IV (CONTINUACIÓN)
Tocábale el turno a la figura 47 cuando hube de interrumpir la
descripción del flanco oriental de la roca de Seimakek. Bajo un pórtico grotescamente
dibujado, como obra al fin de un pueblo incapaz todavía de bellas idealizaciones, está
un personaje, sin aureola de ninguna especie, porque de seguro no se trató de representar
a una divinidad sino a un rey que recibe el fruto de las cosechas y las distribuye
justiciero y generoso. Es enorme la nariz de la figura, y ello demuestra precisamente el
acierto de la inducción que acabo de hacer. Quiera que no, necesito apoyarla en
observaciones de Humboldt, ¿porque a dónde sino a sus estudios profundísimos sobre los
aztecas he de acudir? Hablando del relieve que representa al guerrero de Oajaca,
impropiamente llamado así, porque se le encontró en Guatemala, dice:
"...No puede suponerse que haya alterado la proporción entera
de las figuras (el pintor español); convicción que se consigue cuando se observa la
minuciosidad con que se han pintado la forma de la cabeza, los ojos y singularmente los
adornos del casco, consistentes en flores, cintas y plumas; adornos que, juntamente con
las narices de extraordinarias dimensiones que aquí se ven, también se hallan
en las pinturas mejicanas que se conservan en Roma, Veletri y Berlin".
Más adelante:
"Lo que admira en esta composición más, es el tamaño
enorme de la nariz, repetido en todas las cabezas vistas de perfil, y que esencialmente
caracterizan los monumentos de escultura mejicana. En los cuadros jeroglíficos que
se conservan en Viena, Roma, Veletri o en Méjico, todas las divinidades, héroes y
hasta sacerdotes aparecen con narices aguileñas de gran magnitud".
La figura o personaje tiene a su izquierda un rostro que parece
suspendido del pórtico en forma de trofeo; al opuesto lado procuró imitar el grabador
frutas y vasijas, no otra cosa. No supongo que el monarca representado así fuera azteca:
acaso recuerde ese dibujo del monolito más importante de los businkas al último rey de
los toltecas. Dice el mismo autor de quien he venido transcribiendo algunos pasajes:
"Cuando en 1190 llegaron a la región de Nueva España los
mejicanos o aztecas, que eran una de las siete tribus de los Anahuatlacs, pueblo
ribereño, ya encontraron sobre el sitio las pirámides de Teotihuacán, Cholula o
Chulalán y Papantla, que atribuyeron a los toltecas; nación ésta poderosa y civilizada,
que 500 años antes ocupaba a Méjico, sirviéndose de la escritura jeroglífica y de un
año y una cronología superiores a cuanto se conocía entre los pueblos del Antiguo
Continente".
Invadieron los toltecas el país en el año 648 de la era vulgar, y
vencidos por aquella otra nación después de poseerlo en más de cinco centurias, gran
parte de los toltecas avanzó en migraciones hacia el Sur, rumbo en el cual no encontraban
enemigos. De ellos quizá, y no de los aztecas, es el rastro de civilización cuyos restos
se han seguido hasta el lago de Nicaragua. En adelante, tribus expatriadas, que debieron
suspirar en el clima tórrido de Centro-América por lo dulce y saludable del suelo patrio
ya perdido, ¿qué rumbo seguirían? Pienso que alguna parcialidad de aquella nación, en
busca de regiones más propicias, costeó el golfo del Darién, y al divisar las cimas de
la Nevada, que debió recordarles a los toltecas el país de Anahuac, se dirigieron sin
vacilación a las montañas cuyas cumbres níveas se ven a cuarenta leguas de distancia.
