II
A no ser algunas tribus indígenas el objetivo primordial de estos
estudios, podría contraerme apenas a indicar lo que escribieron los cronistas minuciosos
acerca del estado de cultura en que se las encontró, según la escala de
perfeccionamiento o clasificación creada por los etnógrafos. Muy deficientes hubieran de
ser los datos, y aun contradictorios a veces; mas partiendo de ahí, el trabajo se
reduciría a comparar la situación presente de las tribus que subsisten, con la que
tenían al comenzar la conquista. No era eso lo bastante.
Lo propio que si se tratara de los aztecas y del imperio de los
incas o de los reinos que subyugó Gonzalo Jiménez de Quesada en la altiplanicie del
Funza y regiones comarcanas, aquella comparación no sería favorable por cierto a la raza
conquistadora, que detuvo en su ascenso progresivo a las nacionalidades y tribus vencidas,
o las aniquiló; y de la retrogradación consecuencial los resultados son visibles, porque
en Méjico como en el Perú y en muchas regiones de Colombia, los aborígenes que
sobrevivieron a la conquista han soportado degradante servidumbre, o huyeron a lo más
recóndito de los desiertos, o les fue necesario defender su independencia y derecho
natural en desesperadas y sangrientas luchas, cual los guajiros en nuestra costa
atlántica y los araucanos en Chile, los más valerosos e indomables pueblos de todo el
Continente.
Contrayéndome al territorio que pertenece hoy a Colombia, se deja
ver cuán afortunadas fueron las tribus guajiras resistiendo victoriosas en la lid con los
conquistadores, porque de otro modo habrían corrido la misma suerte que casi todos los
indígenas de nuestro litoral caribe, muriendo bajo el filo de las espadas castellanas en
lucha desigual, o lejos de la patria en cruel esclavitud.
Los antropologístas y sociólogos, que hacen diversas
clasificaciones de razas, explican a su manera la victoria inevitable de las unas sobre
las otras, y la extirpación o absorción de las razas vencidas. Ello será muy
científico, mas la historia que tales asertos pudiera justificar, demuestra a lo sumo que
la humanidad ha estado muy distante, casi tanto en los últimos siglos como hoy, del
perfeccionamiento o selección que alcanzará algún día, remoto tal vez. Entre tanto, a
despecho de la doctrina redentora del Cristo, la fraternidad humana, síntesis de todo
progreso sobre la tierra, es una utopía.
En las edades anteriores a la época en que los primeros
expedicionarios europeos llegaron a nuestras costas, ¿qué es posible investigar en lo
relativo a la historia de las tribus que estudio? Vagas tradiciones, algunos débiles
rayos de luz a distancias indecisas en casi profundas tinieblas: hé aquí todo.
Los sacerdotes businkas de la Sierra Nevada de Santa Marta, una vez
que pude ganarme su cariño y estimación, me referían que en los altos montes de
Sulivaka, al Sudeste de los nevados, nacieron los primeros hombres, para esparcirse en
familias por toda la tierra. Kankusina (Dios) y su esposa Nahueyekan habían engendrado la
especie humana, y el grupo escogido de ella fueron los descendientes de Kavio Kúkui,
nieto de aquel Creador Universal. La humanidad vivía entonces en un medio o ambiente casi
tenebroso, porque ni el sol ni la luna alumbraban: apenas se percibía en la tierra el
débil resplandor de Hukue (constelación de Tauro), de Minkoko Avankaba (Sirio), de
Nauteke (Júpiter) y de otras estrellas, que en largos tiempos no se divisaban. De tal
región bajaron Busin-Diuave y sus descendientes, que eran, por su genitor, de la raza de
Kavio Kúkui, y marchando como a tientas de cumbre en cumbre y de abismo en abismo, llega
ron al fin al valle que fue primer asiento de la nación businka treinta kilómetros
al Noroeste de San Sebastián de Rábago. De súbito apareció el Sol en el Oriente, y
Busin fue convenido en la enorme piedra sagrada que en el valle me mostraron. El musgo de
los siglos ha cubierto en contorno, bajo densa alfombra, los amuletos de cornerina,
ágata, mármol y pórfido. La roca no tiene signos ni en el dorso ni en los flancos: los
businkas le dan el nombre de Busin-Diuave.
