LAS TRIBUS INDÍGENAS DEL MAGDALENA
JORGE ISAACS
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PRELIMINAR

La que pide este trabajo, que doy a la prensa con justificable timidez, será lectura inútil para los etnógrafos y arqueólogos que le dediquen alguna atención en otros países de América, si él merece tal honra.

La falta de elementos precisos en mis viajes, la de unos meses más, necesarios por la índole del estudio y lo penoso de aquella labor, perjudicaron en gran manera el éxito de la obra; con pesar lo reconozco, porque si se hubiese efectuado en circunstancias propicias, habría sido menos imperfecta.

Debe suponerse que no estuvo en mi mano modificarlas nada omití a fin de conseguirlo, e hice lo que pude, sin colaboración de ninguna especie, y ya sin otro estímulo que el bien de los aborígenes de aquellas regiones y el anhelo de llenar pundonorosamente los deberes contraídos, aunque ello hubiese de costarme la vida en los desiertos insalubres o en el corazón de las tribus bárbaras.

Los hombres de ciencia juzgarán únicamente por la valía o importancia de los resultados; es lo natural y lógico, es su derecho temible; mas los del país si tendrán en cuenta que sólo ahora está él dando los primeros pasos, vacilantes por lo mismo, en este género de estudios, tan ocasionados a dificultades, hostilidad y peligros en las comarcas salvajes, como a menos en las civilizadas y en la blandura y el grato calor del gabinete.

Los montes, las pampas, las selvas y los mares de la América española le esconden todavía tesoros inmensos e innúmeros arcanos a esta civilización de ayer, de cuatro siglos no completos, que le costó millones y millones de sus hijos y un diluvio de sangre y de lágrimas.

Las ciencias interrogan impacientes; sus obreros meticulosos compilan, comentan y aguardan; los audaces luchan y escudriñan; la esclava rencorosa no responde, y bajo el manto de sus selvas oculta la descendencia que salvó de naciones incontables, como si oyese aún el grito de victoria de los conquistadores, retumbando el galope de sus corceles.

Es allí, en los dominios de las tribus salvajes, en lo ignoto y profundo de los desiertos, en el seno eternamente abundoso de la naturaleza, donde están la obra científica y humanitaria, la prosecución de la que empezaron en regiones de este país algunos misioneros heroicos, y Castellanos, Simón, Piedrahita, Duquesne, Mutis, Caldas, Humboldt, Boussingault, Jorge Tadeo Lozano, Joaquín Acosta, Plaza, Codazzi, Reclús, José Triana, Ancízar y Santiago Pérez (Secretarios de la Comisión Corográfica), Uricoechea, Rafael Celedón, Manuel Uribe Angel, Andrés Posada Arango, Vicente Restrepo, Zerda y pocos más (1). A ellos se debe lo que en realidad conoce el país de sus riquezas naturales, y en lo relativo a las naciones indígenas que lo poblaron y aún lo habitan, su historia confusa, creencias religiosas y ritos, caracteres, desarrollo intelectual, industria, costumbres, o sea el grado de selección y cultura en que se las encontró y el triste y criminal abandono en que hoy se hallan.

Dice muy bien el señor Rafael Merchán, refiriéndose a Colombia y a las Antillas, en su docto e interesante escrito sobre El Dorado y Cuba Primitiva, obras de los señores Zerda y Bachiller Morales:

"Entre nosotros están muy descuidados esos estudios, por falta de estímulo, y no deja de humillarnos el que europeos y anglo-americanos investiguen con más interés que nosotros los misterios de nuestra propia arqueología.

"De todos los países latino-americanos, quizás es Colombia el que más inexplorado campo presenta para tales labores. En la Academia de Ciencias de París, en el Congreso de Americanistas, en la Sociedad Americana de Francia, en las sociedades de Geografía y en otras Corporaciones sabias, se habla todos los días acerca de Méjico, Centro-América, Bolivia, Perú, Brasil y la República Argentina; la civilización azteca, las ruinas de Palenque y las soledades de las Pampas son constante objeto de prolijas exploraciones; el Brasil acaba de celebrar una Exposición antropológica que ocupará más de una página interesante en la historia de la ciencia americana, y leemos en un periódico que la van a repetir y que se invitará de nuevo a todo el Continente Americano...

