LAS TRIBUS INDÍGENAS DEL MAGDALENA
JORGE ISAACS
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VII

Muy acertadamente dice el señor Pereira, hablando del aspecto general del país que describo:

"La configuración del Estado del Magdalena es la de un triángulo rectángulo formado por líneas curvas, cuya hipotenusa sería la línea fronteriza de Venezuela. Lo recorre de Sur a Norte el ramal que se desprende, cerca de Pamplona, de la Cordillera Oriental de los Andes colombianos, llamada primero Sierra de las Jurisdicciones, y más lejos cadena de Upar o Perijá; sus cumbres, o línea divisoria de aguas, forman la frontera colombiana con Venezuela hasta las cabeceras del río Socuy. Al partir de este punto, la cordillera dobla hacia el N.E., entrando en la gran Península de la Goajira, donde forma un nudo con el nombre de Montes de Oca, el cual presenta cuatro ramas principales que van a morir a orillas del Océano".

Únicamente es rectificable hasta aquí lo dicho sobre la manera como terminan los ramales del nudo de Montes de Oca; y para concluir el diseño que de la periferia del Estado hace el señor Pereira, transcribiré de nuevo unos renglones que he citado antes:

"En cuanto a la Sierra Nevada de Santa Marta, es un grupo de montañas del todo independientes, que constituye el rasgo más notable de la configuración física del Estado".

Habla en seguida del río Magdalena, que le da su nombre a la sección y cierra al Occidente el triángulo cuyo vértice viene a ser la isla de los Gómez, encerrada en la bifurcación del río al descargar sus corrientes en el Atlántico.

Imagine el lector que hemos rodeado los declivios occidentales de la Sierra Nevada, que se prolonga en aristas enanas hasta las inmediaciones de Heredia y al Sur del pueblecito, como es fácil observarlo desde la cubierta de un vapor al navegar ese trayecto del río Magdalena. Estamos ya en el Alto de las Minas a 400 metros de elevación sobre el nivel del mar; a 340 sobre Tamalameque; a 391 sobre Heredia, y a 260 sobre San Juan Juan de Cesar (32).

Al despuntar el día es muy bello el panorama. El ramal de los Andes que desciende al río Magdalena, cerrando muy lejos el Valle Dupar al Sur de Tamalameque, va levantándose hasta las serranías de Ocaña, de perfiles indecisos en el confín del horizonte. Avanza la Cordillera de Perijá rectamente al Septentrión y sus cumbres redondeadas a veces, angulosas y abruptas a trechos, se destacan en la blancura refulgente del cielo, y sesgando en el Cerrajón hacia el Levante, dejan libre el abra anchurosa de la Guajira, fondo último de tintes de ópalo y fulgores de oro. La masa gigantesca de la Nevada se prolonga al Nordeste y el Shinundúa y las otras cúspides níveas que la circundan, irradian al despuntar el sol reflejos indescriptibles que se cruzan en el éter con los primeros rayos de la aurora: son como dos alboradas esplendentes que sorprendidas y en arrobamiento se contemplan. Duerme el valle a los pies, y sus llanuras de verdor amarillento bordadas por selvas serpeantes de color sombrío, aparecen a distancia veladas aún por vapores azulinos. En la hondonada, algún reflejo de las aguas del Cesar, o del Magdalena al Sudeste; y en esa dirección, líneas vagas de los ramales que bajan de la Cordillera central hasta inmediaciones del Banco: momentos después la diamantina corona de la Sierra se apaga; parecen sus picos de amatista y lapislázuli, y el astro-rey difunde luz y vida sobre el hemisferio de América.

Es ya ocasión de volver sobre aquel aserto del señor Pérez que dejé trascrito al hablar del macizo de la Sierra Nevada: "Otros lo miran como una cordillera independiente hoy, y acaso ramificada en tiempos anteriores con las tierras que forman las grandes y pequeñas Antillas".

He aquí lo probable. El estudio de aquel apiñamiento colosal de montes, independientes de las cordilleras andinas y como aislados por su grandeza, indica que de sus flancos y escarpas septentrionales desgajó un cataclismo ramas, enormes seguramente, que destrozadas se hundieron en el Océano, y fragmentos de ellas son, visibles aún, las islas que bordan el mar Caribe. Tal vez por efectos de la misma acción plutónica se elevó entonces la Sierra Nevada a la altitud que hoy tiene, y se levantaron a trechos las costas adyacentes hasta la desembocadura del río Sinú, o poco menos. Y se ve: el Atlántico las cubrió en lejanas edades, y ahora deprimidas de nuevo y desgastándose, pretende otra vez arroparlas.

