LAS TRIBUS INDÍGENAS DEL MAGDALENA
JORGE ISAACS
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LO DE HISTORIA

En lo tocante a historia de las tribus que subsisten en la región descrita y de las refundidas en ellas, o aniquiladas por crueldad o incuria de los gobernantes españoles, no basta un bosquejo aquí, y sólo detalles sobre sus costumbres, índole, rasgos fisonómicos, etc., irán bien al contraerme a las diversas agrupaciones indígenas, según el itinerario de los viajes que hice en el país.

Mas no es acertado tomar punto cronológico de partida en 1499, en que Alonso de Ojeda descubrió al regreso del golfo de Paria costas de la península Guajira; desconociéndose, o así desestimadas las verdaderas causas de errores y crímenes futuros, inexplicables habrían de ser ellos al estudiar de 1526 a 1577 el cuadro horrorizador de la conquista en aquellas comarcas; y forzoso es también investigar en edades prehistóricas cuanto sea posible.

Transcurridos ya treinta años en hondas meditaciones, en lucha con la omnipotencia ignorante, torturándole infortunios y miserias, devorado y casi enloquecido por la fiebre del genio, firme estaba en el alma de Colón aquella fe sobrenatural en la grandeza de su destino, y aguijoneado más vivamente por sus anhelos sublimes, la existencia se le agotaba sin vencer. Entonces venció.

Pero no desvalido en absoluto, y en comprobación de ello —que es reparación debida a todos sus protectores y a España— inútilmente pretendería escribir algo tan preciso, inconcuso y acabado como unas líneas trazadas por el historiador que más recientemente se contrajo a estudiar la vida de Colón y circunstancias y pormenores de ella, desconocidos antes o que se perdían en la grandeza del conjunto.

"Se equivocaron, sí; se equivocaron lastimosamente, tanto Muñoz como Bossi, y lo mismo Navarrete que Humboldt, que Irving y Prescott, ni más ni menos que los Lamartine y los F. Cooper, y lo mismo Rosselly que De Belloy. y así M. Latour como E. de Chanel, el Duque de Rivas tanto como el espiritual Campoamor, novelistas, poetas e historiógrafos, al dar de barato que la Universidad de Salamanca declaró imposible el intento de Colón; que la docta Junta de Salamanca dio un dictamen desfavorable; que declaró el plan del insigne cosmógrafo quimérico, impracticable y apoyado en muy débiles fundamentos; se equivocaron lastimosamente, tomando las Juntas y pláticas del prior de Prado, tenidas en Córdoba a principios de 1486, por las famosas Conferencias de Salamanca, que, provocadas oficiosamente por los entusiastas protectores de Colón, y dirigidas, inspiradas y presididas por el R. P. M. Fr. Diego de Deza, se celebraron durante la estancia de los Reyes Católicos en aquella ciudad, de 1486 a 1487. Se equivocó grandemente el eruditísimo, y por otra parte juicioso y atinado Prescott, al decir: "que desde el primer instante de su concepción hasta su complemento final, Cristóbal Colón no encontró más que molestias y embarazos de toda especie, sin hallar casi ni un corazón que se interesara en su favor, ni una mano que le ayudara". Se equivocó también el insigne Irving al creer y dar por cierto que Colón no había tenido más amigos y protectores en España que Fray Diego de Deza y Fray Juan Pérez.

"Demostrado irrecusablemente dejamos que, aparte de Juan Verardi y de la Colonia italiana que residía por entonces en Sevilla, en el Puerto de Santa María, a luego de su llegada a España encontró al Duque de Medinacelli; en Córdoba al Cardenal Mendoza, a Fray Diego de Deza, a Alonso de Quintanilla, al Comendador D. Gutierre de Cárdenas, a Luis de Santángel, al Secretario de la Reina, Gaspar Gricio, al Tesorero, Rafael Sánchez, al Camarero del Rey, Juan Cabrero, y a mujeres de tan levantado ánimo como la Marquesa de Moya y doña Juana de la Torre; encontró en Salamanca a toda la comunidad de San Esteban y a todo lo más celebrado de aquella Universidad; en la Rábida, a Fray Juan Pérez y al físico García Hernández; en Palos, a Juan Rodríguez Cabezudo y al clérigo Martín Sánchez; en Moguer, a los Pinzones; y en todas partes a los dos frailes que siempre fueron constantes: el Maestro Deza y el buen astrólogo Fray Antonio de Marchena, verdaderos creyentes y apóstoles fervorosos de las ideas y proyectos de Cristóbal Colón.

"Todo eso —entiéndase bien— no amengua en nada el mérito indisputable de aquél, ni hace resaltar menos la indomable energía de su espíritu. Todo eso no desnuda de su belleza, de su lirismo y de sus encantos el poema heroico del descubrimiento. Los inspirados versos que en loor del gran Colón han escrito, desde Torcuato Tasso, hasta nuestro compatriota Campoamor, prueban que merecía la corona que a porfía le han tejido pintores, escultores y poetas" (43).

Es verdad: demostrado irrecusablemente deja en su obra lo que afirma el autor que acabo de citar. El confiesa que si el Reverendo Fray Hernando de Talavera no fue comparable por la pequeñez de miras y ruines procedimientos al Obispo Calzadilla, que hizo fracasar las proposiciones de Colón en Portugal, si era tan enemigo de la empresa como aquel Prelado; pero lo disculpa haciendo notar que lo absorbía en absoluto el deseo de ver terminada la guerra, de tres centurias ya, con los moros, y la impaciencia de que Isabel su Reina, pudiese tachonar la corona de León y de Castilla con los rubíes de la de Granada. Mas no es disculpable en verdad; y léanse en prueba de ello las confesiones del mismo historiador:

"Desde luego formó (el propósito) de despedir buenamente a Colón; y al intento cogió con las dos manos, la ocasión que le proporcionaba el encargo de oírle, de examinar el negocio e informar a los Reyes. Reunió al efecto y de corrido las personas a él más devotas, y el informe negativo de la Junta no se hizo esperar.

