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María Cano.
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Pionera antioqueña del
movimiento obrero y popular a 12 de 1887 - abril 26 de 1967). María de los Angeles Cano Márquez fue la primera mujer
pública de nuestra historia, constituyó un fenómeno de masas que conmocionó a un país
gobernado por un duro régimen político y en medio de una cultura tradicionista que
circunscribía la vida de las mujeres al hogar. La suya fue una vida de transgresiones:
fue dirigenta de la lucha por los derechos civiles fundamentales de la población y por
los derechos de los trabajadores asalariados, de la convocatoria y agitación de las
huelgas obreras, de la difusión de las ideas socialistas y de la fundación del Partido
Socialista Revolucionario. Nacida en los inicios de la Regeneración conservadora,
régimen confesional, autoritario y excluyente que se perpetuó en el poder
hegemónicamente durante más de cuarenta años, Mariacano -así seguido, como se la
nombraba popularmente- provenía de una familia de clase media culta y humanista, de
educadores, periodistas, artistas, músicos y poetas de raigambre radical, tanto por parte
de su padre, don Rodolfo, como de su madre, doña Amelia. María, la hija menor, sus tres
hermanas y su hermano se educaron en los colegios laicos que su padre regentó; al margen
del confesionalismo imperante, se iniciaron en la realización estética e ingresaron al
mundo del pensamiento y de la literatura con los parientes y amigos que frecuentaban la
casa; así mismo, en la familia se realizaban prácticas esotéricas espiritistas, una de
sus hermanas terminó siendo vidente. La actividad cultural formaba parte de la vida
cotidiana de esta familia, al parecer, sin discriminación entre hombres y mujeres. Las
primeras noticias de Mariacano se tienen a partir de su vinculación al movimiento
literario de principios de los años veinte, en Medellín. Su casa era uno de los sitios
de reunión de la tertulia frecuentada por los poetas Abel Farina y Miguel Agudelo, el
escritor Efe Gómez, el dibujante José Posada, el librero y poeta Antonio J. Cano,
cronista y sobrino de María, Luis Tejada y los periodistas Horacio Franco y Emilio
Jaramillo. Con la dirección de Emilio Jaramillo, estos intelectuales fundaron en 1921 la
revista quincenal Cyrano, y allí empezó María a publicar regularmente sus escritos, con
el seudónimo de Helena Castillo, y luego con su propio nombre hasta el cierre de la
publicación, en abril de 1923. Su primer texto fue un homenaje póstumo a Farina
(aparecido en el N° 6, septiembre 10 de 1921), «el poeta maldito» integrante de los
Panidas, a quien llamaba maestro. Luego, junto con María Eastman y Fita Uribe, continuó
en la redacción del periódico El Correo Liberal; ellas tres formaron parte de un
fenómeno literario de mujeres que se presentó en el país durante la década de los
años veinte, y que hizo florecer numerosos concursos de literatura y poesía femeninas,
que merecieron el apoyo y la defensa del maestro Tomás Carrasquilla, puesto que no
faltaban en la parroquia quienes atacaran y anunciaran el peligro de las mujeres
escritoras. «Fue en las montañas antioqueñas donde nació el canto nuevo, donde la
mujer es más oprimida, rompió primero la red de convencionalismos», decía Luis Tejada,
en el El Correo Liberal, en diciembre de 1924. En las publicaciones de estas tres
escritoras se aprecia el influjo de las poetas del Cono Sur americano, que habían hecho
su aparición en las letras latinoamericanas en la década anterior: Delmira Agustini,
Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. En María Cano es notoria la
influencia de la sensualidad y el erotismo de la Agustini y la Ibarbourou; "En el
bosque", por ejemplo: «Todo es beso en mí [... ] mis brazos se abren ansiosos. Beso
sereno, esta suave hora del atardecer que acaricia las flores humildes y aprieta mi alma.