"No hay tradición alguna, observa el erudito etnógrafo
germano, que revele lazos de unión entre las naciones de la América Meridional y las del
Norte del Istmo de Panamá. Los anales del imperio mejicano que parece llegan al siglo VI
de nuestra era, señalan las épocas de las emigraciones, sus causas, y los nombres de los
jefes de la ilustre familia de Citín, que proviniendo de regiones desconocidas de Aztlán
y Teocolhuacán, llevaron a Anahuac pueblos septentrionales. Piérdese la fundación de
Tenoctitlán, como la de Roma, en los tiempos heroicos, y los anales aztecas, semejantes a
los de los chinos y tibetanos, sólo desde el siglo XII refieren, casi sin interrupción,
las fiestas seculares, la genealogía de los reyes, los tributos impuestos a los vencidos,
la construcción de las ciudades, los fenómenos celestes y los acontecimientos más
minuciosos que han influido en el estado de las nacientes sociedades.
"Mas poco importa que las tradiciones no nos descubran
relación alguna directa entre los pueblos de una y otra América, pues su historia nos da
a conocer notables analogías en sus respectivas revoluciones políticas y religiosas, de
que data la civilización de los aztecas, muiscas y peruanos"
(76).
Con la figura del rey tolteca termina la serie de las que ocupan el
flanco oriental de la roca de Seimakek. Pasemos al otro. Preciso es describir los grabados
alterando también el orden de la numeración, a fin de recorrerlos de Sur a Norte, o sea
partiendo del símbolo 52. Obsérvese que los ocho dibujos, del 60 al 53, son notablemente
distintos. Escapa a toda interpretación la figura 60, que copié con escrupulosa
fidelidad, como cada una de las restantes. Es algo que se acerca a la forma de un escabel
toscamente delineado. Hay tres círculos en línea horizontal, dentro de los cuales,
concéntricos, se notan dos más: los del medio se diferencian de los otros por un detalle
accesorio, y así también los de la izquierda: de los círculos de la derecha, a la
extremidad de una curva, penden dos pequeñitos, apareados. El grabado 59 representa una
divinidad superior, y sobre su corona radiante se levanta un astro que despide rayos de
luz; es quizá un planeta. De apariencia humilde parece la figura 58 al lado de la
precedente, pero en la corona o nimbo hay dos pequeños astros, y otro en su mano única.
El grabado 57 lleva ornatos más modestos, y uno distinto de todos los demás: tiene un
astro encima de la cabeza, y posada en la frente, al lado izquierdo, un ave; no es otra
cosa: así la he visto figurada en las estatuitas de oro que representa la diosa Huithaca
de los chibchas. La figura 56 es la de un hacha, no pendiente del cordón que recorre el
dorso de la roca, sino sobre la línea misma; así está el dibujo inmediato de un ídolo
pequeño.
En las transcripciones que de la obra de Nadaillac dejo hechas, se
habrá notado que fijó mucho su atención el hacha que figura entre los jeroglíficos
descubiertos en las orillas del Mancos y el San Juan.
De los dos últimos dibujos o símbolos del flanco, el que lleva el
número 54 tiene vestido talar y el siguiente, borrado en parte, lleva a su lado izquierdo
un astro y otro suspendido de uno de los brazos.
No vacilo en aseverar que la roca de Seimakek representa el
calendario de la nación predecesora de los businkas, sehiukos y guamakas en la Siena
Nevada. Desconocidos son los nombres de sus símbolos, y las divisiones que del tiempo
hacían los sacerdote de aquel pueblo cuyos vestigios estudiamos; pero algún día, tal
vez no distante ya, estas indicaciones servirán de base para estudios completos, que han
de ser confirmación de mis inducciones; sin temor lo aseguro.
El calendario de los muiscas era muy defectuoso, y así lo demostró
Humboldt en el estudio que de él hizo, comparándolo con el de los aztecas y peruanos.
Como recurso valioso y medio de poder, lo esculpían los sacerdotes o chuques en
piedras de reducidas dimensiones, haciéndolo un objeto manual, y muchos ejemplares se han
conseguido desde que lo interpretó a fines del siglo pasado, investigador ingeniosísimo,
don Juan Domingo Duquesne La Madrid, canónigo de esta metrópoli
(77).
