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Luis
Caballero Holguín.
Carboncillo de Juan Antonio Roda, 1978. Colección particular.
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Pintor y dibujante nacido en
Bogotá, en 1943. Luis Caballero Holguín estudió arte en la Universidad de los Andes
entre 1961 y 1962, y luego en la Academia de la Grande Chaumière de París, entre 1963 y
1964. Desde el comienzo su trabajo ha sido figurativo, pero al principio sus personajes
eran muy esquemáticos y definidos por una línea gruesa. En 1968 obtuvo el primer premio
de la I Bienal de Medellín, con un políptico en el que estos personajes se extienden en
afanosas búsquedas amatorias sobre superficies azules y amarillas [ver tomo 6, p. 133].
Ese mismo año Caballero se radicó en París. Desde 1970 su obra comenzó a observar la
historia del arte; esta inclinación se destacó en 1973 en una muestra en Bogotá: con
una clara referencia al Renacimiento, sus figuras repasaban una hermosa lección de
líneas puras, valores plásticos, movimientos y escorzos. Sus personajes sin rostro
resultaban muy vivos y expresivos, gracias al dinamismo de los cuerpos, a la tensión de
las figuras solitarias y anhelantes y a la ansiedad desesperada de los acoplamientos.
Desde mediados de los setenta, Caballero ha venido perfeccionándose hasta lograr
representaciones llenas de vigor y precisión anatómica, en las que la figura humana,
tema exclusivo del artista, es un simple pretexto para exteriorizar el propio sentimiento
vital frente a las formas orgánicas. En pinturas al óleo y dibujos en diversos medios
(carboncillos, sanguinas, lápices, tintas con pluma o pincel), Caballero se regodea con
el cuerpo humano: lo recorre amorosamente, con la vista y con el tacto, desde todos los
puntos de vista. Lo único que le importa es el cuerpo: su superficie, sus músculos y
huesos. A base de estudio Caballero ha podido dominar la representación figurativa y
volcarse sobre el goce brindado por el intenso poder de las formas orgánicas. Sin
embargo, el naturalismo de Caballero no es un naturalismo tranquilo; por el contrario, las
representaciones de sus figuras desazonan y llenan de angustia, una angustia amortiguada
de todos modos por la belleza del trabajo. Son cuerpos erectos que están a punto de caer
o recibiendo castigo, o cuerpos yacentes, muchas veces apelotonados en pequeños grupos,
que parecen descansar después de la contienda amorosa o que realmente están muertos. Si
todas las zonas del cuerpo, a partir del rostro, destacan la idea del tormento, del
éxtasis o del anhelo, las manos crispadas o aquéllas que aprehenden otros cuerpos
resultan adoloridas al máximo. Son manos desesperadas, ansiosas, solitarias. Contribuye
al efecto deliberado de desenfreno y tormento, el hecho de que estas representaciones se
vean tan próximas (en un espacio demasiado reducido), aparezcan fragmentadas y, algunas
veces, se observen desde arriba. Para esta orgía de cuerpos entrelazados; Caballero se
apoya en el amplio repertorio de figuras humanas de la historia de la pintura a partir del
Renacimiento. No es difícil encontrar remembranzas de los mejores pintores, empezando por
Miguel Angel. Esa reverencia a la pintura del pasado implica una tremenda lucha por
afirmar su propia personalidad, su propio estilo. El naturalismo intelectualizado de
Caballero bien pudiera denominarse manierismo, pero, además, tiene otras
características: por ejemplo, su consciente artificio. Parece que el artista concibiera
escenografías refinadas para que unos actores amaestrados posaran en el gran proscenio de
la sensualidad, obedeciendo a las más exquisitas ondulaciones de ritmos lentos y
melodías elaboradas. También está su preocupación casi exclusiva por el fenómeno
estético, por la presencia del cuerpo hermoso, vivo o muerto, erótico y provocativo; la
sofisticación de la sensibilidad que ama la estilización, la imagen prodigiosa.
