III
Inquisiciones del mismo orden respecto a las tribus que habitaron la
Sierra de Santa Marta y restos sobrevivientes que aún la pueblan, sería ardua labor; me
circunscribiré a lo preciso y más que todo a delimitarlas; mi carencia de los múltiples
y vastos conocimientos imprescindibles en un trabajo de esta clase, que muy valioso pudo
ser si lo hubiese acometido en campo tan fecundo y nuevo un etnógrafo y antropologista
experimentado . Empero, será el mío un desbrozo en la tarea verdaderamente científica y
provechosa que otros, no en aislamiento como yo, ni privados de los recursos más
indispensables en la difícil obra, continuarán con buen éxito.
Ya que remontamos lo más posible en la vida prehistórica de estas
tribus, precisa revisar algunos otros objetos que no he mencionado, recogidos en mís
excursiones por la Sierra Nevada.
Esculturas rudimentarias de los indios guamakas. Son
representaciones, rústicas como se expresa, de tortugas y animales parecidos, obras
ejecutadas en piedra, y de reducidas dimensiones, de pulgada o poco más.
Idolo de la misma tribu, tallado probablemente en el colmillo de
algún pez. Es pequeño y hay bastante corrección en las formas: el rostro es de tipo
indígena muy marcado. Tiene las manos cruzadas sobre el pecho y una argollita de
suspensión en lo alto de la cabeza.
Amuletos de piedra verde, casi esféricos, en forma de fruta, hasta
el tamaño de una manzana pequeñita. Están perforados por el centro, y en uno de ellos
la perforación ha dejado señales de haber sido hecha con instrumento movido por torno o
un aparato semejante. Los indígenas entierran esto en las eras o campos que cultivan,
porque le atribuyen el poder valiosísimo de producir excelentes cosechas.
Comprenderé en esta enumeración de lo que estimo más importante
en el indice que va anexo, las piezas recogidas en Dibulla, al pie de las montañas,
territorio que los indígenas denominaban Yaharo, y que después tuvo el nombre de la
Ramada y también el de Nueva Salamanca (59); e
incluiré asimismo en la mención los objetos conseguidos en Chimichagua, de valía por su
antigüedad.
El cilindro de arcilla para pintar labores en el cuerpo y en las
mantas, es de dibujos más perfectos que los de piezas semejantes encontradas en la
altiplanicie de Bogotá: son las grecas comunes en pinturas americanas antiguas, parecidas
a las que tiene a los pies el ídolo hallado en Zachilla (América Central), pero
diferenciándose por la intercalación de tres puntos alineados, y que se repiten por dos
veces, coincidiendo con las líneas divisorias de cuatro cortes en forma de dentadura.
Labores semejantes, sin los puntos, emplean todavía en sus mochilas de lana, mas no
estampadas, los indígenas de la Sierra Nevada, y las mismas vi en el manto de algodón de
Marasa, cacique de los chimilas, cuando fue a visitarme de ceremonia, la primera vez, en
las riberas del Ariguaní.
Los números 35 y 36 del inventario señalan dos pies de vasija, que
permiten suponer se usó esa clase de calzado por algunos habitantes de la nación, en
época remotísima, o que conservaban memoria de tal uso, no raro entre los aztecas. Los
muebles de que formaban parte los dos pies, eran sin duda obra antiquísima, y hoy sería
prodigio imposible para los naturales, que en cerámica han retrocedido, allí como en
toda la Sierra, a lo rudimentario en el arte. Y al examinar los dos pies se nota por
muchos detalles, que no fueron imitación de las botas usadas por los conquistadores.
En su obra que he mencionado antes capítulo V dice
Humboldt, describiendo al guerrero del relieve de Oajaca: "Dos cráneos que son sin
duda dos enemigos vencidos, aparecen atados a la cintura del triunfador, cuyos pies cubren
una especie de borceguí, que recuerda el caligae de los griegos y romanos."
En la página 320 del libro del Marqués de Nadaillac, que tengo a
la vista, hay una lámina representativa también de un guerrero vencedor, copiada de un
monumento de los aztecas: el personaje principal lleva el mismo calzado descrito por
Humboldt en el pasaje anterior.
