III Ritual Funerario y Chamanismo
Según los escasos datos disponibles, acerca de la procedencia de los objetos de orfebrería del Museo del Oro, la mayoría de ellos fueron encontrados en sepulturas; una pequeña parte parece haber sido hallada en lugares tales como cuevas, lagunas o los cimientos de construcciones rituales. En ello el Museo del Oro se parece a muchos otros del mundo, en cuanto sus colecciones consisten en buena parte de obras de arte y de culto que originalmente estaban destinadas a acompañar a los muertos o a las divinidades.
En muchas regiones del país se observa que las sepulturas se hacían en las partes altas del terreno, en las cimas y faldas de las lomas, siempre evitando zonas anegadizas o cercanas a pantanos o cursos de agua. A veces, según relatan los cronistas, los muertos se enterraban dentro de sus casas y aún dentro de templos u otros recintos ceremoniales. Esta costumbre se ha comprobado arqueológicamente en la zona tairona, en Pueblito y en el sitio de Buritaca200, donde se hallaron tumbas en el centro de las viviendas. (1) Los entierros prehistóricos a veces se agrupan de tal modo que se puede hablar de verdaderos cementerios, generalmente algo retirados de los sitios de habitación.
Hay muchas formas de
enterramiento, que se diferencian según la región, la cultura, la etapa cronológica o
la posición social que ocupaba el individuo antes de morir. En las regiones antiguamente
ocupadas por los cacicazgos orfebres predominan ciertas formas. En primer lugar, se
observan tumbas que consisten de un pozo aproximadamente cilíndrico, en cuyo fondo se
encuentran una o varias cámaras laterales donde se depositaron los cadáveres, junto con
su ajuar funerario. Este tipo de entierro alcanza a veces una profundidad de hasta 20
metros, y en ocasiones aún más. El pozo puede ser de planta circular o cuadrada y las
paredes a veces dejan reconocer las marcas de un instrumento en forma de espátula, que se
empleó en el curso de la excavación. La estrechez del espacio probablemente no permitía
la labor de más de una o dos personas, de manera que la preparación de una tal tumba
debe haber sido una empresa prolongada. Se plantea entonces la pregunta de cómo se
preservaba al cadáver mientras tanto. Talvez fue disecado a fuego lento o quizás el pozo
se excavó ya de antemano, aún en vida de la persona cuyo cadáver lo
iba a ocupar.
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Otra forma de entierro, también bastante común en las regiones de los cacicazgos y en otras del país, consiste en una fosa más o menos rectangular alargada, a veces revestida y cubierta de toscas lajas de piedra. En algunas regiones tales como San Agustín, los valles de los ríos Sinú y San Jorge, y ciertos lugares de la Cordillera Central, se construyeron túmulos de tierra, dentro o debajo de los cuales se sepultaban los difuntos. En Tierradentro se han hallado extensas cámaras o criptas subterráneas talladas en la roca más bien blanda, en cuyo piso o cámara laterales se enterraban los cadáveres.
En ocasiones el cuerpo del muerto fue disecado o momificado. El cadáver, en posición de cuclillas, se envolvió en telas o esteras y se depositó luego en una caverna, donde estaban otras momias más. Estas se han encontrado en territorio Muisca y dicha costumbre aún existe entre los indios Yuko de la Sierra de Perijá . (3)
En muchas regiones del país se practicaba el entierro secundario, es decir, el cadáver primero se sepultó en la tierra y después de algunos años se desenterraron los restos y los huesos se sepultaron luego de nuevo, sea en un pequeño pozo en la tierra, o sea dentro de una urna funeraria o gran tinaja, generalmente manufacturada para este fin.
Hay luego una variedad de entierros en simples fosas o pozos. Entre los indios actuales del Vaupés y del Chocó se coloca al difunto dentro de una canoa tal como se ha observado en las tumbas prehistóricas del Quindío; entre los Barí del Catatumbo el cadáver se deja en la selva, sobre una pequeña plataforma construída en las ramas de un árbol; en cambio varias tribus actuales continúan empleando tumbas de pozo con cámara lateral.
