LAS TRIBUS INDÍGENAS DEL MAGDALENA
JORGE ISAACS
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IV

Temiendo que abunden en estas páginas inserciones que me ha sido imposible suprimir, de buen grado prescindiría de lo que sobre la materia hay en la obra muy reciente del Marqués de Naidallac; pero él reúne casi todos los datos que se poseen acerca de jeroglíficos americanos, larga obra de viajeros ilustres y audaces, y ella debe mostrarme rumbo y miras para el estudio que ahora emprendo. Ha de ser meramente una adición cortísima a lo conocido ya, importante acaso porque se trata de regiones no estudiadas y de los restos y memorias de un pueblo que sucumbió, viril y numeroso en otros siglos, y de su origen que iba escondiéndose más y más en las sombras del pasado. La conquista redujo a los taironas a esclavitud cruel, y al oprobio siguió el exterminio, sin que a evitarlo bastaran los mandatos de leyes previsoras ni la intercesión de algunos sacerdotes misericordiosos: hecha excepción de los araucanos y guajiros, la misma suerte de los pueblos aborígenes del Nuevo Mundo en la primera mitad del siglo XVI.

De entonces acá, durante la época de la colonia, de soporífera inercia, y en la zozobra de la República, no hubo atmósfera propicia a esta clase de estudios, ni estímulos para ellos; y desdeñadas, sin apoyo, mala suerte habían corrido hasta hace poco, en este país y en otros suramericanos, las investigaciones apenas iniciadas respecto de tribus poderosas, que al desaparecer dejaron monumentos y vestigios de una civilización embrionaria y tal vez decadente: ahí subsisten los enigmas en los desiertos salvajes desafiando las interpretaciones de la ciencia y su poder. El Nuevo Mundo es una inmensa necrópolis de naciones que perecieron en la centuria de la conquista, y estudiarlas en las ignotas soledades que les sirven de tumbas es la obra preferente de la etnogenia en los tiempos actuales.

Nótase que Naidallac no entra de firme, ni convencido de la Importancia del asunto, al comienzo de su estudio y apreciaciones sobre las pictografías americanas y aquella vacilación causa extrañeza, porque al concluir ese capítulo emite conceptos claros acerca del valor arqueológico de los jeroglíficos y emblemas de que ha tratado, Véase.

"Uno de los rasgos más notables de las poblaciones indígenas son las pinturas, las esculturas, los grabados en roca que se encuentran en Nuevo Méjico, Arizona y el Colorado. Han dado origen a una palabra nueva, la pictografía, de la cual pedimos licencia para usar a nuestro turno, aunque no estemos en manera alguna persuadidos, como ciertos arqueólogos americanos, de que estos hombres pretendieron trazar así su propia historia, las luchas en que habían tomado parte, sus migraciones, o sus cacerías. Las figuras aparecen en general tan ingenuamente trazadas, que los descendientes no habrían podido, contemplándolas, comprender nada de las proezas de sus antepasados. Es más probable que estas figuras, por curiosas que sean, deban con frecuencia su origen a la fantasía del pintor o del escultor.

"No solamente en las rocas se hallan las representaciones que nos ocupan: los numerosos bloques erráticos del Valle del Gila están cubiertos de toscas figuras de hombres o de animales. Estas pictografías abundan sobre todo en las orillas del Mancos y del San Juan y en los cañones que se extienden hacia el Oeste. Unas están grabadas a una profundidad que varía de un cuarto a media pulgada; otras, trazadas a grandes rasgos, de color rojo o blanco las primeras, colocadas a menudo a alturas casi inaccesibles, han exigido un trabajo considerable. Son obra de los CliffDwellers (los hombres que habitaban las rocas). Así es de suponer, porque se encuentran casi siempre en las cercanías de sus moradas. Añadiremos, sin embargo, que las incripciones y las figuras son muy raras cerca de los pueblos que se reputan como los más antiguos: las mas recientes podrían muy bien ser posteriores a la conquista española. Su sola apariencia permitiría afirmarlo, si una de ellas no representase un caballo; pero sabemos que este animal era desconocido en América antes de la llegada de los conquistadores (65).

"Es preciso también fijarse en el hacha simbólica, repetida varias veces en estos grabados. Su forma se parece sin duda a las hachas grabadas en los monumentos megalíticos de Bretaña. Este es un hecho curioso cuya importancia no se debe exagerar demasiado.