De los jeroglíficos y emblemas que copié en los adoratorios
recónditos de las montañas, los sacerdotes indígenas, no obstante la veneración de que
son objeto las piedras sagradas, sólo conocen el significado de tres emblemas, los
distinguidos en las planchas anexas con los números 42, 84 y sus semejantes, y 92. El
primero es representación de la divinidad; el segundo, del Sol; y el tercero, una
interminable evoluta, de la eternidad. Los tres signos, o su mayor parte, podrían
comprobar que la tribu o nación que los grabó en las rocas, conservaban tradiciones
toltecas, o memoria de inscripciones de ídolos y monumentos de aquel pueblo. Así lo
aseguró, al mostrarle las planchas adjuntas, el señor Presbítero Filiberto Thermos,
viajero doctísimo que acaba de estudiar las antigüedades de Méjico y de
Centro-América. Observaciones minuciosas sobre la materia serían extemporáneas; pero
sí es del caso hacer aquí la siguiente:
En las planchas llamarán la atención las figuras de los números
2, 3 y 7; las dos primeras fueron tomadas en la piedra de Kuakamukué, y la última, al
Oriente del sitio donde están las ruinas de la antigua Valencia de Jesús. El signo
marcado con el número 7, es obra relativamente moderna, y por la inicial que tiene en su
base, he inferido que lo grabó Fray Luis Beltrán, evangelizador en las tribus de la
Sierra Nevada por los años de 1563 a 68, como Fray Luis de Vero en Maracaibo y la
Guajira, sacerdotes de eximias virtudes y loable abnegación, nunca imitada por otros
de la Diócesis de Santa Marta: demuéstralo así la historia seria, prescindiendo de
los encomios desautorizados ue les prodigó a muchos en su Floresta don José Nicolás de
la Rosa, y antes Fray Alonso de Zamora, cronista de sano criterio en casi todo lo demás,
y de altas dotes.
De un autor irrecusable por muchos motivos el Marques de
Nadaillac- son terminantes las observaciones que se escriben en seguida, síntesis de las
que copiaré en mejor ocasión, si fuere necesario.
"La cruz es de remota antigüedad en todos los países. Se la
encuentra en los más antiguos monumentos de Egipto, como símbolo de la vida eterna" (50).
Y en el capitulo VII: "La presencia de la cruz en Palenque, en
monumentos anteriores a la introducción del cristianismo, no es un hecho aislado. El
Auditor de Justicia, Palacio, vio en Copán una cruz con uno de los brazos roto. Nosotros
mismos hemos hablado de varias. La cruz era mirada como el símbolo del poder creador y
fertilizante de la naturaleza, y en diferentes lugares se la honraba con sacrificios de
codornices, incienso y agua lustral.
Si cruces de tal forma (números 2 y 3) subsisten tendidas
así en los flancos de la piedra kuakuamukué, en cuya faz superior está ileso el
signo número 1 dos soles juntos, e1 que probablemente significa limite de dominio,
como en la figura 33 de Atisánaruak, tiene fundamentos la conjetura de que no
fueron hechas por hombre civilizado; y puesto que se hallan en lugar inferior y como
caídas abajo del jeroglífico, de seguro se conservan porque no las vio ningún sacerdote
católico. Los salvajes, empero, no guardan tradición alguna sobre el particular.
En época remotisima, decíanme los sacerdotes y ancianos, las
montañas se estremecierorn espantosamente, y fuego y arroyos de lava brotaron de las
cumbres tronantes: casi toda la nación pereció; sus restos huyeron en distintas
direcciones, y se asilaron algunos en las cavernas cuando los montes dejaron de temblar,
porque de tiempo en tiempo llovían abrasadoras cenizas.
Zimoni llaman los businkas, y shímoni los
sehiukos, las cuentas, cilindrillos y dijes de preciosas piedras, perforadas o no, a
las cuales atribuyen poder curativo y eficacia de amuletos, persuadidos de que las unas,
de diáfano cristal, sirven para atraer las lluvias en tiempos de sequía; otras, de color
rojo, de figura clitoridea (mabey), son eficaces para obtener los favores y
fidelidad de la mujer amada; y de que una, de mármol verde, aviva maravillosamente la
inteligencia. El examen de estas joyas, que los indígenas estiman en mucho, como se puede
inferir, es muy importante. Ellos no saben fabricarlas hoy: parece que los sacerdotes las
sacan de los sepulcros antiguos, o las toman de los adoratorios, por autoridad especial
que tienen para ello. Al contraerme adelante al estudio de las antigüedades de aquellas
tribus serranas, hablaré detenidamente de esas piedras, que son muy semejantes a las
encontradas en sepulcros de Cundinamarca y Boyacá, y acaso idénticas algunas a las que
hallaron en cantidad los conquistadores al apoderarse en Tunja del alcázar del Zaque Quimuinchateca (51).