Beso en mí es el inclinarse de las ramas de este árbol amparador. Bajan y suben en
caricia suave. Una dulce languidez va penetrándome, y mi cuerpo, boca amorosa, se oprime
a la tierra». (Correo Liberal, noviembre 17 de 1923). Paradójicamente, en sus escritos
se revela otro aspecto de su personalidad, frecuentemente encontrado en las mujeres de la
época que lograban acceder a una diferente forma de vida. En un artículo titulado
"Vivir", a la manera de la Mistral, en Lecturas para mujeres, hace toda una
disertación sobre la maternidad y la formación del alma femenina: «Mucho se ha creído
hacer por la educación de la mujer haciéndola útil, y no se ha pensado en hacerla
comprensiva al hombre. Comprensiva. Educando su espíritu, no su cerebro en la belleza;
abiertos a su alma los horizontes de alta bondad, será comprensiva de las luchas y
asperezas de la vida del hombre, y tenderá sobre ella, sin rasgarlo, el velo suave de su
amor [...] Así, enseñad a la mujer a ser suave haciéndola atmósfera de belleza. No
hagáis de ella un camarada despreocupado, si bueno para un rato de charla, no suficiente
para colmaros, no para completaros». (Cyrano, N° 39, marzo 2 de 1923).
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María Cano.
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En noviembre de 1923, María Cano
empezó a introducir en sus publicaciones elementos de la temática social del país. En
una carta dirigida a su majestad Inés I, reina de los estudiantes, la invita a que en su
reinado se ocupe de «la juventud hosca y sombría» que se mueve en lo que llamase
"Casa de Menores" (El Correo Liberal, noviembre 17 de 1923). En enero del año
siguiente, con el título "Los forzados", publicó una protesta contra la
educación militar que se impartía a los jóvenes reclutados; llamaba a la población a
protestar, a los dirigentes a pronunciarse y a las mujeres les decía: «Sois madres,
hermanas, novias y· sobre todo sois la mujer. ¿Por qué no eleváis vuestra protesta,
dulce pero firme? Son los hombres de mañana. Es la juventud sagrada. ¿No palpita en
vuestras almas el grito?». La transición de María Cano del romanticismo intimista a la
proyección social de sus inquietudes vitales, se aprecia a partir de su labor como autora
e impulsadora de una interesante propuesta para fomentar en las clases pobres el acceso a
la literatura y al saber. Un artículo titulado "Panespiritual", hacía una
exaltación de la lectura y del conocimiento: «No queramos para nosotros solamente el
deleite de paladear las fuentes de belleza [... ] No nos abroquemos en el sofisma de que
es abrir en su cerebro la fuente torturadora del análisis. Es tortura pero es vida, es
fuerza motriz. El saber es mano que cuando estruja modela». Allí expresó su anhelo de
abrir una biblioteca gratuita para el pueblo, e invitó a los periódicos y a las
librerías a enviar libros escogidos sabiamente. Su propuesta concluía ofreciéndose como
lectora pública al servicio de aquellos «que no sepan leer o que tal vez por sus muchos
años sus ojos no tengan luz suficiente y así no podrán saciar su ansia. Pero yo estaré
allí, mis ojos serán sus ojos, mi palabra vertirá en sus almas el elíxir del bien».
(El Correo Liberal, marzo 29 de 1924). Efectivamente su propuesta se concretó, y en el
mes de mayo ya tenía organizado el servicio en la Biblioteca Municipal; para atraer a sus
lectores-escuchas, publicó una especie de convocatoria titulada "Por los
obreros", en la que declarándoles su amor, les invita a gustar «conmigo el placer
exquisito de leer». Así comenzó su acercamiento a la vida de los artesanos y pobres de
la ciudad y el 1 de mayo de 1925 fue proclamada por obreros, artesanos, contratistas y
maestros de obra, Flor del Trabajo. Esta era una forma pintoresca de la época, a través
de la cual se exaltaba a las mujeres de la clase media y alta para entrar como reinas a
espacios para ellas negados: el mundo del trabajo asalariado o el mundo universitario, en
el caso de las reinas de los estudiantes. Sin embargo, «en María no se elegía a una
mujer joven y bella, en homenaje a la frivolidad, como se hacía en otras ocasiones, sino
un símbolo de cualidades que podía ser, como fue en realidad, bandera de combate del
pueblo insumiso de Colombia», en palabras de Torres Giraldo. Como Flor del Trabajo,
María Cano inició el ciclo de su vida pública, caracterizada por una intensa actividad
en favor de los trabajadores, y en cuya primera etapa incluyó desde visitas a los centros
fabriles, talleres y cárceles, hasta labores en comités y comandos populares. Su labor
como Flor del Trabajo era organizada concienzudamente por ella junto con la junta asesora
y con las comisiones de trabajo que se desplazaban para recolectar información y para
apoyar su labor; contaba también con dos damas de honor: Margarita Cano y Alicia Adarve.