Todas estas y otras diversas formas de tratamiento del cadáver y tipo de entierro no tienen una distribución diferencial geográfica definida y muchas veces han sido hallados en una misma zona. Así, en San Agustín, en los territorios Muisca y tairona, en el vallé del río Ranchería, en el Sinú y en la Cordillera Central, han encontrado a gran proximidad diferentes tipos de entierro que, a veces pueden indicar diferencias de rango y otras veces significar diferencias cronológicas.
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En el estado actual de conocimientos arqueológicos y etnohistóricos sería difícil sugerir una clara correlación entre los cacicazgos orfebres y determinados tipos de entierro. En primer lugar, aún no es evidente que todos los cacicazgos hubieran tenido objetos de orfebrería y en segundo lugar en muchos de los cacicazgos que utilizasen esta clase de objetos es posible que los hubiesen adquirido de otros indígenas. Por ejemplo, las fases arquitectónicas y esculturales de San Agustín seguramente indican una forma socio-política que corresponde a la de un cacicazgo, pero nada comprueba que San Agustín fuese un centro de orfebrería de importancia. Algunas de las estatuas ostentan adornos esculpidos que imitan formas de orfebrería comunes en la cordillera Central y en algunos entierros sí se han encontrado pequeños objetos de oro, pero este metal no parece haber tenido allí el alto significado sacro y de status que tuvo en otras regiones del país. Lo mismo se podría decir de Tierradentro, región de la cual proceden apenas algunos objetos de oro, por cierto de gran valor artístico, pero que aparentemente no fue un centro orfebre. En el Medio Magdalena existen grandes complejos de urnas funerarias de entierro secundario, que parecen haber pertenecido a sociedades de cacicazgos; sin embargo, aunque las tapas de las urnas tienen efigies humanas adornadas con narigueras también de barro, estos complejos carecen de asociaciones de orfebrería, aunque son contemporáneos de cacicazgos orfebres vecinos.
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Así, aunque
parece que todos los orfebres trabajaban dentro del contexto de cacicazgos, no todos los
cacicazgos eran centros de orfebrería, ni tampoco enterraban objetos de oro o tumbaga con
sus muertos.
En casi todos los casos en que el cadáver se sepultó en una cámara lateral, se tuvo cuidado de evitar que el muerto tuviera contacto con la tierra o fuese directamente cubierto por ella. La cámara se comunicaba con el pozo vertical por medio de una entrada que fue tapada con troncos de madera, con piedras o aún con grandes vasijas de cerámica, de manera que luego al llenarse el pozo con tierra, la cámara quedaba protegida y aislada. Generalmente estas cámaras mortuorias tenían forma de bóveda pero han encontrado algunas que imitaban la forma del interior de una casita con techo de dos aguas. El propósito no fue el de cubrir al muerto con tierra sino de proveerlo de una posada, o sea de un pequeño recinto que tuviese una serie de objetos considerados como necesarios. En ocasiones el interior de estas cámaras funerarias se cubrió de pinturas generalmente con motivos geométricos pero ocasionalmente también con figuras antropomorfas y zoomorfas. El más destacado ejemplo de estas cámaras pintadas lo constituyen las grandes criptas de Tierradentro. Sea dicho que en ellas se trata a veces de motivos pictóricos que parecen ser derivados de fosfenos, lo que hace pensar en que los indígenas hayan establecido mentalmente una relación entre la muerte y un estado alucinatorio. La misma asociación de ideas se destacó en una profunda cueva funeraria, en la región de La Paz, Departamento del Cesar. En este lugar hallé numerosos esqueletos incinerados, acompañados por las características tabletas para rapé narcótico, hechas de piedra. La cerámica asociada a estos entierros, estaba decorada con motivos pintados, claramente derivados de fosfenos. (6)
El numero de cadáveres enterrados en una misma tumba varía. Según los datos de los cronistas, los cadáveres de personas de alto rango se sepultaron a veces junto con sus mujeres y esclavos. Esta costumbre fue conocida en la Cordillera Central y el territorio Muisca. A veces han encontrado sólo esqueletos sin cabeza, habiendo sido enterrados los cráneos en un lugar aparte, costumbre difícil de explicar.
