LAS TRIBUS INDÍGENAS DEL MAGDALENA
JORGE ISAACS
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VI

Poca o ninguna importancia se daba a las pictografías de los aborígenes cuando escribió Piedrahita. Del Libro I, capítulo III de su obra, transcribí ya un pasaje en que dice que a los chibchas les faltaban letras o jeroglíficos para escribir y memorar sus acontecimientos; y en el capítulo I del Libro II se halla esto otro: "Las noticias que ha recogido el desvelo más curioso no pueden empañar la pluma en acaecimientos más antiguos: desdicha que se originó de la falta que los indios bogotáes tuvieron de letras (como se dijo arriba) y de jeroglíficos o equipos que usaron los del Perú y Méjico para encadenar sus historias y dar cuenta de los siglos pasados". Sería inoficioso hacerles notar a los lectores, porque han de saberlo, que los toltecas y aztecas no usaron los quipos.

Zamora hace referencia a la inscripción ilegible que hay en la Piedra de Guane, al pie de ciertas figuras humanas, que a no dudarlo fueron obra posterior a la conquista (93).

De las Antigüedades Indígenas, o escrito sobre las ruinas de San Agustín por el Coronel Codazzi, parte de la geografía del Tolima publicada por el señor Felipe Pérez, tomó el señor Rojas lo relativo a los monolitos de Saboyá y Gámeza: este último —lo advertí ya— es grabado; en todos los restantes de Boyacá y Cundinamarca se empleó el ocre rojo, uso aprendido de las tribus que emigraron de las regiones del Oriente a la altiplanicie de Bogotá.

El señor doctor Liborio Zerda describe así la roca de Pandi, que aparece también dibujada en su obra última (94): "Distante del pueblo de Pandi, un kilómetro, y cerca de la gruta "La Alfonsa", se encuentra la piedra pintada con figuras simbólicas de los antiguos indios de este valle; la tinta indeleble del rojo de la chica o del ocre rojo mezclado con resinas, parece que fue el color que emplearon para estas pinturas que han resistido algunos siglos a la acción de la intemperie. Esta piedra es un enorme canto de asperón, que, como otros muchos, fue desprendido y arrastrado por las aguas del lago de Sumapaz que inundaron el valle de Icononzo; su forma es casi cúbica, pero sus aristas fueron redondeadas por el frote; tiene aproximadamente 20 metros de largo y 15 de alto; su cara superior está revestida de una capa de tierra vegetal que mantiene algunas gramíneas, helechos, líquenes, algas y otras plantas pequeñas; sobre una de sus caras verticales, de superficie lisa, están pintados varios grupos de figuras, al parecer caprichosas, pero se halla en primer término la figura del Sol, que para las tribus chibchas fue Xuá el dios y señor de la naturaleza; se encuentra también la rana, símbolo de las aguas, al lado del alacrán o escorpión, y del lagarto, animales muy comunes en los climas templados de estas regiones; en la parte media y hacia la derecha hay figuras rectangulares con líneas en ángulos entrantes y salientes, muy semejantes a las que estos indios pintaban en sus piezas cerámicas y también muy semejantes a las esterillas que de caña teñida de colores fabrican desde muy remotos tiempos los indios de Icononzo. La altura a que están colocadas estas figuras sobre la piedra, indica que hubo alguna intención manifiesta al vencer las dificultades que se debieron presentar para imprimir estos caracteres; pero por desgracia aquí se detiene toda investigación por no tenerse base que pueda servir para su interpretación".

No parece que los dibujos de Pandi sean obra exclusiva de los chibchas: algunas figuras se asemejan a las de la roca de Aipe, de que luego hablaré. Si era Icononzo el nombre de una antigua ciudad de muiscas, que estuvo al Sur del valle, como lo indica Humboldt, cabe la presunción de que ella fue punto donde cambiaban sus frutos y artefactos los pueblos de la altiplanicie, por los productos de los valles ardientes, tal como se efectúa hoy en La Mesa: la vía de comunicación de los chibchas con la hoya del Magdalena, fue la misma que ahora conduce a Pandi. No hace Humboldt mención de esas pictografías en el capítulo donde habla de los puentes naturales de Icononzo, que visitó en septiembre de 1801, al empezar su viaje de Bogotá a Popayán y Quito; es de suponer que de ellas no le hablaron, ni de las ruinas de San Agustín, que mucho interés era natural le inspiraran.

Se me ha dicho que en Doa, seis o siete leguas de Pandi al Sur, hay una roca pintada. Corre cerca el río Sumapaz; se cruza el llano para llegar a su orilla, y de ahí, siguiendo diez y ocho o veinte cuadras en dirección al Oeste, está la piedra dentro del bosque. Son las señales obtenidas del cazador que la encontró por casualidad. Sin peligro de equivocarme, infiero que en las riberas de aquel río existen otros monumentos de la misma clase, que ocultan las hoscas selvas en vano, pues los arqueólogos de bufete no han ido a profanarlas.

