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- IX. Macizo Andino Sur
- Ana María Groot de Mahecha
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| ÍNDICE
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VER EL MAPA DEL MACIZO
ANDINO SUR
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La Cuenca Andina de Pasto es una continuación del sistema andino ecuatoriano
unido y bordeado por dos cordilleras; occidental y centro-oriental. Depósitos de
materiales volcánicos llenaron y formaron las cuencas, que fueron atravesadas por ríos,
como el Guaítara, Pasto y Mayo, Juanambú y Patía, entre otros, dejando hondos y
estrechos valles con clima templado y cálido, y densamente poblados. Existen frecuentes
formaciones del tipo de Mesa Andina, compuesta por depósitos volcánicos y fluviales en
todas las alturas (Guhl, 1976 - 170).
El límite oriental está constituído por la Cordillera Centro-Oriental, que
linda a su vez con la selva amazónica; y el occidental por la Cordillera Occidental, de
menor altura que la anterior, la cual hacia el Norte, baja a 400 metros, en la Hoz de
Minamá, dando paso al río Patía.
Se divide la región en dos subregiones: Altiplano Nariñense y Alto río Patía.
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| Altiplano
Nariñense
Comprende varios valles interandinos e incluye las zonas de Ipiales, Túquerres y
Pasto; al Sur, va hasta la frontera con el Ecuador; y al Norte llega al río Mayo, en
límites con el Departamento del Cauca. Al Oeste se encuentra la Cordillera Occidental con
su vertiente hacia el Pacífico, donde se encuentran ya tierras templadas. Al Oriente se
incluye la hoya del Alto Putumayo, con el Valle de Sibundoy.
Investigaciones Arqueológicas
El poblamiento prehispánico de esta subregión se conoce parcialmente a través
de descripciones de yacimientos arqueológicos aislados (Ortiz, 1934, 1938, 1958; Cabrera
1962) y de trabajos de emergencia emprendidos por el Instituto Colombiano de Antropología
en un cementerio de Pupiales (Sanmiguel, 1972; Correal, 1973; Herrera et. al. 1974).
Investigaciones recientes de mayor amplitud han sido orientadas hacia una comprensión de
la arqueología regional (Groot et. al., 1976) y de los procesos histórico-culturales que
se llevaron a cabo en una de las zonas más densamente pobladas (Uribe 1975, 1976, 1979,
1983).
Con base en los estudios etnohistóricos adelantados por K. Romoli (1979), se
sabe que los Andes Nariñenses a la Llegada de los españoles en el siglo XVI, estaban
habitados por indígenas Pasto, Quillacinga y Abad. Los Pastos ocupaban la mayor parte del
área comprendida entre el tajo del río Chota en el Ecuador hasta la población de Ancuya
en la banda izquierda del río Guáitara; y, hasta la confluencia del río Curiaco en la
margen oriental del Guáitara. Los Quillacingas, estaban al Norte del territorio de los
Pastos, en la banda oriental del río Guáitara; ocupaban el valle de Sibundoy, gran parte
del río Juanambú y la hoya alta y media del río Mayo. Por último, los Abades estaban
asentados al Norte de la población de Ancuya, en la margen occidental del Guáitara,
hasta aproximadamente la fosa patiana, y colindaban con los Sindagua por el Norte y el
Oeste.
De acuerdo con datos obtenidos en excavaciones realizadas en el altiplano de
Ipiales, se tiene noticia que el asentamiento más temprano de la zona, conocido hasta el
momento, data del siglo IX de nuestra era. Antes de esta fecha, la intensa actividad
volcánica del área, al parecer no permitió asentamientos humanos permanentes
(Uribe,1979).
La estratigrafía, el estudio del contenido de tumbas y la asociación de
materiales culturales, da base para distinguir dos complejos de cerámicas diferentes, uno
de los cuales presenta dos fases claras de desarrollo: Capulí y Piartal-Tuza.
