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Simón
Bolívar.
Oleo de Pedro José Figueroa, 1821.
Concejo Municipal de Santafé de Antioquia.
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Militar venezolano,
Libertador de América (Caracas, julio 24 de 1783 Santa Marta, Colombia, diciembre 17 de
1830). Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, el más
completo de los americanos, libertador por antonomasia, creador de Bolivia, fundador de la
primera Colombia, héroe máximo de la independencia de seis repúblicas de hoy, no nació
ni pobre ni revolucionario, sino en una cuna aristocrática (mantuana), dueño de una rica
fortuna entonces representada por minas, haciendas cacaoteras y cientos de esclavos, y en
circunstancias tan distanciadas de la insurgencia de los pueblos, que bien pudo ser un
representante del poder colonial español y un desalmado explotador del pueblo, pero su
desinterés, inteligencia y rebeldía hicieron que, a la vuelta de pocos años y después
de unas cuantas decisiones radicales, se pusiera a la cabeza del más profundo y vigoroso
movimiento insurreccional llevado a cabo en el sur de América. Hijo del coronel Juan
Vicente y de María Concepción, Bolívar quedó huérfano de padre cuando tenía tan
sólo dos años y medio (1786), y de madre a los nueve (1792); vivió con su abuelo
materno Feliciano Palacios, y a su muerte, quedó al cuidado de su tío y tutor Carlos
Palacios. A los 12 años, en julio de 1795, mostró tempranamente su rebeldía, al huir de
la casa del tío para vivir con su hermana casada María Antonia, donde tampoco pudo tener
paz, no obstante el cariño que mutuamente se profesaban. Se le envió entonces a vivir a
casa del maestro de' primeras letras, el jacobino socialista Simón (Carreño) Rodríguez
(17711854), hombre de cultura política avanzada que mucho influyó en la educación del
futuro Libertador. Pero Simón Rodríguez, como se quiso llamar él mismo, se fue de
Caracas en 1797. Otro ilustre caraqueño, Andrés Bello (1781-1865), le dio clases de
historia y geografía, y el padre capuchino Francisco Andújar le enseñó matemáticas.
Todos ellos iniciaron la formación elemental de Bolívar, pero en gran medida se le puede
considerar como hombre de cultura autodidacta. Muchos creen que la vocación del joven
Bolívar era el ejercicio de las armas, porque antes de los 14 años había ingresado como
cadete en el batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, del que tiempo
atrás había sido coronel su padre. Pero esa educación de miliciano era común en la
época, cuando no había otra opción distinta que los seminarios religiosos. A comienzos
de 1799 fue enviado a Madrid, donde otros tíos. Esteban y Pedro Palacios se encargaron de
afinar su educación, puliéndola en extremo. El cambio fue tan rápido que si se le
compara con la redacción y ortografía de la primera carta autógrafa que Bolívar
escribió a su paso por México, en viaje a España, no deja de sorprender por la
diferencia tan notable que revela. Ese refinamiento se le debe en parte al sabio marqués
Jerónimo de Ustáriz y Tobar, caraqueño avecindado en Madrid, que se encargó de darle a
Bolívar, entre los 16 y 19 años, la educación de un cortesano: amplio conocimiento de
la cultura clásica, literatura y arte, francés, esgrima y baile. La frecuente asistencia
a fiestas y saraos, la versátil pero vanidosa vida de las altas clases sociales, bien
pudieron absorber al inquieto, simpático y rico americano en Europa. En Madrid conoció a
María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza (1781-1803), de quien se enamoró
profundamente. Se casaron en 1802, no obstante la juventud de los dos, ella de 21 y él un
poco menor, de 19. Su proyecto de vida era el propio de un heredero de ricas haciendas:
fundar un hogar, tener hijos, acrecentar las propiedades. Pero la suerte les dio otro
destino, porque a los pocos meses de llegados a Venezuela, María Teresa murió de fiebre
amarilla. Fue el único matrimonio de Bolívar, y a lo largo de su vida fue fiel a su
promesa de no volverse a casar, pero amó, y con frecuencia, a otras mujeres.
La vida de Bolívar entre
1802, antes de su matrimonio, y 1806, está caracterizada por el despilfarro y la
banalidad. Los placeres de la vida fácil en Europa para quien es rico y los mil
atractivos del esplendor napoleónico pudieron fascinar a Bolívar por un tiempo, el
suficiente para hartarse. Pero no todo el tiempo. Hay constancia de sus críticas
ponzoñosas al boato del Consulado y a la corrupción que se adueñaba de París, de su
deseo de hacer algo útil por su patria, así fuera dedicarse a las ciencias
físico-químicas, y del trato no muy frecuente pero suficiente con sabios como el barón
von Humboldt, Aimé Bonpland y otros, lo que demuestra que a la par que Bolívar se
divertía con holgura, también maduraba proyectos superiores. Estando en Roma un día de
agosto de 1805, en el Monte Aventino juró, ante su maestro Rodríguez, regresar a
América y prestarle apoyo a la lucha armada. Por entonces muchas ideas políticas de
avanzada ya eran del dominio público: la república electiva, la igualdad ante la ley, la
abolición de la esclavitud, la separación de la Iglesia y el Estado, la tripartición de
poderes, la libertad de cultos y el derecho de gentes (los derechos humanos) constituían,
por así decirlo, el consenso americano, pero faltaba quien hiciera realidad, acto de
gobierno, todo ese proyecto liberador. Y era imposible hacerlo en una colonia, puesto que
no se trataba de cambiar de rey, sino de abolir la monarquía; ni de discutir los yerros
de la dominación española, sino de imponer la soberanía del pueblo. Por todo eso se
debía hacer la guerra. A fines de 1806, al saber que Francisco de Miranda (1750-1816) se
dedicaba a fomentar la guerra en Venezuela, Bolívar decidió regresar, y después de un
recorrido por Estados Unidos, llegó a su patria a mediados de 1807.
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Simón Bolívar. Oleo de autor
anónimo.
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Fondo Cultural Cafetero,
Bogotá.