"De los grabados en roca más interesantes, citaremos uno de las orillas del San Juan, a unas diez millas de la desembocadura del Plata: representa una larga serie de hombres, de animales y hasta aves de patas y cuellos largos, que se dirigen todos hacia el mismo lado; dos hombres están de pies en un trineo tirado por un cervidio, que se puede suponer sea un reno: otros hombres siguen o dirigen la marcha. Es evidente que estos grabados se refieren a la migración de una tribu.

"M. Jackson señala igualmente cerca de Mac Elmo, un escarpe cubierto, en una extensión de seis pies cuadrados, de figuras de hombres, cervidios y lagartos; y M. Bandelier, pictografías cuyo desgaste o deterioro parece atestiguar su remota antigüedad. Estas, situadas a inmediación de las ruinas de Pecos, representan huellas de hombre o de niño, una figura humana y un círculo muy regular que encierra cúpulas (cupules), semejantes a los que existen en nuestros megalitos. Sobre los ríos Puerco y Zuní afluentes del Colorado Chiquito, se hallan dibujos que parecen verdaderos jeroglíficos, cuya significación es desconocida, y no nos atrevemos a afirmar que la tengan.

"Las rocas que rodean el Gran Lago Salado, cerca de Utah, capital ahora de los mormones, están cubiertas de esculturas parecidas a las de Egipto. Algunas son figuras humanas de dimensión natural, talladas en granito azul muy duro, a más de treinta pies de altura. Todo contribuye a mostrar suma de trabajo de que son incapaces los indios de hoy, y dificultades de ejecución que no podrían superar. La elevación a que se encuentran algunas de esas esculturas hace presumir que después de la obra ha tenido lugar un fenómeno geológico, como por ejemplo, el desagüe de un lago.

"La necesidad de reproducir las figuras, los animales, los acontecimientos que les habían admirado, la de precisar su significación por medio de inscripciones, es uno de los rasgos más característicos de las razas americanos..."

"Estos grabados o pinturas se encuentran en todas las regiones que formaban la América española. Se indican cerca del volcán apagado de Masaya, en los Estados Unidos de Colombia (66) ,en las orillas del Orinoco, en Venezuela, donde su estado de deterioro permite apenas reconocerlas, en el istmo del Darién, donde desde 1520 las hallaron los conquistadores. El lugar-teniente Whipple las descubrió en las rocas de Arizona; el profesor Kerr, en los Montes Negros, cerca de los orígenes del Tennessee; y recorriendo los Montes Blancos, entre las ciudades de Columbus (Nevada) y de Benton (California), se encuentran a cada paso, ya representaciones de hombres y de animales, ya signos indescifrables. Ni los Pah-Utes, que ocupan la vertiente californiana, ni los Shawnees, que acampan cerca de Columbus, pretenden atribuír el origen de aquéllos a sus antepasados. A unas veinte millas al Sur de Benton, el camino sigue un desfiladero angosto; lo limitan a ambos lados rocas casi perpendiculares, que se elevan a alturas de cuarenta a cincuenta pies. Estos muros de piedra están cubiertos de figuras cuyo origen y época no se conocen, y nada ha revelado hasta hoy el nombre de esos artistas primitivos" (67).

Pasemos al capítulo VIII, del cual tomé ya algunas líneas referentes a los adornos de los chibchas:

"Humboldt señala entre los paralelos 2° y 4°, a la entrada del país de los muiscas (68), rocas de granito o de sienita cubiertas de figuras colosales de cocodrilo y de tigre; parecen encargadas de defender las imágenes del Sol y de la Luna, a las cuales acompañan. Ameghino habla también de jeroglíficos de la Nueva Granada, y quizá se deben atribuír a estos mismos hombres dos columnas muy altas cubiertas de esculturas y situadas en la confluencia del Carare y del Magdalena, las cuales son objeto de la veneración supersticiosa de los indígenas".

Al fin de ese párrafo hay en el número de una nota, en la cual se cita la Historia de la Provincia del Nuevo Reino de Granada. He querido evidenciar la indicación de Zamora, y sólo encuentro este pasaje que probablemente fue mal interpretado, como aquel otro de Humboldt:

"Su adoratorio más principal (de los musos) eran dos elevados peñascos en forma de hermosísimas columnas, llamadas Furatenas (nombre que tenía la señora de aquellos países, cuando entraron los españoles) ambas de piedra istriadas. Cada una tendrá de grueso en sus cimientos, como un cuarto de legua en circuito, y de alto llegan hasta las nubes (!). A lo que parece, fueron estas columnas iguales en altura; porque una de ellas se ve descabezada y la otra entera, de que presumen algunos, que algún rayo le cortó la cabeza y se la puso a los pies. De la mitad de la una nace una bellísima fuente, que con abundancia se derrama en el río de las Minas, que pasando por medio de estas columnas, corre a desaguar en el de la Magdalena, con nombre del río de Carare. De estas columnas fingieron, que eran madre e hija, Diosas, que habitaban en aquellas selvas, a quienes los muses daban adoraciones y hacían sacrificios. A este adoratorio ocurrían algunos de la nación de los moscas, con grandísimo secreto, porque si lo sabían los muses se los comían vivos, llegando a tánto su ceguedad, que tenían celos de que otras naciones adoraran sus Columnas" (69).