La nomenclatura de estos complejos fue dada inicialmente por la
arqueóloga Francisco (1969), para definir, en la provincia del Carchi en el Ecuador, una
secuencia cerámica integrada por tres estilos, que denominó, en orden de antigüedad;
Capulí, Piartal y Tuza. Para establecer esta secuencia se basó en la excavación y
estudio del contenido de tumbas, y en lo que se conocía en la Sierra Norte del Ecuador
por los estudios de Uhle (1933), Jijón y Caamaño (1951) y Grijalva (1937). No utilizó
fechas de radiocarbono y planteó una evolución estilística de las formas cerámicas y
de los motivos decorativos, señalando una relación más estrecha entre los dos últimos
estilos. Posteriormente, de acuerdo con excavaciones de basureros y de tumbas, en el
altiplano de Ipiales, y por tratarse de una misma área cultural prehispánica, la
arqueóloga Uribe conservó las mismas denominaciones y propuso, a la luz de nuevas
evidencias asociadas a fechas de radiocarbono, cambiar el término "estilo" por
el de "complejo" cerámico. Su estudio, no corrobora la tesis de la secuencia
cultural de Francisco, y postula, según fechas de carbono 14, la contemporaneidad de los
complejos cerámicos Capulí y Piartal, al parecer correspondientes a etnias diferenciadas
desde el siglo IX d.C., hasta aproximadamente el siglo XV. Entre las fases del complejo
Piartal - Tuza, señala una tradición cultural continua, en la cual, a partir
aproximadamente del siglo XIII d.C. y hasta la conquista española, se identifica la fase
Tuza, con la etnia Pasto (1979: 167).
El complejo Capulí, está representado por cerámica decorada con
pintura negativa negra sobre rojo, y, sobresalen formas tales como copas con base de
pedestal altas (compoteras), copas con figuras antropomorfas integradas a la base
(cargadores), vasijas antropomorfas, figuras antropomorfas moldeadas sobre bases planas.
Como parte de este complejo se consideran provisionalmente, ya que no son muchos los datos
que lo sustentan, un tipo de cerámica negra ahumada (copas), y otro marrón pulido,
conformado por ollas globulares con aplicación de asas zoomorfas, vasijas pequeñas
fitomorfas y ollas con representaciones zoomorfas en el cuerpo (Francisco, 1969; Uribe,
1979). Este complejo se encuentra asociado a tumbas muy profundas de pozo con cámara
lateral, que alcanzan a tener hasta 40 metros. Tres tumbas de este tipo fueron excavadas
por Uribe (1979) en Las Cruces (Ipiales) y obtuvo una fecha de radiocarbono para una de
ellas de 1.080 años d.C.
En Miraflores (Ipiales), en trabajos de emergencia adelantados a partir del año
1971, G. Correal excavó también una tumba (No. 8) perteneciente a este complejo y obtuvo
una fecha de 1.250 años d.C. (En: Cardale, 1979). Hasta el momento no se ha encontrado
asociación de estas tumbas con asentamientos visibles. Por los motivos representados en
la cerámica, se cree que tuvieron relaciones con grupos de la costa Pacífica y vínculos
con la tierra caliente.
La cerámica de la fase Piartal, relacionada con la etnia Protopasto (Uribe
1984), se caracteriza por la combinación en la decoración de pintura negativa y
positiva, utilizando tres colores básicos, rojo, negro y crema. Este complejo en la
sierra Norte-ecuatoriana ha sido asociado a asentamientos formados por numerosos bohíos
de tierra pisada (Grijalva, 1937; Francisco, 1969).
En Colombia, se observa este mismo patrón de asentamiento, pero hoy en día los
restos de éstas antiguas aldeas han sido destruídos por la acción del arado, y sólo es
posible hallar sitios de esta índole, en los páramos y parajes de difícil acceso.
Vestigios representativos de esta fase han sido excavados en los sitios de Miraflores
(municipio de Ipiales) (Sanmiguel, 1972; Uribe, 1979; Uribe y Lleras, 1983) y en San
Francisco, municipio de Carlosama (Uribe, 1979). Se trata de cementerios con tumbas entre
8 y 20 metros de profundidad, entierros múltiples y ricos ajuares funerarios, y de tumbas
de poca profundidad entre 1.00 y 1.50 metros, con entierros individuales sin ajuar o con
utensilios simples de uso diario. Esta diferencia en la calidad de las tumbas y en el
contenido, ha permitido caracterizar la jerarquización social de la población que
tipifica esta fase de desarrollo. Se atestigua un auge de la orfebrería y de los
textiles, que plantea la existencia de especialistas en estas artes (Plazas, 1979;
Cardale, 1979). |
Como referencia cronológica se cuenta con una fecha de 1240 + o -
70 años d.C., obtenida para una de las tumbas de entierro individual en Miraflores (Uribe
y Lleras, 1984: 341), y con la fecha de 845 + o - 80 años d.C. obtenida a través del
análisis de cabello de una peluca que se encontró como ajuar, asociada a orfebrería y a
cerámica Piartal en una tumba de Miraflores excavada por el arqueólogo J. Parra (Plazas,
1979).