"Algunos patriotas, dominados por una vocación en que la abnegación debe de entrar en mucho, tratan de llenar en Colombia tal vacío",

Y así sucederá si el Gobierno de la Nación y hombres ilustrados, honrándola y sirviéndola positivamente, acogen las indicaciones que al efecto haré en algunas de estas páginas, y adoptan los medios que me he decidido a indicar con el fin de que todo se lleve a la práctica. No siempre han de gastarse y perderse las fuerzas vitales y creadoras del país en luchas atroces, odios, escepticismo y desalientos que lo aniquilan y afrentan; ni siempre la barbarie, alardeando de autoridad y cultura, ha de ser estorbo, saña, celo parroquial en comarcas de la República que importa y urge estudiar, y que exigen protección efectiva y civilizadora.

Aparte de los trabajos de geógrafos y naturalistas competentes —no aventureros y embaucadores, sino idóneos de veras— la obra en los territorios ocupados por tribus salvajes, no solo pide administradores cultos y filántropos y labor de etnógrafos y arqueólogos; requiere misioneros de aptitudes probadas, de virtudes eximias, de mansedumbre y de perseverancia admirables, Suponíamelo así antes de estudiar las tribus del Estado del Magdalena, pero aún vacilaba; después no. Ellas son la sangre rica y sana de aquella región de Colombia, son germen valiosísimo y obligado de toda prosperidad allí; y un absurdo y caro sistema de administración, socaliñas fiscales, torpes abusos, vicios que los mercaderes importan y estimulan, las irritan, las embrutecen y las envenenan. Si no se acude muy pronto a combatir el mal, transcurridos cuarenta o cincuenta años, casi toda la antigua Provincia de Santamarta será desierto temible, dominio de indígenas ya implacables y feroces.

La Cordillera Oriental del Valle Dupar, que desde 1846 es refugio del resto de los itotos, tupes y yukures reunidos, y su posición terrible —todo a causa de las crueldades hórridas cometidas entonces por los civilizados en la llanura de Casacará—, está mostrando que no exagero en el pronóstico. Y la suerte que hoy se les puede augurar a otras regiones de la Unión habitadas por valerosas tribus de aborígenes, no es mejor.

Desviáronme unos instantes las palabras que cité del señor Merchán. El ha señalado el vacío, la inmensa página en blanco donde apenas hay escritas... dos líneas. He ahí la múltiple labor que ofrece campo sin límites a muchas inteligencias y energías; y la porción que ha de corresponder a esos hombres abnegados de que habló el señor Merchán, no será lo menos importante y gloriosa; lo será mucho si se trabaja audazmente en el medio favorable, en la forma debida, dejando la tarea de compilaciones y comentos a los aficionados que no tengan vigor físico ni índole para desafiar los rigores de ciertos climas, ni los riesgos y durezas de la vida al natural entre las tribus bárbaras.

En lo venidero no faltarán los estímulos de que se careció en otros días de rigorosas pruebas; ni habrá sacrificios inútiles, aunque sea escaso el fruto de una difícil labor. Ya estima y agradece el Poder Ejecutivo Nacional el resultado de los estudios que absorbieron mi atención en la costa atlántica durante once meses, hasta septiembre de 1882: lo demuestra así la acuciosidad empleada a efecto de que este periódico (2) publique un extracto de aquellos estudios, y lo confirma la nota que el señor doctor Felipe Angulo, Secretario de Hacienda de la Unión, dirigió al Senado de Plenipotenciarios el 19 de agosto último. Nunca esperé con desconfianza tal recompensa, la más honorífica que pude ambicionar. Oscuro zapador en las regiones donde la muerte detuvo a Codazzi, a ese mártir del deber y de la ciencia, su constancia me sirvió de ejemplo; ahora doy por bien empleadas las penalidades que sufrí, y si gobernantes del Estado del Magdalena —no sus pueblos hospitalarios— desconocieron la sana intención y alteza de mis propósitos en la obra que me fue encomendada, estas páginas les demostrarán su error, y todo lo olvido.

