LAS TRIBUS INDÍGENAS DEL MAGDALENA
JORGE ISAACS
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II

A no ser algunas tribus indígenas el objetivo primordial de estos estudios, podría contraerme apenas a indicar lo que escribieron los cronistas minuciosos acerca del estado de cultura en que se las encontró, según la escala de perfeccionamiento o clasificación creada por los etnógrafos. Muy deficientes hubieran de ser los datos, y aun contradictorios a veces; mas partiendo de ahí, el trabajo se reduciría a comparar la situación presente de las tribus que subsisten, con la que tenían al comenzar la conquista. No era eso lo bastante.

Lo propio que si se tratara de los aztecas y del imperio de los incas o de los reinos que subyugó Gonzalo Jiménez de Quesada en la altiplanicie del Funza y regiones comarcanas, aquella comparación no sería favorable por cierto a la raza conquistadora, que detuvo en su ascenso progresivo a las nacionalidades y tribus vencidas, o las aniquiló; y de la retrogradación consecuencial los resultados son visibles, porque en Méjico como en el Perú y en muchas regiones de Colombia, los aborígenes que sobrevivieron a la conquista han soportado degradante servidumbre, o huyeron a lo más recóndito de los desiertos, o les fue necesario defender su independencia y derecho natural en desesperadas y sangrientas luchas, cual los guajiros en nuestra costa atlántica y los araucanos en Chile, los más valerosos e indomables pueblos de todo el Continente.

Contrayéndome al territorio que pertenece hoy a Colombia, se deja ver cuán afortunadas fueron las tribus guajiras resistiendo victoriosas en la lid con los conquistadores, porque de otro modo habrían corrido la misma suerte que casi todos los indígenas de nuestro litoral caribe, muriendo bajo el filo de las espadas castellanas en lucha desigual, o lejos de la patria en cruel esclavitud.

Los antropologístas y sociólogos, que hacen diversas clasificaciones de razas, explican a su manera la victoria inevitable de las unas sobre las otras, y la extirpación o absorción de las razas vencidas. Ello será muy científico, mas la historia que tales asertos pudiera justificar, demuestra a lo sumo que la humanidad ha estado muy distante, casi tanto en los últimos siglos como hoy, del perfeccionamiento o selección que alcanzará algún día, remoto tal vez. Entre tanto, a despecho de la doctrina redentora del Cristo, la fraternidad humana, síntesis de todo progreso sobre la tierra, es una utopía.

En las edades anteriores a la época en que los primeros expedicionarios europeos llegaron a nuestras costas, ¿qué es posible investigar en lo relativo a la historia de las tribus que estudio? Vagas tradiciones, algunos débiles rayos de luz a distancias indecisas en casi profundas tinieblas: hé aquí todo.

Los sacerdotes businkas de la Sierra Nevada de Santa Marta, una vez que pude ganarme su cariño y estimación, me referían que en los altos montes de Sulivaka, al Sudeste de los nevados, nacieron los primeros hombres, para esparcirse en familias por toda la tierra. Kankusina (Dios) y su esposa Nahueyekan habían engendrado la especie humana, y el grupo escogido de ella fueron los descendientes de Kavio Kúkui, nieto de aquel Creador Universal. La humanidad vivía entonces en un medio o ambiente casi tenebroso, porque ni el sol ni la luna alumbraban: apenas se percibía en la tierra el débil resplandor de Hukue (constelación de Tauro), de Minkoko Avankaba (Sirio), de Nauteke (Júpiter) y de otras estrellas, que en largos tiempos no se divisaban. De tal región bajaron Busin-Diuave y sus descendientes, que eran, por su genitor, de la raza de Kavio Kúkui, y marchando como a tientas de cumbre en cumbre y de abismo en abismo, llega ron al fin al valle que fue primer asiento de la nación businka —treinta kilómetros al Noroeste de San Sebastián de Rábago. De súbito apareció el Sol en el Oriente, y Busin fue convenido en la enorme piedra sagrada que en el valle me mostraron. El musgo de los siglos ha cubierto en contorno, bajo densa alfombra, los amuletos de cornerina, ágata, mármol y pórfido. La roca no tiene signos ni en el dorso ni en los flancos: los businkas le dan el nombre de Busin-Diuave.

