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Vicente Quirarte
CASIDA PARA UNA SOLA NOTA
Tomado de "Nombre sin aire" , Vicente Quirarte. Valencia, 2004, pp. 69 - 70
En los hoteles de la ciudad de Dios,
cuando el profano sale
a seguir el camino de los santos
en el vientre de nuevos animales
que taladran desiertos,
el lacayo del día,
el tan sin nombre,
es señor de la casa.
Las toallas y las sábanas,
en procesión caída, son el nuevo rebaño.
La escoba es el cayado;
el trapeador, la serpiente anillada
que se ahoga en el polvo.
Claros, alegres y desnudos
como los camellos de color desierto,
los dueños antiguos de esta tierra
hacen un monumento del instante.
En cada breve campo de batalla
purifican enseres, afinan
la ceremonia diaria,
pulen restos del barco
que impidió el naufragar del buen augurio.
Y cuando están seguros de estar solos,
cantan como si en su voz latiera
un sabio pájaro que estira
su pequeño tesoro.
¿Quién canta en la voz de esa muchacha?
Sus palabras reconstruyen la caligrafía de Dios,
enjoyada en lo alto de la cúpula
o collares de humo perfumado
nacidos del corazón de la manzana.
Es la voz que en el diván espera
el espejo solar del otro cuerpo
que acelera el instante y engatusa a la muerte.
Y sólo entonces, cuando el profano sale,
el hotel es oasis,
fuente donde renacen los camellos.
El desierto aquel, donde el silencio
quiebra sus cristales y venera
al becerro dorado del instante,
es espejismo.
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