de momento, mayor interés, excepto en los marineros y sus familiares. Dos meses después,
en carta a Juan Borromeo, Pedro Mártir de Anglería contó así el suceso:
«Un tal Chistophorus Colunus retornó de
las antípodas occidentales; es un ligur que enviado por mis reyes, con solo tres barcos
penetró en aquella provincia reputada por fabulosa, volviendo con pruebas palpables,
muchas cosas preciosas y en particular oro, que se produce en aquella naturalmente. Pero
pasemos a cosas menos ajenas».
El segundo viaje, del 25 de septiembre de
1493 al 11 de junio de 1496, encaminado a establecer asentamientos coloniales y recuperar
la inversión mediante captura de perlas y oro, fue el más numeroso y el más prolongado
de los viajes colombinos. Visitó las Antillas menores y la isla de Puerto Rico. A su paso
por la isla Tortuga, de Haití, constató la mala suerte que había acompañado a los
primeros colonos que se habían instalado en Natividad. A1 parecer, rivalidades internas
surgidas entre los habitantes españoles por acopio de oro y mujeres, fueron aprovechadas
por los caciques Guacanagarí, Caonabó y Mayreni para castigar a los intrusos. Sin
embargo, Colón fundó Isabela (25 de diciembre), organizó una expedición a Civao
(Cipango, según creían), recorrió la isla de Jamaica y Cuba por la costa meridional.
Convencido de que Cuba era península asiática, hizo jurar a toda la tripulación que
habían llegado al punto donde oriente y occidente se juntan. Durante el tercer viaje,
cumplido entre el 30 de junio y el 18 de octubre de 1498, bojeó Suramérica sin saberlo,
reconoció la embocadura del Orinoco (Mar Dulce), visitó la isla Margarita y terminó el
viaje en las Antillas. En el cuarto y último viaje, Colón costeó Centroamérica, desde
la isla de Guanaja, en la actual Honduras, y llegó al Darién. La idea geográfica de
Colón era por entonces más confusa: cuatro veces había cambiado respecto a la
insularidad o continentalidad de Cuba; buscaba el Sinus Magnus, pero, a su vez, no estaba
seguro de su ubicación, de manera que cuando los indios le informaron que a sólo nueve
jornadas había un gran mar, no les hizo caso; supo de la existencia de México e incluso
trabó contacto con una barcaza maya o totonaca que llegó hasta Guanaja, pero no le
concedió importancia. Estaba más preocupado por elaborar profecías sobre el fin del
mundo. Al fin del viaje, Colón descendió por la costa de Mosquitos hasta Punta
Marmórea, que aunque se la ha ubicado en Panamá, algunos autores, como Mauricio
Obregón, creen que se trata de Cabo Tiburón, en el Chocó.
Colón murió en 1506 en la ciudad de
Valladolid, y allí mismo fue sepultado, pero en 1509 sus restos fueron exhumados para
enviarlos a Sevilla, aunque otros querían que se enviaran a Triana. Luego, en 1541,
fueron remitidos a Santo Domingo, en la actual, República Dominicana. A1 confundirse con
otros restos, se generó tal confusión que hasta el día de hoy no ha sido aclarada por
los antropólogos físicos, porque cuando en 1795 Santo Domingo fue cedido a Francia, las
autoridades hispanas decidieron llevarse los huesos del Almirante a La Habana y, al
parecer, se llevaron equivocadamente otros. De tal suerte, en septiembre de 18T7 se
encontraron, otra vez en Santo Domingo, sus restos en urna de plomo bajo la inscripción
«Illtro. y Esde Varon Dn Cristoval Colon». Si a todo esto agregamos que entonces se
sostuvo que los llevados a Sevilla eran los de su hijo Diego, y que veinte años después,
en 1898, los supuestos huesos de Colón se llevaron a Cuba, resulta que ya nadie podrá
asegurar, con propiedad, dónde se encuentran las cenizas del hombre que más estatuas
tiene en el mundo por lo único que no reconoció haber sido: Descubridor de América [Ver
tomo l, Historia, "El descubrimiento de América", pp. 39-62].
GUSTAVO VARGAS
MARTÍNEZ
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