La fase Tuza relacionada con la ocupación tardía de la etnia Pasto, se
caracteriza por la presencia de cerámica decorada con pintura positiva roja sobre crema,
rica en motivos realistas. Como ya ha sido referido, la población que simboliza esta fase
de desarrollo tenía un estrecho parentesco con la ocupación Piartal, y como ocurre en
ella, vivían en aldeas compuestas por bohíos de tierra pisada. Se cuenta con el
levantamiento topográfico de una de estas aldeas, en el sitio el Arrayán en el Municipio
de Ipiales, pero no se encuentra referencia de la cerámica asociada a los bohíos (Uribe,
1979). Por comparación con lo descrito para la Provincia del Carchí en Ecuador, Uribe
distingue un patrón de asentamiento prehispánico, consistente en núcleos apretados de
vivienda, en las partes altas de los cerros, relativamente cercanos unos de otros,
separados por las tierras de cultivo (Uribe, 1979: 155).
Vestigios correspondientes a esta fase, han sido excavados en el sitio La
Esperanza, municipio de Iles, en la vertiente Occidental del río Guáitara. Allí, las
arqueólogas Groot y Correa (1976) registraron un número considerable de terrazas
artificiales, grandes y pequeñas, con muros de contención en piedra, que al parecer
emplearon sus antiguos habitantes con fines agrícolas; excavaron un basurero aledaño a
una terraza, conformado exclusivamente por cerámica Tuza y obtuvieron una fecha de
radiocarbono de 1410 años d.C.
De otra parte, en el sitio de San Luis (Ipiales) fue excavado por Uribe un
basurero pródigo también en cerámica Tuza (1979). Hasta el momento no se conoce el tipo
de tumbas asociadas con este último desarrollo cultural.
En cuanto a la distribución espacial de estos complejos, la cerámica Capulí,
que en Colombia antes del estudio de Francisco (1969) se conocía como Quillacinga y se
relacionaba con esta etnia, tiene una distribución que no corresponde al territorio que
fue ocupado por ella en época de la conquista española.
Contrariamente, la cerámica Capuli tiene una amplia dispersión geográfica y se
registra desde el Sur de Nariño (Ipiales, Pupiales, Potosí, Cumbal) hasta los
alrededores de Pasto y en puntos tales como Samaniego y Guachavés, en la margen
occidental del río Guáitara (Groot et. al., 1976). En el Ecuador, ejemplares de este
mismo complejo se encuentran en la provincia de Imbabura.
Asentamientos de la fase Piartal se encuentran principalmente en la altiplanicie
de Túquerres e Ipiales (Pupiales, Carlosama, Guachucal, Cumbal) (Uribe, 1979), y en los
alrededores de Pasto como Obonuco, Catambuco y Chachagui (Groot et. al. 1976). En el
Ecuador, ejemplares de este mismo complejo se encuentran en la provincia de Imbabura.
Por el claro parentesco de esta fase con el horizonte Tuncahuan, de amplia
extensión en el Ecuador, y teniendo en cuenta el carácter insular de la metalurgia
piartal en relación con los demás complejos metalúrgicos del Sur y Occidente: de
Colombia, se presupone que este grupo llegó al altiplano procedente de los Andes
centrales del Ecuador hacia los siglos VIII - IX d.C. (Uribe, 1979).
En la fase Tuza se percibe un aumento de población, se hacen terrazas en las
vertientes del río Guáitara, y se encuentran los vestigios culturales distribuidos más
extensivamente por el área.
La población tenia sus asentamientos, tanto en el frío altiplano de Túquerres
e Ipiales como en el profundo valle del río Guáitara, aprovechando zonas de clima
templado. Restos de esta fase de desarrollo se han encontrado en regiones que según los
datos históricos del siglo XVI, no eran asientos de indígenas Pasto. Se trata de la
margen oriental del río Guáitara hacia el altiplano de Pasto y por el Norte hasta cerca
de la localidad de Villamoreno (Groot et. al. 1976).