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Se inicia el proyecto
liberador Campaña Admirable (1813)
Es verdad que Bolívar
regresó a Venezuela para administrar sus fincas, pero también es cierto que en las
reuniones que se llevaban a cabo en su quinta de recreo, a orillas del río Guaire, más
que tertulias literarias se tramaban conspiraciones. Por eso al estallar la chispa
insurreccional en Caracas, el 19 de abril de 1810, cuando el pueblo desconoció al
gobierno colonial de Vicente Emparán, Bolívar, en compañía de Andrés Bello y Luis
López Méndez, fue nombrado por la junta revolucionaria comisionado ante el gobierno
británico, con la exacta instrucción de convencer al ministro de Asuntos Exteriores,
Lord Wellesley, de apoyar la insurrección caraqueña. En diciembre de 1810 regresó
Bolívar a Caracas con pocos triunfos diplomáticos, porque el gobierno inglés, aunque
simpatizaba con los actos independentistas de los americanos, como una manera de socavar
la hegemonía española en este continente, estaba unido a España por un tratado de
alianza. Mientras tanto, Bolívar había convencido a Miranda para que lo acompañara en
un nuevo esfuerzo por consolidar la independencia de su patria. En 1811 Bolívar, con el
grado de coronel que le concedió la Sociedad Patriótica de Caracas y bajo las órdenes
de Miranda, contribuyó a someter a Valencia, que no obedecía a la Sociedad, y en 1812, a
pesar de sus esfuerzos por defender la plaza de Puerto Cabello, a él confiada, no logró
evitar que cayera en manos de los realistas debido a una traición. Desilusionado ante la
rendición del generalísimo Miranda ante el jefe español Domingo de Monteverde, pero
deseoso de continuar la lucha, Bolívar decidió, en unión de otros jóvenes oficiales,
apresar a Miranda. Aunque Bolívar no lo entregó a los españoles, otros sí lo hicieron,
y el infortunado precursor fue embarcado preso hacia Cádiz, donde murió poco después.
Todos perdieron aquella vez, y Bolívar apenas logró un salvoconducto para emigrar,
gracias a su amigo Francisco Iturbide. Se trasladó a Curazao y luego a Cartagena de
Indias, donde escribió uno de sus más célebres documentos, la "Memoria dirigida a
los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño", conocido también como
Manifiesto de Cartagena (diciembre 15 de 1812). Allí se opuso a la copia acrítica de
fórmulas políticas buenas para «repúblicas aéreas», criticó el federalismo como
inadecuado para los nuevos Estados emergentes, sugirió la formación de un ejército
profesional en vez de milicias indisciplinadas, proclamó la necesidad de centralizar los
gobiernos americanos y propuso una acción militar inmediata para asegurar la
independencia de Nueva Granada, consistente en reconquistar a Caracas, que era, a su
sentir, la puerta de toda la América meridional. Propuso, en fin, pasar a la ofensiva
estratégica. En la práctica, esa fue la campaña que de inmediato llevó Bolívar a cabo
con éxito notable, acrecentando su prestigio de supremo director de la guerra. Así pues,
a la cabeza de un pequeño ejército, limpió de enemigos los márgenes del Magdalena,
ocupó en febrero de 1813 a Cúcuta, y en sólo 90 días, entre mayo y agosto, liberó a
Venezuela en una rápida y fulgurante sucesión de batallas. Por eso esta campaña
recibió el nombre de Admirable y Bolívar fue aclamado por vez primera como Libertador,
título oficial que le concedió la ciudad de Caracas en octubre de ese año y con el que
será universalmente reconocido.
Casi a la vez, ocurrió otro
suceso memorable: en junio, al pasar por Trujillo, Bolívar decretó la guerra a muerte,
con lo que consiguió solucionar el problema fundamental en toda guerra, que es hacer el
deslinde político-ideológico entre amigos y enemigos y sentar un elemental principio de
identidad nacional y de clase. Afirmó que eran americanos los que luchaban por su
independencia sin importar país de nacimiento ni color de la piel; y que eran enemigos
los que aunque nacidos en América, no hicieran nada por la libertad del Nuevo Mundo. Con
ese decreto, tan vituperado incluso por bolivarianos de nota, Bolívar logró separar,
tajantemente, los dos campos, evitando el apoyo que mantuanos y hacendados criollos daban
a los realistas; creó condiciones para la guerra de todo el pueblo, en la que nadie
podía permanecer indiferente; y atrajo a llaneros, cimarrones, indios y esclavos al
ejército patriota. En el decreto de Guerra a Muerte está el secreto de la Campaña
Admirable, que es, a su vez, la clave de la libertad de Venezuela.
Sin embargo, el
establecimiento, por segunda vez, de la república en Venezuela no duró mucho tiempo. A
pesar de triunfos en batallas como las de Araure, Bocachica o la primera de Carabobo, y de
resistencia, heroica como la defensa de San Mateo, Bolívar en el occidente del país y
Santiago Mariño en el oriente se vieron obligados a cederle el terreno al sanguinario
asturiano realista José Tomás, Boves (1782-1814), quien al vencer a los patriotas en el
combate de La Puerta (junio de 1814), los obligó a evacuar la ciudad de Caracas. Se
produjo, entonces, la patética emigración de veinte mil habitantes hacia Barcelona y
Cumaná huyendo de la persecución de Boves. Con otros oficiales, Bolívar logró
escaparse a Cartagena otra vez, donde podía hallar refugio y renovados apoyos. Cuando
todo parecía llegar a su fin, derrotado y desconocido por sus antiguos partidarios,
Bolívar lanzó en Carúpano (septiembre de 1814) un manifiesto lleno de serenidad, con la
mira puesta en el futuro, superando las aciagas circunstancias momentáneas. Propuso algo
más que la independencia, que es la libertad, se declaró culpable de los errores
cometidos pero inocente de corazón, y se sometió al juicio del Congreso soberano:
«Libertador o muerto dijo- mereceré el honor que me habéis hecho, puesto que ninguna
potestad humana podrá detenerme hasta volver segundamente a libertaros».
