PRELIMINAR
La que pide este trabajo, que doy a la prensa con justificable
timidez, será lectura inútil para los etnógrafos y arqueólogos que le dediquen alguna
atención en otros países de América, si él merece tal honra.
La falta de elementos precisos en mis viajes, la de unos meses más,
necesarios por la índole del estudio y lo penoso de aquella labor, perjudicaron en gran
manera el éxito de la obra; con pesar lo reconozco, porque si se hubiese efectuado en
circunstancias propicias, habría sido menos imperfecta.
Debe suponerse que no estuvo en mi mano modificarlas nada omití a
fin de conseguirlo, e hice lo que pude, sin colaboración de ninguna especie, y ya sin
otro estímulo que el bien de los aborígenes de aquellas regiones y el anhelo de llenar
pundonorosamente los deberes contraídos, aunque ello hubiese de costarme la vida en los
desiertos insalubres o en el corazón de las tribus bárbaras.
Los hombres de ciencia juzgarán únicamente por la valía o
importancia de los resultados; es lo natural y lógico, es su derecho temible; mas los del
país si tendrán en cuenta que sólo ahora está él dando los primeros pasos, vacilantes
por lo mismo, en este género de estudios, tan ocasionados a dificultades, hostilidad y
peligros en las comarcas salvajes, como a menos en las civilizadas y en la blandura y el
grato calor del gabinete.
Los montes, las pampas, las selvas y los mares de la América
española le esconden todavía tesoros inmensos e innúmeros arcanos a esta civilización
de ayer, de cuatro siglos no completos, que le costó millones y millones de sus hijos y
un diluvio de sangre y de lágrimas.
Las ciencias interrogan impacientes; sus obreros meticulosos
compilan, comentan y aguardan; los audaces luchan y escudriñan; la esclava rencorosa no
responde, y bajo el manto de sus selvas oculta la descendencia que salvó de naciones
incontables, como si oyese aún el grito de victoria de los conquistadores, retumbando el
galope de sus corceles.
Es allí, en los dominios de las tribus salvajes, en lo ignoto y
profundo de los desiertos, en el seno eternamente abundoso de la naturaleza, donde están
la obra científica y humanitaria, la prosecución de la que empezaron en regiones de este
país algunos misioneros heroicos, y Castellanos, Simón, Piedrahita, Duquesne, Mutis,
Caldas, Humboldt, Boussingault, Jorge Tadeo Lozano, Joaquín Acosta, Plaza, Codazzi,
Reclús, José Triana, Ancízar y Santiago Pérez (Secretarios de la Comisión
Corográfica), Uricoechea, Rafael Celedón, Manuel Uribe Angel, Andrés Posada Arango,
Vicente Restrepo, Zerda y pocos más (1). A ellos se
debe lo que en realidad conoce el país de sus riquezas naturales, y en lo relativo a las
naciones indígenas que lo poblaron y aún lo habitan, su historia confusa, creencias
religiosas y ritos, caracteres, desarrollo intelectual, industria, costumbres, o sea el
grado de selección y cultura en que se las encontró y el triste y criminal abandono en
que hoy se hallan.
Dice muy bien el señor Rafael Merchán, refiriéndose a Colombia y
a las Antillas, en su docto e interesante escrito sobre El Dorado y Cuba
Primitiva, obras de los señores Zerda y Bachiller Morales:
"Entre nosotros están muy descuidados esos estudios, por
falta de estímulo, y no deja de humillarnos el que europeos y anglo-americanos
investiguen con más interés que nosotros los misterios de nuestra propia arqueología.
"De todos los países latino-americanos, quizás es Colombia el
que más inexplorado campo presenta para tales labores. En la Academia de Ciencias de
París, en el Congreso de Americanistas, en la Sociedad Americana de Francia, en las
sociedades de Geografía y en otras Corporaciones sabias, se habla todos los días acerca
de Méjico, Centro-América, Bolivia, Perú, Brasil y la República Argentina; la
civilización azteca, las ruinas de Palenque y las soledades de las Pampas son constante
objeto de prolijas exploraciones; el Brasil acaba de celebrar una Exposición
antropológica que ocupará más de una página interesante en la historia de la ciencia
americana, y leemos en un periódico que la van a repetir y que se invitará de nuevo a
todo el Continente Americano...