De los jeroglíficos y emblemas que copié en los adoratorios recónditos de las montañas, los sacerdotes indígenas, no obstante la veneración de que son objeto las piedras sagradas, sólo conocen el significado de tres emblemas, los distinguidos en las planchas anexas con los números 42, 84 y sus semejantes, y 92. El primero es representación de la divinidad; el segundo, del Sol; y el tercero, una interminable evoluta, de la eternidad. Los tres signos, o su mayor parte, podrían comprobar que la tribu o nación que los grabó en las rocas, conservaban tradiciones toltecas, o memoria de inscripciones de ídolos y monumentos de aquel pueblo. Así lo aseguró, al mostrarle las planchas adjuntas, el señor Presbítero Filiberto Thermos, viajero doctísimo que acaba de estudiar las antigüedades de Méjico y de Centro-América. Observaciones minuciosas sobre la materia serían extemporáneas; pero sí es del caso hacer aquí la siguiente:

En las planchas llamarán la atención las figuras de los números 2, 3 y 7; las dos primeras fueron tomadas en la piedra de Kuakamukué, y la última, al Oriente del sitio donde están las ruinas de la antigua Valencia de Jesús. El signo marcado con el número 7, es obra relativamente moderna, y por la inicial que tiene en su base, he inferido que lo grabó Fray Luis Beltrán, evangelizador en las tribus de la Sierra Nevada por los años de 1563 a 68, como Fray Luis de Vero en Maracaibo y la Guajira, sacerdotes de eximias virtudes y loable abnegación, nunca imitada por otros de la Diócesis de Santa Marta: demuéstralo así la historia seria, prescindiendo de los encomios desautorizados ue les prodigó a muchos en su Floresta don José Nicolás de la Rosa, y antes Fray Alonso de Zamora, cronista de sano criterio en casi todo lo demás, y de altas dotes.

De un autor irrecusable por muchos motivos —el Marques de Nadaillac- son terminantes las observaciones que se escriben en seguida, síntesis de las que copiaré en mejor ocasión, si fuere necesario.

"La cruz es de remota antigüedad en todos los países. Se la encuentra en los más antiguos monumentos de Egipto, como símbolo de la vida eterna" (50).

Y en el capitulo VII: "La presencia de la cruz en Palenque, en monumentos anteriores a la introducción del cristianismo, no es un hecho aislado. El Auditor de Justicia, Palacio, vio en Copán una cruz con uno de los brazos roto. Nosotros mismos hemos hablado de varias. La cruz era mirada como el símbolo del poder creador y fertilizante de la naturaleza, y en diferentes lugares se la honraba con sacrificios de codornices, incienso y agua lustral’’.

Si cruces de tal forma (números 2 y 3) subsisten tendidas así en los flancos de la piedra kuakuamukué, en cuya faz superior está ileso el signo número 1 —dos soles juntos, e1 que probablemente significa limite de dominio, como en la figura 33 de Atisánaruak—, tiene fundamentos la conjetura de que no fueron hechas por hombre civilizado; y puesto que se hallan en lugar inferior y como caídas abajo del jeroglífico, de seguro se conservan porque no las vio ningún sacerdote católico. Los salvajes, empero, no guardan tradición alguna sobre el particular.

En época remotisima, decíanme los sacerdotes y ancianos, las montañas se estremecierorn espantosamente, y fuego y arroyos de lava brotaron de las cumbres tronantes: casi toda la nación pereció; sus restos huyeron en distintas direcciones, y se asilaron algunos en las cavernas cuando los montes dejaron de temblar, porque de tiempo en tiempo llovían abrasadoras cenizas.

Zimoni llaman los businkas, y shímoni los sehiukos, las cuentas, cilindrillos y dijes de preciosas piedras, perforadas o  no, a las cuales atribuyen poder curativo y eficacia de amuletos, persuadidos de que las unas, de diáfano cristal, sirven para atraer las lluvias en tiempos de sequía; otras, de color rojo, de figura clitoridea (mabey), son eficaces para obtener los favores y fidelidad de la mujer amada; y de que una, de mármol verde, aviva maravillosamente la inteligencia. El examen de estas joyas, que los indígenas estiman en mucho, como se puede inferir, es muy importante. Ellos no saben fabricarlas hoy: parece que los sacerdotes las sacan de los sepulcros antiguos, o las toman de los adoratorios, por autoridad especial que tienen para ello. Al contraerme adelante al estudio de las antigüedades de aquellas tribus serranas, hablaré detenidamente de esas piedras, que son muy semejantes a las encontradas en sepulcros de Cundinamarca y Boyacá, y acaso idénticas algunas a las que hallaron en cantidad los conquistadores al apoderarse en Tunja del alcázar del Zaque Quimuinchateca (51).