Carta de Jamaica (1815)
Al servicio de la Nueva
Granada, Bolívar recibió la orden del Congreso de ocupar la provincia disidente de
Cundinamarca para incorporarla a las Provincias Unidas. Cercó entonces a Bogotá, la que
pese a la excomunión eclesiástica, logró tomar sin derramamiento de sangre. De esta
manera, en enero de 1815, se pudo trasladar el Congreso de Tunja a Santafé. Enseguida
partió el Libertador a Santa Marta, pero en Cartagena se encontró con la hostilidad de
Manuel del Castillo, que aunque del ejército patriota, abrigaba de tiempo atrás
resentimientos contra Bolívar. Bolívar había decidido poner sitio a Cartagena, pero
desistió para evitar el enfrentamiento armado que hubiera sido el comienzo de una guerra
civil cuando más se necesitaba la unión, porque se acercaba la reconquista española de
Pablo Morillo, al frente de 15 mil veteranos. Bolívar emigró a Jamaica, el 14 de mayo de
1815. Ante tan desesperada situación, Cartagena, asediada por Morillo, proclamó en
octubre su anexión a Inglaterra en busca del apoyo británico. El duque de Manchester,
gobernador de Jamaica, hizo caso omiso de la solicitud cartagenera. Bolívar se dedicó en
Kingston a una intensa campaña publicitaria en The Royal Gazette. Escribió varias cartas
públicas a comerciantes ingleses, describiendo la situación de América en su conjunto,
con realismo, ecuanimidad y clarividencia, a tal punto que todo lo allí indicado se
cumplió cabalmente a lo largo del siglo XIX. Por eso han sido llamadas proféticas esas
cartas, en especial la firmada el 6 de septiembre de 1815, dirigida a Henry Cullen,
"Contestación de un americano meridional a un. caballero de esta isla"
Nuevamente la estrategia integracionista de Bolívar para hacer de América una respetable
«nación de repúblicas» tuvo aquí su presencia. Otra carta firmada por "El
Americano", menos conocida, es una vívida descripción y diagnóstico de la plural
identidad latinoamericana, con fundamento en su diversidad étnica.
Tal vez en la vida de
Bolívar no hubo otro año más desastroso que 1815, pues no sólo se vio exiliado y sin
recursos, sino que fue víctima de un intento de asesinato a manos de su antiguo criado
Pío, sobornado por los agentes de Salvador de Moxó, gobernador realista de Caracas. Se
trasladó entonces a la República de Haití, donde su presidente, Alejandro Pétion, le
proporcionó magnánima ayuda con la condición única de que otorgara la libertad a los
esclavos negros. A1 poco tiempo salió de Los Cayos una magnífica expedición al mando de
Bolívar, que llegó en mayo de 1816 a la isla de Margarita y tomó Carúpano por asalto.
Bolívar decretó el 2 de junio la libertad de los esclavos. Ese mismo año retornó a
Haití, donde se pertrechó por segunda vez y volvió a la carga. A comienzos de 1817
encontramos a Bolívar en Barcelona, trabajando para hacer de la provincia de Guayana un
bastión en la liberación de Venezuela: había comprendido que debía hacerse fuerte
donde el enemigo es débil y modificar la estrategia de ocupar las principales ciudades
costeras. De esta manera, en julio tomó la capital principal, Angostura (hoy ciudad
Bolívar); en octubre organizó el Consejo de Estado, y en noviembre el Consejo de
Gobierno, el Consejo Superior de Guerra, la Alta Corte de Justicia, el Consulado, el
Concejo Municipal, y dio pasos para editar su propio órgano de prensa, El Correo del
Orinoco, que apareció en junio de 1818. En aquella época no sólo se le oponían los
españoles: también uno de sus generales, Manuel Piar, quien prevalido de su segundo
nivel jerárquico y de ser negro, trató de resucitar la guerra de razas de la época de
Boves, aunque esta vez en el espacio republicano: Bolívar lo paró en seco, y ante su
deserción, ordenó su prisión y juicio. Piar, lamentablemente, fue condenado al
fusilamiento por el Consejo de Guerra, sentencia que se cumplió el 16 de octubre,
consolidando, a tan alto precio, la autoridad de Bolívar y evitando así una inaudita
guerra de razas.
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Simón
Bolívar. Bordado sobre papel, por Nieves Martínez. Museo Nacional, Bogotá.
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Campaña
Libertadora Batalla de Boyacá (1819)
El año siguiente fue
dedicado a la planeación de una gran estrategia libertadora. Ahora, ya arraigados los
patriotas en el oriente venezolano, con el Orinoco como vía regia para comunicarse con
los proveedores de armas y hombres del exterior con los llanos del Apure al centro y la
selva virgen a la espalda, se podía diseñar una campaña a mediano plazo. Bolívar
logró sorprender a Morillo en Calabozo, aunque los patriotas perdieron la batalla en
Semén. En Rincón de los Toros una patrulla realista casi descubre a Bolívar, y se
salvó por un golpe de suerte. Pero estas eran contingencias de la guerra. Lo principal
era que se tenía una gran base patriota y que se había revertido la geografía de la
revolución, cuando en 1814 los realistas eran dueños de los llanos y las selvas y los
insurgentes de las costas y ciudades. La nueva estrategia, pues, daba sus frutos. En
febrero de 1819 Bolívar convocó y logró reunir un congreso en Angostura, donde
pronunció un discurso considerado después como el más importante documento político de
su carrera de magistrado. Presentó también un proyecto de Constitución. Mientras tanto,
uno de sus generales, Francisco de Paula Santander (1792-1840) había organizado un
considerable ejército en los llanos orientales neogranadinos. A su vez, el general
llanero José Antonio Páez (1790-1883), que le juró obediencia, había levantado un
temible ejército de lanceros. En circunstancias diferentes los dos habían dado pruebas
de fuerza, éste de valor temerario y aquél de meticulosa preparación. Por ejemplo, en
Las Queseras del Medio, Páez había sido rodeado por Morillo, quien tenía cerca de seis
mil soldados, mientras él sólo tenía unos cuarenta jinetes; atrajo a mil soldados
realistas llano adentro aparentando retirada, y cuando los españoles le daban alcance
Páez gritó «¡Vuelvan caras!»; los terribles lanceros le hicieron a Morillo 400 bajas
entre muertos y heridos, provocando la desbandada realista (abril de 1819). A su vez,
Santander, con inacabable paciencia, había entrenado en Casanare y en pocos meses, un
ejército de alrededor de 1300 soldados.