Para concluir este prólogo inevitable, que pretendí hacer muy conciso y se me figura demasiado extenso, permítanseme dos indicaciones: una en cuanto a la colocación que se da a las distintas partes del libro, y la otra sobre el nuevo plan que me ha sido forzoso preferir al retocar el conjunto apresuradamente, y no con el detenimiento y comodidad que la tarea requería (3).

Los viajes que hice por las costas e interior del Estado dci Magdalena, los apuntamientos que en tales excursiones tomé, tenían por objeto escribir un libro en la forma que nos dejó enseñada el señor doctor Manuel Ancízar en las Peregrinaciones de Alpha. Al partir de Bogotá en 1881, el ilustre y bondadoso maestro me estimuló para la ejecución de una obra así, verdaderamente superior a mis fuerzas, y las últimas palabras animadoras, de cariño, casi paternales, que oí de sus labios, diéronme muchas veces persistencia de voluntad, fe en el buen éxito —ilusoria pero necesaria—, y ánimo paciente, probado sin conmiseración en tantas ocasiones.

Según el contrato que para desempeñar el empleo de Secretario de la Comisión Científica (4), suscribí con el señor Ricardo Becerra, Secretario de Instrucción Pública, el 17 de septiembre de 1881, aquel libro debió escribirse y publicarse de octubre del siguiente año a enero o febrero de 1883. En el contrato hay una cláusula que, al enumerar los compromisos y derechos del Secretario de la Comisión, dice textualmente:

"2° A desempeñar ese empleo por el término de un año, prorrogable a voluntad de Isaacs, hasta que terminen los trabajos de la Comisión y sean impresos en la forma conveniente".

Por las estipulaciones del contrato, me era permitido un descanso de treinta a cincuenta días en Ibagué o Bogotá, cada seis u ocho meses, todo a costa de la Nación; y renuncié a esa ventaja con tal de no interrumpir los viajes y estudios que me preocupaban en el Estado del Magdalena, aunque el reposo oportuno aseguraba la conservación de mi salud, El 5 de septiembre de 1882 envié un oficio a la Secretaría de Instrucción Pública en el cual manifestaba que, por carencia absoluta de recursos para los gastos de traslación, que el Gobierno de la Unión quedó comprometido a suministrar, me veía precisado a desistir del propósito de recorrer el Estado de Bolívar antes de mi regreso al interior. Expresábale también que daba como prorrogado el contrato, a fin de escribir en tres o cuatro meses —corto tiempo en verdad— el libro a que he hecho referencia. Para viajes costosos de once meses, apenas se me habían suministrado por cuenta del tesoro nacional doscientos pesos, y transcurrido iba casi medio año sin que se me abonara sueldo alguno.

En sus correspondencias privada y oficial, e1 señor doctor Zaldúa, Presidente de la Nación, y ei doctor Benjamín Noguera, encargado de la Secretaría de Gobierno, me excitaban a persistir en la obra, aplaudiendo la ejecutada hasta entonces, y esperé.

Recibió en oportunidad el señor Rufo Urueta, Secretario de Instrucción Pública, el oficio citado, y en breve dio por rescindido el contrato suscrito el 17 de septiembre de 1881. Proceder inexplicable. ¿Desconocimientos de las estipulaciones suscritas en aquella oficina y de la manera como yo había cumplido los deberes que contraje? ¿Igualábame él al Jefe de la Comisión, burlador de la confianza que se le había depositado?

La injusticia se consumó, y yo no escribí una letra ni dije una palabra; no había previsto ni pude prever que llegase el caso de gestionar con el Poder Ejecutivo el cumplimiento de las obligaciones que él se impuso. Propúseme hacer trabajo honroso y positivamente útil a la Nación, y muy bisoño y torpe abogado era yo para iniciar gestiones que la abochornaran.

Dictada aquella resolución por el señor Urueta, suspendí el arreglo de mis apuntes de viaje. Entonces hallábame de regreso en la población de Ibagué, ya gravemente enfermo desde Honda, y padecía... todo lo que ahora me ha hecho olvidar la nota del Poder Ejecutivo de la República al Senado de Plenipotenciarios.