"No se limitaron a eso solo el celo y la diligencia del consejero Fray Hernando. No ignoraba él que Colón tenía en la Corte protectores valiosos; no desconocía los atractivos que por su grandeza y trascendencia ofrecía la empresa, ni lo que ésta halagaba el levantado espíritu y varonil aliento de la Reina; sabía bien el influjo que podían ejercer en el ánimo de ésta las altas cualidades que desplegaba el navegante genovés, en medio de su exterior modesto y de su aire reservado, pero noble, grave e insinuante, y consideró, por lo tanto, que para vencerle era preciso desautorizarle; quiso aburrirle. Y de aquí las invectivas y los sarcasmos de los palaciegos cortesanos, comensales y amigos del siempre resuelto e infatigable en sus propósitos, Fray Hernando de Talavera. Esas son las burlas que tan honda huella dejaron en el alma de Cristóbal Colón y a las que tantas veces se refieren sus cartas.

"Si las que sufrió en las antesalas y en las Juntas del Prior de Prado no fueron las únicas amargas ironías que hubo de sufrir en su lucha, también tenaz contra el descreimiento y la rutina, fueron, sin duda alguna, las que más le amargaron y las que más honda huella dejaron en su alma".

E innoble y vil ha de ser la que no palpite indignada leyendo esas líneas, sin que tranquilice el pensar que los siglos y la historia han hecho la apoteosis de la víctima, y que del burlador estulto y cobarde, si queda un nombre que se escribe con desprecio, preciso es buscarlo entre el polvo de los archivos de la nación que sólo se atreve a balbucirlo avergonzada.

Y he aquí, nulas por imposibles, las disculpaciones que para el Reverendo Fray Hernando de Talavera rebuscó el historiógrafo ibero:

"La campaña de 1486 contra la morisma se cerró victoriosamente con la primavera. Apenas habían regresado a Córdoba los Reyes, la Junta de letrados, que había presidido e inspirado Fray Hernando, se apresuró a darles cuenta del resultado de su ya evacuada comisión. Los términos de este informe, tomados por todos los historiadores y biógrafos modernos del seco y desabrido relato de D. Hernando Colón, se redujeron, como ha dicho Irving, a decir de sus Altezas: "Que en la opinión de la Junta, el propuesto proyecto era vano e imposible, y que no convenía a tan grandes príncipes tomar parte en semejantes empresas, y de tan poco fundamento".

"Fray Bartolomé de las Casas, más ingenuo, o menos apasionado, en esta parte, que D. Hernando Colón, y mejor informado, dice, hablando de aquella comisión y de su informe: "Y así fueron dellos juzgados sus promesas y ofertas (las de Colón), por imposibles y vanas, y de toda repulsa dignas. Y con esta opinión fueron a los Reyes, persuadiéndoles que no era cosa que a la autoridad de sus personas Reales convenía ponerse a favorecer negocio tan flacamente fundado y que tan incierto e imposible a cualquiera persona letrado, por indocto que fuese, podía parecer; porque perderían los dineros que en ello se gastasen y derogarían su autoridad Real sin fruto".

El navegante visionario fue despedido por obra de los sabios incrédulos y agudos mofadores de la Corte... Mas todavía le concedió alguna esperanza el espíritu audaz y adivinador de Isabel. Es de inferirse que Colón, después de tantas ilusiones acariciadas y desvanecidas desde su arribo a España, persuadióse al fin de que toda insistencia para lograr el apoyo de los Reyes Católicos le ocasionaría matadores desvelos y más humillaciones inútiles. Esperaría entonces únicamente el éxito de la misión que en Inglaterra desempeñaba su hermano Bartolomé, valeroso y leal compañero de su juventud; y si funestas contrariedades no le hubiesen detenido en el curso de aquel viaje, y a no haber dominado el corazón del Almirante un sentimiento poderoso y vivificador que velan los historiadores timoratos y que en Córdoba lo retenía —su amor a Beatriz Enriquez— los pendones de Castilla y de León hubieran llegado tarde a las costas de América, divino ensueño del marino indigente.

"Es justo decir en honor de Enrique VII (Rey de Inglaterra), que acogió la proposición más favorablemente que ningún otro soberano. Llegó a celebrar con Bartolomé un pacto para llevar a cabo la empresa, y éste partió para España en busca de su hermano. Al llegar a París recibió la fausta noticia de que el descubrimiento estaba hecho (44).

Ya desde aquel tiempo cabían en los corazones de los monarcas ingleses los océanos del mundo.

Mas la benévola y casi heroica protección que Fray Diego de Deza le consagró al peregrino que andaba buscando un Rey para donarle un mundo, no bastó a librarle de cruelísimos escarnios y torpes injurias en el propio recinto de la gloriosa Universidad de Salamanca, ahí donde para su apostolado atesoró ciencia y virtud invencibles Bartolomé de las Casas.