La hidrografía del Valle Dupar, extraña de suyo, es demostración del dictamen que respecto a la Sierra Nevada me he atrevido a emitir en las líneas anteriores. Tráigase a la vista el mapa del Estado, bien el de los señores Ponce de León y Paz, o el de Simmons, pues para el caso lo mismo da. El río Magdalena, corriendo en dirección S.N., con insignificantes desvíos, baja toda la región occidental del Estado y la limita: el Ariguaní, que nace en las montañas de Ancízar (33), denominadas antes Las Cuevas, al S. E. del valle donde estuvo situada la antigua Valencia de Jesús, baja del Septentrión al Mediodía, paralelo al río Magdalena, como desciende el Garupal, también en dirección paralela al Ariguaní, quedando entre los dos el ramal del Alto de las Minas. ¿Qué corrientes si no las del Kariguañá formaron la hoya del Valle Dupar? En época prehistórica no desembocó seguramente en el lugar de la costa denominado hoy Bocas de Ceniza: con raudal diez o más veces mayor que ahora, desaguaba en el Atlántico por el cañón que forman al N. E. del Valle la Cordillera Oriental y las faldas de la Sierra Nevada, sobre la costa cuyo centro ocupa a ciudad de Riohacha.

Entonces no terminaba la Cordillera Central donde hoy parece terminar: se tendían sus últimos ramales hasta confundirse con los del Sudoeste de la Sierra Nevada; y los cerros de Chimichagua, que se ven al Norte de la laguna de Zapatosa, son la extremidad, ahí de uno de los ramales de la Cordillera Central. Los rompió el Magdalena al excavar sus corrientes el cauce que hoy tienen desde el Banco hacia el Norte. Esto debió de suceder al efectuarse el cataclismo que, levantando la Sierra Nevada a grandísima altura en medio de una cordillera truncada al presente, desprendió de sus flancos septentrionales los brazos que se prolongaban en el mar de las Antillas hasta Yucatán y la Florida, sobre regiones del continente que el movimiento plutónico despedazó quedando sólo vestigios de ellas sobre la superficie del Océano. Al elevarse en su extremidad Nordeste el antiguo lecho del río, es natural inferir que sus raudales se arremolinaron en lo más profundo del Valle, allí donde hoy se estancan las aguas de Zapatosa; y al cubrirse de nieves las cumbres de la altísima montaña, bajaron de ellas los ríos que van directamente al Atlántico, y por las faldas meridionales, el Cesar, el Vadillo, el Guatapurí y varios otros, terminando esa red el rio Ariguani, cuya dirección he descrito antes. Así el Jikuamake (hoy Cesar), al recoger en el fondo del Valle sus afluentes, tomó un lecho robado al Kariguañá, lo que explica la causa del curso perezoso e indeciso de aquel río, pequeño e insuficiente para la hoya que recorre.

Son necesarias en la materia algunas citas de autores competentes, porque no tienen la autoridad requerible mis conceptos, lo que reconozco de antemano, primero que los lectores de estas páginas. Las citas, además, serán de agradable lectura e interesantes.

Por razones que al lector se le alcanzan, y francamente, a fin de adelantarme a la suposición de que ciertas aficiones literarias puedan inducirme a citar con alguna frecuencia estrofas de Juan de Castellanos, es bueno advertir que los historiadores chilenos se ven precisados a citar frecuentemente pasajes íntegros de la Araucana de Ercilla, y de Pedro de Oña, autor de Arauco domado, lo mismo que les acaece a historiadores argentinos con las estancias del poema que escribió el Arcediano don Martín del Barco  Centenera. Aquellos poetas cronistas fueron minuciosos y veraces casi siempre, y de ahí que sea imprescindible leerlos y comentarlos al escribir la historia de tales países. Los propios méritos e importancia tienen entre nosotros las Elegías de Varones Ilustres de Indias, particularmente en lo que dicen del litoral samario y su conquista, en la cual fue batallador el poeta, y hasta minero poco feliz, de 1544 a 1550 (34). Doy, pues, como recibida de los lectores la venía para citar algunas estrofas oportunas, y a veces admirables de don Juan de Castellanos.