Mas de los amuletos que nombro, requieren desde ahora mención
singular los que representan en cornerina purpúrea cabezas informes de caballo o de
animal semejante, que según los sacerdotes indígenas tienen la propiedad de hacer
producir caballos vigorosos y de color alazán o castaño a las yeguadas de quienes poseen
tales amuletos; y los creen únicos para conseguir fácilmente la domesticación de los
potros cerriles y bravíos. Interrogado por mi uno de los sacerdotes a fin de que me
explicara el motivo de encontrarse en sepulcros de sus mayores las cornerinas de aquella
forma, se detuvo a pensar largamente, a sabiendas de que los -caballos fueron traídos al
país por los conquistadores, y díjome al fin, esforzándose por explicar de algún modo
la inferencia posible: "¿Emplearían los antiguos dantas como animales de carga? ¿
Hubo tal vez una raza de venados grandes que se aniquiló?" Dos ejemplares de objetos
de tal especie conseguí en la Sierra Nevada, los mismos que con los números 24 y 25
hacen parte de la colección cedida al Museo Nacional. Obtenidos otros, y dedicando a su
examen algún estudio, podría deducirse quizá que representan cabezas del caballo que
existió en la América del Sur, del cual solo se han hallado restos fósiles
(52).
Como la horadación difícil y muy perfecta en varias de esas joyas
es hoy un problema insoluble para los businkas, guamakas y sehiukos, estos explican así
el origen del arte que produjo aquellas obras:
Un tigre enorme, Güéraba, recorría las comarcas devorando las
gentes, y se guarecía en las selvas de Maleiraka. Los jefes de las tribus, se reunieron
para resolver la mejor manera de matarlo. Se comisionó a los cazadores más valientes,
Zalahui, Irusa, Majtuví e Hinjuika. Pusiéronle trampas de grandes leños de oro en
Simintukúa y Hulana, y escapó rompiéndolos en pedazos; se le puso la última en
Teiraka, donde fue muerto. Recogidos los huesos y barbas férreas, y llevados a Terona
(sacerdote sapientísimo), sirvieron desde entonces para el pulimento de las piedras
preciosas, y su perforación.
Peiko, legislador y maestro, llegó después de países
desconocidos, del lado de la mar. No supieron decirme nada sobre sus rasgos fisonómicos y
aspecto, pero sí que era dulce, amoroso y muy sabio. Enseñóles a cultivar las tierras,
a tejer lindamente los lienzos para sus vestidos, a labrar joyas de piedra y oro. Les dijo
los nombres de las estrellas y luceros, y dejóles máximas o sentencias que tomaron forma
de leyes en las tribus. Corridos algunos años, debía regresar, y no fue posible
detenerle. Los jefes de las tribus y los sacerdotes-médicos, sus discípulos, le
acompañaron a las playas marinas, pero no las mujeres, porque él había prohibido que
bajasen de los altos montes y más especialmente a las riberas del Océano, para evitarle
calamidades a la nación. Le aguardaban marineros de su país: subió a una banca de oro,
movida pon remos del mismo metal, y desapareció lejos, muy lejos en la mar azul.
En regiones inhabitadas de la Sierra encontré cementerios cuya
existencia desconocían los aborígenes, y uno de aquellos especialmente, por la forma de
las sepulturas, demuestra su inaveriguable antigüedad: son colinas sobre las cuales
aparecen las bocas circulares de urnas enormes de arcilla, tapadas con otras de menor
tamaño. En cada una de las primeras cabía el cadáver de un hombre, y en las chicas el
de un niño, Los indígenas que me acompañaban el día que lo descubrí, mostraron
natural sorpresa, y averiguándoles luego a qué tribu perteneció aquel cementerio, los
sacerdotes businkas y guamakas nada sabían.