A lo largo de los años ochenta, la
obra de Caballero se muestra más suelta y segura y, al mismo tiempo, más dramática. El
artista trabaja cada vez más fragmentos del cuerpo humano y observaciones escorzadas muy
cercanas, casi tangibles. Aunque ahora le importa menos el acabado de la forma, es
indudable que no deja de ver como dibujante, esto es, en trazos. Ultimamente Caballero ha
acentuado los valores tonales, y con frecuencia ha trabajado con pinceles; sin embargo,
sigue mostrando un diseño latente y no puede evitar que sus manchas o sombras tengan una
delimitación precisa. De todos modos, este nuevo tratamiento de sus cuadros se aviene con
la intensificación de la violencia. Las fotografías de la crónica roja que escogió
para completar la publicación de 1990 con motivo de la presentación de su obra en
Bogotá, simplemente ratificaron lo que ya se sabía: Caballero no sólo trabaja el
desnudo incitado por el hedonismo o motivado por la reflexión recurrente en torno del
Cristo de la pasión, sino basado en las más brutales referencias gráficas de la
violencia de hoy. Caballero ha hecho siempre lúcidos comentarios de su obra y respecto
del dibujo ha dicho: «Dibujar del natural es analizar. Es escoger. Escoger las líneas y
los volúmenes que nos interesan dentro de esa maraña infinita de líneas y formas que
son nuestra visión. Escoger para recrear la emoción que se siente y saber desechar para
concentrar la visión [...] dibujar no es reproducir la realidad sino tratar de
apropiarnos la emoción fugaz y siempre distinta que produce en nosotros esa realidad».
A1 repasar sus bellos diseños de los últimos años, es evidente que dice la verdad.
Desde sus tintas con pluma de 1979, que a veces reiteran en una sola hoja un cuerpo que se
mueve, y que abundan en detalles de manos que se buscan, hasta los numerosos bocetos (en
varios medios) para el gran telón, de seis metros cuadrados, realizado en público en
1990 en la Galería Garcés Velásquez de Bogotá -trabajos preparatorios admirables, a
veces exclusivamente lineales, otras, manchados y dominados por los valores tonales;
dibujos parciales de primeras ideas tanto de personajes aislados, como de figuras en
grupo-, pasando por algunos carboncillos de los primeros años ochenta, algunos óleos
negros sobre papel de 1986 y algunas sanguinas de 1989, Caballero no sólo demuestra su
destreza como dibujante, sino su inclinación al naturalismo según lo definiera
Worringer: deleite en la forma orgánica y autogoce objetivado [Ver tomo 6, Arte, p. 133].
GERMÁN
RUBIANO CABALLERO
Bibliografía
Caballero, Grands Fusains, Galerie
Albert Loeb, París, 1979, texto: Ramiro Ramírez · Caballero ou L'irrésistible corps de
l''hommedieu, Galerie Jade, Colmar, 1980, texto: Conrad Detrez · Caballero, Galerie
Albert Loeb, París, 1982, texto: Luis Caballero · Caballero, Galerie Fred Lanzenberg,
Bruselas, 1982, texto: Fred Lanzenberg · Caballero. Galerie Albert Loeb, París, 1985,
texto: Luis Caballero · Luis Caballero, Galería Garcés Velásquez, Bogotá, 1990,
texto: Alvaro Medina · Luis Caballero, retrospectiva de una confesión, Biblioteca Luis
Angel Arango, Bogotá, 1991, textos: Beatriz González y otros · HERNANDEZ, JOSÉ y MARTA
TRABA Luis Caballero, me tocó ser así. Bogotá, Editorial La Rosa, 1986 · TRABA, MARTA.
"La fuerza del caos y la libertad expresiva: Luis Caballero y otros". En:
Historia abierta del arte colombiano. Cali, Museo de Arte Moderno La Tertulia, 1974.
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