El pueblo antecesor de los taironas y businkas, más práctico y
entendido en la pictografía que la nación donde imperaban Quiminchuateca y Zaquezazipa,
grabó en las rocas las divinidades de su teogonía, la historia de sus migraciones y los
grandes acontecimientos; y por lo mismo es muy natural el descubrimiento de su calendario
en el valle que siempre fue residencia de los grandes sacerdotes de la tribu.
El adoratorio de Plánkemeinák, circundado de rocas de donde copié
muchos emblemas, se halla en un vallecito pintoresco, diez kilómetros al Norte de San
Sebastián, en las márgenes del río Kurakatá. Haré meramente alusión a cinco figuras,
aunque hay trece en aquel grupo. La 61, mencionada ya, es la más notable de todas, o la
principal del adoratorio: ríndenle veneración los sacerdotes businkas, y no me dejó
duda de ello un incidente que tuvo lugar el día en que, acompañado de Aniku Gama, creyó
el hallarse libre de mi vigilancia, porque me absorbía completamente, algo lejos, la
copia de los grabados.
Detengámonos en la figura 65: es una lucha de elefantes o grupo
incompleto de ellos, única en todos los emblemas de la Nevada. ¿ Existió en algún
tiempo remotísimo tal especie de animales en la Sierra? Sólo hallé restos petrificados
de mastodontes, que fueron extraídos cerca de Tenerife en la orilla oriental del río
Magdalena. Menos insegura es la inducción de que los toltecas trajeron memoria de aquel
símbolo. Sobre la cabeza del elefante hay la representación de un ave; a veces la
dibujaban rústica y sencillamente, como se nota en las figuras 57, 70 y 73.
En la 68 aparece de nuevo el estandarte o pabellón, símbolo azteca
a que aludí antes. Los dibujos 69 y 70 merecen especial atención. En el primero se
representó seguramente la victoria obtenida por una nación sobre otra: la cabeza que
simboliza al pueblo vencedor está coronada de serpientes, al igual de uno de aquellos
bustos de arcilla que recogí en el cementerio hallado en las orillas del Enea; el segundo
70 es una planta colocada en un pote de forma singular, símbolo extraño en
la colección, y cerca se ve otro pequeño de que hace parte un ave, o indicación de tal
cosa.
Los arqueólogos perspicaces han de advertir la significación de la
figura 73, e interpretarán, si fuere posible, el signo elevado sobre la testa del
semidiós o personaje de la especie, y la circunstancia de verse un astro a la extremidad
de la línea trazada como prolongación del brazo derecho, En la mitología bárbara de
aquel pueblo (si acaso hubo alguna que no merezca tal epíteto) figuraba también, por lo
que se ve, una divinidad semejante al libidinoso hijo de Mercurio y de Venus.
En la travesía que hice de San Sebastián a Atanques por los
desiertos más fragosos de la Sierra, no encontré pictografías en las rocas: sólo
hay algunas de carácter especial en el país de los kogües, sobre las faldas
meridionales, a la derecha del camino, o ruta que baja de Atanques al Valle Dupar. Dije
que son de carácter distinto, y se explica la causa de ello por la región de la Sierra
en que se hallan los grabados. Cuando los dibujó en las rocas la tribu de los kogües,
vivían en los declivios que no alcanzaban a cubrir los raudales del Kariguañá, cuyo
lecho era entonces el valle que desemboca sobre las planicies marinas de Riohacha. La
tribu fue pescadora en ese lejanísimo tiempo; el gran río le prodigaba alimentación, y
desde que abandonó el primitivo cauce de salida al Océano cambiaron para ella en
absoluto las ventajas que su posición en estribaciones del Mediodía le procuraba. Sus
gentes, míseros residuos de la antigua población, tienen rasgos y facha de indígenas
ribereños; si bien es verdad que han tomado de los negros y mestizos de las llanuras
afición a la beodez y la garrulería africana.
La mayor de aquellas rocas pintadas (iguina siki, en esa tribu y las
restantes al Norte y Nordeste) conserva sin mucho desgaste los grabados del número 73
bis. Son, a lo que parece, representación de enormes iguanas y de una serpiente todavía
más grande. Las cabezas de los tres reptiles inducen a sospechar que cuando se las pintó
existían variedades o especies de esos géneros ya extinguidos. Hay sobre la derecha y en
lo alto del grupo una figura proporcionalmente menor y sana, que según todas las
apariencias representó un templo o teocali.