Leamos, que importa y bueno es, algunos renglones más del señor Rodríguez Pinilla:

"Hemos dicho que Fray Hernando de Talavera, electo ya Obispo de Avila, no estuvo en Salamanca con la Corte, durante el invierno de 1486 a 87. Mas si no estuvo él, estuvieron sus comensales y amigos. Estuvo el doctor Talavera, o sea Rodrigo de Maldonado, consejero de los Reyes, Regidor perpetuo de aquella ciudad, el personaje más granado de los que formaron la Junta de Córdoba, y de los que opinaron allí contra los proyectos de Colón. Estuvo, además, con la Corte en Salamanca, D. Gutierre de Toledo, primo del Rey Católico, discípulo y ahijado espiritual de Fray Hernando. Y allí estaba también aquel Ramírez de Villaescusa, que fue después Deán de la Catedral de Granada, protegido por su primer Arzobispo Fray Hernando. Es decir, que si éste no estuvo en persona, estuvo en espíritu, estuvo su opinión contraria a la empresa del navegante genovés ...

"Esto basta a dar explicación de lo que algún escritor ha referido, como tradicional en Salamanca, a saber: que los bedeles de la Universidad echaron a Colón de su recinto, calificándolo de loco; que por tal le silbaron los estudiantes, y que alguna turba de muchachuelos le persiguió con aquel dictado por la calle que de la Universidad conduce al convento de San Esteban; calle que hoy lleva el nombre de Colón, y a donde se añade que un lego de aquella comunidad vino a su socorro.

"Nada tendría de extraño que todo eso aconteciera, o que se propalara después, como si acontecido hubiese (45).

El asunto, grave y extraordinario de suyo, había ya dividido en dos bandos a los consejeros de los Reyes, y por tanto, a los cortesanos. La persistencia de Colón irritaba a sus contrarios, y la misma protección de sus favorecedores producía en aquellos el empeño de exagerar la oposición, haciendo en todas partes y por toda clase de medios —el del ridículo inclusive— atmósfera desfavorable a los proyectos audaces y a las portentosas ofertas del pobre navegante-genovés.

"Esto mismo sirve para explicar también el por qué no se celebraron las conferencias en el recinto de la Universidad, y sí en el salón bajo, que da a la galería interior del convento de San Esteban; y aun el por qué Daza y sus parciales sacaron a Colón de Salamanca y le llevaron a la gran casa-granja del Valcuevo. Al doctor Rodrigo Maldonado, al Maestrescuela y a los demás prosélitos de Fray Hernando de Oropesa, empleando el arma terrible del ridículo, les había sido fácil predisponer contra el genovés a la movediza juventud de las aulas y al vulgo malicioso, socarrón y mal prevenido siempre contra todo extranjero".

Es verdad: el vulgo, plebe o nobleza, titulado o anónimo, anatematiza lo que no comprende, o ríe de ello.

"Pero contra todo y contra todos lucharon y vencieron los amigos de Colón. Cierto que sin la magnanimidad de Isabel de Castilla, aquella victoria no se hubiera obtenido... Pero es necesario ser justos, diciéndolo todo; el jefe de la pelea, como ahora se dice, en aquella larga campana, fue el generoso, hábil y valiente dominico Fray Diego de Deza, eficazmente auxiliado por todo su convento de San Esteban y por la Universidad de Salamanca".

Era —¿y cómo no?— depresiva y amarga para las nacionalidades hispanoamericanas la aseveración histórica, mal contradicha antes, que ahora desvanece por completo el señor Rodríguez Pinilla. En las conferencias de Salamanca no se creyó irrealizable el propósito del marino inspirado, ni su exposición fue combatida por herética. Aproveché en estas páginas la ocasión de escribirlo y afirmarlo, como en lugar mío lo hubiera hecho cualquier escritor del país, porque honra obliga; y.., aunque lo olvidaron a comienzos de la presente centuria un Rey español y sus tenientes, sangre de los descubridores de América, sangre latina corre en nuestras venas.

Solamente los altos y selectos espíritus de la nación española podían comprender y secundar las aspiraciones y anhelos de Colón. La mayor parte de la nobleza y del clero, el vulgo rehacio, la masa ciega, sorda e inerte cuando se trata de que la humanidad divise horizontes que le son desconocidos y avance en su senda tortuosa, creían aventurero demente al anunciador de la tierra prometida y no tuvieron más que altivo desprecio y escarnios para él. Pero como de ordinario sucede, el buen éxito, el imposible éxito, convirtió en fervorosos glorificadores del audaz marino a los incrédulos y ortodoxos intransigentes de los días de lucha y prueba; y ellos habían de ser los explotadores aprovechados de los riquezas conquistadas, y los poderosos en la dispensación de títulos y honores a los capitanes de las conquistas; ellos, los crueles aniquiladores de las tribus indígenas, y ellos, en fin, los que cargaron de cadenas, y de dolor y en angustiosa pobreza hicieron morir al hombre que tamaña gloria y montes de oro ganó para la nación española; y se les negaron a los hijos de la víctima hasta los derechos garantidos solemnemente con la firma de Fernando, el ingrato Rey.

El poder y la gratitud de la reina de Castilla no alcanzaron a frustrar las obras de la envidia y de la malevolencia; y al morir, sus últimas palabras fueron de amor maternal para los aborígenes de América. Mas todo en vano: fue el Rey de Aragón, que ni un maravedí de sus tesoros, ni la vida de uno de sus súbditos quiso arriesgar en la empresa de Isabel; fue el avaricioso Fernando, alma fría y calculadora, el heredero de ese mundo que el trono de Castilla había merecido ganar y que tres siglos más tarde mereció perder.

