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Vicente Quirarte
RETORNO
Tomado de "Como a veces la vida", Vicente Quirarte. Valencia, 2000, pp. 121 - 130.

No intentes mirar más allá de la nariz y goza cuanto el olfato te conceda. Ningún tabaco en la lengua y los pulmones se compara al aire invadido por la nube que hace del que fuma un compartidor generoso. No hay café cuyo sabor se iguale a la alquimia del grano que se tuesta e invade con su aroma las calles de la ciudad antigua, riqueza volátil, rueda de la fortuna que borra por instantes la pobreza del barrio. Antes de que te pierdas por entero -pues te perderás no obstante los consejos-, goza del umbral y del preludio. No hay sentido más sabio que el olfato.

Reinan en el café los dos sentidos: el olfato y el gusto. Pero también el tacto, en la porcelana que brilla para recibido; pero también los ojos, que interrogan el fondo de la taza; pero también el oído, cuando truenan sus granos en el tueste o cuando el líquido -por fin se derrama en la taza. Negro licor de blancos sueños, espuela para el triste, perro más fiel del solitario.

El fuego de los abandonados es de hielo. Neón de barrio pobre, infortunio de hoteles de arrabal. Choque de cuerpos que no aman; músculos que se hacen tristemente la guerra, en inútil venganza por el amor que siempre se les niega.

Todo hotel es de paso, como es de paso el traje, los vasos, esta tinta. Y el otro gran hotel, el cuerpo, un día se derrumba, cuando ya no lo ocupan los placeres, los monstruos de una noche, ángeles furtivos que supieron perder en los combates para ganar el cielo y volver a caer, interminablemente.

El timbre es cristalino, si tal palabra es capaz de traducir el sonido que viaja por el aire con intención de no apagarse, campana fundida con substancias del día: la transparencia del aire, la solidez luminosa que sabe poner en los objetos el color preciso. Es la voz del vendedor de helados, el timbre que convoca a los niños alrededor de la bicicleta que guarda, en su cajón hermético, el tesoro esperado; el cubo de aluminio que rebosa nieve de coco, sólo tan deslumbrante como los dientes infantiles.

Cruel por sincera ante la fealdad y la vejez, la playa parece derramar exclusivas bondades en la juventud y la belleza. Pero la playa no tasa con nuestras pequeñeces. A fin de cuentas, su justicia es ciega y a todos nos recibe con igual asombro: gordos y calvos, enanos y efebos, ajados y nuevos vamos al baño milagroso que borra definitivamente las fronteras.

Cuando te repugne que el pescado en tu mesa alguna vez estuvo libre y dichoso entre corales -catedrales sumergidas donde el sol alcanza sus mejores esculturas-, piensa que el arpón que le dio muerte fue manejado por el hombre que comerá un ave que antes del impacto de fuego volaba sobre los manglares; y que el cazador de esa presa a su vez pagará en el mercado el trozo de carne que lo ayude a vivir. Cuando te torture la injusticia del hombre hacia las otras creaturas, piensa en el azar. Así como el arpón, la bala o la mano del hombre eligen la muerte de otros seres, Dios reparte cánceres, tormentas, fracasos amorosos, para poder nacer todos los días e iluminar el mundo.

"Hablas como poeta", decía la muchacha del burdel. Siempre el como, el puente, el a punto de, el quedarse en la frontera. No soy poeta, nunca seré poeta. Si lo fuera, dejaría que las palabras se bastaran. Entonces se elevarían sin necesidad de artificios, sin estas palabras-combustible de un pájaro oxidado que no levanta el vuelo. Pero a veces, cuando la vida es y no se piensa, entiendo lo del pastor que sin serlo se sentía, aunque no cuidara de las ovejas. Y mientras vuelvo a perderme en la piel de esta mujer que es todas las pieles, me repito: no soy poeta, pero es como si lo fuera. No escribo versos, pero es como si los escribiera.

He trabajado todo el día, pensado todo el día, sufrido todo el día. No soy menos ignorante que ayer. La muerte ganó terreno y yo sin poder decide que estoy vivo. ¿Estar más cansado que ayer es una prueba?

De nuevo Veracruz. O habría que decir he aquí Veracruz por vez primera. Volver a esta ciudad es como apenas conoceda. Qué parecido el contacto con la ciudad a la posesión continuada, repetida y novedosa, de tocar en otro cuerpo el nuestro. Cierro los ojos, ciudad, y te pregunto si has pensado en m" si te he hecho falta. Antes de formular por completo mi pregunta, te callo la boca a besos. Sé que eres de todos pero mía. En este instante de oro, cuando aún no vislumbro desengaños, en este abrazo presente, sólo estamos tú y yo, invisibles en el aire que sofoca y redime. Mojas con tus calores mi camisa; huelo tus aromas mezclados de café, tabaco y plátanos fritos. Escucho la aspiración consonántica de las jarichas que pasan, retumbantes como el mar en Mocambo.