Mas de los amuletos que nombro, requieren desde ahora mención singular los que representan en cornerina purpúrea cabezas informes de caballo o de animal semejante, que según los sacerdotes indígenas tienen la propiedad de hacer producir caballos vigorosos y de color alazán o castaño a las yeguadas de quienes poseen tales amuletos; y los creen únicos para conseguir fácilmente la domesticación de los potros cerriles y bravíos. Interrogado por mi uno de los sacerdotes a fin de que me explicara el motivo de encontrarse en sepulcros de sus mayores las cornerinas de aquella forma, se detuvo a pensar largamente, a sabiendas de que los -caballos fueron traídos al país por los conquistadores, y díjome al fin, esforzándose por explicar de algún modo la inferencia posible: "¿Emplearían los antiguos dantas como animales de carga? ¿ Hubo tal vez una raza de venados grandes que se aniquiló?" Dos ejemplares de objetos de tal especie conseguí en la Sierra Nevada, los mismos que con los números 24 y 25 hacen parte de la colección cedida al Museo Nacional. Obtenidos otros, y dedicando a su examen algún estudio, podría deducirse quizá que representan cabezas del caballo que existió en la América del Sur, del cual solo se han hallado restos fósiles (52).

Como la horadación difícil y muy perfecta en varias de esas joyas es hoy un problema insoluble para los businkas, guamakas y sehiukos, estos explican así el origen del arte que produjo aquellas obras:

Un tigre enorme, Güéraba, recorría las comarcas devorando las gentes, y se guarecía en las selvas de Maleiraka. Los jefes de las tribus, se reunieron para resolver la mejor manera de matarlo. Se comisionó a los cazadores más valientes, Zalahui, Irusa, Majtuví e Hinjuika. Pusiéronle trampas de grandes leños de oro en Simintukúa y Hulana, y escapó rompiéndolos en pedazos; se le puso la última en Teiraka, donde fue muerto. Recogidos los huesos y barbas férreas, y llevados a Terona (sacerdote sapientísimo), sirvieron desde entonces para el pulimento de las piedras preciosas, y su perforación.

Peiko, legislador y maestro, llegó después de países desconocidos, del lado de la mar. No supieron decirme nada sobre sus rasgos fisonómicos y aspecto, pero sí que era dulce, amoroso y muy sabio. Enseñóles a cultivar las tierras, a tejer lindamente los lienzos para sus vestidos, a labrar joyas de piedra y oro. Les dijo los nombres de las estrellas y luceros, y dejóles máximas o sentencias que tomaron forma de leyes en las tribus. Corridos algunos años, debía regresar, y no fue posible detenerle. Los jefes de las tribus y los sacerdotes-médicos, sus discípulos, le acompañaron a las playas marinas, pero no las mujeres, porque él había prohibido que bajasen de los altos montes y más especialmente a las riberas del Océano, para evitarle calamidades a la nación. Le aguardaban marineros de su país: subió a una banca de oro, movida pon remos del mismo metal, y desapareció lejos, muy lejos en la mar azul.

En regiones inhabitadas de la Sierra encontré cementerios cuya existencia desconocían los aborígenes, y uno de aquellos especialmente, por la forma de las sepulturas, demuestra su inaveriguable antigüedad: son colinas sobre las cuales aparecen las bocas circulares de urnas enormes de arcilla, tapadas con otras de menor tamaño. En cada una de las primeras cabía el cadáver de un hombre, y en las chicas el de un niño, Los indígenas que me acompañaban el día que lo descubrí, mostraron natural sorpresa, y averiguándoles luego a qué tribu perteneció aquel cementerio, los sacerdotes businkas y guamakas nada sabían.