En el caso de las urnas funerarias, éstas a veces llevan una efigie plástica del difunto, sea que el cuerpo de la urna tenga una cara estilizada o sea que en la tapa de la urna se encuentre una figura humana de pié o sentada en un banquito. En ocasiones, estas urnas ostentan además varias figuras modeladas de cerámica, que representan batracios, reptiles, felinos y, ante todo, aves. (7) Algunas tribus practicaban ˇa incineración del cadáver, frecuentemente en combinación con el entierro secundario en urnas.
Son muy escasos los datos referentes a la composición exacta del ajuar funerario de entierros primarios de los cacicazgos orfebres ya que en su gran mayoría se trata de excavaciones de guaqueros.
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Como regla general, el cadáver estaba
acompañado por vasijas de cerámica, a veces en gran cantidad, colocadas a los pies,
cerca de la cabeza o alrededor del cuerpo. Había generalmente vasijas de servicio y de
almacenamiento, ocasionalmente sin usar aún y hechas aparentemente a propósito. Objetos
de piedra, hueso y concha también se hallaban, tanto en forma de adornos como de
utensilios; piedras y manos de moler el maíz son muy frecuentes en estas tumbas. Los
objetos de oro parece que han sido hallados colocados sobre el cadáver, en los puntos
donde los hubiera llevado la persona en vida: narigueras, zarcillos, portapenes,
pectorales, collares, coronas y otros más.
En los cacicazgos, el rango de la persona enterrada, es reconocible por la cantidad y calidad del ajuar, sobre todo en los objetos de oro. Pero hay que tener en cuenta aquí las siguientes consideraciones. Entre los antiguos indígenas colombianos, el oro tenía ante todo la connotación de un atributo del rango que probablemente combinaba factores de la organización socio-política con la esfera del poder chamánico.
Al estudiar en detalle las colecciones de orfebrería y al tratar de incorporarlas en el contexto que establecen nuestros conocimientos de arqueología, etnohistoria y etnología del país, se afirma la impresión que la función social del oro, como expresión de rango, está concatenada con su función mágica. El aspecto chamánico es predominante. Volvamos pues otra vez a este complejo de imágenes y creencias que ha sido, y sigue siendo, tan importante en la mentalidad indígena.
En tantas culturas tradicionales del Viejo y del Nuevo Mundo, se ha dicho que el chamán es el guía de las almas de los difuntos, que es él quien lleva el alma transformada en ave, hacia un mas allá. Eso puede ser el caso en ciertas culturas pero en Colombia, ni la arqueología ni la etnología parecen comprobar esta creencia. El hecho de construir tumbas cuidadosamente planificadas y repletas de un ajuar funerario que comprende joyas, insignias, cerámicas elaboradas, así como recipientes para comidas y bebidas, no quiere decir de ningún modo que las gentes que practicaban este ritual creían en la autonomía del alma. Parece más bien que los indígenas creen que, después de morir físicamente, la persona, continúa su existir en este mundo en forma de espíritu y que sólo con el tiempo entra en otra dimensión donde finalmente desaparece para siempre. Hay así una continuidad limitada del espíritu del muerto pero no se concibe la inmortalidad del alma. La vida continúa en la tumba, pero no hay vida de ultratumba. La tumba forma parte del país de los muertos, pero ellos no están exánimes e inertes sino que siguen participando en la vida diaria de los sobrevivientes.