"Algunos patriotas, dominados por una vocación en que la
abnegación debe de entrar en mucho, tratan de llenar en Colombia tal vacío",
Y así sucederá si el Gobierno de la Nación y hombres ilustrados,
honrándola y sirviéndola positivamente, acogen las indicaciones que al efecto haré en
algunas de estas páginas, y adoptan los medios que me he decidido a indicar con el fin de
que todo se lleve a la práctica. No siempre han de gastarse y perderse las fuerzas
vitales y creadoras del país en luchas atroces, odios, escepticismo y desalientos que lo
aniquilan y afrentan; ni siempre la barbarie, alardeando de autoridad y cultura, ha de ser
estorbo, saña, celo parroquial en comarcas de la República que importa y urge estudiar,
y que exigen protección efectiva y civilizadora.
Aparte de los trabajos de geógrafos y naturalistas competentes
no aventureros y embaucadores, sino idóneos de veras la obra en los
territorios ocupados por tribus salvajes, no solo pide administradores cultos y
filántropos y labor de etnógrafos y arqueólogos; requiere misioneros de aptitudes
probadas, de virtudes eximias, de mansedumbre y de perseverancia admirables, Suponíamelo
así antes de estudiar las tribus del Estado del Magdalena, pero aún vacilaba; después
no. Ellas son la sangre rica y sana de aquella región de Colombia, son germen
valiosísimo y obligado de toda prosperidad allí; y un absurdo y caro sistema de
administración, socaliñas fiscales, torpes abusos, vicios que los mercaderes importan y
estimulan, las irritan, las embrutecen y las envenenan. Si no se acude muy pronto a
combatir el mal, transcurridos cuarenta o cincuenta años, casi toda la antigua Provincia
de Santamarta será desierto temible, dominio de indígenas ya implacables y feroces.
La Cordillera Oriental del Valle Dupar, que desde 1846 es refugio
del resto de los itotos, tupes y yukures reunidos, y su posición terrible todo a
causa de las crueldades hórridas cometidas entonces por los civilizados en la
llanura de Casacará, está mostrando que no exagero en el pronóstico. Y la suerte
que hoy se les puede augurar a otras regiones de la Unión habitadas por valerosas tribus
de aborígenes, no es mejor.
Desviáronme unos instantes las palabras que cité del señor
Merchán. El ha señalado el vacío, la inmensa página en blanco donde apenas hay
escritas... dos líneas. He ahí la múltiple labor que ofrece campo sin límites a muchas
inteligencias y energías; y la porción que ha de corresponder a esos hombres abnegados
de que habló el señor Merchán, no será lo menos importante y gloriosa; lo será mucho
si se trabaja audazmente en el medio favorable, en la forma debida, dejando la tarea de
compilaciones y comentos a los aficionados que no tengan vigor físico ni índole para
desafiar los rigores de ciertos climas, ni los riesgos y durezas de la vida al natural
entre las tribus bárbaras.
En lo venidero no faltarán los estímulos de que se careció en
otros días de rigorosas pruebas; ni habrá sacrificios inútiles, aunque sea escaso el
fruto de una difícil labor. Ya estima y agradece el Poder Ejecutivo Nacional el resultado
de los estudios que absorbieron mi atención en la costa atlántica durante once meses,
hasta septiembre de 1882: lo demuestra así la acuciosidad empleada a efecto de que este periódico (2) publique un extracto de aquellos
estudios, y lo confirma la nota que el señor doctor Felipe Angulo, Secretario de Hacienda
de la Unión, dirigió al Senado de Plenipotenciarios el 19 de agosto último. Nunca
esperé con desconfianza tal recompensa, la más honorífica que pude ambicionar. Oscuro
zapador en las regiones donde la muerte detuvo a Codazzi, a ese mártir del deber y de la
ciencia, su constancia me sirvió de ejemplo; ahora doy por bien empleadas las penalidades
que sufrí, y si gobernantes del Estado del Magdalena no sus pueblos
hospitalarios desconocieron la sana intención y alteza de mis propósitos en la
obra que me fue encomendada, estas páginas les demostrarán su error, y todo lo olvido.