Más que una ciudad, una prolongación del alma. Alguien lo dijo de Viena, pero entiendo la verdad de esas palabras mientras camino las calles del puerto. La gente se divide en dos: quien ve en Veracruz una acumulación de vergüenzas y quien ama desde el primer momento y para siempre el mar grisáceo, las casas ruinosas. Ciudad para emborracharse de tristeza o por el puro gusto de estar vivo. Ciudad heroica, como si hubiera otras.

Caminar la ciudad es distinto a caminar por ella. Se camina por la ciudad con objeto de llegar a un sitio. Se camina la ciudad para gozada, para descifrar los enigmas que depara individualmente a cada uno de sus enamorados. Caminar la ciudad es acariciada, gozar la mutua seducción, entregarse al repaso paciente de esta cantera labrada, de aquel muro jaspeado por pinturas de generaciones que lo vuelven testigo de todas las edades.

Como en el amor, se regresa a ciudades conocidas con la esperanza de reencontrar los rastros familiares pero con el deseo de que todo sea inédito. Cuando verdaderamente las amamos, las ciudades envejecen con nosotros.

Vivir la ciudad es una fiebre de momentos, enfermedad que ataca con diversos grados de intensidad. Aunque nos preparamos para ser poseídos por la ciudad y poseerla, ella no siempre está con ánimos para recibimos. La ignorancia del viajero reside en su ansia de posesión inmediata. Las ciudades sQn amantes a las que exigimos todo desde el primer encuentro. Para verdaderamente tenerlas, es preciso renunciar al deslumbramiento inicial, descubrir sus rincones invisibles. Recuerda, por ejemplo, el crepúsculo vivido en dos ciudades distintas: Villahermosa, Venecia. En la primera el Sol era un enorme disco de un naranja intenso; eras un adolescente tironeado por los demonios y comprendiste el sentido de aquel verso: "Entonces como una moneda se encendía un pedazo de Sol entre mis manos': Años después en el canal de la Giudecca te sorprendió el crepúsculo con tu cuerpo integrado en otro cuerpo, con el amor en los sentidos y en el corazón. Ahí supiste que nunca, aunque te lo propusieras, volverías a vivir ese crepúsculo y que en toda su historia la ciudad no había tenido ni volvería a tener una obra de arte tan perfecta como esa puesta de Sol que hacía del cielo una hipérbole más grande que su nombre.

Se entra en la ciudad como en una mujer. Se asedia una ciudad como se pretende a una mujer. Se conquista a una ciudad como a una mujer, una vez que se pasa bajo el arco del triunfo. Las ciudades, como las mujeres, tienen sus olores, sus refugios, sus puertos de llegada. También, como las mujeres, sus navajas, sus condiciones, sus reinos traicioneros.

Mirar una ciudad mientras creemos que todos duermen es como vigilar el sueño de la mujer que amamos. Entonces a nadie pertenece sino a su materia íntima, apretada en sí. El con templador puede así conoceda en detalle, admirar la vida parcialmente detenida, como una promesa de seguir siendo ella antes de que el día reviva el látigo mercenario de los relojes.

La ciudad es la casa que nunca duerme. Reino del viudo, compañera del solo y del mendigo, del sediento y el náufrago, la ciudad necesita nuestra savia. Fluyen toda la noche por las calles las huestes que la pueblan, fauna nocturna, lóbrega, luminosa legión de labios fluorescentes. "La noche es para los vivos. De los muertos se encarga el Sol."

Es preciso abandonar la ciudad que hemos vivido y hecho nuestra cuando apenas comienza a despertarse; cuando las primeras barcazas transportan a la gente de ribera a ribera del gran río, y el cuerpo renovado aún no sufre los rigores de la jornada; cuando todo está naciendo con nosotros y el milagro de la luz se consuma un día más sobre el planeta; cuando hemos obtenido lo mejor de las cosas que seguirán viviendo sin nosotros, pero ya tienen impresa la huella de amor que les dejamos.

Entonces es preciso retirarse, dar gracias por haber sido testigo del prodigio. ¿Por qué no nos es dado abandonar esta larga enfermedad cuando sonríe la vida y parece que todo está por suceder?

No persistas en llenar cada instante de infinito. Te cuesta ser feliz y no hay remedio. Tarde para empezar de nuevo, temprano todavía para irte, escucha los consejos de tu propia experiencia: asistir con asombro a la creación del mundo fue el mejor de los premios, y llegó varias veces. Por eso, antes de que se vaya este temblor que al invadirte cierra la herida del presente, escríbelo. Aunque esas palabras donde lo entregas todo, mañana te digan que escribiste en el agua.

Que me espere la muerte. Que se empape la perra, la mendiga, y se quede a la puerta; que eche a andar el taxímetro e imponga -la gran puta- los precios de sus gracias. Que me deje olvidarla cuando estoy más vivo. Que me toque y la sienta como bloque de hielo sobre la piel dorada. Ten piedad de nosotros, muerte linda. Brindar -tan salvajes- por la vida, es momentáneo triunfo de alejarte. Tu abrazo dura más que el aguardiente; tu tatuaje es más hondo que estos besos.