En las riberas del Dibulla, en sepulcros de la banda occidental,
fueron hallados los objetos que marcan los números 37 y 38. Miden cuatro pulgadas de
longitud o poco menos, y son de piedra semejante al mármol, morada con vetas blancas: el
uno representa un pez de cola retorcida, cuya cabeza, redonda y hocicuda, se parece a la
de un delfín; el otro tiene en lugar de trompa una prolongación casi cilíndrica y más
gruesa; ambas cabezas, cóncavas, llevan dos agujerrillos de suspensión en el lugar de
los ojos. He supuesto que tales dijes cargaban los marineros y pescadores, acaso
suspendidos al cuello, para que les fuera propicio algún dios del mar, temible en
aquellas costas más que el Neptuno de los helenos.
De los bustos tomados de urnas que desenterré en las llanuras de
Chanchico, dije algo en página anterior, pero algunos detalles más son oportunos aquí.
El busto más notable de mujer (número 40), tiene corona en que se imitó pedrería;
arracadas de collarcitos de tumas o zímoni, y gargantilla también de dichas piedras. El
inventario describe en lo preciso las demás cabezas, unas coronadas de pedrería, y de
serpientes otra. Creo que trabajos en arcilla, de tal forma, no se habían encontrado
antes en sepulcros antiguos de este país, y nada que se asemeje a ellos he visto en las
láminas que hay en la obra del Marqués de Nadaillac, harto minuciosa. Adviértese,
examinando los bustos, que algunos son de arcilla negra y de facciones más imperfectas, y
que todos tienen las cabezas con diámetro mayor de una a otra sien, y muy corto de la
frente al occipucio, presentando así forma aplanada. El arte que produjo aquellas efigies
funerarias, fue indudablemente aprendido en Centro América o en Méjico, y el carácter
de las figuras es azteca o yucateca, como lo cree el señor Thermos, doctisimo viajero de
quien hice ya referencia.
Algo más sobre las cuentas o dijes de cornerina, ágata,
serpentina, etc., zímoni o shi- moni de las tribus de la Nevada. No
todas esas piedras son de forma cilíndrica y varias, las de mayor tamaño, de mármoles
finísimos de diverso color, carecen de perforación. Algunas de las purpurinas tienen
formas de botones, pequeños y grandes, y la horadación no atraviesa el dije, pues se
hizo en una de las fases, de modo tal que dos agujeros comunicados sirven para ensartar
las tumas. Las de cristal puro, cilíndricas, permiten admirar la precisión del artista
que las perforó de las extremidades hacia el centro hasta encontrarse el un conducto con
el contrario. Evidentemente, los obreros o artistas usaban instrumentos de metal adecuado,
no sólo de cobre, débil para el efecto, sino de bronce, del que hasta hoy no se han
obtenido muestras en la Nevada ni en el Valle Dupar, y sí solamente del otro, fundido o
laminado en cintas; de este cobre manufacturado ya, no puedo presentar una muestra, porque
al solicitarla de la persona que la poseía, se supuso cándidamente que eso valía un
tesoro.
Juan de Castellanos, Piedrahita, Alonso de Zamora y Uricochea,
mencionan las joyas indígenas de piedra. El primero habla de ellas así, ocupándose de
los taironas:
"Horadan piedras en color sangrientas,
No malas para mal de los riñones;
También se labran muy menudas cuentas
De conchas que llamamos nacarones,
Que por aqueste reino y su distancia
Un tiempo fue rescate de importancia " (60).
Cité antes a Piedrahita al tratar del mismo asunto, y vienen al
caso otros dos pasajes de su obra. Habla de la misma tribu: "De cuya riqueza (los
minerales de oro) eran dueños los taironas, como de las canteras o minas que en dicha
Sierra se hallan de pórfidos y mármoles jaspeados, piedras de ijada, sangre y
riñones, labradas con extraordinario arte y curiosidad para el arreo de las mujeres".
Al describir los adornos y vestidos de los chibchas: "En los
brazos se ponían por brazaletes sartales de cuentas de piedra y hueso"
Hay estas líneas interesantes acerca del asunto en la Historia de
la Provincia de San Antonino del Nuevo Reino de Granada, por el P. M. Fray Alonso de
Zamora, su cronista (libro II, cap. 1):
"Volvieron a entrar a los taironas, por ser aquella provincia
centro de todo el oro, que llevaban a las fundiciones y platerías, en que eran únicos en
labrar joyas, con que se adornaban ellos, y las naciones circunvecinas. En estas
serranías, y en los arrojos. que descienden de sus alturas, hallaron ricos minerales de
oro, y tal vez una punta, que pesó de 600 castellanos. También apresó Pedro de Lerma,
sobrino del General, 60.000 castellanos. De esta riqueza eran dueños los taironas, con
las canteras de pórfido, mármoles y jaspes, piedras de cruz, de ahijada, leche y sangre,
que labraban con extraordinaria curiosidad".