Más al Norte, en la región bañada por los ríos Juanambú, Mayo y Patía, se
percibe un cambio en relación con los complejos cerámicos mencionadas hasta ahora, y se
registra una cerámica que, si bien presenta pintura positiva roja sobre una superficie
crema, manifiesta cambios en los diseños y en las formas (Groot et. al. 1976).
Esta cerámica se relaciona estrechamente con la referenciada como
"pintado" por Gnecco y Patiño (1984) para el alto río Patía - Guachicono.
De otra parte en esta región Norte, en el Valle de Chimayoy (municipio de La
Unión), se han registrado dos talleres prehispánicos de estatuas de piedra, que hasta el
momento no han sido relacionadas con un contexto cultural más amplio (Ortiz, 1958).
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Alto Río Patía
Esta subregión comprende la zona de influencia del curso alto del río Patía,
en el departamento del Cauca. y en el extremo norte del departamento de Nariño. Está
integrada esencialmente por terrenos quebrados y algunas mesetas como la de Mercaderes. El
Patía, al entrar en territorio de Nariño, pierde la amplitud de su valle y comienza a
encajonarse para formar la fosa Patiana que separa la Cordillera Centro-Oriental de la
Cordillera Occidental en el sitio Hoz de Minamá. Luego gira en dirección Noroeste para
salir a la Llanura del Pacífico, donde su cauce se explaya formando amplios meandros en
zona selvática.
El río Patía es de gran importancia en el suroccidente colombiano y se
convierte, de hecho, en una vía natural de comunicación entre la zona pacífica y la
región andina. Muy probablemente, ha sido transitado desde tiempos precolombinos como ha
sucedido en otros ríos colombianos como el Magdalena, el Cauca y el Calima entre otros.
Investigaciones Arqueológicas
Sobre el poblamiento de esta zona, se tiene alguna información en las crónicas
de la conquista española. Cieza de León, quien pasó por la región hacia la mitad del
siglo XVI, menciona en su escrito varios grupos indígenas y cita algunos de sus pueblos y
caciques. En las cabeceras del Patía y de sus afluentes, estaba asentado el grupo étnico
conocido como Guachicono. En la parte media, en las estribaciones occidentales de la
Cordillera Occidental, se encontraba el aguerrido grupo de los Sindaguas, que colindaban
con los Abades en proximidades de la desembocadura del río Guáitara en el Patía y
algunos grupos menores en la región del Rosario.
Las primeras referencias sobre arqueología de esta zona, se tienen a partir del
año 1944, con las investigaciones que realizó H. Lehman, quien excavó en el sitio
Guayabal, en el Valle del río Guachicono, tumbas de pozo con la cámara lateral
localizada en un nivel inferior al del piso del pozo y sellada con una gran vasija. La
cerámica característica ostenta decoración pintada.
En el valle del río Patía en los sitios cercanos a la desembocadura del río
Capitanes y Sajandí, excavó tumbas poco profundas, algunas de las cuales no tenían
cámara ni tampoco ajuar; entre los fragmentos cerámicos, halló decoración incisa y
pintada.
Por último en la confluencia del río Mayo con el Patía, excavó tumbas en los
sitios de Remolino y Cumbitara. En ellas encontró cerámica similar a la de los otros
sitios (Lehman, 1953).
En años recientes se han realizado varias investigaciones. En 1975 A.M. Groot y
L.P. Correa efectuaron una prospección del altiplano nariñense hasta el límite de los
departamentos de Nariño y Cauca, señalado por el curso del río Mayo, hasta su
desembocadura en el Patía. En el transcurso de esta prospección en la zona, al norte del
río Juanambú y hasta el río Mayo, se recolectó cerámica superficial caracterizada por
pintura positiva roja y blanca sobre superficie crema. Si bien este rasgo recordaba el
complejo Tuza de Nariño, los motivos decorativos y las formas observadas señalaban que
podría tratarse de un complejo cultural diferente, al parecer, relacionado con lo que
hasta ese momento se conocía como Guachicono (Groot et. al., 1976).