En las orillas del río Enea, a inmediaciones de los últimos
ramales de la montaña, sobre las llanuras de Chanchico (las de Orino probablemente), vi
otro cementerio del cual saqué urnas de arcilla pequeñas, de 40 a 45 centímetros de
altura por 15 o 20 de ancho, más angostas en la base y con tapas sobre las cuales había
bustos de guerreros, reinas y jefes, que en la colección cedida al, Museo llevan los
números 39 a 42. Hallé en las urnas huesos convertidos casi todos en tierra, y unos
discos también de arcilla, que acaso representaban la edad de los muertos. Inútil es
decir que los aborígenes son incapaces de ejecutar hoy tales obras, pues sus trabajos en
cerámica han vuelto a ser rudimentarios: ignoran quiénes fueron los antiguos habitantes
de esa región.
Sheukaká es el sacerdote más anciano y venerable de la parte
oriental de la Serranía. Cuando en agosto de 1882 estuve en Marocaso y en los valles y
montes circunvecinos, bajó de las alturas de Dunguirúa, que él habita, porque deseaba
verme. Lleváronle a sus desiertos la noticia de que "un español cariñoso y bueno
con los indígenas" visitaba aquellas comarcas y después de haber recorrido las del
interior y Occidente de la Nevada. Encanecida ya por completo su cabellera, que le cae
sobre los hombros, destácase sombrío el rostro inteligente del anciano. Debió de ser
muy gallardo en su juventud, y aun está vigoroso, pero es presumible que no baja su edad
de noventa a cien años. Me sorprendió mucho verle el ropaje de los guajiros, extraño en
la Sierra; e interrogándole sobre el particular, me dijo que aquel traje habían llevado
siempre, en tiempos anteriores, los varones de su tribu. No supo darme la razón de tal
coincidencia, y por estudios hechos poco antes en la Guajira, era más importante para mí
la circunstancia de que trato: algunas tribus fueron desalojadas de la península por los
caribes que actualmente la poseen, y de seguro los vencedores, menos cultos que los vencidos
(aruákár), adoptaron el traje de estos, vestidura que los aruá no pudieron
conservar en las regiones frígidas de la Sierra donde se asilaron después.
Odian y temen estos indígenas a los guajiros, y desde sus montes
divisan las llanuras patrias, cuya pérdida lamentaron sus mayores desde aquellas mismas
cumbres:
Autá equivale a muerte en el lenguaje guajiro, y
es el nombre que dan los guamakas a los habitantes de la Península, lo que significa,
igualmente asesino; denominación reveladora de los recuerdos sanguinarios que la tribu
conservó de la ferocidad de los vencedores.
De los chimilas y tribus salvajes que moran en la Cordillera
Oriental del Valle Dupar, es difícil obtener hoy tradiciones de ese género: antes sería
necesario estudiar con mayor detenimiento a dichos aborígenes. Los antecesores de los
chimilas indudablemente de raza caribe fueron tal vez una parcialidad
desprendida de la nación que conquistó la Península y el territorio limítrofe del Sur.
La semejanza de los chimilas actuales con los guajiros es muy marcada, y lo mismo cabe
decir de su gentileza y denuedo; pero entre los últimos no hay memoria de la emigración
de esa tribu hacia el Occidente, ni la nombran.
El lenguaje de los chimilas, cual se ve por la muestra que hay de
él en la sección Vocabularios, se diferencia notablemente del idioma guajiro;
aquél abunda en sonidos guturales y nasales, de difícil emisión; mas no sería raro
hallar, al formarse un vocabulario más extenso, algunas palabras del todo idénticas en
los dos lenguajes, por lo que se nota revisando la muestra a que me he referido. Y otro
tanto se puede decir de alternaciones que ese dialecto recibió a causa del contacto que
tuvo la tribu con los taironas de la Sierra Nevada, habitantes del macizo al Occidente,
nación de la cual fue aliada durante la lucha sangrienta con los conquistadores desde
1526, detalle inadvertido por los cronistas, y circunstancia sobre la cual insistiré en
ocasión oportuna.
Cuando estuve entre los chimilas, no me hallaba persuadido aún de
lo que importa el conocimiento y análisis de la numeración en los idiomas americanos
para deducir el origen o tronco primordial de algunas tribus y las relaciones que tuvieron
en tiempos remotos (53). La denominación de los
números tiene de suyo forma invariable, por muchos motivos que estaría de sobra
expresar, y casi puede decirse que, conocida exactamente la numeración de varias
nacionalidades indígenas, a un etnógrafo práctico le sería dable indicar con
certidumbre si entre ellas hubo relaciones en tiempo más o menos lejano. Acaso haya sido
ya aprovechado este derrotero o forma de investigación segura por algunos americanistas;
pero no la encuentro indicada en Humboldt, ni en Acosta, ni en Darwin y los amplificadores
de su doctrina, ni en Nadaillac, ni en las obras de Bachiller y Morales, Aristides Rojas,
Unicoechea y Zerda, de publicación reciente las más.