El señor Ezequiel Uricoechea mencionó varias veces tales objetos
en su libro titulado Memoria sobre las antigüedades neo-granadinas, publicado en
Berlín en 1854, estudio que se refiere especialmente a los chibchas:
"Adoraban también el arco iris, bajo el nombre de Cuchavira, y
era especialidad para los enfermos de calentura. Solían invocarle las mujeres de parto.
Las ofrendas que se le hacían eran esmeraldillas pequeñas, granitos de oro bajo, y
cuentas de colores que venían desde el mar por cambios..."
"En los brazos se ponían brazaletes de sartales de cuentas de
piedra o hueso, y además adornos de oro en las narices y orejas"
(61).
Naidallac: "Los adornos de los chibchas eran collares de
conchas llevadas desde las costas del Pacífico, situadas a más de doscientas leguas, cuentas
de piedra, de oro y de plata, perlas y esmeraldas" (62).
En guacas de Quetame, Fosca, Ríoblanco, al Oriente de Bogotá,
halló el señor Ezequiel Ramírez, en 1869, piedras cilíndricas perforadas por el
centro, verdes, purpúreas, de todo en todo iguales a las que le mostré recogidas en la
Sierra Nevada de Santamarta; y refirióme que los excavadores o guaqueros, estimándolas
en poco, las botaban. El señor Arturo Paris me obsequió una en Noviembre último,
extraída seguramente de un sepulcro de Cundinamarca: es de mármol rojo finísimo,
agujereada con singular maestría e idéntica a otras del mismo mármol, que obtuve en la
Sierra Nevada.
Al examinar el señor Thermos las tumas que voy a cederle
al Museo de la Nación, dedujo que eran imitación de joyas orientales encontradas en
sepulcros antiquísimos, si es que no habían sido traídas de aquellas regiones.
Muy antigua debe ser la afición de los guajiros a las cuentas de
cornerina roja y el aprecio en que las tienen cuando es puro y sabido su color, bien de
forma de botoncilios, que ya describí, o cilíndrica, o en la de los mabey. Como he
apuntado en el indice de tales objetos, doce tumas sanas y de bello tinte, valen en la
Guajira una mula o caballo que se vendería por veinticinco o treinta pesos, y un mabey
muy escogido representa un valor de cinco o seis, pues los indígenas ricos dan por él un
becerro de año. Aunque no tan codiciadas y de lujo las tumas de otros colores, las llevan
también en sus collares de numerosas sartas las indias ricas. Fuera erróneo suponer que
tomaron de los aruá su afición a esas joyas, y más me inclino a pensar que los
emigrantes antillanos las conocian y difundieron el uso de ellas al incorporarse a la
tribu. Y esta suposición adquiere mayores fundamentos al percibir diferencias de
lenguaje, y aun de ciertos hábitos, en la comparación de las parcialidades del Oriente y
Occidente de la Península. En la inducción se puede ir todavía más lejos sin riesgo de
errar: la tribu conquistadora, proveniente de las bocas del Orinoco o de las Guayanas, se
posesionó de la región oriental, porque ahí subsisten en servidumbre los descendientes
de los aruá o vencidos. Esto observé además: los guajiros de la región occidental,
varones y hembras, les dan mayor aprecio que los otros a las tumas que llevan por
gala al cuello, prefiriendo los jefes jóvenes las de figura de botoncillos.
Washington Irving menciona más de una vez adornos de tal especie,
siguiendo a Colón en sus navegaciones por las costas de Cuba y de Jamaica. El Almirante
había virado de bordo al Sudeste el 13 de junio de 1594, persuadido entonces, y mientras
vivió, de que era Cuba el Continente. Tomó a sus costas después de muchas
contrariedades al avanzar hacia el Sur, y soltó anclas el 7 de julio "en la entrada
de un río de aquella abundante y voluptuosa región" .