Como un ejemplo muy diciente de estas creencias, citaré la descripción que el conquistador Jorge Robledo hace en el siglo dieciséis, de un entierro de un cacique de los indios de Anserma, uno de los
cacicazgos del valle del Cauca. Hablando de la bóveda funeraria dice así: ...á un cabo de ella ponen sus armas é sillas en que se solía sentar y tazas con que solía beber é vasijas llenas de vino y platos llenos de las maneras de manjares que él solía comer, y dicen que lo hacen para que coman de noche, y ansí escuchan de noche encima de la sepultura muchos días, para ver si lo oirán; é como ellos son abusioneros é milagrosos, é cualquier cosa creen, especialmente algunos que entre ellos hay maesos, hacen creer que habla é que come é que pregunta por sus padres y por su gente.
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Esta idea, de que en ocasiones las voces de los antepasados o, por lo menos, de recién fallecidos, se puedan oir y que transmiten mensajes de importancia a los vivos, es frecuente entre los indios actuales. A veces estas voces indican qué remedio debe usarse para efectuar la curación de una enfermedad; otras veces se trata de presagios acerca del porvenir de los descendientes. Por ejemplo, entre los actuales indios del Chocó (ríos Docordó y Bicordó) el aprendiz del chamán, sentado en la casa obscura, oye voces de ancestros, representados por pequeñas figuras de madera, que le enseñan los cantos rituales o que le contestan preguntas que el chamán fórmula dirigiéndose hacia el techo de la casa.
(10)
En esta región del país los espíritus de los antepasados se cree que sean omnipresentes y se opina que son ellos quienes rigen la vida diaria de la sociedad.
(11)
En el caso de los entierros, se trata de un concepto que se ha denominado el cadáver viviente.
(12)
En primer lugar, los cronistas describen la preocupación de los deudos en conservar el cuerpo del muerto por momificación, disecación o una especie de cosmética funeraria. Jorge Robledo anota
. .
.después de muy seco, le envijan con aquella vija colorada que ellos estando vivos se ponen, y pónenle su chaquira en las piernas y brazos y todas las joyas de oro que él estando vivo se ponía en sus fiestas...
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Los
cadáveres parecían hombres vivos, escribe Cieza de León, otro cronista que
merece toda confianza.
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Refiriéndose a los entierros en la misma región del Cauca, un cronista anónimo escribe: ... los cuerpos... tienen arrimados a las paredes de sus casas como personajes
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o, como escribe Pascual de Andagoya, como si estuviesen vivos.
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Hay muchas informaciones históricas al respecto y en ellas se observa que hay una relación entre la preservación del cadáver de un pariente, y la de un cadáver o cráneo de un enemigo. En la región de los indios Pozo, algo al norte de los Quimbaya, se hacían estatuas de madera, con cráneos humanos, cuyos rasgos faciales habían sido reconstituídos con cera. En muchas partes se guardaban los cráneos de los enemigos, sea aisladamente o sea puestos en estacas, en el exterior de la casa o en la plataforma de sacrificios humanos. Fuera del Cauca hay representaciones en la orfebrería muisca, de tunjos que llevan tales cabezas, de trofeo y los mismos trofeos pueden observarse en algunas estatuas de San Agustín. Entre los antiguos Lile, una tribu de las cercanías de Cali, los pellejos de los enemigos desollados se llenaban con ceniza o con paja, para conservar así el cuerpo entero de la víctima. George Eckert cree que la idea subyacente a estas costumbres era el deseo de convertir al enemigo muerto en un esclavo obediente. (17) Esté afán de representar e imaginarse al muerto como si aún estuviera vivo (por lo menos durante cierto tiempo) era la razón por la cual se le enterraba con su comida, bebida y utensilios caseros, y no, como generalmente se piensa, para que tenga provisiones en el camino hacia el mas allá.