Continúa Nadaillac:

"Cada día, por decirlo así, trae nuevos hechos que aumentan nuestros conocimientos. No podemos omitir las curiosas pictografías recién descubiertas en los valles de Bogotá, de Tunja y del Cauca (70): parecen una carta del país toscamente trazada, donde se pueden, sin embargo, reconocer los pueblos más cercanos.

"A cada paso la América del Sur muestra los vestigios de una raza que ha desaparecido, de una civilización eclipsada, y siempre es forzoso llegar a la misma conclusión: nuestra impotencia absoluta para señalar el origen o la descendencia de estas razas, representadas hoy por algunos miserables salvajes sin pasado ni porvenir!"

Aunque en estas últimas apreciaciones falte rigurosa exactitud en lo que dice o conceptúa respecto de las tribus indígenas que subsisten en la América meridional —probablemente no estudiadas con el debido detenimiento por el autor— adviértese ya que su dictámen sobre la importancia de las pictografías del Nuevo Continente es muy diverso del que emitió empezando a ocuparse de la materia en el capítulo V.

Sabias y muy prolijas observaciones contiene lo relativo a pictografía americana un capítulo de la obra del señor Aristides Rojas, a que me he referido varias veces. Si no las aprovechara, a lo menos en parte, a fin de complementar el trabajo que me ocupa, él sería deficiente. Empero, revisados los emblemas y jeroglíficos de la Sierra Nevada de Santa Marta, más oportunas y significativas han de ser las citas que haré del libro del señor Rojas.

La piedra Kuakamakué tiene en lo alto de su dorso un símbolo de que ya he hablado; dos círculos muy perfectos, cada uno de los cuales encierra otro muy pequeño. La figura es representación de dos soles unidos, e indicaba, según supongo, límites en los dominios de alguna tribu: es un emblema idéntico al que se ve sobre el hombro derecho, del monstruo gigante, medio humano, que copié en la cúspide de Atisánaruák, doce o trece kilómetros al Poniente de San Sebastián, centro del territorio primitivo de los businkas. La piedra de Kuakamakuó, situada al comenzar los declivios de la Sierra hacia Mediodía, y que tiene al Septentrión el fértil y extenso valle donde estuvo la antigua Valencia de Jesús, señaló de seguro el límite meridional de alguna tribu que moraba en ese valle: es aquella de que no guardan memoria los businkas, a la cual perteneció el cementerio de formas extrañas mencionado antes.

El triángulo de la figura marcada con el número 4, y que lleva un diminuto círculo en el centro, vuelve sólo a aparecer semejante en la roca de Hugüírruambá, a la izquierda de la figura Ikanusi, Satanás.

El signo marcado con el número 5 es acaso el resto de un emblema que tuvo más complicada forma: no lo encontré repetido en otros dibujos. Mas sí la figura o signo que lleva el número 6; hay alguno que se le parece, copiado a orillas del Tamañake, y otro entre los que lleva al costado la figura 28 de Morkóntek, e invertido se le halla en la piedra de lonzeirá.96. A ser posible, personas competentes decidirán si son en realidad signos determinados las dos figuras que acabo de indicar.

Nótese que los brazos de las figuras humanas distinguidas con los números 8, 9, 47, 49, 73, 86 y 94, no van pegados al cuerpo o tendidos sobre él. La imagen número 8, de hembra seguramente, fue dibujada en su extremidad inferior en la forma de algunos ídolos o tunjos chibchas, La acompaña, incompleta, la figura de un hombre, de ademán imperioso, o como si señalase un rumbo: es al Oriente.

Tolerándolo mis lectores muy susceptibles, los partidarios de la teoría darwiniana, podríamos suponer que la figura número 12, mitad simia y de rostro muy raro, es representación de la forma que tuvo el animal, temible como se ve, que precedió al hombre en la escala de perfeccionamiento.