Los periódicos oficiales publicaron desde principios de 1882 las observaciones que en el curso de los viajes creí oportuno anticipar al Poder Ejecutivo, en correspondencia destinada a las Secretarías de Gobierno, de Hacienda y de Instrucción Pública. Casi en su totalidad, los estudios restantes versan sobre las tribus indígenas del Estado, las cuales demandaban preferente atención, por motivos que antes apunté, investigaciones minuciosas, esfuerzo tenaz: captarse el respeto y cariño de los jefes y sacerdotes, y el de sus allegados, lo primero; recorrer así, ya en compañía de algunos salvajes, las comarcas que habitan y los desiertos donde imperan; en el estudio de los idiomas, no perder instante propicio para la adquisición de un dato valioso, de una palabra nueva, de un giro extraño; obtener de los ancianos, mediante dones, benevolencia y astucia paciente, lo que no ha sido fácil conseguir de los jefes y médicos-sacerdotes, en lo relativo a tradiciones y creencias religiosas; conquistar el afecto de las mujeres, comúnmente agreñas y recelosas al principio, con regalos de bujerías y bagatelas, que estiman mucho para adornarse a su modo, y acariciando a los niños, tributando consideración a las ancianas; en fin, días y noches, perdido el recuerdo de número y de fechas, sin otra sociedad que la de gentes bárbaras, sin más techo, ni hogar ni cuidados que los suyos; por horizonte, lo no visto, lo grandioso, lo ignorado. y sed insaciable de eso; una impaciencia indócil a las caricias del sueño, y fuerte, sin ligaduras ni zozobras, el alma libre.

Decía por qué hube de contraerme con predilección especial a las tribus del Estado, lo más importante, duro y peligroso si se quiere, de mis trabajos en aquella región, Así, el plan de ellos exigía modificaciones sustanciales; y hasta he tenido que cercenar muchas de las descripciones del país que hay bosquejadas en mis carteras, y casi todos los episodios de viaje desligados del asunto preferente, y que sobran por lo mismo.

El señor doctor Ancízar laboró en campo muy diverso, como se comprende, y hoy reputo favorables las circunstancias que me desviaron de su renta, porque seguirle en ella habría sido loca pretensión, temeridad indisculpable. Ojalá no lo sea también este ensayo en un género de estudios que requiere aptitudes especiales y muchos desvelos; sírvame siquiera de excusa la humanitaria intención de hacer lo posible en beneficio de las tribus salvajes de este país, desamparadas sin piedad o víctimas de inicuos explotadores.
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(1) Merece aquí particular mención el Licenciado Juan Vásquez, primer anticuario de quien hubo memoria en el Nuevo Reino de Granada. El historiador Lucas Fernández de Piedrahita, al hablar de las maderas que se emplearon en la construcción del templo de Itaca o Sugamuxi, transportadas de los Llanos de Oriente dice." Y como la intención de estas naciones fuese hacer permanentes sus templos, es llano que siendo tántas las que habitaban aquel Reino, las condujesen de términos tan dilatados; y aún se infiere por personas curiosas en descubrir antigüedades de aquella provincia, en que fue singular el licenciado Juan Vásquez, hijo de Pedro Vásquez de Loaysa. que al tiempo de afijar en la tierra aquellos corpulentos maderos, los cimentaban sobre esclavos vivos, persudiéndose a que fundados sobre sangre humana se conservarían ilesos" Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada, Libro V, Cap.V. (Regresar a 1)

(2) Los "Anales de la Instrucción Pública, 1884. (Regresar a 2)

(3) En la presente edición se han omitido el Estudio sobre el lenguaje Businka; las Muestras de los lenguajes chimila y de los indios motilones; el Vocabulario Guamaka y el Estudio del lenguaje Guajiro. (Regresar a 3)

(4) Ley 39 de 11 de Junio de 1881. Decreto Ejecutivo No.628, de 18 de Agosto de 1881, Véase Diario Oficial N° 5.156. (Regresar a 4)

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