Los primeros colonos españoles en la isla de Haití —hidalgos vanidosos los más, propensos a la holganza a título de nobleza, y sí enérgicos y osados para la insubordinación que rompía los diques de su libertinaje, latrocinios y lujuria— dieron la muestra de lo que las otras expediciones hasta fines del siglo XVI podían prometer y enseñan por qué fue de avaricia y de exterminio, de indolencia y fatal, la obra de muchos misioneros católicos, entre los cuales resplandece, para vindicación del cristianismo, la memoria de algunos, abnegados hasta el martirio, inquebrantables y verdaderos apóstoles de caridad.

Pedro Margarite, deudor al Almirante de protección decidida y afectuosa, motejándole de plebeyo ennoblecido de ayer, y contrariando estúpidamente los planes de Colón hasta desertarse en su ausencia; el padre Boil, Vicario Apostólico, fugitivo de la Colonia con aquel jefe y sus revoltosos y cínicos secuaces; y Bobadilla...y Obando a luego, y muchos de igual calaña y carácter, explican con sus hechos criminosos lo que de otra manera sería imposible explicar haciendo estudio de la conquista en el territorio que hoy pertenece a la nación donde escribo.

Unas líneas de Washington Irving acerca de aquellos dos primeros personajes que he mencionado, son muy oportunas.

Entregado ya Margarite a toda clase de excesos con su tropa en la Vega —contrariando y desobedeciendo las órdenes del Almirante, precisas, a efecto de llevar a término feliz la expedición a las montañas, sin enajenarse de ninguna manera la amistad y consideración de los indígenas— desconoció el derecho que tuviera Diego Colón para reconvenirle a nombre del Consejo, y sus desmanes en tal camino no tuvieron límite.

"Sus cartas en contestación a las órdenes del Presidente y Consejo, estaban concebidas en términos que no revelaban más que un petulante orgullo y un profundo desdén. Continuó con sus gentes acuartelado en la Vega, y persistiendo en su sistema de ultrajes y vejaciones, altamente funesto a la tranquilidad de la isla.

"Le apoyaban en su arrogante oposición a la autoridad los caballeros y aventureros de noble cuna que había en la Colonia, profundamente heridos en el amor propio, que es siempre en un español la pasión dominante. No podían olvidar ni perdonaban la justa severidad que ejerció con ellos el Almirante cuando en tiempos difíciles los hizo someterse a las privaciones y participar del trabajo y sinsabores de las gentes de humilde esfera. Menos aún querían reconocer la autoridad de su hermano Diego, destituido de las recomendaciones personales que distinguían al Almirante. Formaron, pues, una especie de facción aristocrática en la Colonia, afectando considerar a Colón y su familia como meros mercenarios y extranjeros alzados del polvo de la tierra, que estaban labrando su fortuna a expensas de los trabajos y sufrimientos de la generalidad, y con la degradación de los hidalgos y caballeros españoles.

"A más de estos partidarios tenía Margarite un aliado poderoso en su paisano el E. Boil, cabeza de la comunidad religiosa, miembro del Consejo y Vicario apostólico del Nuevo Mundo. No es fácil penetrar la causa primitiva de la hostilidad de este santo religioso contra el Almirante, que trataba siempre al clero con el mayor respeto; pero lo cierto es que habían tenido los dos varios altercados. Dicen algunos que quiso intervenir el fraile en las estrictas medidas que juzgaba el Almirante necesarias para la seguridad de la Colonia; otros que se resintió del ultraje recibido por él y por su comunidad, puestos a media ración como la demás gente. De todos modos se echa de ver que le disgustó el empleo que la Colonia le ofrecía y que se acordaba con dolor de los alicientes y sibaritismo de Viejo Mundo. Carecía de aquel celo entusiasta, y de aquella devoción, desinterés y perseverancia que indujo a tantos misioneros españoles a soportar todos los trabajos y privaciones del Nuevo Mundo, esperando convertir a la verdadera fe sus habitantes.

"Animado y robustecido por tan poderoso apoyo, empezó Margarite a considerarse real y verdaderamente superior a todas las autoridades de la isla. Cuando pasaba a Isabela, se desentendía absolutamente de don Diego Colón, no hacía caso del Consejo, y se conducía como si no tuviese superior. Constituyó una sociedad secreta a los más implacables enemigos de Colón, y a los que más sentían permanecer en la Colonia. El P. Boíl era entre todos el agitador más activo. Se resolvió entre los cabecillas apoderarse de los buques que don Bartolomé Colón había traído y regresar a España. Como Margarite y el P. Boil poseían el favor del Rey, creían que les sería fácil justificar su abandono del mando militar y religioso que ejercían, cohonestándolo bajo pretextos del bien público. Al llegar a España pintarían al Rey el desastroso estado del país, a causa de la tiranía y opresión de sus gobernantes. Algunos atribuyeron la repentina partida de Margarite, al miedo de que hiciese el Almirante a su vuelta una severa investigación militar de la conducta que había observado; otros, a haber contraído en el decurso de sus licenciosos amores cierta enfermedad desconocida aún a los europeos, que le creían hija del clima y fácil de curar en España. Comoquiera, lo cierto es que tomó sus providencias, sin consultar autoridad alguna ni acordarse de las consecuencias de su partida. Acompañados de una turba de descontentos, Margarite y el P .Boil se apoderaron de algunos de los buques del puerto y se hicieron a la vela para España, dando así vergonzoso ejemplo de la deserción de sus puestos, el primer General y el primer Apóstol del Nuevo Mundo "(46).

