OJEADA GENERAL
Los monumentos de aquellas naciones apartadas de nosotros por el
trascurso de muchos siglos despiertan nuestro interés de dos
diversas maneras. Si las obras de arte que llegan hasta nosotros
pertenecen á pueblos de muy adelantada civilizacion, excitan
nuestro entusiasmo por el génio con que están concebidas, por la
armonía y la belleza de las formas; así el busto de Alejandro,
encontrado en los jardines de los Pisones, se reputaría siempre
como precioso resto de la antigüedad, aunque su inscripcion no
indicara que son aquellas las facciones del ilustre conquistador; y
una piedra grabada, una medalla de los hermosos tiempos de la
Grecia, admiran al artista por la severidad del estilo, por lo
acabado de la ejecucion, sin que sea necesario que una leyenda ó
una monograma relacione tales objetos con época determinada de la
historia. ¡Magnífico privilegio de que goza cuanto se ha producido
bajo el cielo del Asia Menor y parte de la Europa austral!
Los monumentos de aquellos pueblos que no alcanzaron un alto
grado de cultura intelectual, y que por causas religiosas y
políticas, por la naturaleza de su organizacion, se han revelado
como menos sensibles á la belleza de las formas, únicamente deben
mirarse como monumentos históricos; á cuya clase corresponden los
restos de escultura diseminados por las vastas regiones que limitan
de un lado las orillas del Eufrates y las costas orientales del
Asia, del otro. Los ídolos del Tibet y del Indostan, los
encontrados sobre la meseta central de la Mongolia, fijan nuestra
atencion por la luz que prestan al exámen de las antiguas
comunicaciones de los pueblos y orígen comun de sus tradiciones
mitológicas.
Sirven al estudio filosófico de la historia las obras mas
groseras y las mas raras formas; como esas masas de rocas
esculpidas que solo imponen por su tamaño y época remota á que se
atribuyen, y esas pirámides enormes que acusan el trabajo de
infinitas manos.
Dignos son bajo este respecto de nuestro exámen, los restos
escasos de arte, ó mas bien de la industria de los pueblos del
Nuevo Continente. Persuadido de esta verdad, he reunido durante mis
viajes cuanto una activa curiosidad me ha hecho descubrir en paises
donde la barbarie de aquellos siglos y su intolerancia han
destruido casi todo lo que podía darnos idea de las costumbres y
cultos de los antiguos habitantes; donde se han demolido edificios
para arrancar piedras de ellos ó buscar allí tesoros ocultos.
Espero que dé algun interés á mis investigaciones la comparacion
que me propongo presentar entre las obras de arte de Méjico y el
Perú y las del Antiguo Mundo. Apartado de todo espíritu
sistemático, indicaré las analogías que naturalmente se ofrecen,
dixtinguiendo las que parecen prueba de identidad de raza, de
aquellas que probablemente se refieren solo á causas interiores, á
esa semejanza que se observa en el desenvolvimiento de las
facultades intelectuales de todos los pueblos. Debo limitarme aquí
á una sucinta descripcion de los objetos; pues en la relacion de mi
Viaje será lugar de exponer las consecuencias que parecen derivarse
del conjunto de los monumentos que señalo; y como aun viven los
pueblos á quienes se atribuyen esos edificios y esculturas, su
fisonomía y el conocimiento de sus costumbres esclarecerán la
historia de sus emigraciones.
Las investigaciones acerca de los monumentos levantados por
naciones semi-bárbaras, ofrecen á mas un nuevo interés que pudiera
llamarse psicológico; presentan á nuestra vista el cuadro de la
marcha progresiva y uniforme del espíritu humano. Las obras de los
primeros habitantes de Méjico ocupan un lugar intermedio entre las
de los pueblos escitas y los antiguos monumentos del Indostan.
Imponente espectáculo es el del génio humano cuando se recorre el
espacio que existe entre las tumbas de Tinian y las estátuas de la
isla de Paques, hasta los monumentos del templo mejicano de Mitla,
y desde los ídolos informes que contenia este templo hasta las
obras maestras de Praxiteles y Lisipo.