En las orillas del río Enea, a inmediaciones de los últimos ramales de la montaña, sobre las llanuras de Chanchico (las de Orino probablemente), vi otro cementerio del cual saqué urnas de arcilla pequeñas, de 40 a 45 centímetros de altura por 15 o 20 de ancho, más angostas en la base y con tapas sobre las cuales había bustos de guerreros, reinas y jefes, que en la colección cedida al, Museo llevan los números 39 a 42. Hallé en las urnas huesos convertidos casi todos en tierra, y unos discos también de arcilla, que acaso representaban la edad de los muertos. Inútil es decir que los aborígenes son incapaces de ejecutar hoy tales obras, pues sus trabajos en cerámica han vuelto a ser rudimentarios: ignoran quiénes fueron los antiguos habitantes de esa región.

Sheukaká es el sacerdote más anciano y venerable de la parte oriental de la Serranía. Cuando en agosto de 1882 estuve en Marocaso y en los valles y montes circunvecinos, bajó de las alturas de Dunguirúa, que él habita, porque deseaba verme. Lleváronle a sus desiertos la noticia de que "un español cariñoso y bueno con los indígenas" visitaba aquellas comarcas y después de haber recorrido las del interior y Occidente de la Nevada. Encanecida ya por completo su cabellera, que le cae sobre los hombros, destácase sombrío el rostro inteligente del anciano. Debió de ser muy gallardo en su juventud, y aun está vigoroso, pero es presumible que no baja su edad de noventa a cien años. Me sorprendió mucho verle el ropaje de los guajiros, extraño en la Sierra; e interrogándole sobre el particular, me dijo que aquel traje habían llevado siempre, en tiempos anteriores, los varones de su tribu. No supo darme la razón de tal coincidencia, y por estudios hechos poco antes en la Guajira, era más importante para mí la circunstancia de que trato: algunas tribus fueron desalojadas de la península por los caribes que actualmente la poseen, y de seguro los vencedores, menos cultos que los vencidos (aruákár), adoptaron el traje de estos, vestidura que los aruá no pudieron conservar en las regiones frígidas de la Sierra donde se asilaron después.

Odian y temen estos indígenas a los guajiros, y desde sus montes divisan las llanuras patrias, cuya pérdida lamentaron sus mayores desde aquellas mismas cumbres:

Autá equivale a muerte en el lenguaje guajiro, y es el nombre que dan los guamakas a los habitantes de la Península, lo que significa, igualmente asesino; denominación reveladora de los recuerdos sanguinarios que la tribu conservó de la ferocidad de los vencedores.

De los chimilas y tribus salvajes que moran en la Cordillera Oriental del Valle Dupar, es difícil obtener hoy tradiciones de ese género: antes sería necesario estudiar con mayor detenimiento a dichos aborígenes. Los antecesores de los chimilas —indudablemente de raza caribe— fueron tal vez una parcialidad desprendida de la nación que conquistó la Península y el territorio limítrofe del Sur. La semejanza de los chimilas actuales con los guajiros es muy marcada, y lo mismo cabe decir de su gentileza y denuedo; pero entre los últimos no hay memoria de la emigración de esa tribu hacia el Occidente, ni la nombran.

El lenguaje de los chimilas, cual se ve por la muestra que hay de él en la sección Vocabularios, se diferencia notablemente del idioma guajiro; aquél abunda en sonidos guturales y nasales, de difícil emisión; mas no sería raro hallar, al formarse un vocabulario más extenso, algunas palabras del todo idénticas en los dos lenguajes, por lo que se nota revisando la muestra a que me he referido. Y otro tanto se puede decir de alternaciones que ese dialecto recibió a causa del contacto que tuvo la tribu con los taironas de la Sierra Nevada, habitantes del macizo al Occidente, nación de la cual fue aliada durante la lucha sangrienta con los conquistadores desde 1526, detalle inadvertido por los cronistas, y circunstancia sobre la cual insistiré en ocasión oportuna.

Cuando estuve entre los chimilas, no me hallaba persuadido aún de lo que importa el conocimiento y análisis de la numeración en los idiomas americanos para deducir el origen o tronco primordial de algunas tribus y las relaciones que tuvieron en tiempos remotos (53). La denominación de los números tiene de suyo forma invariable, por muchos motivos que estaría de sobra expresar, y casi puede decirse que, conocida exactamente la numeración de varias nacionalidades indígenas, a un etnógrafo práctico le sería dable indicar con certidumbre si entre ellas hubo relaciones en tiempo más o menos lejano. Acaso haya sido ya aprovechado este derrotero o forma de investigación segura por algunos americanistas; pero no la encuentro indicada en Humboldt, ni en Acosta, ni en Darwin y los amplificadores de su doctrina, ni en Nadaillac, ni en las obras de Bachiller y Morales, Aristides Rojas, Unicoechea y Zerda, de publicación reciente las más.