Acaso no se estimen suficientes las aseveraciones de Irving al tratar de las dificultades amargas y perjuicios sin número que ocasionó el espíritu revoltoso, la insidia y la villana emulación de muchos de los expedicionarios españoles que trajo Colón en su segundo viaje; luego se verá que las abona un escritor competente. Pero ante todo, es necesario dejar aquí muy visible, y dibujada por historiadores maestros, la figura ominosa de D. Juan de Fonseca, Arcediano de Sevilla, enemigo despiadado e implacable de Colón: él y Fr. Hernando de Talavera, ya Obispo de Avila en 1487, fueron al principio y al fin de la obra grandiosa, intrigantes ruines y funestos, y los martirizadores del grande hombre.

Apercibíase el Almirante para su segunda expedición, después del triunfo obtenido en la Europa entera sobre sus émulos y burladores de otros días. Óigase ya al señor Rodríguez Pinilla:

"Muchos hidalgos de noble y empinada alcurnia, muchos oficiales de la Real Casa, y no pocos caballeros andaluces, habituados a las vehementes emociones de la vida militar, amantes de peligrosas aventuras y de gloriosos hechos de armas, solicitaban con empeño formar parte de aquella expedición: los unos a servicio de los Reyes, y los otros a su costa.

"No eran esos solos los que entonces anhelaban ir a probar fortuna a las nuevas Indias. A ellos se juntaban muchos aventureros y no pocos especuladores. Las maravillas del descubrimiento habían logrado exaltar las imaginaciones hasta tal punto que lo que en vísperas del suceso habían sido temores y desconfianzas, se convirtieron para el segundo viaje en temerarias audacias y esperanzas halagüeñas. Y no fue todo esto lo que menos contribuyó al descrédito del descubrimiento que vino en pos de las desilusiones, a los desastres experimentados en las nuevas tierras y a las amarguras que sufrió el heroico y calumniado descubridor".

Aquí pido cortésmente de los lectores especial atención:

"Pero todavía tuvo éste otra desgracia, que fue la de haberle asociado los Reyes a Don Juan de Fonseca, Arcediano de Sevilla, que después fue sucesivamente Obispo de Badajoz. de Palencia y, por ultimo, de Burgos, para que equiparan, armaran y fletaran la escuadra que había de partir para las Indias, creando, demás, una especie de superintendencia de todos los asuntos que a ellos se referían a favor del hábil Arcediano y de su lugarteniente Juan de Soria, dos célebres personajes que, abusando de su posición y de la confianza de los Reyes, persiguieron después a Colón con una diplomática habilidad a la par que con un ensañamiento tenaz y con una perfidia sin ejemplo. Antes de darse a la vela la armada, ya tuvieron los Reyes necesidad de prevenir a Fonseca y su lugarteniente Juan de Soria que tratasen a Colón con más deferencia y acatamiento, y que procurasen complacerle en todo" (47).

En este aparte hay una nota en que se cita a Washington Irving: tomaré de él los párrafos en que habla de Arcediano Fonseca, poniendo en bastardilla los renglones citados por el historiógrafo español:

"En el entretanto (al emprenderse el segundo viaje), sin esperar la sanción romana, ponían en contribución los Reyes todos sus recursos para equipar una armada. Con el objeto de que hubiese regularidad y prontitud en los negocios del Nuevo Mundo, se pusieron bajo la superintendencia de Juan Rodriguez de Fonseca, Arcediano de Sevilla, y sucesivamente Obispo de Badajoz, Palencia y Burgos, y por último Patriarca de las Indias. Era persona de alta prosapia y gran influencia; sus hermanos Alonso y Antonio poseían respectivamente los señoríos de Coca y de Alaejos; y el último era, además, contador general de Castilla. Las Casas representa al Arcediano como hombre mundano, más a propósito para los negocios del siglo que para los espirituales, y bien ejercitado en la bulliciosa ocupación de armar escuadras. No obstante las altas dignidades eclesiásticas a que ascendió, nunca consideró sus empleos temporales incompatibles con aquellas sagradas funciones. Gozando el perpetuo, aunque no merecido favor de los soberanos, mantuvo su influjo en los negocios de Indias por cerca de treinta años. Naturalmente debía poseer grandes facultades para alcanzar y sostener tamaños favores y tan altas funciones; pero era maligno y vengativo, y para halagar sus odios privados, no sólo hacinaba injurias y males sobre los más ilustres descubridores, sino que impedía con frecuencia el progreso de sus empresas, con grave perjuicio de la corona. Así podía obrar segura y reservadamente a merced de las prerrogativas de su empleo. Su pérfida conducta se indica repetidas veces, aunque en términos cautos, por escritores contemporáneos de peso y crédito, tales como el cura de los Palacios y el Obispo Las Casas; pero evidentemente temían expresar la plenitud de sus sentimientos. Los historiadores españoles posteriores, siempre refrenados más o menos por el ojo avizor de la Inquisición, que inspeccionaba con escrupulosidad todas sus palabras, han tratado también con demasiada benignidad a un hombre de alma tan baja. Pero merece presentarse su imagen como ejemplo de aquellos odiosos oficiales de los Estados, que yacen como gusanos en las raíces de las honrosas empresas, marchitando y corrompiendo con su oculta influencia los frutos de las grandes acciones y engañando las esperanzas de los Reyes y de los pueblos" (48).