En las doce actas de las sesiones de María con su junta, de junio a noviembre de 1925,
aparecen análisis de las condiciones laborales de fábricas y trilladoras, las quejas
presentadas por trabajadores acerca de su situación, y las comunicaciones enviadas a los
empresarios y a las autoridades acerca de problemas que afectaban a la población.
Realizaba acciones para impulsar lo que en aquella época se llamaba la unión del
obrerismo a través de conferencias, de la reorganización del periódico El Rebelde, del
diseño de las banderas y símbolos que lo identificaran y la confección de alcancías
para recolectar fondos de solidaridad. Aparece, también, la ayuda prestada a la Flor del
Trabajo del municipio de Segovia para hacer frente a las hostilidades de que era víctima
por parte del cura. Formaba parte del Comité Pro-Presos y del Comité Departamental
contra la pena de muerte y en defensa de las libertades públicas.
Su pensamiento sobre la igualdad, la
justicia y la libertad y sobre la educación popular, aparece constantemente en sus
intervenciones públicas. Con motivo del traslado a la cárcel de Medellín de un grupo de
obreros de la Tropical Oil Company, presos desde hacía ocho meses por la huelga de
Barrancabermeja, se incrementó la agitación social en la ciudad, y en una manifestación
María Cano realizó la primera intervención en la que demostró sus dotes de agitadora y
oradora pública. Pronunció una oración dirigida al juez de la causa, como mujer que en
sus débiles brazos llevaba el corazón de la humanidad, y a nombre de los oprimidos, le
dijo: «Cinco mil obreros de Barrancabermeja han querido que mi corazón traiga el eco de
su clamor de justicia y el anhelo que ponen sus energías en esta hora sagrada. No vengo a
pediros un mendrugo, no vengo a pediros misericordia, sino justicia. ¿En qué quedará
Antioquia la altiva la noble, si se castiga oprobiosamente a los que han sabido levantarse
enérgicos por la libertad y no han querido admitir la férula yanqui?». (El Correo
Liberal, julio 7 de 1925). Durante esta época se ocupó nuevamente de la educación
militar que se impartía a los reclutas, y dirigió una carta al gobernador y a los
congresistas para promover las reformas necesarias ara que el «servicio militar
obligatorio sea equitativo y honroso, o que no exista para que no sonroje él rostro de la
Nación, que se llama libre» (El Correo Liberal, agosto 11 de 1925).Posteriormente junto
con el ex presidente de la República Carlos E. Restrepo, llevó la palabra en una
multitudinaria movilización contra la pena de muerte y en defensa de las libertades
públicas; con su aguerrida intervención, María Cano irrumpió ante la opinión pública
nacional. En una pequeña ciudad en la que la defensa de la moral provocaba plebiscitos
para hacer retirar de una vitrina a la Venus de Milo, apareció esta pequeña, ágil y
menuda mujer vestida de blanco, que se tomaba las plazas y las calles en nombre de la
libertad, la igualdad y la justicia, dispuesta a enfrentar al régimen conservador, a
luchar contra la ignorancia y la explotación de los asalariados y contra la voracidad de
las compañías yankis. En una sociedad pacata, moralista y controladora, ella, una mujer
de treinta y siete años, sola, sin varón que la respaldara, encarnó una transgresión
cultural intolerable. Proveniente de esa especie de seres sin palabra pública, subió al
púlpito y se tomó el verbo. Su palabra arrolladora hacía palpitar a las masas populares
y temblar al establecimiento. Con un recuadro ilustrado por un numeroso grupo de beatas
hincadas de rodillas, arropadas de la cabeza a los pies y camándula en mano, Ricardo
Rendón, en una de sus famosas caricaturas, presenta a un niño preguntándole a su
abuelo: «¿Es cierto abuelito que María Cano es una gran oradora?» y él le respondía:
«Debe ser cierto mijito, porque en este país todas las mujeres son una grandes
oradoras». Esta pincelada de la mentalidad de la época sobre las _mujeres, permite
vislumbrar no sólo las rupturas y desafíos personales que asumió María, sino el
impacto que sobre la sociedad tuvo su opción política. Ignacio Torres Giraldo describió
así la estampa física de María Cano, en 1925: «Menudita, ágil y de bien distribuidas
formas. De talle fino y manos y pies pequeñitos, blanca aperlada, de cara ya marchita.