En mayo de 1819, Bolívar le
confió al vicepresidente nombrado en Angostura, Francisco Antonio Zea, que desde hacía
mucho había meditado una empresa que «sorprenderá a todos porque nadie está preparado
para oponérsele». A Santander le había ordenado días antes que concentrara «todas sus
fuerzas en el punto más cómodo y favorable para entrar al interior» de la Nueva
Granada. Envió a Páez a los valles de Cúcuta como táctica de distracción; pues
siempre pensó sorprender al general José María Barreiro y sus 4500 hombres, penetrando
al territorio realista por el lugar menos propicio. Con los 2100 hombres que llevó
Bolívar y los 1300 que tenía Santander, se llevó a cabo el epopéyico tramonte de los
Andes. Hombres todos de tierras calientes y bajas fueron impelidos a subir a páramos de
cuatro mil metros de altura, por caminos inciertos y precipicios de espanto, llevando
armas, cabalgaduras, vituallas y parque. Rápidos combates en Pisba, Gámeza y el Pantano
de Vargas pusieron a los españoles a la defensiva, aunque los patriotas se vieron por
momentos en serios peligros de perder la iniciativa. El 7 de agosto se dio la batalla del
Puente de Boyacá que, siendo de menor importancia militar que la del Pantano de Vargas,
tuvo mayor repercusión política, pues los restos del ejército español fueron
derrotados y el propio Barreiro y su alta oficialidad cayeron prisioneros. A consecuencia
de esta batalla de cuatro horas, el oriente de ' América meridional quedó liberado,
incluyendo a Santafé, su capital. Las bajas españolas fueron entre 400 muertos y
heridos, además de la pérdida total de los pertrechos de guerra, gran parte de la
caballería y 1600 prisioneros. Por si fuera poco, el virrey Juan Sámano, al enterarse
del desastre, huyó de Santafé dejando intacto el tesoro real, calculado en un millón de
pesos de oro. Morillo escribió al rey de España: «Bolívar en un solo día acaba con el
fruto de cinco años de campaña y en una sola batalla reconquista lo que las tropas del
Rey ganaron en muchos combates». Dejó Bolívar el mando de la Nueva Granada al general
Santander, y sin pérdida de tiempo tornó a Venezuela. En Angostura, a propuesta suya, el
Congreso expidió la Ley Fundamental de la República de Colombia (diciembre 17 de 1819).
Aunque por corto tiempo, el ideal integrador de una gran nación americana inició así su
hermosa realidad.
Liberación de Venezuela,
Ecuador y Perú
A la fundación de la
Magna Colombia se agregó otro hecho feliz: en enero de 1820 estalló en España la
revolución del general Rafael Riego, quien se opuso a la reconquista americana y
facilitó la firma en Trujillo, Venezuela, de un armisticio y un tratado para la
regulación de la guerra. Bolívar y Morillo, enemigos ayer, se entrevistaron en el pueblo
de Santa Ana. A1 cese de la tregua, los ejércitos patriotas reiniciaron con renovadas
fuerzas la lucha independentista, lográndose la victoria el 24 de junio de 1821 en la
sabana de Carabobo. Los restos del ejército español se refugiaron en Puerto Cabello, y
en 1823 se rindieron incondicionalmente. Ahora Venezuela quedó libre y sólo faltaba
Ecuador, donde aún permanecían los realistas. Después de breve estadía en Cúcuta,
donde se reunieron los congresistas para aprobar una nueva Constitución, Bolívar se
encaminó por Bogotá hacia el sur, mientras el general Antonio José de Sucre (17951830)
hacía lo mismo desde Guayaquil. En Bomboná se venció la resistencia de los pastusos y
en Pichincha, el 24 de mayo de 1823, se liberó definitivamente al Ecuador, quedando así
integrado el bloque de países grancolombianos. Pero los españoles eran todavía fuertes
y dominaban en tierra peruana, constituyendo una seria amenaza no sólo para Colombia,
sino para la sobrevivencia del sistema democrático y republicano en toda la América.
Además, todavía allí existían ideas monarquistas, que ataban a muchos patriotas a la
vieja sociedad. Para discutir esos y otros proyectos libertarios se reunieron en Guayaquil
(puerto recién liberado por Colombia) Bolívar y el general José de San Martín
(1777-1850), libertador de Argentina y Chile y protector del Perú. Se ha dicho que lo
hablado a solas entre los dos constituye un misterio indescifrable hasta hoy, pero a
juzgar por lo que sucedió inmediatamente después, se puede colegir lo pactado: San
Martín reconoció la soberanía colombiana en Guayaquil, solicitó y obtuvo el apoyo
militar de Bolívar para avanzar al sur del continente con sus veteranas tropas, y él
mismo ofreció irse de América para no crear conflicto de poderes con los colombianos.
Bolívar, a su vez, vio la gran oportunidad para asegurar la independencia de Colombia y
prestar al mismo tiempo concurso decisivo a la liberación suramericana.
En 1823 la situación
político-militar de Perú distaba mucho de ser apacible. Las divergencias entre el
presidente José Riva Agüero y el Congreso dividieron la nación, mientras los españoles
seguían intactos en la sierra. Las tropas de auxilio argentinas, chilenas y las
colombianas, recién llegadas, se habían cansado de esperar una resolución definitiva.
Los propios realistas estaban también divididos entre monarquistas recalcitrantes y
liberales. Perú parecía un caso perdido. En tan crítica situación, Bolívar fue
llamado formalmente por el Congreso, con facultades para reorganizar el ejército. Cuando
se aprestaba a ocupar el Perú, la guarnición de El Callao se pasó a los realistas y
Lima pasó a manos españolas. Entonces el Congreso se disolvió a sí mismo y designó a
Bolívar dictador, como en la antigua Roma, entregándole todos los poderes para salvar al
país. Pero contra los que pensaron que Bolívar se contentaría con asumir su autoridad
de manera apenas circunstancial, se sorprendieron cuando un poderoso ejército
multinacional de colombianos, argentinos, peruanos e incluso europeos, emprendió la
ofensiva estratégica. El 6 de agosto de 1824 Bolívar derrotó en Junín al Ejército
Real, en una brillante operación con armas blancas, la última gran batalla que así se
dio en la historia mundial. Y pocos meses después, siguiendo la estrategia bolivariana,
se dio el 9 de diciembre la batalla de Ayacucho, el más grande enfrentamiento de tropas
que ha habido en toda la historia de América hasta hoy, pues pelearon 5780 aliados
americanos contra 9320 realistas. Casi todos, el virrey, todo el Estado Mayor, 16
coroneles, 68 tenientes coroneles, 468 oficiales y los generales José de Canterac y
Zerónimo Valdés, así como la gran mayoría de la tropa, quedaron prisioneros. Los datos
son útiles, porque con la batalla de Ayacucho terminó la etapa militar de la
independencia americana y las iniciativas estratégica y táctica pasaron definitivamente
a los ejércitos patriotas.