La figura 13, algo como un Ibis cuya cabeza está formada por el signo del Sol, y el cuerpo con una eclipse que lleva otro círculo central, quizá sea de importancia para los arqueólogos conocedores en pormenor de los emblemas egipcios.

En el dibujo de la figura número 14, algo deteriorada, llama la atención la forma de la falda, que no cae a lo largo del cuerpo; y así no se repite en las restantes. Estas de que he venido hablando desde que hice mención de la número 8, están en las ruinas del adoratorio inmediato a la necrópolis desconocida de los aborígenes. Infiero que sobre aquellas ruinas. se levantó alguna construcción en tiempo inmemorial, porque al pie de la roca mayor están como caídas en desorden masas que no tienen grabados. En contorno es visible, más que en otras regiones de la Sierra, el efecto de una conmoción plutónica.

Sobre la faz que mira al Norte, se halla el grabado número 15, que lleva a su derecha la figurita 16, de quince centímetros en cuadro. La principal tiene la forma de un Sol por cabeza, prolongándose el resto de la faz en ancha trompa: no está de pies y el vestido cae desde el cuello hasta la base, detalle que exige atención, porque la ropa talar no se usa hoy entre los aborígenes; las túnicas de los businkas llegan sólo a la mitad de la pierna.

En lo alto de la ribera del Sirkariuka, quince kilómetros de San Sebastián, al Noroeste, se halla la piedra de aquel nombre, que parece haber rodado de la pendiente inmediata, o acaso ha sido cubierta en parte por tierra que arrastraron las lluvias en larguísimo tiempo. Está únicamente visible el flanco que mira al Levante, y representa sin duda al Sol; pero los indígenas no le rinden culto, ni ponen ofrendas a sus pies. La cubrían murales espesos que fue preciso destrozar para descubrir el dibujo. En tanto que despejaban los indios que llevé de compañeros al valle de Busin, les oí lo que sobre el adoratorio saben. Lo llaman Guayina zaco (madre de leones), quizá porque un rostro de león es lo más notable del dibujo; pero el nombre clásico de la roca, o el que le dan los sacerdotes, es Sirkariuka. La piedra se ha rajado, y a inmediación de la partidura el dibujo es incopiable, por borroso y confuso. Ese vacío se nota en la pintura que tomé. A la derecha del adoratorio, o mejor dicho al Sur, hay una plaza o extensión llana, en donde probablemente hubo algunas habitaciones, a juzgar por los vestigios que allí se ven medio ocultos en las malezas.

Desviándome sobre las riberas peñascosas de Bonsinuochúkua, al ascender por la empinada cuesta del mismo nombre, encontré las figuras 18 y 19, desconocidas por los indígenas: la primera es notable por la forma del gorro que tiene en la cabeza y el corazón dibujado sobre el pecho. De pronto ocurre que se trató de pintar a un soldado español; mas el gorro no es muy diferente del que usan los businkas (tútusóma), y ha de notarse que la forma o símbolo del corazón, con el significado que nosotros podríamos darle, aparece también muy marcada en la figura 86 de Yarvaso, de pormenores interesantes que haré notar luego. El grabado número 19 es gigantesco; representa de seguro a un guerrero indígena de talla muy grande.

Estamos en las riberas del Tamañake que corre al Sur del Valle de Busin, quedando de por medio un ramal de colinas altas y amenas. Del signo número 21 hice mención ya; tal vez no esté completo, y nótase que no lo está el número 20, aislado así sobre una piedra altísima: el número 22, de líneas perfectamente regulares, se halla, solo también, en la faz superior y plana de una roca de gran tamaño que parece haber servido de mesa o plataforma en los ritos de la tribu; muy cerca se desliza, medio cegado por las algas, un arroyo que debió correr límpido y libre en otros días.

Los grabados de la piedra Morkóntek, en la vega de Tomayoke, cinco o seis kilómetros al Sudoeste de San Sebastián, son interesantes, y los arqueólogos que hayan estudiado minuciosamente los jeroglíficos toltecas y aztecas, podrán hacer comparaciones de importancia. Ese círculo de la figura número 23, dividido en cuatro secciones, más claramente marcadas en el dibujo original, se encuentra repetido en las pictografías de los pueblos a que me referí. El emblema número 27 es quizá representación deteriorada de un peso o balanza, signo denominado mican en la astronomía árabe, y que probablemente empleaban también en la suya los indios, como los egipcios y caldeos, según Humboldt.