Me fijé mucho en los pormenores raros de la figura 74. Se trató de
dibujar un cisne, o animal semejante, de cuatro patas o con remos posteriores, de cabeza
informe y empenachada. Esas gallardías de las curvas en las delineaciones del cuerpo, del
grabado son, y contrastan mucho con las formas del dibujo 75, grotesca representación de
una garza común. Tal vez en vano me impacienta el deseo de que se compare la figura 74
con el teoquechol, garza divina en los jeroglíficos aztecas.
Del dibujo 76 me dijo el señor Thermos que lo había encontrado en
pictografías de Méjico y de la América Central, y no es raro en las pocas descritas y
estudiadas en la altiplanicie de Bogotá y al Norte de ella.
Trasmontemos la Sierra Nevada, y después de cruzar las corrientes
del Nina cerca de San Miguel, detengámonos en Sehiuko (Santa Rosa). Catorce o quince
kilómetros al Noroeste de la población, pasando por un puente salvaje del río Alunji (78) y más adelante la quebrada de
Kuvikungüe, se encuentra la grande roca de Karlavangaka. De sus grabados voy a ocuparme.
Las figuras 80 y 82, aves de gran tamaño, sin alas, parecen
recuerdo de la forma del avestruz. El dibujo distinguido con el número 81 representa un
ave de la misma especie, pero en actitud de combate; su cabeza redonda tiene largo y agudo
pico, y lleva de cola dos plumas arqueadas, complemento que no aparece en la figura 82,
colocada de perfil. La forma de estas aves no llamaría mucho la atención en los grabados
de Atanques, por razones que al tratar de ellos apunté; mas en un valle profundo, casi en
el propio corazón de las montañas, es más extraño el carácter de las tres figuras
principales de Karlavangaka, que todas están en el flanco norte de la roca.
Inmediata a aquélla, y no de menor tamaño, tiene otra las figuras
83 y 84: la primera, mitad hombre y mitad monstruo, tiene en la parte central de los
círculos concéntricos del jeroglífico 84, con cierta variante en el punto donde
sobresale el pecho; las piernas, de vestidura muy extraña, inducirían a suponer que el
grabador imitó un detalle del vestido español, si no se tuviera presente que en la
época de la conquista y largo tiempo después, los españoles no usaban, de la rodilla al
pie, esa forma de vestido, muy común ahora. Sea de ello lo que fuere, imitada o no, la
base de la figura es exótica y singular en los dibujos de la colección.
La piedra Kámanchi está en una de las lomas incultas que se
levantan al Norte de Santa Rosa. De muy poca altura sobre el suelo, es a modo de un
asiento en la forma que indica la figura 85, con longitud de un metro y pocos centímetros
más. No es, pues, un grabado, y se hace muy dificultoso colegir el uso que se daba a la
roca. A muy corto trecho está la de Yarvaso, sobre la cual ofrecí fijar la atención,
llegado su turno. El dibujo representa indudablemente una mujer, y estos pormenores son
notables: su cabeza no es el símbolo del Sol, sino la evoluta, que significa eternidad o
tiempo perdurable; un corazón claramente dibujado reemplaza al pecho, y de él o de la
cintura cae la falda, bastante correcta, hasta cubrir los pies; es de sentirse que se
hayan desgastado los accesorios de la figura, porque de otra suerte se haría menos
difícil formular alguna interpretación.
Por lo visto, la forma del corazón fue significativa en el pueblo
salvaje que veneró esa figura y tal símbolo, formando la de una mujer en asocio del que
representa la eternidad, denuncia cierto grado de refinamiento, de relativo desarrollo
estético.