En su primera incursión de Riohacha al Valle Dupar, Mr. Reclus prefirió el camino que pasa por el burgo de Treinta, para esguazar el Ranchería en el paso de Chorrera. A partir de este punto, he aquí las observaciones que hizo en cuanto se refieren a la transformación hidrográfica de que traté:

"La muralla de rocas que se levanta sobre la margen derecha del Ranchería, debe sin duda su formación actual a las olas de un lago o de un río caudaloso que venía a chocar contra esa base: es un antiguo tajo, como lo prueban las escarpas, las grutas, los terrenos de aluvión de las llanuras vecinas, y los caracoles y conchas de agua dulce diseminados por el suelo. Todas las colinas que rodean esta hoya son escarpadas y su base se encuentra a una misma altura: no se puede dudar de que en otro tiempo un anchuroso lago se extendió entre la Sierra Nevada y el nudo de los Andes llamado Sierra Negra. Quizá el río Magdalena atravesaba entonces este lago de agua dulce, tomando el lecho actual del Ranchería; paulatinamente, el levantamiento gradual de la Sierra Nevada derramaría el lago en el mar, rechazando el Magdalena más al Oeste, hacia el golfo que se extendía entre Cartagena y Santa Marta, y que después ha sido colmado por los aluviones del río. Todavía hoy la elevación del terreno que separa de la hoya del Ranchería la del Cesar, afluente del Magdalena, es apenas notable" (35).

Errando mucho en cuanto no se refiere al punto que me ocupa, este párrafo de los señores Truchon y Striffer, que recorrieron el Valle Dupar hasta pocas leguas al Oriente de la ciudad de ese nombre, corrobora la teoría desarrollada antes:

"El llano de ocho leguas de anchura que atraviesa el Cesar, se extiende de Norte a Sur entre dos cordilleras paralelas, de que la oriental es la continuación de los Andes que costea el Magdalena hasta cerca del Banco, y la Occidental es un costado del grupo de la Nevada, sublevación aislada que parece haberse interpuesto para impedir al Magdalena la salida por Riohacha" (36).

Para escribir el señor Manó sus peregrinos informes, ya juzgados —que podría pulverizar un niño de escuela con sólo recorrer el país que en ellos se describe— apenas hizo viaje desde Riohacha a Villanueva, trayecto de catorce y medio miriámetros.... En su informe del 5 de abril (1882), arreglado en Santa Marta, hay unos pasajes en que, sorprendido y perplejo, diserta a su modo, confirmando la expedición muy natural que hubo de sugerirme el aspecto de la hidrografía y montañas del Valle Dupar. Los transcribo y basta:

"Aunque haya tenido la fortuna de conseguir casi por completo mi principal intento, me ha visto, sin embargo, invenciblemente distraído desde mis primeros pasos por una de esas cuestiones de ciencia pura, de las cuales quería precisamente huir para el mejor desempeño del cometido que me fue confiado a la vez por el Congreso y el Gobierno de la Nación.

"Me refiero a la pasmosa tranquilidad con que se han verificado en esta parte septentrional de los Andes, toda la serie de los fenómenos geológicos que tan profundamente trastornaron la corteza terrestre en casi todos los demás puntos del orbe conocido.

"Aquí, las diferentes épocas geológicas que los geognostas caracterizan bajo los nombres de penéana, triásica, jurásica y cretácea, no forman, se puede decir, sino un solo y único período, a pesar de la inmensidad de los tiempos que debieron transcurrir durante la lenta formación de sus potentisimas estratificaciones; y no constituye asimismo sino un solo piso perfectamente concordante, toda la serie de los terrenos o capas sedimentarias, desde los calcáreos conchillares del "lías", que presentan en los fósiles que forman inseparable cuerpo con la masa de dichos calcáreos, la tan característica quebradura espática y brillante, hasta las tobas postjurásicas".

Pues señor, por allí corrió un gran río; y no hay más que decir.

Veamos ya con el lector los efectos de aquella acción plutónica en el litoral.

Habla Castellanos de cómo, por la primera amenaza de piratas franceses, se trasladó más al Occidente del Cabo de la Vela la población fundada por los españoles en 1538 a fin de explotar los bancos de madreperla, lucrativa empresa que inició poco antes Federmann:

"Pero como ya viesen descubiertos
Caminos a canalla tan borracha,
Para poder estar más encubiertos
A buscar el remedio se despacha;
Y ansí luego poblaron otros puertos
Más abajo del río de la Hacha,
Do llaman la Barranca,
campos buenos
Del río media legua y algo menos.

"Donde sin centinelas ni resguardo
Por un poco de tiempo se reposa,
Por ya no parecer flecha ni dardo
De la gente crüel y belicosa;
Y en el mismo lugar pobló Luis Pardo
Un pueblo que llamó Villaviciosa,
Que fue por don Alonso Luis de Lugo,
Por ponelles encima cierto yugo.