Sus ojos castaño oscuro, grandes para la talla -así como su boca-, miraban con recelo
pero se hacían melancólicos ante la cámara fotográfica y dulces cuando trataba a los
niños. Su cabello -castaño como los ojos-, entrecano, de común alborotado como divisa
de su fuerte inclinación a la bohemia contagio de la familia Tejada- que supo controlar
eficazmente en el período de agitación de masas. María no usaba ningún artificio de
belleza facial, ni en su talle el clásico corsé o faja que le venía a reemplazar, con
menos humos de señorío. Era negligente en el vestir y en general carecía de gusto para
elegir colores y modelos de sus trajes>. A finales de 1925, María Cano comenzó las
giras que la hicieron famosa en todo el país. En una época de marcado aislamiento
regional, de precarios medios de comunicación social, ella era la emisaria de noticias
que interesaban al pueblo trabajador y a la oposición, como las luchas de los
trabajadores petroleros, de los del río Magdalena y de los bananeros; por las libertades
civiles y políticas. Las gentes se lanzaban a las calles para apreciar a esa curiosa
mujer que hablaba en público sobre asuntos de hombres, y cuando la escuchaban provocaba
la adhesión de los pobres y la indignación de las élites. Su primera gira fue en la
zona minera de Segovia y Remedios, después de la cual su lenguaje adquirió el carácter
claro y directo que la distinguió: «Compañeros en pie. Listos a defendernos. Seamos un
solo corazón, un solo brazo. Cerremos filas y adelante. Un momento de vacilación, de
indolencia, dará cabida a una opresión más, a nuevos yugos. Valientes soldados de la
Revolución Social ¡en marcha! ¡Oid mi voz que os convoca!» (La Humanidad, Cali,
diciembre 22 de 1925). En 1926 trabajó en la preparación del III Congreso Nacional
Obrero, para lo cual realizó una extensa gira por carretera desde Medellín hasta
Ibagué, en compañía de su pariente el dirigente socialista Tomás Uribe Márquez. En
Bogotá, el Congreso Obrero la eligió directiva del mismo, así como a quienes
continuaban siendo sus compañeros de lucha: Ignacio Torres Giraldo, Raúl Eduardo
Mahecha, Tomás Uribe M. y Alfonso Romero. Presidió una delegación ante el gobierno
nacional para pedir la liberación de los presos políticos y sociales. El Congreso la
proclamó Flor del Trabajo de Colombia y ella asumió allí el compromiso de trabajar por
el Partido Socialista Revolucionario (PSR). Durante los años 1927 y 1928, María Cano
realizó una intensa actividad propagandística en amplias zonas del país. Se movilizaba
en carro, mula, caballo, ferrocarril, navegaba por nuestros ríos y en ocasiones se
trasladó por vía aérea. Recorrió Boyacá, las riberas del río Magdalena, Caldas,
Valle, Santander y la Costa Atlántica. En estas giras era recibida por multitudes que se
agolpaban en las terminales ferroviarias para saludarla y acompañarla en sus
concentraciones. En varias ocasiones fue detenida, en otras obligada a caminar kilómetros
bajo vigilancia policía, hasta dejarla en predios de un departamento vecino, en veces fue
recibida con fusilería para dispersar a los manifestantes. Hostigaba a los ricos por la
injusticia social, al gobierno por la represión a la oposición, confrontaba y denunciaba
a las compañías norteamericanas bananeras, petroleras y mineras, y al gobierno nacional
por no garantizar el respeto a Ya integridad de los trabajadores y la soberanía nacional.