La costumbre de enterrar a los muertos en la casa, como lo observamos entre los antiguos Tairona y los actuales Cuna, Emberá, Noanamá, Tukano y otros, conlleva la idea de dos casas, de un dualismo y de una intercomunicación entre dos dimensiones. La casa de arriba, donde vive la familia, es la de luz, de calor, mientras que el entierro debajo del piso es la casa de la obscuridad y del frío.
Entre los actuales indios de la Sierra Nevada de Santa Marta, el cadáver, vestido y con sus mochilas puestas en los hombros, gorro en la cabeza y poporo en la mano, se coloca sentado de espaldas contra la pared de su casa y el máma le habla y, en un tono de urgencia, le pide que se lleve a las enfermedades. Se prepara comida y se le pasan toda clase de bocados por los labios del muerto, mientras que el máma y los dolientes hablan al cadáver como si fuera una persona viva.
(18)
Un máma Kogi me dijo: La muerte (heiséi) está aquí y está viva. Cuando vamos donde él, aún no estamos muertos, sólo después de la ceremonia de soltar el muerto (heiséi kéihi), celebrada por un máma, llegamos al mas allá.
En la Sierra de Perijá, los indios Yuko disecan a sus muertos y les dan una primera sepultura en la tierra, en posición de cuclillas; después de un año o más, se desentierra el cadáver y se envuelve en una estera, en un sólido paquete al que se le amarran los collares del difunto y unos bollos de maíz. Después de una ceremonia el paquete se cuelga debajo del techo de la casa, cerca de las hamacas de los deudos y se pasa luego durante días de casa en casa, en una especie de visita de despedida, después de lo cual el paquete se deposita en una cueva, al lado de una multitud de otros similares.
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La idea subyacente es siempre la misma: los espíritus de los antepasados no han muerto del todo sino siguen acompañando a sus parientes vivos. Entre los indios del Vaupés, un chamán introdujo una recitación mitológica solemne, con las siguientes palabras: Estamos en la viva presencia de los muertos.
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En ninguno de estos casos parece tratarse de una creencia en un alma (tal como se define aproximadamente en nuestra cultural sino de la convicción de que el pariente difunto aún no estaba muerto en un sentido definitivo, sino que continuaba su existencia, invisible y fantasmal, en las cercanías del entierro y tomaba un activo interés en la familia de los deudos.
Al juzgar por las creencias de los indios actuales, este interés que supuestamente los antepasados toman en sus familiares sobrevivientes, constituye un gran peligro ya que entonces, desde otra dimensión existencial invulnerable, ellos pueden vengarse por cualquier ofensa recibida. Los espíritus piden comida, piden fuego, piden toda clase de servicios y favores y aún se llevan a un niño o a otra persona para que les haga compañía. En caso de ser olvidados o menospreciados, los espíritus envían enfermedades y otras desgracias a sus familiares. Sería erróneo hablar aquí de supersticiones sin importancia pues la realidad es otra. Ideas muy parecidas a las descritas arriba existen no solamente entre muchas tribus actuales sino también entre gentes no sólo del campo sino de las ciudades del país. Hemos conocido muchos pueblos campesinos donde la gente vivía profundamente preocupada por mantener contentos a los espíritus de familiares y antepasados. Por cierto, los ritos con los cuales se trataba de apaciguar el eventual descontento de los espíritus, mostraban un marcado sincretismo de creencias católicas e indígenas.
Se cree comunmente que, después de algunos años, los espíritus de los difuntos parientes, se retiran más y más hacia dimensiones desde las cuales ya no pueden hacer más daño a los vivos. Hay una especie de segunda muerte que es definitiva y con ella se pierde todo contacto. Pero mientras tanto ya se han muerto otras personas y así se repite el ciclo, se repite la idea del cadáver viviente y con ella vuelve todo el ambiente angustioso de necromancia y de sentido de culpa.