Induje que los arabescos o grecas de la figura 29, formaban parte de un grabado que el tiempo borró; pero aparece más claro el emblema número 28, que representaba tal vez algo como un animal de tiro, que lleva caparazón: ese penacho sobre la cabeza informe, justifica la conjetura, y en cuanto a los signos que tiene al costado, o dibujos que tal parecen, los arqueólogos americanistas decidirán.

La complicada labor, distinguida con el número 30, que ha sufrido algún menoscabo, merece estudio prolijo, comparándose sus pormenores o conjunto de símbolos con los ya conocidos por los anticuarios en Centro-América. Acaso no me equivoque al pensar que de esa región del Continente trajeron los primitivos habitantes de la Sierra Nevada, o emigrantes de remotos siglos, memoria o naciones de mitología y astronomía que encontré representados en sus adoratorios o monolitos venerados.

El águila rampante que lleva el número que sigue, está inmediata a la figura anterior y a su derecha, en la faz oriental de la roca. Es inútil recordar en qué forma se le rendía adoración al águila entre los aztecas, que extendieron su dominio hasta el lago de Nicaragua.

Parecen muy rudimentarios los emblemas de Kakaruaviko: es natural la inferencia de que pertenecen a varias épocas, bien lejanas las unas de las otras, los grabados que reviso de prisa. Posible es que algunos estén en la parte enterrada de la roca, pues apenas se levanta del suelo unos ochenta centímetros: las avenidas de la quebrada de Trankeruke, en cuyas márgenes está, han aglomerado en contorno aluvión arcilloso. Allí empieza el valle de San Sebastián, elevado 2.000 metros sobre el nivel del mar, con 189 de temperatura media. Los dibujos visibles en Kakaruaviko, de poco interés, no me estimularon a descubrir los restantes, y acaso no los hay.

Detengámosnos unos momentos en la cumbre de Atisánaruák, doce o trece kilómetros al Sudoeste de San Sebastián. El número 33 señala el gigante de cabeza monstruosa que lleva un signo de límite en el hombro derecho: ocupa toda la piedra tendida y baja en que se le grabé. Humboldt transcribe esta tradición de los indios de Cholula, la ciudad santa de los mejicanos, y centro de su teocracia, como indudablemente lo fue de otra en nuestro país el valle de San Agustín, cubierto de estatuas y ruinas que no se han estudiado todavía con detenimiento y prolijidad científica que por su importancia exigen; penoso es confesarlo. Hé aquí la leyenda de los indígenas de Cholula, que responde a inducciones que hice sobre el gigante de Atisánaruák y en cierto modo las confirma:

"Antes de la gran inundación (apacihuiliztli) ocurrida cuatro mil ocho años después de la creación del mundo, habitaban el pais de Anahuac unos gigantes (Tzacuilixeque); los que se salvaron de la irrupción de las aguas se transformaron en peces, a excepción de siete que se refugiaron en las cavernas. Vueltas las aguas a su natural corriente, el gigante Xelhua, llamado el arquitecto, marchó a Chololan donde construyó una colina artificial en memoria de la montaña Tlaloc, que le había servido de refugio como a sus seis compañeros... Vieron los dioses con enojo este arrogante edificio, cuya cima debía tocar en las nubes, irritáronse con la audacia de Xelhua, y lanzando sus fuegos sobre la pirámide hicieron que muchos obreros perecieran y que la obra no continuase" (71).

Aun suponiendo que Pedro de los Ríos, religioso dominico, alterara la tradición hasta cierto punto a su amaño, como ha sucedido con muchas de este género al escribirlas sacerdotes católicos, siempre quedará lo esencial de la leyenda que referían los indígenas de Cholula en mil quinientos sesenta y seis.

Acúdase al índice si se quiere conocer la posición de los emblemas restantes que copié en el grupo de rocas de Atisánaruák. En la figura 37 son ya notables los dibujos que circundan la cabeza del personaje representado, y está allí la serpiente muy significativa en el calendario y jeroglíficos aztecas. Aquellos dibujos son los mismos que se ven en las figuras números 41, 44, 45 y otras, repitiéndose también en la evoluta radiante de Plankemeinak, que representa al Sol adorado como divinidad. Ornatos de ese estilo tiene la figura copiada del pórtico de Chichen Itza, monumento de la América Central, y hállaseles asimismo en otros de esa región y de Méjico.