__________
( 50) L´Amérique préhistorique. cap. IV. París 1883. (regresar a 50)
(51) "Hallaron también tres thytúas, que son cajas redondas llenas
de mentas y tolas de algodón, de las que tributan sus vasallos al Zaque: Muchas sartas de
piedras turquesas y de otras verdosas y coloradas de grande estimación para el ornato de
los indios, y que han llegado a ser de aprecio para los españoles, por hallarse virtud
medicinal en las verdes para las ijadas, y en las coloradas para restañar la
sangre". . . Del capitulo IX. del libro 1 del Compendio Historial, escrito por
Quesada.-" Era cosa de ver ciertamente, ver sacar cargas de oro a los cristianos en
las espaldas. llevando también la cristiandad a las espaldas, poniendo cartas en mitad de
aquel patio, y lo mismo en lo de las esmeraldas que entre las joyas de oro se hallaban..,
Si los nuestros hubieran guardado las mantas de algodón finas, y la infinidad de sartas
de cuentas que hallaron para rescatar con ellas después entre los indios, es cierto que
les hubiera valido más oro que cuanto vieron junto en el montón del cercado, por ser
aquellos dos géneros tan estimados de los señores Mozcas para el arreo de sus personas,
que los tenían por su principal tesoro; pero ignorantes de ello entonces los españoles,
lo repartieron todo después entre los indios amigos". Piedrahita, obra citada, libro
V. cap. IV. (regresar a 51)
(52) Darwin. El origen del hombre, etc.. Cap. VII. (regresar
a 52)
(53) Tomé, sin embargo, los nombres de la unidad y
de la decena, totama y kracha. Es presumible que cuenten hasta ciento o más. como
los guajiros y las tribus de la Sierra, y no algunas veintenas, al igual de los motilones
o tribus comprendidas en esa designación; el uso de la decena en su lenguaje, autoriza
para suponerlo asi.
Los muiscas contaban también por veintenas inducidos a ello por la naturaleza, o la forma
de las manos y de los pies, lo mismo que los aztecas y casi la totalidad de las tribus
americanas. Y merece anotarse que los guajiros y businkas adoptaron instintivamente el
sistema de numeración perfecto, lo que no arguye poco en favor de su desarrollo
intelectual.
Los mejicanos cuentan por los múltiplos de dicho número veinte, como los árabes por los
de diez, a que llaman nudos. El mejicano dice: un-veinte, cempohuali; dos-veintes,
ompohuali; tres-veintes, yei-pohuali, y cuatro-veintes. nahui-pohuali; expresión esta
última, idéntica a la que emplean los franceses". (Humboldt. Sitios de las
cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América. Cap. VI).
Al norte de Cundinamarca y en Boyacá, los pastores de raza chibcha, que hablan español e
ignoran si otro lenguaje fue el de sus antepasados, no se avienen a contar sino por
veintenas los corderos que reciben de los mayordomos. Obra de tradición y es lo
más probable o sistema claramente indicado por la naturaleza, como dije antes, la
singularidad merece estudio.
Hay en la Geografía del señor Arboleda, en lo referente a historia de los Estados Unidos
de Colombia, estas lineas: " Parece, no obstante, que la mayor parte de la población
de Nueva Granada fuera de origen caribe: asi lo indican muchas de sus costumbres, su
ferocidad de carácter y su sistema de numeración que no pasaba de cinco. (Lección LIV,
pág. 95)
El General Acosta, en su Compendio histórico otra vez citado, dice que los salvajes del
Golfo del Darién alcanzan a contar hasta ocho. Permítome suponer que le faltaron
pormenores precisos, porque siendo aquellos Indígenas de raza caribe e inclinados al
comercio, deben de contar, fácilmente, tanto como los guajiros. (Cap. II).
De los salvajes, por causas que seria inoficioso decir, los pueblos pastores y los
guerreros perfeccionan más pronto su sistema de numeración. (regresar
a 53)
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