"Esto fue por el año señalado;
Mas ellos sin perder su señorío,
El de cuarenta y cinco desmediado,
El asiento mudaron mas al río,
O por ser puesto más acomodado,
O por cumplir hacer este desvío,
Con el renombre de Nuestra Señora,
Con el cual permanece hasta agora.

"Hay campo por allí muy extendido,
Ya poblado de vacas y de yeguas,
Cuyo compás se ve que mar ha sido
Por espacio de dos y aun de tres leguas,
E ya de tal manera retraído
Que tiene para siempre hechas treguas,
Dejando gran espacio descubierto
Desde donde residen, que es el puerto.

"Y ansi por las cabañas y el aprisco
Do pastan los ganados destas gentes
Se ven muchas horruras, mucho cisco,
De marinas menguantes y crecientes,
Y aquí y allí montones de marisco,
Con otras muestras claras y patentes
Por do conocerá quien puede vello
Ser mar antiguamente todo ello" (37).

Vayan unos renglones de don José Nicolás de la Rosa, tomados del libro segundo de su obra ya citada:

"Con la construcción del castillo de San Jorge (38), y la seguridad que ya ofrecía la guarnición de 40 hombres que S. M. le situó luego (39), con las asistencias en la real Caja de Ocaña, tuvieron mayor motivo los vecinos del río de la Hacha para fomentar el buceo de perlas de aquella costa, manteniendo barcas y negros buzos, con lo que enriquecieron tanto que fue aquella ciudad, si no la más populosa en fábricas y edificios, la más frecuentada de los españoles, y la más rica de una y otra provincia, y venía a ella el patache de la Margarita en todas las ocasiones de galeones con cédula especial para conducir a España los reales quintos de perlas, que entonces eran copiosos. La calle que allí llamaron de la Mar, y como suya la posee hoy, era toda poblada de artífices y enjoyadores..."

Como se ve, el mar que devoró esa calle de la población, no tenía para siempre hechas treguas, según lo supuso Castellanos.

Después de sus observaciones en Riohacha y llanuras inmediatas, escribía M. Reclus:

"Todavía subsiste uno de los tres fuertes que defendieron a Riohacha en la época de los españoles; las olas minaron tiempo ha los otros, cuyos cimientos se han convertido en pequeños arrecifes cubiertos de políperos. Los temblores de tierra, tan frecuentes y muy temibles en otros puntos de Colombia, parecen no haber tomado parte en esta obra de destrucción. En cambio, quizá se ha efectuado una lenta depresión del suelo, porque se notan en varios sitios invasiones graduales del mar: la calle de la Marina, en otro tiempo la más importante de Riohacha, ha desaparecido tragada por las olas. En época anterior, un movimiento en sentido inverso debió producirse con grande intensidad. La llanura entera, compuesta de aluviones marinos y calcáreo conchillar, tiene la apariencia de una ría cuyo lecho hubiese surgido recientemente. Los arrecifes perdidos en el interior de las tierras muestran contornos tan patentes como en la época en que sus anfractuosidades eran socavadas por los oleajes: las arenas parecen haber sido depositadas la víspera: los fondos de los bajíos son hoy salados como en el día en que un dique de morrillos los separó del mar".

Si M. Reclus hubiera recorrido la Sierra Nevada, no limitando sus excursiones solamente hasta San Miguel, en las riberas del Nina, clara se hubiera presentado a su vista perspicaz, en las cumbres y en los flancos del Septentrión y Mediodía, la causa de aquel movimiento de mersión, contrario al que se efectúa ahora en el litoral samario y en el de Bolívar, y al haber hecho viajes en la hoya del río Cesar, habría adquirido certidumbre de las inferencias que hizo estudiando el valle en la extremidad Nordeste, al vadear el Ranchería por el paso de Chorrera: es tangible, por los asomos de poderosas eyecciones ígneas en las bases meridionales de la Sierra y en sus declivios a ese lado y al Occidente, que no fue gradual el levantamiento de las montañas, sino efecto de un cataclismo trastornador de los sistemas orográfico e hidrográfico de aquellas regiones, y que probablemente modificó la forma que en edad remotísima tuvo la América.

Una rápida inspección de la costa, de Riohacha a Cartagena, dejará conocer los efectos de la inmersión que se efectúa en todo ese litoral.

