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Chavela
Vargas
por Marianne Ponsford
Revista Cromos
No.4.157, septiembre
de 1997
La resurreción de
Chavela Vargas
La historia está llena de ídolos vencidos. Deportistas, toreros, cantantes,
a quienes la fama les prestó su fugaz máscara de inmortalidad. Luego los olvidaron,
porque sí, porque a la gente le gusta olvidar. Esta es una historia distinta. Esta es la
historia de la cantante mexicana Chavela Vargas, quien tras veinte años ahogada en el
tequila, a sus setenta y cuatro años, resucitó.
MARIANNE PONSFORD
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EN NOVIEMBRE DE 1990, CHAVELA Vargas se levantó una mañana con un guayabo
atroz. En lo único que pensaba era en que la cantina todavía estaba cerrada. Salía
la puerta de la casa y por el empedrado venía un arriero. Ay amigo, no tendrá usted un
tequilita, le pregunté. Y él, con cara de pena, le pasó una botella. El cuerpo le
reverberó. Habían pasado casi veinte años desde su último concierto.
Por esos días, Mercedes Sosa dijo en un escenario: "Si alguien pasa por
México, que ponga una rosa de mi parte en la tumba de Chavela Vargas". Y es que todo
el mundo creía que Chavela estaba muerta. La verdad, no estaban tan lejos de la realidad.
Muerta en vida, ahogándose en tequila, sin voz, y tan pobre, que vivía en un cuartico en
Aguatepec, a una hora de Ciudad de México, en la casa de quien décadas atrás había
sido su empleada doméstica.
Chavela se levantaba al mediodía y comenzaba a beber de a raticos hasta que
se acabara la noche. Ella dice ahora que si a sus setenta y pico de años está tan bien,
es porque su cuerpo se ha conservado en alcohol. Pasé veinte años borracha y la
gente se olvidó de mí. Me tomé cuarenta y cinco mil litros de tequila. Y poco
importa cómo haya hecho las cuentas.
Atrás habían quedado sus míticos escándalos con José Alfredo Jiménez y
Jorge Negrete, cuando iba, pistola en mano y a caballo, por plena Avenida de Insurgentes
en Ciudad de México. Cuando se saltaba la tapia de la casa presidencial a medianoche,
para echarse unos traguitos con el presidente. Cuando dicen que mató a un hombre y pasó
un tiempo a la sombra por ello. Cuando vivía de parranda en parranda, o mejor, cuando
Chavela Vargas era la parranda.
Chavela tuvo el primer Jaguar E type que conoció México. Lo
estrelló de frente contra un árbol en la carretera México-Cuernavaca, y de paso se
arrancó la piel desde la raíz del pelo hasta dejar al descubierto casi todo el cráneo.
No iba muy sobria que digamos. Fue la primera mujer en ponerse pantalones en el país de
lo mero mero macho, y en declarar públicamente que no le gustaban los hombres.
Se enamoró de Grace Kelly cuando ésta aún no se había casado con
Rainiero, por las épocas en que Chavela hizo su aparición en Hollywood en los años
cincuenta. Se enamoró también de la princesa Soraya, tras una cena en Teherán en el
Palacio del Sha. Los rumores, que ella ni confirma ni desmiente, dicen que sus amores no
fueron tan mal correspondidos.
Vivió en casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, antes de la muerte de Frida en
el 54. Estuvo en Cuba con el poeta Nicolás Guillen, y allí nacieron los ya emblemáticos
versos de "Ponme la mano aquí, Macorina", que luego volvería canción Alfonso
Camín, y que uno escucha sin saber si la mano va a empuñar un fusil, una guitarra, o
agarrar un pedazo de caliente anatomía. Así la escuchaban los guerrilleros
centroamericanos metidos en el monte en los años sesenta, cuando todo era distinto,
cuando las cosas aún no habían perdido el sentido y todavía existía la esperanza de lo
distinto.
Un día un periódico mexicano anunció por primera vez una noche de eclipse
de luna, y Chavela decidió que quería verlo desde un ángulo distinto: lo vio,
finalmente, desde un paracaídas. Y es que medio México se acuerda todavía de "los
chavelazos". Rigurosamente inciertos, los sucesos de su vida
han ido tejiendo la leyenda, gracias a su voz magistral, una voz que conoció la fama y la
despreció: Yo he ganado dinero para comprarme un mundo más bonito que este. Pero
todo lo aviento porque quiero morirme como muere mi pueblo.
Al preguntarle por Colombia, a quien primero recuerda es a López Michelsen.
En los años setenta, ella cree recordar que pasó una noche borracha, cantando con el
señor Presidente debajo de una mesa en el hotel Tequendama. Pero no es de los setenta su
amistad con López. Viene de mucho más lejos, de cuando López Michelsen vivía en
México y se emparrandaban juntos hasta el último destello del amanecer. Ay, el alcohol. El
alcohol te hunde en unas profundidades espantosas. Mi vida estuvo sembrada de estrellas...
y yo me empeñé en los guijarros y las caídas.
CONTINUAR
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