Espero no haberme extendido demasiado en estas consideraciones comparativas pero creo que ellas pueden ayudar a ver las costumbres funerarias prehistóricas desde una perspectiva etnológica. En resumen: no hay indicios referentes a una creencia en la autonomía del alma. Entre la mayoría de los indios actuales tampoco se cree en un mas allá en términos de un mundo ideal, sino, se prevee el aniquilamiento.
INDICE
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1. Mason (1931) (regresar1)
2. En 1939, excavamos un entierro en las cercanías de la población de Sopó, en el altiplano de Cundinamarca, que tenía forma rectangular y estaba revestido de lajas bien ajustadas; la tapa la formaban varias lajas puestas horizontalmente. El interior de esta tumba estaba totalmente vacío y seco, y sólo una delgada capa de arena muy fina cubría el fondo. Durante la excavación no se observó ningún rasgo que indicara que la tierra hubiera sido disturbada, con posterioridad a la hechura del entierro. Obviamente se trataba de un sepulcro que no fue usado. (regresar2)
3. Reichel-Dolmatoff (1945). (regresar3)
4. Aunque en algunas regiones del país, tales como en San Agustín y el territorio Muisca, se han efectuado excavaciones arqueológicas de muchísimos entierros, aún no se han publicado las seriaciones de los ajuares que acompañaban a los cadáveres. (regresar4)
5. Castaño & Dávila (1984); Herrera & Londoño (1975); Reichel-Dolmatoff, G. & A. (1943). (regresar5)
6. Reichel-Dolmatoff (1949b). (regresar6)
7. Las figuras humanas generalmente están sentadas, a veces de pié, y asumen posiciones hieráticas; algunas tienen copas semiesféricas en sus manos. Tanto estas figuras como las de los animales, podrían constituir un conjunto chamanístico que implicase la ingestión de bebidas alucinógenas (?) y la invocación de animales auxiliares en un proceso de transformación. Muchas veces las figuras tienen en la cabeza una hilera de huequitos profundos, que podría haber servido para insertar plumas. (regresar7)
8. El confuso libro de Luis C. Arango: Recuerdos de la guaquería en el Quindío (Bogotá, 1924) figura en muchas obras arqueológicas, citado como fuente bibliográfica, a pesar de ser una apología de estos destructores del patrimonio cultural del país. No lo encuentro de utilidad alguna. (regresar8)
9. Robledo (1865) (regresar9)
10. Reichel-Dolrnatoff (1960), p.123. (regresar10)
11. Reichel-Dolmatoff 11960), 119. (regresar11)
12. Acerca de este concepto, véanse, ante todo, los trabajos de Eckert (1945; 1948). (regresar12)
13. Robledo (1865), p. 396; Eckert (1945). Un interesante trabajo al respecto es de Gallagher (1983) y se refiere al ajuar de los entierros en México Occidental. Por cierto, las tumbas de pozo con cámara lateral, de Colombia y México, comparten varios rasgos (Long, 1967). (regresar13)
14. Cieza (1971). (regresar14)
15. Anónimo 11866(, citado en Eckert (1945) (regresar15)
16. Andagoya 11826), citado en Eckert (1945). (regresar16)
17. Eckert (1945), p. 84.
Sobre los desollados empajados, Cieza (1971, p. 118) escribe: ... a veces, estando la gente que dentro estaban durmiendo de noche, el demonio entraba en los cuerpos que estaban llenos de ceniza, y con figura espantable y temerosa asombraba de tal manera a los naturales que de solo espanto morían algunos. (regresar17)
18. Reichel-Dolmatoff (19851, II, pp. 223-224. En el río Caimán Nuevo, en el Golfo de Urabá, el cacique de un caserío de indios Cuna, me mostró debajo de su hamaca el entierro de su padre y dijo que se comunicaba frecuentemente con él. (regresar18)
19. Reichel-Dolmatoff (1945). (regresar19)
20. Reichel-Dolmatoff (ms). (regresar20)
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