La ciudad de Santa Marta se fundó a la entrada de un golfo estrecho, abandonado por el mar pocos siglos antes de la conquista. Ocioso, es decir, que hasta en la extremidad interior de aquel golfo deben encontrarse a flor de tierra casi, restos de moluscos, políperos y peces, en terreno marino; todo lo cual demuestra que el desagüe del golfo tuvo lugar en una época relativamente cercana al año de 1526.

El fuerte de Santa Bárbara, situado delante de la ciudad en el centro del arco que forma la bahía, tuvo extensa playa desde el pie de sus bastiones fronterizos hasta el límite de las aguas. Esto a fines del siglo XVIII; y próximamente, en el año de 1843, todavía quedaba espacio no muy angosto para evolucionar un batallón. Hoy baten las olas los muros derruidos del fuerte, y las marejadas de leva han corrido ya por las calles de la ciudad.

No se efectúa meramente en el litoral samario de la hacienda de Papares, una zona de terreno cultivado, que ha desaparecido, quedando apenas libre el piso indispensable para la ruta que conduce de San Juan de la Ciénaga a Santa Marta. Y en los barrancos de Dorsino, socavados y carcomidos también, los oleajes derrumban momias o esqueletos de indígenas que seguramente fueron sepultados en cementerios distantes de las antiguas playas.

El mar ha devorado en el término de cuatro o cinco décadas una milla o más de la llanura que hubo entre la población de la Ciénaga y la rada: recorriendo aquella parte de la costa, podría decirse que se ve al Océano avanzar. El fondeadero de la Barrita, en el camino de la Ciénaga al río Córdoba, está hoy donde existió la finca denominada Los Mangos, y se recuerda muy bien el sitio en que estuvo, por circunstancias inolvidables en la muerte el Gobernador Fábrega. Después les ha sido preciso a las autoridades de la población ocupar predios de la vera, a fin de reponer aquel camino, derrumbado por las olas dos o tres veces en veinte o treinta años.

Pueblo-Viejo, villorrio de pescadores situado cerca de la Barra de la Ciénaga, ha perdido considerable porción de su playa y los escombros de la iglesia se hallan ahora en el mar, a cuarenta metros de la orilla.

No se efectúa meramente en el litoral samario esta depresión de la tierra o avance del Océano; sucede lo mismo en la costa de Bolívar.

Rectamente, Turbaco dista 15 o 16 kilómetros del mar, y tiene de altura sobre él 300 metros. En abril de 1801 visitó aquel villaje y alrededores el Barón de Humboldt, como puede verse en el capítulo V de su obra titulada Sitios de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América.

"Turbaco, dice, se halla situada sobre una colina...Límpidas fuentes corren en distintas direcciones, naciendo de una roca caliza que contiene algunos restos de corales petrificados".

Y al hablar de los Volcanes de aire:

"Hállanse situados los Volcancitos a 6.000 metros al Este de Turbaco, en un espeso bosque donde abunda el Tolú, la Gustavia de flores de ninfea y la Cavanillesea mocrendo...Elévase gradualmente el terreno a 40 o 50 metros sobre Turbaco; pero el suelo, cubierto por todas partes de vegetación, impide que se conozca la naturaleza de las rocas superpuestas al calizo conchífero".

Vi en el cementerio de Barranquilla, que está en lo más alto de la población, esparcidas las madréporas que los cavadores de sepulturas hallan a dos pies de profundidad o poco menos. Y en Malambo, pueblecito de la orilla occidental del Magdalena, a 20 o 22 kilómetros de su desembocadura, hay también subsuelo marino.

En otro tiempo el mar se hallaba bien distante de sitios que hoy azota en la bahía de Cartagena, o de riberas que ha cubierto: ahora llega a la Punta de la Tenaza; la playa de Cruz Grande con sus bosques de uvitales ha desaparecido, así como la casa y pozo que antiguamente existieron allí; la coquera de la playa de Crespo fue barrida por las mareas; la de Palo-Alto, que perteneció al señor D. Manuel Román, corre igual suerte, y es muy angosto ya el playón que va de Guayepo a Punta-Canoa. Todo ha sido obra de treinta o cuarenta años, y sencillo es demostrar que otro tanto viene sucediendo en la costa de Bolívar que se extiende hacia el Sur. Con tal motivo, y al hacerle algunas de las observaciones que dejo escritas, me decía en septiembre último un hijo ilustre de Cartagena: "Paseando hace poco las murallas, que no recorría desde algún tiempo, exclamé sorprendido: a esta ciudad la devora el mar."