No debe admirarnos en las de los pueblos de América el estilo
grosero y la incorreccion de los contornos, porque estas naciones,
separadas quizás del resto del género humano, errantes en un país
donde el hombre ha tenido que luchar mucho tiempo contra una
naturaleza salvaje y siempre agitada, no han podido desenvolverse
sino es con lentitud. Ofrécennos iguales fenómenos el Este del
Asia, el Occidente y Norte de Europa, y al indicarlos, no diré nada
acerca de las secretas causas por las cuales solo se ha desenvuelto
el gérmen de las bellas artes en una muy pequeña parte del globo.
¡Cuántos pueblos del Antiguo Continente han vivido bajo un clima
análogo al de la Grecia, rodeados de cuanto puede conmover la
imaginacion, sin elevarse jamás al sentimiento de la belleza de las
formas que solo ha presidido á las artes donde el génio de los
Griegos las ha fecundado!
Bastan estas consideraciones para señalar el fin que me he
propuesto con mis generalidades acerca de los monumentos
americanos. Puede su estudio ser tan útil como lo es el de las
lenguas mas imperfectas, que no solo interesan por su analogía con
las conocidas, sino que tambien por la íntima relacion que existe
entre su estructura y el grado de inteligencia del hombre mas ó
menos alejado de la civilizacion.
Al presentar en una misma obra los groseros monumentos de los
pueblos indígenas de la América
y los sitios pintorescos del
país montuoso que han habitado, creo reunir objetos cuyas
relaciones no han escapado á la sagacidad de los que se dedican al
estudio filosófico del espíritu humano. Por mas que las costumbres
de las naciones, el desenvolvimiento de sus facultades
intelectuales, el carácter particular en sus obras impreso,
dependen á la vez de infinitas causas que no son puramente locales,
no puede desconocerse que el clima, la configuracion del suelo, la
fisonomía de los vegetales, el aspecto de una naturaleza risueña ó
salvaje, influyen en el progreso de las artes y
estilo que
dixtingue sus producciones; influencia mas sensible á medida que el
hombre se encuentra mas apartado de la civilizacion. ¡Qué contraste
el que se observa entre la arquitectura de un pueblo que ha
habitado vastas y tenebrosas cavernas y la de esas hordas tanto
tiempo nómadas, cuyos atrevidos monumentos recuerdan en el fuste de
las columnas los esbeltos troncos de las palmeras del desierto!
Preciso es para conocer bien el origen de las artes, estudiar los
accidentes del sitio que las vé nacer. Los únicos pueblos en que
hallamos monumentos dignos de notar son montañeses, que aislados en
la region de las nubes, sobre las mas elevadas mesetas del globo,
en medio de volcanes cuyo cráter está siempre rodeado de perpétuos
hielos, no admiran en la soledad de estos desiertos sino lo que
interesa á la imaginacion por la magnitud de las masas; y así
señala sus obras el sello de la salvaje naturaleza de las
Cordilleras.
A dar á conocer las grandes escenas de esta naturaleza dedico
una parte del presente libro, en que atiendo mas á pintar el
contorno de las montañas, los valles que las surcan y las
imponentes cascadas que forma la caida de los torrentes, que al
efecto pintoresco que pueda resultar de la contemplacion de este
espectáculo. Son los Andes comparados con la cadena de los altos
Alpes, lo que esta á la de los Pirineos,
y cuanto he visto
de romántico ó grandioso en la Saverne, en la Alemania
setentrional, en los montes Euganeos, en la cadena central de
Europa, en la rápida pendiente del volcan de Tenerife, se encuentra
reunido en las Cordilleras del Nuevo-Mundo. No bastarían algunos
siglos para observar las bellezas y descubrir las maravillas allí
prodigadas, en una extension de 2.500 leguas, desde las montañas
graníticas del estrecho de Magallanes hasta las costas próximas al
Asia oriental; pero pensaria tener cumplido mi propósito, si los
modestos bosquejos que contiene este libró excitan á los viajeros
amantes de las artes á visitar las regiones que he recorrido, para
que estos majestuosos sitios, que no cabe comparar con los del
Antiguo Continente, lleguen á pintarse con la fidelidad que
piden.