En la ribera septentrional del río Marocaso (Setkuá), tendida de
Este a Oeste en lo bajo de una falda, está la piedra de Seukuke, medio enterrada, y de la
cual sólo es visible el dorso amplísimo. Paréceme de poca importancia la figura 87, ave
informe de cuatro patas, que tiene junto un polluelo. La representación de un tigre, muy
grotesca como se notará, se ve al Noroeste de la roca: ese dibujo hace recordar a
Güeraba, el tigre voracísimo de la tradiclon guamaka. Huellas de esa especie de animal
figuran en los grabados 89 y 90, que formaron probablemente una sola inscripción. Ocho
pies humanos hay en la serie de dibujos que constituyen las dos agrupaciones.
Detengámosnos en este punto para echarle una breve ojeada a lo que algunos cronistas y
autor muy competente en la materia dicen respecto a los pies o huellas de hombres (de
apóstoles, según se cree) halladas en rocas de América. Divertirá la disgresión, y
perdóneseme esta última.
En orden cronológico, vaya primero el dictamen de Piedrahita:
"No hay duda en que lo más de esta relación (la referente a
Bochica) se compone de fábulas y engaños, y que de ordinario en la gente ignorante el
mismo no saber dar razón de las cosas las persuade y dicta notables quimeras, que
fácilmente abraza su incapacidad. Pero siendo cierto (como lo es) que no hubo parte en el
mundo donde no resonasen las noticias del Evangelio, divulgadas por los discípulos de
Cristo Nuestro Señor, que para ese efecto se dividieron por todo el universo predicando
su doctrina; y siendo tan corriente en los autores modernos (a que dieron luz los
antiguos) que entre las demás partes en que predicó el bienaventurado Apóstol San
Bartolomé fue una de ellas ésta de las Indias Occidentales, es muy verosímil que el
Bochica, de quien hacen esta relación, fuese este glorioso Apóstol, y con la antigüedad
del tiempo y falta de letras y jeroglíficos para escribir y estampar sus acaecimientos,
variasen de suerte las noticias de ellos en las memorias de unos y otros (que son los
libros historiales que tenían), que de un suceso verdadero hayan fabricado una fábula
tan llena de los errores que van referidos; y muévenme a pensarlo así los motivos que se
irán expresando sucintamente.
"... Y sea el tercero el sentimiento común de naturales y extranjeros,
de que el vestigio que se halla estampado en una piedra de la provincia de Ubaque fue
señal del pie del Apóstol, que dejó para prueba de su predicación, y tránsito por
aquellas partes, como por las de Quito, donde se halla otra en la misma forma. Noticias y
acciones son éstas, que sin grave nota no podremos atribuirlas a otro que a San
Bartolomé, y si no dígame el más curioso lector, ¿de quién otro que de un Apóstol
pudieron referirse entre gentiles las que tenemos dichas?" (79).
A pesar de estas y otras lucubraciones por el estilo, califiqué de
verdaderamente ilustre al Obispo Piedrahita; y de tal elogio no me arrepiento, porque
bastante fue que en muchas materias escribiera como lo hizo, en su época y bajo el
influjo de la educación sacerdotal que recibió. La Historia de la Provincia del Nuevo
Reino por Fr. Alonso de Zamora, abunda en disertaciones semejantes, y el capítulo XVI del
libro II fue destinado especialmente a ellas. Afirma que el Apóstol Santo Tomás estuvo
en el Brasil y en Nueva España, como en el país conquistado por Quesada, y apoyó sus
conceptos en los emitidos por Fr, Tomás Malvenda, el P. Manuel Nóbrega, Fr. Gregório
García y Fr. Pedro Simón. He aquí algunas líneas sobre el asunto:
"Con que de este Sagrado Apóstol se verificarán las señales,
que se hallan en todo este Nuevo Reino de Granada. En la provincia de Cartagena hallaron
los españoles algunos ídolos con mitras y báculos. En el cerro de Itaco de las de Muzo,
se halla una losa, y en ella impresas huellas de pie humano..."