Dos días antes del triunfo,
el 7 de diciembre, el dictador Bolívar y su secretario José Faustino Sánchez Carrión,
a nombre del Perú, cursaron una invitación a los gobiernos independientes de Colombia,
México, Centroamérica, Chile y La Plata, es decir, que así quedaba reunida toda la
América antes española. Aunque el Imperio del Brasil también fue invitado y aceptó
participar, no asistió. Chile tampoco porque el Congreso no se había reunido para
aprobar el viaje de sus delegados, y cuando lo pudo hacer, ya había concluido la reunión
en Panamá. Las Provincias Unidas del Río de la Plata, bajo la presidencia de Bernardino
Rivadavia, por distintas causas dejaron de asistir. Bolivia nombró delegados, pero no
pudieron viajar oportunamente. Los Países Bajos fueron invitados como observadores, pero
su delegado olvidó las credenciales y el Congreso no pudo habilitarlo. Francia, todavía
comprometida con España, declinó la invitación. Paraguay no fue invitado porque la
gobernaba el doctor José Gaspar Rodríguez Francia y estaba aislado de todo contacto
exterior. Haití fue discriminado por el vicepresidente de Colombia, Santander, quien, en
cambio, contra expresas instrucciones de Bolívar; invitó a Estados Unidos. Pero ninguno
de los tres delegados norteamericanos pudo asistir a Panamá: Ricardo C. Anderson murió
durante el viaje, John Sargeant llegó tarde y Poinsett esperó inútilmente el traslado
del Congreso Americano de Panamá a Tacubaya, en México. Gran Bretaña fue invitada y
asistió como observador. En resumen, el 22 de junio de 1826 lograron reunirse en la
ciudad colombiana de Panamá, ocho delegados de cuatro países: Centroamérica, Colombia,
México y Perú: Sesionaron en 10 ocasiones y aprobaron dos documentos trascendentales: el
Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua y la Convención de Contingentes
Militares y Navales. También se discutió el problema de la esclavitud de los negros, la
independencia de Cuba y de Puerto Rico y se creó un ejército de 60 mil soldados, una
flota y un comando naval. Pero muchas intrigas políticas y saboteos más o menos
encubiertos, malograron el espléndido proyecto anticolonial americano. Sin embargo, el
teatro de la guerra pudo crecer después de Ayacucho por las amenazas de la Santa Alianza
europea monarquista, para intervenir con 100 mil hombres en América, según la oferta de
Francia a España. El 8 de marzo de 1825, en carta a Santander, Bolívar expuso su idea de
una guerra popular prolongada como freno eficaz a la intervención europea. Su estrategia
era permitir la invasión, dejarlos entrar, cerrarles las salidas y los suministros en
Cartagena y Puerto Cabello, y atacarlos por partes mediante la guerra de guerrillas. No
dudó en que ésta sería una gran guerra mundial desatada por los tronos contra las
nuevas repúblicas liberales. De un lado estarían la Santa Alianza y las monarquías
europeas, y del otro, Inglaterra y la América entera.
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Simón
Bolívar por Francisco Camacho. Museo Nacional, Bogotá.
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Constitución boliviana y
dictadura
Entretanto, Bolívar
renunció a la dictadura ante el Congreso peruano, que lo colmó de honores como ni
Venezuela ni Colombia lo habían hecho: un millón de pesos para él, otro para su
ejército, espada y corona de laureles de oro, medallas para la tropa, y otros. Bolívar
rehusó el dinero pero aceptó los homenajes. Viajó por Arequipa, Cuzco, Potosí. En
Chuquisaca, las provincias del Alto Perú, antes subordinadas a Argentina, proclamaron la
independencia con el nombre de República Bolívar; se llamó así la que hoy conocemos
como Bolivia. A solicitud de su Congreso, Bolívar redactó la Constitución del nuevo
Estado, otro documento fundamental para conocer el pensamiento que la prolongada guerra
habría hecho germinar en el Libertador: hacer un Estado tan fuerte como democrático,
sacando experiencias tanto del pensamiento clásico greco-latino, como de la democracia
norteamericana. En su Constitución, el presidente y el Senado hereditario serían el
freno a las ambiciones personales de los caudillos. Los ciudadanos votarían no sólo para
elegir el poder ejecutivo y el legislativo, sino también para formar un poder electoral
encargado de nombrar jueces, gobernadores y curas. Ese sería el logro de la democracia
plena. La Constitución para Bolivia, claro resumen del pensamiento político de Bolívar,
fue mal entendida en su época y peor promocionada. Tildada de tiránica por los liberales
la "vitalicia", como se le caracterizó, fue el punto de referencia de toda la
invectiva contra el Libertador en los cuatro años siguientes. Sin embargo, aunque Bolivia
la adoptó por dos años, y el Perú la aprobó aunque sin implantarla, en Colombia se le
impugnó con severidad todo el tiempo, a pesar de que Bolívar la defendió tenazmente
como una Constitución más liberal que la de Cúcuta de 1821.