¿ La inmersión de aquellas costas se efectúa meramente a causa de ir volviendo ellas a su primitivo nivel, sobre el cual las levantó el cataclismo de que traté? Acaso no. El crecimiento progresivo de montañas submarinas en el mar Caribe, o fenómenos del mismo orden, podrían determinar en parte los efectos indicados. Mas sea o no así, muy visible está el peligro en que se hallan las poblaciones litorales de que hice mención, y prevenirlo de algún modo es cordura y necesidad. De lo contrario, desprevenidas, en el curso de medio siglo se cumplirá esto:

Riohacha perderá otra vez su nueva calle de la Marina que las olas van estrechando día a día, haciéndose preciso e ineludible la traslación de la ciudad a las eminencias o collados que tiene cerca al Occidente.

Santa Marta, que debió ser edificada en altura de tempero dulce y de condiciones favorables en las estribaciones inmediatas, a no haber temido los conquistadores las hostilidades de las tribus aborígenes, buscará ese sitio para su reedificación, y cerca lo tiene en las faldas septentrionales del monte de la Horqueta, caso de que no sea preferible la traslación a las orillas de Gaira, buen puerto y lugar de saludable clima, en comparación con el de Santa Marta.

La pintoresca población de la Ciénaga, que seguramente se trasladó de Pueblo-Viejo al sitio en que está, porque el mar desde entonces le robaba espacio, se situará en los declivios de la Sierra, que tiene al Oriente con marmoleras riquísimas, cerca del Córdoba; a no ser que se repliegue sobre la aldehuela de Riofrío, de vastos y fecundos bosques para los cultivos que constituyen hoy la riqueza y merecido bienestar de la población a que me refiero.

Cartagena... De la ciudad vencedora de Vernon y sus formidables huestes; de aquella donde se proclamó en 1811 la independencia absoluta de la metrópoli española; de la víctima sublime en 1815, no puede la Nación abandonarles a los abismos del mar ni un puñado de argamasa, ni un guijarro. Es más fácilmente defensable que las otras poblaciones del litoral, por las murallas y bastiones que la escudan, y la obra precisa se ejecutará.

En San Juan de La Ciénaga podrían retardarse los efectos de que hablo, con sembrar a conveniente distancia del límite a que llegan hoy las olas, triples hileras de mangles, cuyas raíces poderosas detienen las marejadas en varios puntos del litoral colombiano en el Atlántico y en el Pacífico; y tajamares de poco gasto bastarían a favorecer por algún tiempo a Santa Marta y a Riohacha. Sin embargo, es muy posible que en el transcurso de ochenta o cien años, apenas queden vestigios de estas poblaciones, y que las naves de alto bordo suelten sus anclas en el sitio donde hoy se halla la ciudad que fundó Rodrigo de Bastidas.

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(32) El alto de las Minas no está desprendido de la Sierra Nevada; no es de los cerros o collados que se levantan, como Porrilla y Chimichagua, en las planicies de la antigua provincia del Valle Dupar. Por cierto pasaje que ya copié de la Geografía del señor Pérez (edición de 1863. página 561). podría creerse que la posición del Alto de las Minas es otra: está al N-0. y no al N. del Paso; y en el mapa de los señores Ponce de León y Paz no se situó acertadamente la eminencia, y sí en la carta de Mr. Simmons. (regresar a 32)

(33) Así llaman los businkas aquellos montes desde que estuve en la comarca: débil tributo de mi admiración y cariño a la memoria del virtuoso y sabio repúblico. (regresar a 33)

(34) Prueba de ello da la Historia general de ¡as conquistas del Nuevo Reino de Granada por el Ilustrísimo señor don Lucas Fernández de Piedrahita —verdaderamente ilustre—. Obispo de Santa Marta desde 1669: aproveché en su obra, como lo dice en el proemio, los perdidos cantos que formaban la cuarta parte de las Elegías mencionadas. Véase el prólogo del libro de Piedrahita, párrafo penúltimo. (regresar a 34)

(35) Obra citada, capitulo XII (regresar a 35)

(36) Exploración minera practicada en el Estado del Magdalena, corto folleto impreso en castellano. 1876. (regresar a 36)

(37) varones Ilustres de Indias, parte II. Relación de las cosas del Cabo de la vela, etc., página 252. Madrid. M. Rivadeneyra, editor - 1857. (regresar a 37)

(38) En 1602. (regresar a 38)

(39) Más o menos lo mismo que ahora hace el gobierno nacional. (regresar a 39)

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