"En el Valle de Ubaque, de jurisdicción de esta ciudad de
Santa Fe, cerca de una quebrada llamada Zaname, se halla en una piedra estampado un pie
humano. Y auncuando la tradición de los naturales no asegurara ser vestigio del pie del
Apóstol, que predicó en este Reino, lo acreditaran los continuos milagros que dicen han
obrado los polvos de aquella piedra, que los indios dan a beber a los enfermos
(80). En la jurisdicción de la Grita, del Gobierno de Mérida, del
mismo Reino, en un lugar llamado Pueblo-Hondo, hay una piedra, que llaman del Apóstol, en
que están estampados dos pies humanos...".
"Entre los sagrados Apóstoles se halla, que Santo Tomás
dejaba estampadas en las piedras señales de su cuerpo, y gloriosas plantas. En un monte
de los muchos que tiene la isla de Ceilán (ya es más lejos) dice nuestro Fr. Juan de la
Puente, que se ve una piedra, y en ella esculpidas las plantas de un hombre. Y habiendo
determinado la Iglesia, que predicó a los indios orientales, en que se han hallado estas
señales; hallándose en estas occidentales del Nuevo Reino las de las plantas de pie
humano, de este glorioso Apóstol, se puede asegurar, que fue el Sol resplandeciente, que
derramó los primeros rayos del Evangelio, en este Nuevo Reino; pues en tántas partes de
él se halla su imagen, y señales de sus plantas sagradas; que se han hecho venerar hasta
con milagros. Fuera de las referidas, dice el P. Fr. Pedro Simón, que en el pueblo de
Iza, cerca de Sogamoso, está una piedra, y en ella estampado un pie humano, con la cual
tienen tanta devoción las indias, que estando cercanas a parto, beben de sus polvos, y
paren con facilidad".
Basta y sobra para el caso. Así lo creerá el lector, hallando muy
natural que subsistan leyendas de esta clase, especialmente en los países que fueron
colonias españolas. Pero no estaría bien prescindir de lo que sobre el asunto dice un
autor muy citado en la costa samaria, siempre que de antigüedades se trata. Díganos el
señor Alférez de la Rosa lo que supo y opinaba en lo tocante a huellas de pies humanos
halladas en las rocas de la Provincia de Santa Marta:
"El R. P. Fr. Silvestre de la Bata, religioso capuchino,
misionero de los indios de nación guajiros de la Provincia del Río de la Hacha, y
comisario de aquella misión, me asegura que habiendo atravesado toda la Sierra Nevada, en
que habitan hoy los indios de nación aurohuácos, y llevando en su compañía a algunos
de ellos, llegó a un paraje en que halló estampada en una piedra grande una huella de un
pie descalzo; y que por la tradición antigua, de que anduvo por esta América el Apóstol
Santo Tomás, veneró por suya la huella, arrodillándose a oscularla; y que los
aurohuácos le dijeron, burlando su adoración, que aquella señal era del pie de alguno
de sus antiguos; y replicando el Padre, que ¿cómo podía imprimirse en la piedra un pie
que no fuese de algún santo? le respondieron, que cuando nace la piedra, está blanda
como jabón, y después se va endureciendo poco a poco; y así, no dudase que era pie de
indio que pasó por sobre la piedra cuando estaba blanda. El Padre conoció el engaño con
que el demonio les tenía desfigurada aquella maravilla, y los instruyó en la verdad.
Muchas opiniones hay de ser esta huella de San Luis Beltrán, fundadas en que pasó por
allí dando las primeras voces del Evangelio, y por eso lo he puesto en este lugar; pero
los aurohuácos se visten hasta hoy muy conformes a la vestidura que usaban los
Apóstoles; si bien hechas de manta basta que ellos tejen; y considerando que este modo de
vestirse lo traen desde el tiempo de sus antepasados, es más persuasible que lo tomaron
aquellos del Apóstol y por consiguiente, que estuvo en la Sierra y puede ser suya la
estampa. Quédese esto en la piadosa opinión, puesto que ya sea del Apóstol, o ya sea de
San Luis, siempre es obra milagrosa y digna de memoria."