Viejas rivalidades entre
caudillos y la incapacidad para superar el regionalismo lugareño existente entre los
pueblos desde la época colonial, fueron atizadas en abril de 1826, so pretexto de
oponerse al modelo de la Constitución para Bolivia. Mientras Bolívar se distanciaba de
Santander y éste de Páez, estalló en Venezuela una insurrección contra las autoridades
centrales de Bogotá. Bolívar marchó a Caracas a sofocar la revuelta, conocida como La
Cosiata, y logró la paz a comienzos de 1827. Regresó a Bogotá en septiembre y asumió
la Presidencia de la República, desplazando a Santander, quien la ejercía como
vicepresidente ejecutivo. Para conciliar los ya dos bandos opuestos, bolivaristas y
santanderistas, se convocó a una Convención Nacional, en Ocaña, en 1828, que fracasó
rotundamente dejando al país sin una ley fundamental. Ante la virtual anarquía, Bolívar
asumió en agosto la dictadura que le ofrecían los pueblos. Pero el 25 de septiembre, un
heterogéneo grupo de teóricos radicales, importadores y masones, casi todos jóvenes,
conspiró contra Bolívar para darle muerte. Aunque varias veces había salido bien
librado en atentados contra su vida, esta vez la conjura tenía características más
oprobiosas, en parte por su calidad de presidente y porque los principales conjurados eran
sus compatriotas. La oportuna intervención de la bella quiteña Manuelita Sáenz le
salvó la vida, gracias a su desplante y serenidad ante los asesinos. Aunque Bolívar
quiso ser magnánimo con sus enemigos, el auge que había tomado el partido
antibolivariano y la situación general del país aconsejaron al gobierno actuar con
severidad. Pero el Libertador cayó preso de una mortal tristeza.
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Simón
Bolívar. Oleo de Pablo Sansegundo. Museo Nacional, Bogotá.
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Años finales
Los últimos dos años de la
vida de Bolívar están llenos de amargura y frustración. Hizo un balance de su obra,
comprobando que lo más importante quedó sin hacer mientras lo hecho se desmoronaba. La
independencia integral de América, el plan para llevar las tropas libertarias a Cuba,
Puerto Rico y Argentina, que se aprestaba a una guerra contra el imperio brasileño, o a
la España monárquica, si fuera necesario, quedaban como lejanas utopías imposibles de
realizarse. La confederación grancolombiana, o la andina, o la anfictionía americana,
todo eso que estuvo a punto de cumplirse, debía posponerse ante otro tipo de problemas
inmediatos: fuerzas del Perú invadieron el Ecuador, y su expulsión le llevó casi todo
1829. El general José María Córdova, uno de sus más cercanos amigos, dirigió una
revuelta y fue asesinado. EJ general Páez, desobediente y desleal, se le insubordinó
también y declaró la separación de Venezuela. Se vio obligado a expulsar de Colombia a
Santander, antes uno de sus mejores aliados. A comienzos de 1830, Bolívar regresó a
Bogotá para instalar otra vez un Congreso Constituyente; ante esa soberanía, renunció
irrevocablemente. Ahora sólo deseaba irse lejos de Colombia, a Jamaica o a Europa, aunque
vaciló y pensó que bien valía la pena comenzar de nuevo, reuniendo a sus leales en la
costa colombiana. Varios sectores del ejército se levantaron, esta vez en su favor, pero
ya era tarde. Cada vez más enfermo, logró llegar a Cartagena a esperar el buque que lo
alejaría de tanta ingratitud. Para su mayor desgracia, recibió en Cartagena la noticia
de que Sucre, el más capaz de sus generales y tal vez el único que podía sustituirlo,
había sido asesinado en Berruecos, a los 35 años de edad. Contemporizando con la muerte
que ya se anunciaba, aceptó la hospitalidad que le ofrecía el generoso español Joaquín
de Mier, para llevarlo a su finca, un trapiche llamado San Pedro Alejandrino, en las
proximidades de Santa Marta, a descansar. Tradicionalmente se ha dicho que Bolívar estaba
tuberculoso, pero algunos médicos sostienen hoy día que una amibiasis le atacó el
hígado y los pulmones. Dictó testamento el 10 de diciembre de 1830. Ese mismo día
emitió su última proclama pidiendo, rogando por la unión. Siete días después, a la
una de la tarde, como dijo el comunicado oficial, «murió el Sol de Colombia». Vivió 47
años, 4 meses y 23 días. Sepultado en la iglesia mayor de Santa Marta, allí quedó su
corazón, en una urna, cuando los restos fueron llevados a Caracas doce años después.
Un recuento de su obra
militar no encuentra similar en la historia de América. Participó en 427 combates, entre
grandes y pequeños; dirigió 37 campañas, donde obtuvo 27 victorias, 8 fracasos y un
resultado incierto; recorrió a caballo, a mula o a pie cerca de 90 mil kilómetros, algo
así como dos veces y media la vuelta al mundo por el Ecuador; escribió cerca de 10 mil
cartas, según cálculo de su mejor estudioso, Vicente Lecuna; de ellas, se conocen 2939
publicadas en los 13 tomos de los Escritos del Libertador; su correspondencia está
incluida en los 34 tomos de las Memorias del general Florencio O'Leary; escribió 189
proclamas, 21 mensajes, 14 manifiestos, 18 discursos y una breve biografía, la del
general Sucre. Personalmente, o bajo su inspiración, se redactaron cuatro Constituciones,
a saber: la Ley Fundamental del 17 de diciembre, creadora de Colombia (Angostura); la
Constitución de Cúcuta (1821); el proyecto de Constitución para Bolivia (1825); y el
decreto orgánico de la dictadura (1828). No tuvo tiempo para completar su obra magna: la
unidad política de Latinoamérica, la liberación de Cuba y Puerto Rico, el apoyo a
Argentina contra el imperio brasileño, la Confederación Andina (1825), la ayuda a la
propia España para liberarse de los monarquistas (1826), en fin, el establecimiento de
una sociedad utópica, donde se logre «la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma
de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política» (1819). En 20 años de
intensa vida política, 7538 días de actividad revolucionaria, a partir de su misión
diplomática a Londres (1810) y hasta su deceso en Santa Marta, casi no hubo día en que
no redactara una carta o emitiera un decreto, o que recorriera 13 kilómetros diarios en
promedio. América ha reconocido a Bolívar como el paradigma y símbolo más querido de
su identidad y soberanía. En 1842 el Congreso de Venezuela dispuso que las cenizas del
Libertador fueran trasladadas con toda pompa de Santa Marta a Caracas y reposan hoy en el
magnífico Panteón Nacional. En 1846 Colombia puso la estatua de Pietro Tenerani en el
centro de Bogotá. En 1858 Lima le erigió una estatua ecuestre, reconociéndolo como
Libertador de la nación peruana. En 1891 Santa Marta puso una estatua de mármol junto a
la Quinta de San Pedro Alejandrino. Ya desde la segunda mitad del siglo XIX se le
levantaron monumentos en casi todas las ciudades importantes de América y en muchas de
Europa. Se cumplió así la insuperable sentencia de Choquehuanca: «Con los siglos
crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina» [Ver tomo 1,
Historia, "La Primera República granadina (1810-1816)", "Reconquista e
Independencia, 18161819" y "El experimento de la Gran Colombia
(1819-1830)", pp. 243-308; y tomo 5, Cultura, "Las ideas políticas de
Bolívar', pp. 35-50].