Prometí demostrar que un autor competente confirma el juicio de Irving acerca del carácter y procedimientos de Margarite, el P. Boil y la chusma que los secundó. No se tachará de parcial y prevenido contra el clero y la nación española al señor Rodríguez Pinílla. Se ocupa en describir los preparativos para el segundo viaje de Colón:

"Equipadas y pertrechadas las diez y siete embarcaciones para dar en ellas entrada a mil personas, el favor hizo subir el número a mil doscientas, y aún se acercó, con las que entraron a escondidas, a mil quinientas las que formaron parte de la expedición. Entre ellas se contaba al notable marino Juan de la Cosa, que sirvió de piloto en la nave almirante; el bravo Alonso de Ojeda, uno de los caudillos legendarios de aquella época; muchos recomendados de la Corte, que dieron después hartos malos ratos a Colón y pagaron sus beneficios con negra ingratitud. Entre ellos, Pedro Margarite, Bernal Díaz de Pisa, Juan Aguado y el famoso benedictino Fray Bernardo Boil, que fue de Vicario Apostólico en aquella expedición con otros doce religiosos, cuyos nombres no son conocidos, si se exceptúa a Fray Román Pano...

"De muy buena gana haríamos aquí la narración de los sucesos por demás curiosos en este segundo viaje de Colón, con todo el pormenor de sus dramáticos accidentes...

"Asistiríamos después a la fundación de la Isabela; a las dificultades que a la empresa oponían el clima, los alimentos, el cambio recíproco de opinión entre indígenas y españoles, no pudiendo aquellos ya ver en éstos, como al principio vieron, seres venidos del cielo, ni los españoles en los indios gentes mansas y apacibles, después de la hecatombe de Navidad.

"Descubriríamos en aquellas mismas dificultades y en las precauciones y medidas que la necesidad de vencerlas impusieron a Colón, los primeros gérmenes de la desinteligencia que primero surgió entre él y los caudillos de su hueste, y de la desafección y las infidencias que produjeron después. Veríamos al P. Boil, resentido y enconoso porque el Almirante le medía a él y a sus frailes con vara igual en la tasa y reparto de raciones que medía a los demás y se medía a sí mismo. A Bernal Díaz, vano, avaro y orgulloso, ponerse abiertamente enfrente de Colón, a Pedro Margarite, pretencioso y desleal, confabularse con el P. Boil para cometer un acto de deslealtad y de infidencia, fugándose de la isla con dos carabelas, y viniéndose a España, para sustraerse a los trabajos de la colonización, y para intrigar cuanto pudieron, a fin de desacreditar a Colón y hacerle perder el favor de los Reyes".

Colón, que había salido de la Isabela el 10 de marzo de 1496, arribó a Cádiz e1 11 de junio. "Desembarco bien diverso del que tres años antes había hecho en Palos", dice el autor que cito. En verdad, las decepciones de los ilusos que supusieron encontrarían amontonado a su alcance el oro en las regiones descubiertas; las enfermedades contraídas en la Española por gentes no acostumbradas a los climas tropicales y alimentación propia de ellos, y en fin, los sacrificios que requería la magnitud de la obra, insufribles para hombres de mente apocada, difundieron en descrédito de la empresa las mil especies de invención o verdaderas que es fácil suponer. No desperdiciaron esta oportunidad los enemigos del Almirante, mas el resultado no correspondió a sus esfuerzos: un día después del desembarco en Cádiz, le llegó una carta de los Reyes, bastante a reanimarlo. Más tarde iban a vencer.

"En medio de todo, los Reyes seguían dispensando su confianza a Colón, y le recibieron en Burgos con inequívocas muestras de distinción y de afecto. Las maquinaciones de Margarite y del P. Boil, a pesar de encontrarse apoyadas por el proceso informativo de Aguado, y por las vociferaciones de los descontentos, no habían logrado más que pasajeros efectos en el ánimo de los Reyes. El concepto que de Colón tenían era altísimo, y por otra parte no desconocían las inmensas dificultades con que había tenido que luchar hasta allí" (49).

Esta exposición, ya lo he dicho, era oportuna a fin de estimar y conocer en algunas de sus manifestaciones el espíritu de la época, sin lo cual aparecerían extraños y en cierto modo incomprensibles los desaciertos, odios recíprocos y crueldades de los conquistadores en nuestra costa atlántica, y la falta de unidad y alteza de miras en la obra, que a no ser así, habría sido menos desastrosa para las tribus aborígenes, y menos infecunda también.

Pudiera creerse redundante al efecto lo escrito sobre el dictamen que en realidad emitieron las Juntas de Salamanca acerca del proyecto de Colón. Mas no: érame preciso mostrar al lado de Fray Hernando de Talavera la noble figura, los generosos procedimientos, la intuición maravillosa de Fray Diego de Deza, y a éste, como a Fray Juan Pérez de Marchena y los religiosos de San Esteban, superiores al vulgo necio, dejando en sombra al Arcediano Rodríguez de Fonseca y a Bernardo Boil, aquel cómplice y azuzador de los primeros revoltosos en Haití. Y los mismos contrastes, y ya las consecuencias del corruptor ejemplo, se hallan al bosquejar la historia de la conquista en el territorio comprendido entre el golfo de Maracaibo y la desembocadura del río Magdalena.

Las preocupaciones y carácter de la época, y la índole singular del pueblo español, influyeron grandemente, y así debía suceder, en la conquista y colonización de la América. Se cometería error e injusticia si se juzgara a gobernantes y a soldadescas de aquellos tiempos con extrema severidad, aplicándoles el criterio ilustrado de hoy: tal lógica nos sería muy desfavorable a los colombianos del presente, transcurridos uno o dos siglos, y van cuatro o muy poco menos desde que las primeras armadas españolas anclaron en el mar de las Antillas.