El carácter emblemático de la figura 38 contradice más que otras de la colección el aserto de que la mayor parte de las pictografías americanas, especialmente las de Venezuela y Colombia, son fantásticas, o caprichosas labores de los artistas aborígenes.  Ese complicadísimo enlace de líneas curvas y rectas para constituír el extraño conjunto indescifrable, no ha sido obra de puro entretenimiento, y si enfadoso me fue tomar la copia exacta, mucho más debió serlo el trabajo del grabador. ¿ Es conmemoración de un suceso? ¿ Representa una divinidad protectora...? En el coronamiento del simbólico dibujo fija la atención el pequeño estandarte partido en cuatro secciones, del cual surge la curva luminosa que tiene en su extremidad el signo del Sol. Abajo de éste se ve un yelmo o casco de guerra. En la base hay un grupo animado que contrasta con el aspecto general de la figura; es un ave que defiende sus huevos con afán cariñoso, y al pie está otra que ataca el nido.

"La escritura simbólica de los pueblos mejicanos, dice Humboldt, ofrece signos que corresponden al veinte y segunda y tercera potencias del mismo número, que es total de los dedos de pies y manos. Un pequeño estandarte o pabellón representa veinte unidades; y su cuadrado, cuatrocientas, estaba figurado por medio de una pluma, porque unos cuantos granos de oro encerrados en su cañón, se usaban como moneda en algunos puntos. Un saco significa el cubo de veinte, ocho mil, y le daban el nombre de xiquipili, por una especie de bolsa que contenía ocho mil granos de cacao. Un estandarte dividido por dos líneas cruzadas y mitad colorado, era símbolo de mitad de veinte, o sean diez; si el estandarte tenía coloradas tres cuartas partes, designaba quince unidades, o sean tres cuartas partes de veinte" (72).

Los cascos o yelmos de guerra es sabido que los usaban los aztecas.

Enumerando los diez y ocho meses del año que contaban los mismos pueblos, escribió esto el autor que acabo de mencionar:

"Quecholi, mes en que llega a las orillas del lago de Tezcuco el flamante phocuicopterus, pájaro que los mejicanos llaman Teoquechol, garza divina, por el hermoso color de su plumaje. Del 5 al 24 de noviembre.

"Panquetzaliztli, del nombre del estandarte del dios Huitzilopoctli llevado en las procesiones desde la famosa fiesta de Teocualo o dios comido por los fieles, bajo la forma de harina de maíz amasada con sangre. Del 25 de noviembre al 14 de diciembre".

Pictografías restantes de Atisánaruak: los números 39 y 40, signos claramente dibujados, no sugieren hiterpretación que esté a mi alcance, o mejor dicho, conjetura, porque sólo hacer inferencias me es posible, y, como sucedería a cualquiera en mi caso, no aseguro el acierto; lo mismo que de las otras dos, cabe decir de la figura número 41 a que ya me he referido: de la representación de la divinidad, número 42, hablé en otro lugar, e hice mérito de lo que acerca de ese símbolo me indicó Aniku Gama, sacerdote businka que cariñosamente mc sirvióde guia en viajes y expediciones alrededor de San Sebastián: creo también que el jeroglífico número 43, importante, será interpretable por los arqueólogos americanistas que dispensen a este libro el honor de estudiarlo.

Toco al fin un punto difícil en la revisión del álbum pictográfico, pero no me intimida desconfianza alguna respecto a las inducciones que sobre el particular tengo hechas. Transmontando la serranía de Atisánaruak, y descendiendo hacia Occidente unos siete kilómetros, se llega al valle de Seimakek, comarquita perteneciente a la familia de Duinari, que es hoy el más anciano y venerable sacerdote de los businkas. Corre de Sur a Norte un riatillo entre faldas limpias que se abren y tienden en verdes prados sobre las márgenes del San Sebastián. Desde tiempo remotísimo, y heredado de una generación a otra, aquel retiro es propiedad de sacerdotes indígenas. Muerto Duinari, lo poseerá su hijo Aniku Gama.

En lo bajo de la pendiente oriental se halla la roca de Seimakek, orientada de Sur a Norte: tiene su dorso una altura de ciento veinte centímetros más o menos y mide de largo muy poco más de cuatro metros. Desde la extremidad Sur, partiendo de la figura 52, corre hasta el otro extremo de la roca, en lo más alto de su lomo, una línea hondamente grabada, de la cual se hallan como suspendidas en los flancos de Poniente y Levante las figuras que luego indicará. En la extremidad Norte se ven los dibujos marcados con las cifras 45 y 46, pero el que está a la izquierda de la primera de las dos, debe ser un símbolo separado. Nótanse en las figuras 45 y 46 estos pormenores: la media luna, que no está dibujada en las 96 figuras restantes, se ve entre los adornos o atributos simbólicos del ídolo o figura mayor en el grupo distinguido con el número 45; en el dibujo inmediato, que forma un solo cuerpo con el anterior, se advierte que aquél descansa sobre dos pequeños rostros, representaciones de la Luna seguramente, como en el símbolo de la derecha y en la figura 46. Si cuento con toda la atención del lector, ya habrá notado que solamente en la roca de Seimakek se encuentran tales representaciones de la Luna.