GUSTAVO
VARGAS MARTINEZ
Bibliografía
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general José de San Martín, Libertador del sur. Bogotá, ICELAC, 1993. DAVILA, VICENTE.
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Nascimiento, 19541965. FRANK, WALDO. El nacimiento de un mundo. La Habana, Instituto del
Libro, 1967. HERRERA TORRES, JUVENAL. Simón Bolívar, vigencia histórica y política.
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Caracas, Imprenta Nacional, 1952. PERU DE LACROIX, LUIS. Diario de Bucaramanga. Madrid,
Editorial América, 1924. PUYO, FABIO. Muy cerca de Bolívar. Bogotá, Oveja Negra, 1988.
VARGAS MARTINEZ, GUSTAVO. Reflexiones sobre el sueño bolivariano de la Patria Grande.
México, Domés, 1983. VARGAS MARTINEZ, GUSTAVO. Bolívar y el poder. Orígenes de la
revolución en las repúblicas entecas de América. Colección 500 años después.
México, CCyDEL, UNAM, 1991. ZEA, LEOPOLDO. Simón Bolívar: integración en la libertad.
México, Edicol, 1980.
Una síntesis del
Libertador
Simón Bolívar es sin duda
el personaje histórico más importante que ha producido América Latina, hasta el punto
que casi todos los movimientos políticos y sociales lo han reclamado como precursor o
fundador. Cada época y corriente ideológica han recreado a Bolívar de acuerdo con sus
propios afanes, así que han desfilado por las páginas de historia unos Bolívares
masónicos o beatos, derechistas o izquierdistas, gringófilos o cerradamente
antinorteamericanos... Ninguna visión encierra la verdad entera, pero todas se
fundamentan, por lo menos en parte, en lo que él dijo e hizo. El Libertador nació el 24
de julio de 1783 en Caracas, de una familia latifundista y esclavista de la llamada
aristocracia "mantuana". Casi no tuvo educación formal, pero con ayuda de su
maestro privado Simón Rodríguez, de su pasión por la lectura y unos viajes tempranos a
Europa y Norteamérica, alcanzó un grado de instrucción general no necesariamente
inferior al que hubiera significado un grado de bachiller o doctor. Se empapó del
pensamiento de la Ilustración, en especial su vertiente francesa (dominaba el idioma
francés casi como el español), y no faltan las descripciones de Bolívar estirado en su
hamaca de campaña, leyendo a Voltaire u otro semejante. Tal predilección por los
filósofos franceses no es realmente un rasgo definitorio de sus ideas, ya que la
compartían muchos de sus eventuales adversarios políticos. Significa simplemente una
tendencia de apertura a las "luces del siglo" y a las innovaciones políticas y
sociales, aunque no a todas, ni de una sola vez.
Un rasgo que sí es
definitorio de Bolívar es el que participara en la lucha de emancipación durante todas
sus etapas sin excepción, y en múltiples teatros geográficos. Se diferencia del
Libertador del Sur, José de San Martín, quien llegó un poco tarde a la epopeya (en 1810
estaba en España) y se autoexilió antes de la batalla final, y del angloamericano George
Washington, cuya actividad se restringió a su país. En los comienzos del movimiento en
Venezuela, Bolívar era una figura secundaria, un agitador de los que promovían la
declaración de independencia absoluta (la primera de un país hispanoamericano, el 5 de
julio de 1811) y un militar subalterno a quien, en el colapso de la Primera República de
Venezuela, en 1812, le tocó perder la fortaleza estratégica de Puerto Cabello. Sin
embargo, al año siguiente se convirtió en jefe indiscutible de la Segunda República,
nacida de las ruinas de su antecesora. Pudo restaurar el régimen patriota venezolano y
ascender a la dirección suprema, que no abandonaría nunca, gracias, no sólo a las dotes
de guerrero que demostró a lo largo de la Campaña Admirable de 1813, que lo llevó de
nuevo a Caracas, sino también al apoyo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, cuyo
territorio le sirvió de base para reconquistar Venezuela. Así quedó sellada otra
característica permanente de la carrera de Bolívar: su vinculación estrecha con la
Nueva Granada, donde más de una vez encontraría asilo cuando la fortuna de la guerra le
resultó adversa en Venezuela, y cuyos hombres y recursos combinó indiscriminadamente,
con los del país vecino hasta alcanzar la victoria final, y aun más allá.
La Segunda República
venezolana también resultó efímera, por más que Bolívar recurriera a una franca
dictadura militar para defenderla. Cayó en medio de rivalidades regionalistas y críticas
legalistas, además de las tensiones de clase y raciales que atizaban los jefes realistas.
Los republicanos habían proclamado la igualdad jurídica de las razas desde la Primera
República, pero no habían tocado la institución de la esclavitud y eran casi todos
ellos miembros de alta clase criolla, cuyos intereses económicos y sociales no siempre se
identificaban con los de las masas venezolanas. A mediados de 1814, por consiguiente,
Bolívar se encontraba otra vez en Nueva Granada, aunque no por mucho tiempo, ya que le
incomodaban las luchas intestinas de los patriotas granadinos y preveía claramente que la
desunión allanaría el camino al Pacificador Pablo Morillo. Partió Bolívar a Antillas,
donde redactó uno de sus documentos clásicos, la Carta de Jamaica de septiembre de 1815,
en que con prosa de gran originalidad y lucidez analizó el pasado y futuro de la América
Española y proclamó su fe inquebrantable en la victoria. En seguida hizo demostración
práctica de esa fe obteniendo del gobierno de Haití el apoyo para una expedición a
Venezuela, y luego para otra más cuando la primera fracasó. Hacia fines de 1816 regresó
definitivamente a Suramérica, donde se dedicó a crear una base de operadores en la
cuenca del Orinoco y también a dotar a la causa patriota de un mayor sabor popular, por
no decir populista, proclamando la abolición de la esclavitud y ofreciéndoles a los
veteranos de guerra una repartición de bienes de los enemigos. De mucha importancia fue
la colaboración que recibió del jefe nato de los llaneros, José Antonio Páez, quien
había consolidado un reducto patriota en el Apure.