Ni Colón —reconocerle apesara— ni él, alma de excelsa estirpe, corazón humanitario, compasivo por fuerte, inteligencia vastísima, pudo elevarse de continuo sobre las preocupaciones de la edad en que vivió. Cuando en 1493 despachó nueve de sus naves con Antonio de Torres, reservándose cinco en la colonia, empeñóse efecto de remitir a la Corte la mayor cantidad posible de oro en aquellas circunstancias, frutos, plantas curiosas, etc., y al hablar de estos detalles, dice Irving:

"Envío además en los buques los hombres, mujeres y niños tomados en las islas Caribes, recomendando que se les instruyese atentamente en la lengua española y fe cristiana. Por la naturaleza aventurada y emprendedora de esta gente, y su conocimiento general de los muchos idiomas de aquel archipiélago, pensaba él que cuando los preceptos religiosos y los usos de la vida civil hubiesen reformado sus costumbres y propensiones caníbales, podían ser eminentemente útiles como intérpretes, y convertirse en instrumentos de propaganda para difundir las doctrinas de la cristiandad.

"Entre las muchas sugestiones saludables y acertadas de esta carta (la que dirigía a los Reyes en tal ocasión), hay una de muy preciosa tendencia, escrita bajo los erróneos principios del derecho natural de entonces. Considerando que mientras mayor número de aquellos caníbales paganos se transfiriese al suelo católico de España, mayor sería el número de almas encaminadas a la salvación, propuso trocarlos como esclavos por ganados, que podría enviar el comercio a la colonia. Los buques que lo trajesen no debían desenbarcarlo más que en Isabela, donde encontrarían prontos ya para la entrega los caribes cautivos. Se debían poner sobre los esclavos derechos para beneficio del tesoro real. Así se proveería sin gasto la colonia de toda especie de ganados y aves; se libraría a los pacíficos isleños de sus feroces vecinos; se enriquecería la corona, y se arrancarían de la perdición vastas multitudes de almas, llevándolas al cielo a la fuerza. Tan extraños sofismas, engañan a veces a los hombres más rectos y magnánimos. Colón temía desazonar a los Reyes con el poco producto de su empresa, y deseaba hallar algún modo de aligerar sus gastos, basta que pudiese abrir manantiales de copiosas riquezas. La conversión de los infieles por medios buenos o malos, por persuasión o por violencia, era una de las máximas populares de su tiempo; y al recomendar la esclavitud de los caribes, creía Colón obedecer los dictados de su conciencia cuando sólo escuchaba las insinuaciones de su interés. Debe añadirse en justicia, que no aprobaron los soberanos sus ideas, mandando que se convirtiesen los caribes como el resto de los isleños; orden que emanó del corazón misericordioso de Isabel, benigna y constante protectora de los indios".

Hállanse estos párrafos en el capítulo VII del libro VI, y páginas adelante, tratándose ya de la devolución a España de los cuatro buques que Torres trajo a la colonia en 1494, se ve que Colón insistía en el envío de indígenas para que se realizasen como esclavos, lo que sugiere la inferencia de que no fue perentoria la orden mencionada antes, o que hubo subterfugios o arbitrios para desvirtuarla. Véase si no lo historiado por Irving, refiriéndose al mismo asunto:

"Deseando contrapesar todas las calumnias (las de Marguerite, Boil, etc.), aceleró Colón el regreso de los buques a España y quería embarcarse en ellos, no sólo para satisfacer los deseos de los soberanos y hallarse presente al tirar la línea geográfica, sino que también para vindicarse de las censuras de sus enemigos. Pero la enfermedad que le tenía postrado en cama se opuso a su partida; y su hermano Bartolomé era del todo necesario para ayudarle con su sana razón y ánimo resuelto a regularizar los desordenados negocios de la isla. Resolvió por lo tanto enviar a España a don Diego, para que atendiese a los deseos de los soberanos, y cuidase de sus intereses en la Corte. Al mismo tiempo hizo los mayores esfuerzos para mandar por los buques satisfactorias pruebas del valor de los descubrimientos. Envió en ellos todo el oro que pudo recoger, con varias muestras de otros metales, frutos y plantas que se habían encontrado en la Española y en otras islas, siendo tan vehemente su deseo de producir inmediata ganancia e indemnizar a los soberanos de los gastos que había hecho el real Tesoro, que envió también más de quinientos prisioneros indios, para que se vendiesen como esclavos en Sevilla.

"Sensible es que empañase Colón su brillante nombre con acción tan fea; es triste ver la clara gloria de sus empresas oscurecida con violación tan flagrante de los derechos de la humanidad. Las costumbres de aquellos tiempos son su única excusa. Los españoles y los portugueses habían sentado desde mucho tiempo este precedente funesto en sus descubrimientos africanos, siendo el tráfico de esclavos una de las más ricas fuentes de sus ganancias. En efecto, la mas alta autoridad sancionaba esta práctica, la autoridad de la Iglesia misma, pues los más doctos teólogos aseveraron que todas las naciones bárbaras o infieles, que cierran sus oídos a las verdades de la cristiandad, son objetos de guerra y de rapiña, de cautiverio y de esclavitud. Si hubiese Colón necesitado ejemplos y demostraciones prácticas de esta doctrina, en la conducta de Fernando mismo las hubiera hallado, que en las últimas guerras contra los moros de Granada estaba siempre rodeado de una nube de consejeros espirituales, y pretendía obrar sólo por la gloria y progresos de la fe. En aquella guerra santa, como solían llamarla, era práctica común hacer entrada por tierra de moros, y llevarse cabalgadas no sólo de ganados, sino de hombres; y no precisamente de los que habían hecho prisioneros con las armas en la mano, sino de pacíficos labradores, industriosos aldeanos, inocentes niños y desvalidas mujeres, quienes iban al mercado de Sevilla, o de otra ciudad grande, y se vendían como esclavos. Suministró un ejemplo memorable de tales procedimientos la toma de Málaga, después de la cual por castigo de una obstinada defensa, que debiera haber causado admiración en vez de venganza, once mil personas de ambos sexos, y de todas condiciones y edades, muchas de ellas de la más fina educación, se vieron repentinamente arrancadas de sus hogares, separadas unas de otras y sujetas a esclavitud, aun después de haber ya pagado la mitad de su rescate. Estas circunstancias no se recuerdan para vindicar, sino para explicar la conducta de Colón. Obraba en conformidad con las costumbres de su tiempo, y sancionaba sus disposiciones el ejemplo del soberano a quien servía. Las Casas, celoso y entusiasta abogado de los indios, que aprovecha todas las ocasiones para clamar vehementemente contra su esclavitud, habla de Colón sobre este punto con la mayor indulgencia. Si aquellos hombres doctos y piadosos, dice, a quienes tomaron los Reyes por guías e instructores, ignoraban la injusticia de esta práctica, ¿qué mucho que el Almirante la ignorase también?".