Pasemos a los flancos de la roca, e invirtamos el orden de los números para tomar pon punto de partida, como debió ser, la figura 52, o sea la extremidad Sur del cordón que recorre el dorso. Antes, fijémosnos en la forma del dibujo que va a servir de principio a la descripción de los costados: esa figura 52 representa un rollo de cuerda, con un instrumento por el cual pasa el hilo que se extiende hacia el Norte; y debe recordarse que la evoluta significa eternidad en los símbolos de que trato, o inconmensurable tiempo.

Flanco oriental, revisándolo de Sur a Norte:

Figura 51. Es algo como la cabeza de un cordero, o de animal parecido, que toca con el hocico un dibujo que acaso representó al Sol con variente leve. La azada rústica o primitiva, igual a las de jade o feldespato compactado que usaban los aborígenes en sus labores agrícolas, está en lo alto de la cabeza, y un cuadrilátero pequeño, allí junto, en lo más central: no tan cerca como en la plancha lo indica el dibujo, sino en punto intermedio en la distancia que va de la figura 52 a la 51, se halla ese circulillo que se ve sobre la última como un pasador del cordón.

Figura 50. Es una imagen del Sol, el doble círculo que se repite en grabados de las demás rocas; pero aquí el círculo es radioso, y de él pende otro de pequeñas dimensiones: representan, a no dudarlo, el Sol y la Luna.

Figura 49. Nada más característico del dios que rige al Sol: es un Febo salvajemente dibujado, que no puede equivocarse con otra divinidad. Arrastra un Sol circundado de radiaciones; lleva sobre las espaldas dos astros pequeños, y empuña un cetro.

Sigue en dirección Norte, sobre el mismo flanco oriental, la figura 48. Reconócese que son dos distintas, enlazadas. La pequeña del lado izquierdo muestra juntos la Luna y otro astro, quizá Sirio o Júpiter, venerados aún por las tribus de la Nevada. En el grupo de la derecha hay una divinidad —y toléreseme el nombre a falta de otro— cuya cabeza coronada de rayos o luengos resplandores, se apoya sobre círculos, astros sin duda,, que complementan su trono, hombros y base. Entre la figura descrita y la última o término del grupo, se yergue una cabeza de singular forma, cuasi humana; es de serpiente, y su cuerpo, borrado ahora, se tendía a las plantas del dios TONATIUH (73). Sin poderlo dudar, él es. La lengua enorme y colgante lo caracteriza, reconociéndosele por tal detalle entre todos los dioses aztecas.

Debo advertir que copié esa figura sin reconocer entonces su grandísima importancia. Hace pocas semanas que en el informe del Coronel Agustín Codazzi sobre las ruinas de San Agustín, excitaron mi atención las figuras 2 y 16 en las láminas adjuntas a ese trabajo, y me detenía mucho en él por importarme fundar mejor ciertas inducciones en lo relativo a origen de los chibchas (74). Vínoseme a la memoria un pasaje de Humboldt al describir los monumentos de los pueblos indígenas de Méjico, y releído, ya se comprende por qué acudí presuroso a examinar en una de mis carteras de viaje y en las planchas la figura 48 de Seimakek.

Más tarde tendré que ocuparme de aquel informe, que por lo somero dista mucho de satisfacer las exigencias de investigadores científicos, sobre todo hoy, y en punto tan importante para los arqueólogos de este país.

A guisa de pertinente disgresión permitaseme transcribir lo que escribió Codazzi acerca de las estatuas que en las ruinas de San Agustín representan al dios Tonatiuh de los mejicanos, Kala DEL INDOSTAN, y el pasaje de Humboldt a que aludí: comentos hará el lector.

"La segunda estatua (número 2), dice Codazzi, mide un metro de altura, es cilíndrica y no tiene piernas; su cabeza está metida entre un gorro con recortes simétricos que cubren enteramente las orejas y la nariz, y deja libres dos ojos redondos muy abiertos, y la desmesurada boca mostrando los dientes y cuatro grandes colmillos cruzados; de lo interior de la boca sale una plancha a manera de lengua, que, sostenida por las manos contra el pecho, cubre hasta la cintura terminando en una pequeña cabeza humana con expresión de muerta".