Todo esto y lo demás de la misma laya es muy curioso en los
primitivos cronógrafos del país, como en los fárragos de sus parodiadores hasta fines
del siglo XVIII y benévola tolerancia merece. De ahí que diga Humboldt, al hablar de tan
peregrinas tradiciones, que los expedicionarios iberos buscaban por dondequiera en el
nuevo Continente las huellas del Apóstol Santiago.
El pasaje tomado de la Floresta me ha inducido a pensar que
no sólo en la roca de Seukuke hay en la Nevada, como símbolos, huellas de pies humanos,
pues donde copié las pictografías que van con los números 89 y 90, Fr. Silvestre de la
Bata habría tenido que oscular ocho pies y no uno, entre ellos algunos de niño y de
mujer, circunstancia bien capaz de sugerirle versión mística muy diversa. Tengo la
certidumbre de que en un viaje más detenido o convenientemente despacioso por las
regiones de la Nevada, me hubiera sido posible agrandar la colección de signos y emblemas
que tomé de las rocas.
Las transcripciones hechas, que podrían ser muchas más, son cuando
menos demostración de que las huellas de pies humanos fueron símbolo en la pictografía
de algunos pueblos aborígenes en ambas Américas. En lo que respecta a la materia tomé
de la obra de Nadaillac, no se habrá olvidado la mención que hace de las huellas de
hombre o de nino encontradas por Bandelier en las ruinas de Pecos.
Viene a punto hacer notar que en los nakchatras o casillas lunares
de los indios, una sravana es representada por los pies de Vicnu, el Sol, y que
entre los jeroglíficos de los dias del calendario mejicano, figura Olin, camino
o movimiento del Sol, simbolizándose con tres huellas de pies.
Al lado noroeste de la piedra de Seukuke hay un tosco dibujo de
tigre, y huellas del mismo animal aparecen en las figuras 89, 90 y 91. En su prolija
disertación sobre los calendarios indo, azteca, mogol, etc., observó Humboldt lo
siguiente:
"Los monos y tigres que figuran en los jeroglíficos de los
días y en la tradición mejicana de las cuatro edades o destrucciones del Sol, no pueblan
la región septentrional de Nueva España, ni las costas nordeste de América,
deduciéndose de aquí con bastante probabilidad de acierto, que esos signos ozomatli y
ocelotl de los zodíacos toltecas, aztecas, mogoles y tibetanos, y de otros muchos pueblos
a quienes hoy separa gran espacio, han nacido en un mismo punto del Antiguo Continente" (81).
No cabe decir otro tanto del tigre que se halla en la roca Seukuke,
porque tales fieras abundan en las regiones ardientes o de bajo nivel, en contorno de la
Nevada; y casi podría arriesgarse la observación de que en edades geológicas muy
anteriores a la presente, la temperatura de las zonas templadas debió de ser más alta,
no siendo imposible en ellas, por tanto, la aclimatación o existencia de algunas especies
de los géneros simiano y felino.
La mano que en la figura 90 aparece como parte superior de un signo
especial, que no se repite en otros grabados, es común en las simbolizaciones aztecas y
venezolanas; y en el grabado 89 se nota una planta al lado izquierdo de la inscripción,
pormenor que trae a la memoria el símbolo malinali (yerba) de los aztecas.
Las figuras 89 y 90, indudablemente una sola inscripción, se
grabaron quizá con el fin de conmemorar alguna época o acontecimiento más trascendental
en la tribu, y acaso llegue a ser todo ello descifrable.
Algo he dicho antes de la representación del Icanusi de los
businkas, Chikamusi (Luzbel o Demonio) de los guamakas. Fáltanle únicamente los cuernos
y la cola para ser idéntico a Satanás o Espíritu Rebelde y tentador del catolicismo: es
la figura dominante en los grabados de Hugüírruambá.