"El Cacique de las cercanías, jefe de dilatados territorios,
recibió al Almirante con demostraciones de alegría y reverencia a la vez... Este
venerable indio traía una sarta de cuentas a que daban sus paisanos cierto valor
místico" -
Y ya en Jamaica: "Esta bizarra escuadra llegó al lado de la
Capitana europea, a donde entró el Cacique con toda su comitiva. Venía el caudillo de
gala. Llevaba en la cabeza una banda de piedras pequeñas de varios colores, pero
principalmente verdes, simétricamente arregladas con otras piedras blancas que llenaban
los intervalos y enlazadas todas en la frente por medio de una joya de oro. También
llevaba dos láminas del mismo metal colgadas de las orejas por medio de sortijas de
pedrezuelas verdes. De un collar de cuentas blancas, preciosas entre los indios, tenía
suspendida una grande flor de lis de oro inferior, y un cinturón de varias piedras
semejantes a las de la cabeza completaba sus decoraciones regias.
Su mujer estaba adornada de un modo semejante y cubierta además con
un pequeño delantal de algodón y con bandas de lo mismo alrededor de los brazos y
piernas. Las hijas no llevaban más adorno que un cinturón de piedras pequeñas del
que pendía un dije del tamaño de una hoja de hiedra, compuesto de varias pedrezuelas
prendidas sobre el algodón".
Fáltanme en la enumeración que había interrumpido la anterior
incidencia, los objetos curiosos o de interés por su antigüedad, obtenidos en
Chimichagua, El más valioso de ellos está descrito así en el inventario: una cabeza de
mujer, tallada en piedra negra, primorosa figura por la belleza de las facciones y otros
detalles; podría suponerse que este trabajo es obra de un artista europeo; pero no tiene
raya en lo alto de la cabeza para dividir las crenchas, y rostros de ese carácter o tipo
son muy comunes en las mujeres indígenas de la Sierra Nevada y en las tribus guajiras.
Cabe añadir que entre los chimilas abundan asimismo las mujeres de correcto e interesante
rostro, como ha de verse cuando mencione dos de las esposas de Marasa, jefe de la tribu y
a la inteligente muchacha que escogió en su familia con el fin de que respondiera a mis
preguntas en la formación del vocabulario, y sobre otros pormenores que me importaban.
Las tribus de las riberas de Zapatosa, que fueron víctimas de las
crueldades de Alfinger antes que llegaran allí Pedro de Lerma y Lebrija sobrevivieron a
la conquista pero en pequeñas agrupaciones, refundidas después en los pueblecillos
ribereños dcl Magdalena, cuyos habitantes han sido en su mayor número, o en mayoría muy
considerable, de raza africana, lo propio que en Tenerife, Remolino, El Banco y otros
lugares de importancia por su ventajosa posición e industrias. De aquellas agrupaciones
dispersas, residuo mísero de las tribus aniquiladas, se avecindó una en Chimichagua y
cercanías, de la cual hablaré en ocasión oportuna. Motivos hay para inferir que las
tribus de Zapatosa no fueron de tipo muy diferente al de los chimilas, con quienes vivían
en contacto y frecuente relación.
No tomo empeño en demostrar que la escultura a que me refiero haya
sido obra de los chimichaguas, ni de otra tribu indígena, pero examinada la obra hasta en
sus minuciosos detalles, adviértese que no es de perfección suma, y que su mayor mérito
consiste en haber modelado el escultor un rostro de mujer, cuyas imperfecciones de
talladura resaltan al punto con sólo aplicarles un lente. En desorden la cabellera, que
es abundosísima, no tiene línea divisoria de las crenchas, como se indicó antes, y de
haberse pretendido figurar un rostro de madona, el partimiento así de los cabellos debió
de ser un detalle imprescindible para el artista. Si del análisis que hagan de la
escultura en el Museo Nacional personas competentes, resultare que la obra es indígena,
quedará probado también que en labores de tal especie las tribus de nuestra costa
atlántica habían adquirido un grado de perfección que no obtuvieron los chibchas ni
otras naciones aborígenes del interior. Pudo ser la escultura trabajada por algún
indígena de talento singular, adelantado a su tribu y a la época en que vivió,
hipótesis probable, puesto que casos semejantes han ocurrido y ocurren en pueblos
incultos. Se comete error grave al creer que en las tribus salvajes el desarrollo
intelectual es uniforme, y que no se adelantan a su nación individualidades de organismos
selectos o mejor dicho, seleccionados anticipadamente a favor de las circunstancias
propicias y muy naturales.