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50) L´Amérique préhistorique. cap. IV. París 1883. (regresar a 50)

(51) "Hallaron también tres thytúas, que son cajas redondas llenas de mentas y tolas de algodón, de las que tributan sus vasallos al Zaque: Muchas sartas de piedras turquesas y de otras verdosas y coloradas de grande estimación para el ornato de los indios, y que han llegado a ser de aprecio para los españoles, por hallarse virtud medicinal en las verdes para las ijadas, y en las coloradas para restañar la sangre". . . Del capitulo IX. del libro 1 del Compendio Historial, escrito por Quesada.-" Era cosa de ver ciertamente, ver sacar cargas de oro a los cristianos en las espaldas. llevando también la cristiandad a las espaldas, poniendo cartas en mitad de aquel patio, y lo mismo en lo de las esmeraldas que entre las joyas de oro se hallaban.., Si los nuestros hubieran guardado las mantas de algodón finas, y la infinidad de sartas de cuentas que hallaron para rescatar con ellas después entre los indios, es cierto que les hubiera valido más oro que cuanto vieron junto en el montón del cercado, por ser aquellos dos géneros tan estimados de los señores Mozcas para el arreo de sus personas, que los tenían por su principal tesoro; pero ignorantes de ello entonces los españoles, lo repartieron todo después entre los indios amigos". Piedrahita, obra citada, libro V. cap. IV. (regresar a 51)


(52) Darwin. El origen del hombre, etc.. Cap. VII. (regresar a 52)

(53) Tomé, sin embargo, los nombres de la unidad y de la  decena, totama y kracha. Es presumible que cuenten hasta ciento o más. como los guajiros y las tribus de la Sierra, y no algunas veintenas, al igual de los motilones o tribus comprendidas en esa designación; el uso de la decena en su lenguaje, autoriza para suponerlo asi.
Los muiscas contaban también por veintenas inducidos a ello por la naturaleza, o la forma de las manos y de los pies, lo mismo que los aztecas y casi la totalidad de las tribus americanas. Y merece anotarse que los guajiros y businkas adoptaron instintivamente el sistema de numeración perfecto, lo que no arguye poco en favor de su desarrollo intelectual.
Los mejicanos cuentan por los múltiplos de dicho número veinte, como los árabes por los de diez, a que llaman nudos. El mejicano dice: un-veinte, cempohuali; dos-veintes, ompohuali; tres-veintes, yei-pohuali, y cuatro-veintes. nahui-pohuali; expresión esta última, idéntica a la que emplean los franceses". (Humboldt. Sitios de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América. Cap. VI).
Al norte de Cundinamarca y en Boyacá, los pastores de raza chibcha, que hablan español e ignoran si otro lenguaje fue el de sus antepasados, no se avienen a contar sino por veintenas los corderos que reciben de los mayordomos. Obra de tradición —y es lo más probable— o sistema claramente indicado por la naturaleza, como dije antes, la singularidad merece estudio.
Hay en la Geografía del señor Arboleda, en lo referente a historia de los Estados Unidos de Colombia, estas lineas: " Parece, no obstante, que la mayor parte de la población de Nueva Granada fuera de origen caribe: asi lo indican muchas de sus costumbres, su ferocidad de carácter y su sistema de numeración que no pasaba de cinco. (Lección LIV, pág. 95)
El General Acosta, en su Compendio histórico otra vez citado, dice que los salvajes del Golfo del Darién alcanzan a contar hasta ocho. Permítome suponer que le faltaron pormenores precisos, porque siendo aquellos Indígenas de raza caribe e inclinados al comercio, deben de contar, fácilmente, tanto como los guajiros. (Cap. II).
De los salvajes, por causas que seria inoficioso decir, los pueblos pastores y los guerreros perfeccionan más pronto su sistema de numeración. (regresar a 53)

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