En las cercanías de Facatativá hay un sitio denominado Las Cuevas, y allí varias pinturas indígenas, de importancia indudable para todo lo referente a la etnogenia de esta región, y hasta hoy no han sido ni siquiera copiadas. El señor Thermos me dijo que había dibujado unas pocas, y a ser menos angustiosos los días en que termino este trabajo, descripción completa de todos esos símbolos aparecería en el presente capítulo, lo mismo que de los de Une, población situada a 38 o 40 kilómetros al Sur de Bogotá.

Cerca de ese pueblo se halla una laguna, y en los peñascos del Poniente existen muchos dibujos hechos con ocre rojo; siguiendo hacia el Norte por el desagüe de ella, veinticinco cuadras, más o menos, hay otros; a media legua de la población, por la misma vía, se han visto algunos: un día de camino al Sur, en el ramal, están los últimos de que tengo noticia: estudio detenido de la comarca daría resultados de valor en la materia.

Codazzi habla de piedras con jeroglíficos pintados que se hallan a orillas del río Magdalena; pero sólo se conocen las pictografías de Aipe, en la ribera septentrional del rio. Esto denuncia estudios incompletos, si no desidia, cuando los que se vienen haciendo de treinta o cuarenta años a esta parte en otras naciones de Sur-América, en lo relativo a antigüedades, merecen mención de las sociedades científicas. En el Peñón de Caro, margen occidental del Magdalena, al frente de Tenerife, más o menos, hay signos indígenas grabados, según me informa el señor Ramón Samper, que los ha visto.

La Marcada es el nombre que se da en el Estado del Tolima a una roca muy grande que dista dos leguas de la población del Líbano, al Sur. Llámasela así por los signos que la cubren. Tiene 280 o 300 pies de largo y está a 250 o 270 pies de altura. Hay hacia la mitad, en toda su longitud, unos cuantos jeroglíficos grabados, que a simple vista se distinguen desde abajo, aunque para dibujarlos con precisión se requiere anteojo. Del centro de la roca se desprendió en tiempo remoto una gran parte, en la cual se ven figuras semejantes a las volutas distinguidas con los números 62, 92 y 93 en las planchas anexas; pero en otros signos son curvas reentrantes en las extremidades de un solo arco, a modo de una C muy grande cuyo fin y principio se enrollarán. Muchos jeroglíficas están confusos.

No se halla indicio que permita suponer cómo fueron cincelados esos signos a semejante altura. La parte superior del peñasco es el principio de una larga y pendiente bajada a Río-recio, y de aquél a las orillas del raudal no hay distancias menores de treinta cuadras. A inmediaciones de la piedra hay un cementerio de indios en el cual se han cavado guacas, y algunas han producido hasta ochenta pesos de buen oro.

Diez y ocho leguas al Sur de La Marcada, en la misma Cordillera Central y aproximadamente a igual altura, se encuentra otra roca con grabados en las lomas de Riofrío; varias de éstas fueron truncadas por los aborígenes para formar extensas plataformas o mesetas, a las cuales se asciende por escalones de diez a doce metros de largo y cinco o seis de anchura. Sobre las mesetas están los cementerios indígenas, y en una de ellas la roca mencionada, de color blanquecino como la del Líbano, y con jeroglíficos idénticos.

La consistencia de ambas rocas, la semejanza de los signos que las cubren, las dificultades para ejecutar los grabados, especialmente en la primera por la altura a que se hallan, demuestra de sobra que el trabajo no se hizo por entretenimiento o sólo capricho del grabador (95).

En lo referente a la materia que me ocupa, al fin es posible hoy decir algo positivo sobre pictografías de los aborígenes de Antioquia, gracias a lo descubierto por el señor Camilo A. Echeverri, con lo cual puede que avancen mucho las investigaciones y labor arqueológicas en su Estado natal. Antes se había llegado apenas a las conclusiones o hechos de que habla el señor Andrés Posada Arango en su Ensayo etnográfico sobre los aborígenes del Estado de Antioquia, opúsculo de pocas páginas impreso en París en 1871. Reducíase en suma a esto:

"Fray Pedro Simón, historiador del siglo XVII, hablando especialmente de los catíos, que eran la nación más culta de las que habitaban el territorio antioqueño, y a quienes atribuye claro entendimiento, afirma que usaban jeroglíficos, con los que escribían sus historias sobre mantas de algodón, pintándolas a mano. Además, se suelen hallar en las tumbas algunos objetos de oro o de madera, con dibujos o relieves complicados, que podrían quizá ser incripciones".

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(93) Libro II. cap. XVI. Libro III. cap. XV. (regresar a 93)

(94) El Dorado - 1983. (regresar a 94)

(95) Al interés acucioso de mi hermano Henrique, Que recorrió audazmente aquellas montañas en 1882, debo las indicaciones relativas a esas pictografías de la Cordillera Central, datos que se apresuró a enviarme al saber que podían serme útiles. (regresar a 95)

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