Para concluir este prólogo inevitable, que pretendí hacer muy
conciso y se me figura demasiado extenso, permítanseme dos indicaciones: una en cuanto a
la colocación que se da a las distintas partes del libro, y la otra sobre el nuevo plan
que me ha sido forzoso preferir al retocar el conjunto apresuradamente, y no con el
detenimiento y comodidad que la tarea requería (3).
Los viajes que hice por las costas e interior del Estado dci
Magdalena, los apuntamientos que en tales excursiones tomé, tenían por objeto escribir
un libro en la forma que nos dejó enseñada el señor doctor Manuel Ancízar en las Peregrinaciones
de Alpha. Al partir de Bogotá en 1881, el ilustre y bondadoso maestro me estimuló
para la ejecución de una obra así, verdaderamente superior a mis fuerzas, y las últimas
palabras animadoras, de cariño, casi paternales, que oí de sus labios, diéronme muchas
veces persistencia de voluntad, fe en el buen éxito ilusoria pero necesaria,
y ánimo paciente, probado sin conmiseración en tantas ocasiones.
Según el contrato que para desempeñar el empleo de Secretario de
la Comisión Científica (4), suscribí con el
señor Ricardo Becerra, Secretario de Instrucción Pública, el 17 de septiembre de 1881,
aquel libro debió escribirse y publicarse de octubre del siguiente año a enero o febrero
de 1883. En el contrato hay una cláusula que, al enumerar los compromisos y derechos del
Secretario de la Comisión, dice textualmente:
"2° A desempeñar ese empleo por el término de un año,
prorrogable a voluntad de Isaacs, hasta que terminen los trabajos de la Comisión y sean
impresos en la forma conveniente".
Por las estipulaciones del contrato, me era permitido un descanso de
treinta a cincuenta días en Ibagué o Bogotá, cada seis u ocho meses, todo a costa de la
Nación; y renuncié a esa ventaja con tal de no interrumpir los viajes y estudios que me
preocupaban en el Estado del Magdalena, aunque el reposo oportuno aseguraba la
conservación de mi salud, El 5 de septiembre de 1882 envié un oficio a la Secretaría de
Instrucción Pública en el cual manifestaba que, por carencia absoluta de recursos para
los gastos de traslación, que el Gobierno de la Unión quedó comprometido a suministrar,
me veía precisado a desistir del propósito de recorrer el Estado de Bolívar antes de mi
regreso al interior. Expresábale también que daba como prorrogado el contrato, a fin de
escribir en tres o cuatro meses corto tiempo en verdad el libro a que he hecho
referencia. Para viajes costosos de once meses, apenas se me habían suministrado por
cuenta del tesoro nacional doscientos pesos, y transcurrido iba casi medio año sin que se
me abonara sueldo alguno.
En sus correspondencias privada y oficial, e1 señor doctor Zaldúa,
Presidente de la Nación, y ei doctor Benjamín Noguera, encargado de la Secretaría de
Gobierno, me excitaban a persistir en la obra, aplaudiendo la ejecutada hasta entonces, y
esperé.
Recibió en oportunidad el señor Rufo Urueta, Secretario de
Instrucción Pública, el oficio citado, y en breve dio por rescindido el contrato
suscrito el 17 de septiembre de 1881. Proceder inexplicable. ¿Desconocimientos de las
estipulaciones suscritas en aquella oficina y de la manera como yo había cumplido los
deberes que contraje? ¿Igualábame él al Jefe de la Comisión, burlador de la confianza
que se le había depositado?
La injusticia se consumó, y yo no escribí una letra ni dije una
palabra; no había previsto ni pude prever que llegase el caso de gestionar con el Poder
Ejecutivo el cumplimiento de las obligaciones que él se impuso. Propúseme hacer trabajo
honroso y positivamente útil a la Nación, y muy bisoño y torpe abogado era yo para
iniciar gestiones que la abochornaran.
Dictada aquella resolución por el señor Urueta, suspendí el
arreglo de mis apuntes de viaje. Entonces hallábame de regreso en la población de
Ibagué, ya gravemente enfermo desde Honda, y padecía... todo lo que ahora me ha hecho
olvidar la nota del Poder Ejecutivo de la República al Senado de Plenipotenciarios.