Terminase al cabo esta descripción en la enorme roca de Lonzeirá,
que se encuentra aislada en medio de un angosto valle, casi al pie de los altos
contrafuertes de la serranía al Levante: el sitio en que está es llamado Seukúkumake
por los indígenas. Nada más que el símbolo 90 tiene la roca cerca de su cima en el
flanco occidental. Supóngome que no hay un grabado de mayor antigüedad que éste en
aquellas montañas. Duro es el granito en que se le dibujó, y sobre la superficie negra
del peñasco ya apenas se ven como sombras indecisas al cubrirlo favorablemente la luz del
Sol en ocaso. Los días de siglos y siglos resplandecieron sobre él, y sólo subsiste esa
figura de forma heráldica, que tal vez guarda un nombre en aquellos signos, nombre
perdido en lo profundo y tenebroso de los tiempos, y que nunca ha de volver a oir la
humanidad.
__________
(76) Obra citada. Introducción. (regresar a 76)
(77) Como el año rural se componía de doce sunas, agregaban los Jeques,
sin conocimiento del Pueblo, y al finalizar el tercer año, un mes décimotercio análogo
al Jun de los chinos...
"La imperfección del calendario de los muiscas debe atribuirse al uso de los
números, cuya serie tiene dos términos menos que lunas el año rural; y por esto, no
obstante la intercalación del mes treinta y siete, cuhupqu, recolección, caía cada
año, en el intervalo de seis, en un mes de distinta denominación. Así los jeques
anunciaban qué signo presidía en el corriente el mes de las espigas de Mayo, que
corresponde al Abib o Iisán del calendario de los hebreos. Este raro calendario muisca,
en el cual se llamaba octubre. que es el octavo mes, unas veces tercero, otras quinto, y
en que no coincidían las sunas con las estaciones, bastante sensibles en la meseta de
Bogotá, a pesar de su proximidad al Ecuador, tiene su explicación: y es que los lamas de
Iraca fundaban su poderío en la ignorancia del pueblo. Así los sacerdotes del Tibet y el
Indostán aprovecharon también la multiplicidad de catasterismos que siguen los años,
los meses, los días lunares y las horas, anunciándolos al pueblo para levantar un
impuesto a costa de su Credulidad". Humboldt Monumentos de los Indios muiscas - Le
Gentil. Viaje a la India.
Les da Humboldt el nombre de jeques y lamas a los sacerdotes chibchas, recordando la
designación o título de ciertos jefes árabes y de los sacerdotes de la India. Muy
disculpable es que olvidara el ilustre viajero el nombre de los sacerdotes muiscas, pero
no que los llamen jeques algunos historiógrafos colombianos. Piedrahita, que incurre en
el mismo error, lo pone de manifiesto en este pasaje de su obra y en otros:
"Para aumentar el culto de esta falsa religión tenían loa sacerdotes y ministros de
ella, que llamaban Chuques, todos agoreros, y que de ordinario consultaban al demonio. con
varias supersticiones, para que les diese respuesta a las consultas que le hacían".
Hay casi a seguida unos renglones, de curioso contraste con los copiados ya:
"Estos Jeques tenían Su morada y habitación en los templos, y trataré de sus
costumbres para que algunas de ellas sirvan de confusión a los que somos indignos
ministros de Dios. No se les permitía casarse, vivían castamente, y era tanto el rigor
con que se atendía a que en esto fuesen observantes, que si había presunción de lo
contrario, los privaban del ministerio, Decían que teniéndolos por hombres santos, a
quienes respetaban y honraban más que a todos. y con quienes consultaban las materias mas
graves, era de mucha indecencia y estorbo que fuesen profanos y sensuales; y añadían que
las manos con que se hacían las ofrendas y sacrificios a los dioses en sus templos,
debían ser limpias y no polutat. (Libro 1. Cap, III). (regresar a
77)
(78) En los dialectos de los guamakas y sesiukos las jotas tienen sonido
francés. (regresar a 78)
(79) Libro I. Cap. III. (regresar a 79)
(80) En el Diccionario de Alcedo se dice más o menos lo mismo en lo
referente a Ubaque. pero atribuyéndole, no ya a Santo Tomás sino a San Bartolomé la
huella milagrosa, según la tradiciónn y el dictámen de varios autores. (regresar a 80)
(81) Obra citada antes (regresar a 81)
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