Si Colón hubiera podido prever, imaginar o presentir siquiera, las iniquidades que autorizó en muchos países de América, especialmente en nuestra costa atlántica, su envío de esclavos a España en 1493 y 1494, un dolor más profundo y mortal que los sufridos por obra de sus difamadores viles y de la ingratitud de Fernando, le habría llevado primero a la tumba.

Respecto a los sacerdotes que con los expedicionarios venían, eran hombres como ellos, de la misma raza, de la misma época; y sin embargo, de prodigios de abnegación y de virtud fueron capaces algunos. Y asimismo se destacan en el conjunto de los conquistadores y gobernantes, sin referirme a los de otras regiones de América, Vasco Núñez de Balboa, Francisco César, Rodrigo Bastidas, Alonso Martín, Gonzalo Jiménez de Quesada y Lope de Orozco, aunque haya manchas sangrientas en las biografías de los dos últimos.

Terminada victoriosamente después de tres siglos de lucha la guerra con los moros, victoria que por estrechas miras y saña del fanatismo religioso se hizo decididamente perjudicial a la riqueza pública de la Nación, España emprendió al comienzo del siglo XVI su más heroica jornada aguerrida en tan largo batallar, y no aún tan poderosa como lo fue bajo el reinado de Carlos V. ¿Cumplía en el Nuevo Mundo una misión que en contados meses modificó la geografía del orbe, abriéndoles a todas las naciones del antiguo, panoramas inmensos, raudales de riqueza? Y al propio tiempo las huestes de Gonzalo de Córdoba difundían con sus hazañas homéricas la estupefacción y el renombre de sus tercios invencibles. España era entonces grande y temida. El oro de América que en cantidades fabulosas recibió años y años, fue funesto a sus glorias y preponderancia industrial, por inexorable ley, y sus colonias americanas hubieron de sufrir los efectos de la decadencia y sopor de la metrópoli: de otra suerte, quizá poseyera todavía los dominios que en este hemisferio perdió, si es que no les era necesario a las naciones independientes hoy en la América Latina, avanzar desde los albores de esta centuria hacia los remotos destinos que deben cumplir en lo futuro.

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(43) Colón en España. Estudio histórico-crítico sobre la vida y hechos del descubrldor del Nuevo Mundo, personas, doctrinas y sucesos que contribuyeron al descubrimiento, por Tomás Rodríguez Pinilla. —Madrid, 1884. (regresar a 43)

(44) Washington Irving, Vida y viajes de cristóbal colón. Libro VIII, cap. 1.  (regresar a 44)

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45) De seguro sucedió lo que se pone en duda: la época, las ruidandes cortesanas, mala voluntad al extranjero desconocido... todo induce a creer lo aseverado por el escritor a quien se alude. Si la humanidad no fuese capaz de tales demencias, seria disminuible en mucho la gloria de sus benefactores.
En ese pasaje hay una nota que transcribo en seguida:
"El mismo D. Hernando Colón declara que la oposición y las burlas al proyecto del descubridor, partían del Prior de Prado y de sus secuaces- "Por una parte, dice, le contradecían el Prior de Prado y sus secuaces..." (vida y hechos del Almirante D. Cris
t óbal Colón, cap. XIII). Y en el capítulo XII confirma nuestro aserto con estas significativas palabras: "Aunque éste (Cristóbal Colón) tenía perdidas ya las esperanzas, por el poco ánimo y juicio que hallaba en los consejeros de SS.AA." El propio Colón es en esa parte explícito y claro: y señala a sus opositores de manera que no se les pueda confundir con los doctores y maestros de Salamanca. "Esto deste viaje conozco, dice el Almirante, que milagrosamente lo ha mostrado así (la Providencia), como se puede comprender por esta escriptura. por muchos milagros señalados que ha mostrado en el viaje (el primero) y de mí. que ha tanto tiempo que estoy en la Corte de Vuestras Altezas con oposito y contra sentencia de tantas personas principales de vuestra casa, los cuales todos eran contra mí poniendo este hecho de que era burla". (Relación del primer viaje de Cristóbal Colón, por Fray Bartolomé de las Casas Navarrete, tomo I pág. 312). (regresar a 45)

(46) Vida y Viajes de Cristóbal Colón. Lib. VIII. Cap. II. (regresar a 46)

(47) Colón en España. Cap. XI. (regresar a 47)


(48) Vida y Viajes de Cristóbal Colón. Lib.V. Cap. VIII (regresar a 48)


(49) Colón en España. Capítulos XI y XII. (regresar a 49)

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