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Felipe
Angulo.
Fotografía de la Colección J.J. Herrera.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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Ministro de Estado, político
y abogado costeño (San Juan Nepomuceno, Bolívar, abril 24 de 1854 - Bogotá, marzo 24 de
1912). De sus estudios en el pueblo natal, le vemos pasar a la Universidad Nacional, en
1868, para seguir los de literatura en el Colegio de San Bartolomé, y luego los de
jurisprudencia en la Facultad de Derecho. Angulo fue buen estudiante; vino pobre de
dinero, pero rico de inteligencia. Cuentan las crónicas que sólo poseía un sobretodo,
con el que se le veía siempre, tanto en las clases de la tarde como en las frías
mañanas, acurrucado en la punta de un pretil, con el cuello del adminículo hasta más
arriba de las orejas. Y añaden sus condiscípulos que con la misma prenda se hacía
presente en casa de veinte novias que tenía. Estudió Angulo filosofía con el doctor
Ezequiel Rojas; legislación con José María Rojas Garrido; ciencia constitucional con
Santiago Pérez; economía política con Manuel Ancízar; historia universal con Teodoro
Valenzuela, y derecho de gentes con Salvador Camacho Roldán. Su grado fue muy lucido, y
se doctoró en literatura, filosofía y jurisprudencia a los diecinueve años de edad
(1873). Marchó Angulo para su provincia, en donde deslumbró a aquellas gentes sencillas
que veían llegar hecho hombre y con tanta ciencia en la cabeza al niño que ayer no más
todos acariciaban. Desde el día siguiente lo miraban de reojo y con cierta envidia los
tinterillos del lugar, pues el gamonal lo había convidado à comer, lo cual significaba
que sería diputado en la próxima legislatura. Y lo fue, en efecto, a la Asamblea del
Estado de Bolívar, en los años de 1874 y 1875. Se movió, peroró, propuso proyectos de
ley y fue el dominador de aquella corporación; se hizo querer de sus colegas, presidió
sus deliberaciones, pasó a ser, en suma, el hombre que formaba tema para los corrillos y
para la asamblea. A todo lo cual le ayudaba admirablemente un ojo apagado que tenía, al
que sombreaban unas largas y crespas pestañas, y que sabía entornar admirablemente en
Los momentos álgidos de una peroración, con el cuerpo echado hacia atrás en actitud
retadora para los contrincantes. De la Asamblea pasó Angulo a ser procurador del Estado
de Bolívar, del cual era presidente Rafael Núñez quien lo hizo secretario general en
1878. De nuevo diputado en el año siguiente, asistió por primera vez a la Cámara en la
legislatura de 1879, y al período inmediato (1880-81) fue electo representante principal.
Tanto sería su mérito que fue presidente en el primer mes de sesiones, cuando apenas
pasaba de los veinticinco años; para la vicepresidencia designaron a Carlos Calderón
Reyes, condiscípulo del joven político Bolivarense y de su misma edad. En esos años
hubo luchas parlamentarias ardientes, y Angulo pudo exhibirse como orador. La palabra
hablada, en efecto, era su fuerte; en la tribuna se le veía en su elemento. Buena talla,
voz de campana elegante mímica, expresión en el rostro, lucidez en el discurso, fácil y
sesudo, ardiente y temerario. En 188D fue siempre aplaudido. por las barras y se hizo a
sus simpatías; no así en 1881. En el intervalo entre las sesiones de uno y otro Congreso
se habló de una prórroga presidencial en favor de Núñez, y aunque éste no pensó en
ella, pues lo fortaleció en la prescindencia de estas ambiciones la mujer que tenía a su
lado, forjada en el molde romano, lo cierto es que sus áulicos maduraron el pensamiento,
y Angulo se contó entre los partidarios de la prórroga. La lucha fue alarmante en las
Cámaras; la mitad del partido independiente se desbandaba. Angulo creyó contener el
derrumbe con su palabra; levantóse y habló. Pero los aplausos del año anterior habían
huido, y en cambio vinieron los silbos y las mofas. Otro, de menos sangre fría, se
habría sentado; el del ojo apagado, como Gambetta, se enardeció más y lanzó este
sarcasmo: «¡Cómo cambian los tiempos! Aún resuenan en este recinto los ecos del
último aplauso que hace apenas seis meses se me tributó como a orador triunfante. Y hoy
ya cruza su ámbito la saliva del vituperio. ¡Oh democracias movedizas! ¡Oh pueblo que
no comprendes tus intereses! cuán digno eres de tu suerte!». Aquella audacia -dice un
testigo ocular-, aquella voz de bronce, aquella figura revolucionaria, impusieron, y el
silencio siguió unos instantes, el silencio imponente que precede a la tempestad de los
aplausos, al desborde del entusiasmo. Y Angulo dominó a las barras, que callaron
respetuosas.
Luego marchó para el extranjero a
ocupar el consulado de Liverpool. En Inglaterra estudió, saboreó los progresos del siglo
y al volver a su país, dos años después, fue recibido con el nombramiento que le hacía
el presidente Ezequiel Hurtado para titular del portafolio de Hacienda. En este puesto
empezó como innovador: vio abatido el comercio, porque había sólo tres meses de plazo
para pagar los derechos de importación, y escribió un decreto aumentándolos a seis.
Así el comercio pagaría los derechos de aduana con el producto de las ventas; y de tal
medida resultó el aumento de las importaciones. Propuso también la creación de aduanas
en los puertos francos de Colón y Panamá e hizo un contrato para la venta del
ferrocarril de Bolívar. Buenas o malas, aquellas providencias revelaban un espíritu de
empuje para libertar al fisco y a la economía nacional del marasmo en que se asfixiaban.
Después, en los cuatro años siguientes, fue el brazo derecho de todos los gobernantes.
Núñez le encargó en 1885 el Despacho de la Guerra, cuando ésta asolaba el país. Una
disentería postró en cama al presidente, y la enfermedad fue tan grave que los médicos
temieron desenlace fatal. El mecanismo del gobierno, las operaciones militares, el
desarrollo de la política, quedaron por algún tiempo bajo el control del joven
secretario de las carteras de Hacienda y de Guerra, quien salvó por entonces la causa de
la Regeneración. En 1886 confirmóle José María Campo Serrano en el Ministerio de
Guerra, y al año siguiente, Eliseo Payán le encomendó el de Relaciones Exteriores, que
desempeñó por once meses, del 13 de enero al 11 de diciembre, resolviendo asuntos tan
delicados como las instrucciones definitivas para la celebración del Concordato con la
Santa Sede, expedidas con su firma el 6 de mayo de 1887. En 1888 se le nombró enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario en la Gran Bretaña, en cuyo puesto permaneció
hasta 1894. Diez años más tarde regresó a Colombia, y fue el oposicionista más fuerte
que tuvo el general Rafael Reyes, quien le desterró cuatro veces. En 1910 fue diputado a
la Asamblea Nacional, y en seguida senador por tres circunscripciones, jefe del partido
conservador y el más probable candidato a la Presidencia de la República. Mas la muerte
cortó su brillante carrera en plena ascensión, el 24 de marzo de 1912.
LUIS LÓPEZ DE
MESA,
Comp. Historia
de la Cancillería de San Carlos
Bibliografía
OSPINA JOAQUIN Diccionario biográfico y
bibliográfico de Colombia. Bogotá, Editorial Aguila, 1927. OTERO GUZMAN, SAMUEL. Cien
costeños meritorios. Cartagena, 1918. URDANETA, ALBERTO. Articulo biográfico publicado
en el papel Periódico Ilustrado, año IV, Bogotá, 1885.
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