Los periódicos oficiales publicaron desde principios de 1882 las
observaciones que en el curso de los viajes creí oportuno anticipar al Poder Ejecutivo,
en correspondencia destinada a las Secretarías de Gobierno, de Hacienda y de Instrucción
Pública. Casi en su totalidad, los estudios restantes versan sobre las tribus indígenas
del Estado, las cuales demandaban preferente atención, por motivos que antes apunté,
investigaciones minuciosas, esfuerzo tenaz: captarse el respeto y cariño de los jefes y
sacerdotes, y el de sus allegados, lo primero; recorrer así, ya en compañía de algunos
salvajes, las comarcas que habitan y los desiertos donde imperan; en el estudio de los
idiomas, no perder instante propicio para la adquisición de un dato valioso, de una
palabra nueva, de un giro extraño; obtener de los ancianos, mediante dones, benevolencia
y astucia paciente, lo que no ha sido fácil conseguir de los jefes y médicos-sacerdotes,
en lo relativo a tradiciones y creencias religiosas; conquistar el afecto de las mujeres,
comúnmente agreñas y recelosas al principio, con regalos de bujerías y bagatelas, que
estiman mucho para adornarse a su modo, y acariciando a los niños, tributando
consideración a las ancianas; en fin, días y noches, perdido el recuerdo de número y de
fechas, sin otra sociedad que la de gentes bárbaras, sin más techo, ni hogar ni cuidados
que los suyos; por horizonte, lo no visto, lo grandioso, lo ignorado. y sed insaciable de
eso; una impaciencia indócil a las caricias del sueño, y fuerte, sin ligaduras ni
zozobras, el alma libre.
Decía por qué hube de contraerme con predilección especial a las
tribus del Estado, lo más importante, duro y peligroso si se quiere, de mis trabajos en
aquella región, Así, el plan de ellos exigía modificaciones sustanciales; y hasta he
tenido que cercenar muchas de las descripciones del país que hay bosquejadas en mis
carteras, y casi todos los episodios de viaje desligados del asunto preferente, y que
sobran por lo mismo.
El señor doctor Ancízar laboró en campo muy diverso, como se
comprende, y hoy reputo favorables las circunstancias que me desviaron de su renta, porque
seguirle en ella habría sido loca pretensión, temeridad indisculpable. Ojalá no lo sea
también este ensayo en un género de estudios que requiere aptitudes especiales y muchos
desvelos; sírvame siquiera de excusa la humanitaria intención de hacer lo posible en
beneficio de las tribus salvajes de este país, desamparadas sin piedad o víctimas de
inicuos explotadores.
__________
(1) Merece aquí particular mención el Licenciado Juan Vásquez, primer
anticuario de quien hubo memoria en el Nuevo Reino de Granada. El historiador Lucas
Fernández de Piedrahita, al hablar de las maderas que se emplearon en la construcción
del templo de Itaca o Sugamuxi, transportadas de los Llanos de Oriente dice." Y como
la intención de estas naciones fuese hacer permanentes sus templos, es llano que siendo
tántas las que habitaban aquel Reino, las condujesen de términos tan dilatados; y aún
se infiere por personas curiosas en descubrir antigüedades de aquella provincia, en que
fue singular el licenciado Juan Vásquez, hijo de Pedro Vásquez de Loaysa. que al tiempo
de afijar en la tierra aquellos corpulentos maderos, los cimentaban sobre esclavos vivos,
persudiéndose a que fundados sobre sangre humana se conservarían ilesos" Historia
General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada, Libro V, Cap.V. (Regresar
a 1)
(2) Los "Anales de la Instrucción Pública, 1884. (Regresar a 2)
(3) En la presente edición se han omitido el Estudio sobre el lenguaje
Businka; las Muestras de los lenguajes chimila y de los indios motilones; el Vocabulario
Guamaka y el Estudio del lenguaje Guajiro. (Regresar a 3)
(4) Ley 39 de 11 de Junio de 1881. Decreto Ejecutivo
No.628, de 18 de Agosto de 1881, Véase Diario Oficial N° 5.156. (Regresar
a 4)
IR AL SIGUIENTE CAPÍTULO
REGRESAR AL ÍNDICE |