Es más: a las tribus de la laguna de Zapatosa pudo llegar la
cultura de los taironas, bien notable como se ha ido viendo, y antes desconocida hasta
cierto punto por los historiadores del país. Si el dominio de aquella nación no
alcanzaba al golfo de Urabá, aunque por un error, cuya causa explicaré, aseguren lo
contrario algunos cronistas, Sí eran estos sus límites, y de buena tinta debió saberlo
Fr. Alonso de Zamora, investigador tenaz en todo lo relativo a las tareas encomendadas a
religiosos de su orden:
"Tuvieron con P. Prior una santa conferencia, en que se
determninó que el P. Fr. Luis Vero pasara predicando por las riberas del río de la
Magdalena, que entrara al Valle Dupar, y que por aquella parte llegara con su predicación
hasta la gran laguna de Maracaybo (63).
Que S. Luis anduviera por todas las naciones de las sierras nevadas y las cercanas a Santa
Marta y la Ramada, en que se comprendía la nación más numerosa de los taironas, que se
extendía desde las cumbres más altas de la Sierra, hasta las riberas del mar, y por la
parte de la tierra, hasta la ciénaga de Zapatosa y Provincia del Chimila"
(64).
De las antigüedades de los indios de Chimichagua, resta únicamente
hacer mención de un amuleto trabajado en piedra muy fina, que representa una vulva de
tamaño un poco menor que el natural, de corte convexo en el envés: debió de usarse para
bruñir o alisar tejidos, y nada tiene de improbable que le atribuyeran virtudes de cierta
especie al mueblecillo, porque eso deja suponer lo erótico de su forma.
__________
(59) Antes de llegar a Santa Marta dirección
E. O. está Yaharo, que es en las caidas de las sierras nevadas. Yaharo es buen
puerto y buena tierra, y aquí hay heredades de árboles de muchas frutas de comer, y
entre otras hay una que parece naranja, y cuando está sazonada para comer vuélvese
amarilla: lo que tiene dentro es como manteca y es de maravilloso sabor y deja el gusto
tan bueno y tan blando que es cosa maravillosa. Las sierras nevadas comienzan en Santa
Marta y en par de Yaharo es lo más alto, y lo que parece encima blanco como la nieve, y
de allí van fasta en par de Venezuela y de allí van hacia la tierra adentro. No se sabe
a dónde porque no es ganada la tierra ni los individuos dan de ello más razón de que
van muy lejos". Fernández de Enciso, obra que ya se mencionó. La fruta de que habla
es el Chrysophilu excelsior: lo demás es interesante como primera descripción que se
hizo de la comarca. A propósito, Acosta observa acertadamente, que Bastidas le dio en su
primer viaje a la Bahía de Santa Marta al nombre que hoy tiene, y no en el segundo, al
fundar la población. como se ha creído, porque Enciso llama al puerto Santa Marta en su
obra que se editó en 1519. (regresar a 59)
(60) Obra mencionada. Parte II. Elogio de Rojas,
Canto 1. El reino a que se refiere o país donde escribía, es el de los chibchas. (regresar a 60)
(61) Páginas 16, 17 y 24. (regresar
a 61)
(62) Obra que se citó ya. Cap. VIII. El Perú.
Rectificando la cita se advertirá el error, disculpable, de incluir en capítulo de tal
nombre estudios acerca de los chibchas, y también en lo que dice de la distancia al
Pacifico. Las conchas y las piedras finas de que se trata, no las verdes, de Talkshiefer,
de que habló el señor Uricoechea en la página 52, se importaban de la costa Atlántica
que hoy les pertenece a los Estados del Magdalena y de Bolivar. (regresar
a 62)
(63) De Maracayu; adición importante a las
indicaciones que hice, reforzando las del señor Rojas acerca de la vía que siguieron las
tribus caribes de Sur a Norte: "Detenidos por la gran caída del Paraná, llamada
Maracayu, les fue preciso abrir a través de los bosques un camino para arrastrar las
canoas y reembarcarse más abajo". D. Miguel Lobo, Contra-almirante de la Armada
española. Historia general de las antiguas colonias hispano-americanas. Lib. II. Cap. II.
(regresar a 63)
(64) Lib. III, Cap. XII. (regresar
a 64)
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