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Simón
Bolívar. Sanguina y lápiz sobre papel de Luis Caballero, ca. 1982. Colección
particular, Bogotá.
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Bolívar tuvo poco éxito
frente a la infantería de Morillo en los Andes venezolanos. Pero a mediados de 1819
abandonó su intento de liberar a Caracas y dio un vuelco estratégico de gran alcance,
emprendiendo la campaña a través de los llanos hasta subir los Andes y apoderarse del
centro mismo del Nuevo Reino. Para ello renovó su estrecho contacto con los patriotas
granadinos, en especial con Francisco de Paula Santander, quien después de organizar una
base política y militar en los llanos de Casanare comandó la división de vanguardia del
ejército libertador. Por su breve duración y corto número de combatientes, la batalla
de Boyacá, que coronó la campaña, no parecería sino una pequeña escaramuza. Sin
embargo, en sus consecuencias directas e indirectas fue la más decisiva de las victorias
de Bolívar, porque abrió el camino de Bogotá, ocupado días después sin mayor
resistencia, y aseguró el control de un territorio densamente poblado del que podía
extraer reclutas y recursos materiales. Si hasta la víspera de Boyacá la suerte de la
guerra había resultado incierta habiendo perdido Bolívar casi tantas batallas como
ganó- ya no volvería a perder sino por excepción. El balance de moral e ímpetu
político y militar había revertido a favor de los patriotas, quienes registrarían una
victoria tras otra a medida que llevaban la lucha hasta la costa de Nueva Granada, a
Venezuela otra vez, y más tarde al Ecuador y Perú hasta la victoria final de Ayacucho en
diciembre de 1824.
Mientras tanto se erigía un
régimen republicano en todo el territorio del antiguo virreinato de Nueva Granada, del
Orinoco a Guayaquil, con el nombre de República de Colombia (Congreso de Cúcuta, 1821).
Esta unión respondió al anhelo de Bolívar de crear en la América antes española, no
una sola nación fue desde su Carta de Jamaica reconocía como cosa inmanejable-, pero sí
unos Estados más grandes y fuertes que los que a la larga surgieron. Anhelaba también
que los nuevos Estados establecieran por lo menos una estrecha alianza entre sí, para lo
cual promovió tratados de cooperación fraternal y la reunión del Congreso de Panamá de
1826, que de acuerdo con su plan habría sido un encuentro sólo de ex colonias
españolas. La cancillería colombiana invitó también al Brasil y Estados Unidos, mas en
la práctica no participaron sino hispanoamericanos -y no todos ellos-, así que el
Congreso tuvo significación más bien como precedente para el futuro, que como un paso
real hacia la unidad latinoamericana. Tampoco resultó viable en época de Bolívar la
unión colombiana (o grancolombiana, como la bautizaron retrospectivamente los
historiadores). Paradójicamente, el mayor escollo para la preservación de la unión fue
la misma patria chica del Libertador, Caracas, que en última instancia no aceptaba
supeditàrse a la lejana y friolenta Bogotá. La desafección venezolana se hizo sentir
por primera vez en la rebelión de Páez de 1826, que fue el primer reto político
enfrentado por Bolívar al regresar del Perú. Llegó a un arreglo con Páez, que no
duró, y a fines de 1829 éste encabezaba un nuevo movimiento autonomista que desembocó
en la separación de Venezuela y en la prohibición de que Bolívar volviera a territorio
venezolano.
La Nueva Granada se
convirtió así en última morada del Libertador. Murió el 17 de diciembre de 1830 en
Santa Marta, camino del exilio, que fue voluntario, por más que muchos granadinos
hubiesen deseado que partiera. Sus enemigos principales eran los aliados políticos de
Santander, quien había sido colaborador eficaz como vicepresidente de Colombia mientras
Bolívar estaba ausente de
Bogotá. La ruptura posterior con Santander y los suyos se debió, entre otros, a factores
de rivalidad personal, pero en el fondo existía también un desacuerdo político.
Santander propugnaba un republicanismo liberal de corte convencional y además estaba
identificado con la obra de su administración vicepresidencial, marcada por un moderado
reformismo en política eclesiástica, hacendaria y otros campos, que le había acarreado
la oposición de muchos afectados. Bolívar creía que algunas medidas, justificables en
sí, habían sido prematuras, ya que el objetivo prioritario debía ser la cimentación de
un orden estable; y para este efecto su "panacea" (como él mismo la denominaba)
era el esquema de Constitución que redactó para Bolivia, cuyo rasgo notorio era un
presidente vitalicio con facultad de nombrar sucesor. No carecía de otras disposiciones
eminentemente liberales, pero la presidencia boliviana era de hecho una monarquía
disfrazada y como tal no era del agrado de los santanderistas. Estos se convencieron de
que Bolívar tenía en mente establecer una dictadura, y su tenaz oposición al Libertador
fortaleció su convicción de que en realidad no había otra manera de afirmar el orden
público. No fue una dictadura cruenta sino a partir del intento frustrado de asesinar a
Bolívar en septiembre de 1828, cuando se desató una racha de ejecuciones y exilios,
incluso el destierro de Santander. Pero fue una dictadura políticamente reaccionaria,
sostenida por militares, clero y sectores aristocráticos, mientras que derogaba buena
parte de la legislación reformista. Bolívar había diagnosticado certeramente los
problemas no sólo de Colombia sino de Latinoamérica, y hacía hincapié en la necesidad
de elaborar instituciones acordes con la índole de las nuevas naciones, en vez de
tomarlas prestadas de modelos foráneos, a pesar de las bondades intrínsecas de éstos.
Sus análisis fueron casi siempre geniales. No lo fueron, desafortunadamente, las
soluciones concretas (tipo Constitución boliviana) que él propuso. Sin embargo, había
creado naciones y proclamado ideales de libertad personal y solidaridad latinoamericana
que serían banderas de lucha en lo venidero. Si no logró todo lo que anhelaba, tampoco
lo pudieron los demás libertadores, ninguno de los cuales intentó tanto como él.
DAVID BUSHNELL
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