En el año 1981, D. Patiño realizó un trabajo arqueológico de Tesis en la
parte meridional del valle del Patía, al noroeste del municipio de Mercaderes. En el
sitio El Mirador, excavó un basurero, un sitio de habitación y varias tumbas, que le
permitieron identificar el yacimiento con los restos de una antigua aldea. La cerámica
que obtuvo presenta decoración con pintura roja (Patiño, 1982). A raíz de estos
hallazgos el mismo investigador en compañía de C. Gnecco, realizaron un reconocimiento
del alto valle del río Patía y, localizaron algo más de cincuenta sitios (1982).
Posteriormente efectuaron excavaciones en algunos de estos sitios como El Llanito, La
Marcela y Guayabal (Patiño y Gnecco, 1984). Como resultado de estos trabajos
secuenciales, definieron un complejo cerámico del Patía cuyos dos extremos están
caracterizados por alfarería incisa-impresa y pintada. |
La ocupación más temprana de la zona se remonta al primer
milenio d.C. y está representada por la cerámica incisa-impresa, que se relaciona por
algunos de sus rasgos, con el complejo Buchelli, que es la parte más tardía de la
secuencia de Tumaco, con una fecha de 1.100 años d.C.. Esto hace suponer que la
tradición inicial del Alto Patía provino de las tierras bajas, adyacentes a la Costa
Pacífica.
En algún lapso, comprendido entre el siglo XII y el XIV se introdujo la pintura
como rasgo distintivo dentro de la evolución misma del complejo. Entre las dos
tradiciones, existe una estrecha relación que niega cambios bruscos traducibles en una
ocupación diferente. Los tipos de pintura roja y rojo sobre crema de la cerámica
pintada, han sido guía para el establecimiento de relaciones con áreas vecinas, sobre
todo con los complejos pintados del altiplano de Nariño, con los que comparten algunos
aspectos de la tendencia decorativa pero muy pocos elementos formales (Patiño y Gnecco,
1984).
Balance General de la
Región
A partir de las investigaciones realizadas en el altiplano nariñense, se cuenta
por el momento, con una columna cronológica compuesta por unas pocas fechas de
radiocarbono, comprendidas dentro de la etapa de integración regional (500 a 1.500 d.C.)
de los Andes Septentrionales. Girando alrededor de esta columna se ha podido organizar
información arqueológica disponible, que ha permitido distinguir dos grupos diferentes
asentados en la misma área, uno de ellos con dos fases claras de desarrollo. Es de anotar
que la mayoría de las excavaciones se han efectuado en el altiplano Túquerres-Ipiales.
Los mecanismos de articulación de estos asentamientos con la costa y la
Amazonia, se vislumbran a través de su iconografía y se conocen a partir de las fuentes
etnohistóricas. Esto ha permitido llegar a considerar alguna serie de zonas relacionadas,
vinculadas económicamente con el altiplano en épocas prehistóricas: el piedemonte de la
Cordillera Centro-Oriental, entre el río San Miguel y el Alto Putumayo, las provincias de
Napo, Carchi y Esmeraldas en el Ecuador, la región del piedemonte de la Cordillera
Occidental, entre los ríos Santiago y Patía, y la Cuenca media de este último.
Es evidente un alto nivel de dinamismo en esta zona, que en épocas tardías
generó formas locales de gran complejidad. Con el objeto de dar mayor profundidad
histórica a los estudios, es necesario investigar varios aspectos: sí existió una
etapa precerámica en la zona; sí existió una etapa formativa que dió lugar a las
formas complejas del período de integración regional, o por el contrario se trataba de
grupos migrantes; cuál fue el patrón de asentamiento en la zona central y norte de los
Andes nariñenses; estudio de sitios estratificados, y, cómo se dió la articulación
económica entre la Sierra, la Costa y la Amazonia, entre otras.
Con las investigaciones realizadas en la subregión Alto Patía se pone de
manifiesto la importancia que reviste esta zona, ya que se encuentra en medio de tres
zonas con desarrollos culturales avanzados; la Costa Pacífica Sur, los Andes
Septentrionales y el Macizo Colombiano.
Dadas las relaciones insinuadas primordialmente con el Complejo Buchelli de la
secuencia de Tumaco y con complejos de Nariño, se considera importante realizar estudios
sistemáticos en la llanura aluvial del Pacífico, en el piedemonte de la cordillera
Occidental y en la zona norte de los Andes nariñenses.
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