"Desde luego, a la vera del camino, se presenta una estatua de medio cuerpo con cabeza casi cuadrada, y extrañas facciones, que nada tienen de humano, salvo la posición relativa y cierta expresión de impasibilidad (figura 16). Sostiene con las manos una plancha que, en guisa de lengua, le sale de la boca y termina en una pequeña cabeza sin cuerpo, semejante a la que en la estación de la entrada al valle, se ve en una de las das estatuas (figura número 2) que allí se encuentran" .

La pregunta que se halla a seguida de esos detalles, da una idea de las erróneas interpretaciones que en muchos casos le ocurrieron al señor Codazzi al examinar de prisa algunas estatuas y monumentos de San Agustín:

"¿Imponía esta figura un mandato de silencio, so pena de ser decapitado quien lo quebrantara?"

El hecho indudable de haber dos representaciones del dios Kala del Indostán en aquel valle recóndito, no lejano del volcán de Puracé, difunde luz víctima en las tinieblas que hasta hoy ocultaban el origen el pueblo que tales comarcas habitó. Indo-peruano era, y no es dificultoso indicar la causa de su desaparición ni por qué vinieron residuos de esa tribu en busca de asilo y clima benéfico a las alturas de la Cordillera Oriental que se levantan al Norte de la altiplanicie del Funza.

En su sapientísimo estudio del calendario azteca, describe Humboldt el monumento que le suministró tan valiosos datos sobre la materia: es una piedra enorme encontrada a la profundidad de cinco decímetros en la plaza mayor de Méjico, junto a los cimientos del gran templo de Mexitli:

"Aparece en el centro de la piedra el famoso signo Nahui olin Toneatiuh (el Sol en sus cuatro movimientos) de que tenemos ya hablado. Rodean al Sol ocho rayos triangulares que se encuentran en el calendario ritual, Tonalamatl, en las pinturas históricas, por dondequiera se halla representado aquel astro: Tonatiuh; aludiendo ese número ocho a la división del día y la noche en ocho partes. Figúrase el dios Tonatiuh con larga boca abierta y provista de dientes, de la que sale fuera la lengua; actitud que recuerda la de Kala, el Tiempo, divinidad del Indostán, que según un pasaje del BAGA VAT GUITA, "se trago los mundos abriendo su inflamada boca, armada de terribles dientes y enseñando la enorme lengua" (75).

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(65) Si lo recuerda el lector, es inútil llamar nuevamente la atención a un dictamen de Darwin que anoté en otra página. (regresar a 65)

(66) Es un volcán de la república de Nicaragua: pormenores interesantes acerca de él hay en el Diccionario de Alcedo; llama teocales los adoratorios donde los indígenas invocaban a sus dioses. Ahí deben estar los emblemas o jeroglíficos a que alude Nadaillac. (regresar a 66)

(67) CapItulo V. (regresar a 67)

(68) Mucho más al nordeste: en la llanura que ciñen el Orinoco, al Atabapo, el Rio Negro y el Casiquiari. Véase la obra dé Alejandro Humboldt titulada Cuadros de la naturaleza, capitulo XXI del Libro Primero. (regresar a 68)

(69) Lib, III, Cap. XVIII, Pág. 267. (regresar a 69)


(70) Del Cauca: no tiene nada de extraño. Adelante se hará mención del adoratorio de la tribu de Petekuy. monumento que hallé en 1864 cerca del Boquerón de Golondrinas, abajo de la hacienda de el Retiro, diez o doce kilómetros de Cali hacia el Occidente. (regresar a 70)


(71) Sitios de la cordillera y monumentos de los pueblos indígenas de América. Segunda parte, Cap. II. (regresar a 71)


(72) Obra Últimamente citada. Segunda parte. Cap. VI. (regresar a 72)


(73) "Serpientes que son en todos los pueblos emblemas de tiempo". Humboldt, obra citada. Monumentos de los Indios muiscas. (regresar a 73)


(74) La memoria del Coronel Codazzi está en el tomo II de la Geografía física y política de los Estados Unidos de Colombia, por el señor Felipe Pérez. 1863. Bogotá. Precisa advertirlo, citando así la obra, aunque la mencioné en páginas anteriores. (regresar a 74)


(75) Humboldt indica en una nota, que en esos últimos renglones son traducción de Wilkins. Sitios de las cordilleras etc. Madrid, 1878. Segunda parte, Cap. VI, Págs. 202 y 203. (regresar a 75)


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