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El medico Juan Evangelista Manrique, quien ocho años antes
habían examinado y recetado al cuerpo de José Asunción Silva, recibió a la media noche
del 29 de marzo de 1902 a Alberto Ángel Montoya. Su infancia transcurrió entre la urbana
Bogota y los hermosos campos de la sabana, pronto se encantó con los deportes, los
caballos, la caza, el vino, las fiestas y las mujeres. Nunca viajó a Europa y tristemente
quedó ciego a muy temprana edad mientras jugaba a lo que el mismo llamó: La
más bella de las aficiones: el juego de polo. Alberto Ángel Montoya ocupa,
tal vez como el más logrado de los poetas galanes, un lugar destacado en la historia
literaria colombiana.
Cultor de un tono romántico trabajado en sonetos magistrales y miembro del grupo de
los nuevos, este poeta bogotano que abordó en su obra la muerte y el mundo de
las vanidades, mereció el calificativo de Maestro del soneto galante por poseer la
agudeza del artista en el odio, la vista, el tacto, el olfato y el gusto. Su vida bien
puede dividirse en dos partes: durante la primera, quizás como presagio de la segunda, se
entregó con voraz desenfreno al conocimiento de los seres y de las cosas a través de sus
sentidos; durante la segunda, marcada trágicamente por la ceguera, vivió una existencia
pasiva únicamente alumbrada por el fuego inextinguible de los recuerdos del pasado,
materia prima de creación hasta el día de su muerte acaecida el 20 de noviembre de 1970.
Algunas de sus obras son:
Regreso entre la niebla y otros poemas. (Poesia)
El Hombre que se adelantó a sus Fantasmas y otras prosas.
(Prosa)
La vigilia del vino
El alba inútil
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