A1 regresar a Medellín, en marzo de 1928, participó activamente en las campañas de
solidaridad con Nicaragua, invadida por las tropas estadounidenses, así como en el
Comité de Lucha por los Derechos Civiles contra la llamada "Ley heroica" (que
autorizaba la represión y persecución de los movimientos sociales) y para lograr
garantías para la oposición.
En noviembre de 1928, la huelga de las bananeras fue reprimida violentamente,
produciéndose una masacre de obreros. La represión desatada llevó a María a prisión,
junto con sus compañeros en Medellín. Estos hechos, así como la recesión de 1930,
incidieron en la terminación de las labores del Congreso Nacional Obrero y al
fraccionamiento del PSR. Las confrontaciones internas en el socialismo con la creación
del Partido Comunista, afectaron duramente a María Caño y a sus compañeros de lucha,
que fueron sometidos a duras críticas e inclusive a la expulsión por esa nueva
burocracia política. Sobre este episodio se ha tejido una red de confusiones y
desinformación; Alfonso Acosta Restrepo, compañero y amigo de María, testimonió así
este proceso: «Yo estaba en entredicho y un día resolvieron hacer un debate para ver
qué iban a hacer conmigo y me expulsaron. Hubo dos argumentos: el primero que yo era
intelectual y que los intelectuales necesariamente eran traidores, y que se metían en el
movimiento obrero para capitalizarlo, y yo era intelectual porque había hecho primero de
bachillerato y sabía escribir a máquina. En esa asamblea María se opuso [...] pero
resulta que ya estaba el expediente para echarla a ella también [...] El argumento para
echar a María era éste: el pueblo antioqueño es antimatriarcal y la presencia de una
mujer entre los obreros los asusta, los espanta, los obreros no quieren tener cuentas con
mujeres». María Cano escribió en aquella época una reveladora carta a Guillermo
Hernández Rodríguez, por aquel entonces dirigente de la creación del Partido Comunista,
en la que le decía: «Usted acusa de conspiradores a mis compañeros del Partido
Socialista Revolucionario y me quiere excluir a mí de tal responsabilidad, porque
supuestamente estoy llevada y convencida por ellos, o sea, no me otorga la posibilidad de
criterio personal. En este país, donde la mujer habla a través del cura, del marido o
del padre, hay esa costumbre. Pero ese debate yo no se lo voy a hacer, la gente sabe
quién soy y cuál es mi criterio». En el marco de este proceso de lucha interna en la
izquierda, María se vinculó como obrera de la Imprenta Departamental de Antioquia, en
1930, y luego pasó a servir a la Biblioteca Departamental, donde trabajó hasta 1947. Sin
embargo, en 1934 apoyó activamente la huelga del Ferrocarril de Antioquia. Posteriormente
se hundió en el más absoluto silencio, mientras en su ciudad natal se cuidaba con rigor
a las hijas para que no acabaran convertidas en temidas "mariacanos", término
acuñado para designar a las jóvenes rebeldes. En 1945, el movimiento de mujeres
sufragistas le ofreció un homenaje en Medellín. Recién derrotado el nazismo, dijo en
esta que fue su última intervención pública: «Un mundo nuevo surge hoy de la epopeya
de la libertad, nutrida con sangre y con llanto y con tortura. Es un deber responder al
llamado de la historia. Tenemos que hacer que Colombia responda. Cada vez son más amplios
los horizontes de libertad, de justicia y de paz. Hoy como ayer, soy un soldado del
mundo».
MAGDALA
VELÁSQUEZ TORO
Bibliografía
ESCOBAR CALLE, MIGUEL. (Comp.). María
Cano. Escritos. Medellín, Extensión Cultural Departamental, 1985. TORRES GIRALDO,
IGNACIO. María Cano, apostolado revolucionario. Bogotá, Carlos Valencia, 1980. ZULETA
RUIZ, LEÓN. María Cano y su época. Medellín, Escuela Nacional Sindical e ISMAC 1988.
Ver también la película María Cano, dirigida por Camila Loboguerrero, FOCINE, 1990.
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