VI
Para delinear la fisonomía del Estado hacia el interior, escogeré
un punto de vista favorable en la Cordillera Oriental o en la Sierra Nevada, tomando de
mis apuntaciones de viaje lo escrito allí mismo.
Puesto que no la abarcará el horizonte que he de diseñar, unas
palabras antes respecto de la Guajira. Propiamente, su territorio es homogéneo desde las
orillas del río Enea, ocho o nueve leguas al Occidente de Río-Hacha; los guajiros
habitaron esas llanuras, que se extienden del río Calancala hasta la Enea, en época
cercana. Con motivo del asesinato de que fue víctima el señor Luis Capela en 1850, en el
cual a buen seguro sólo fueron instrumentos escogidos ad hoc los indígenas cómplices,
se les arrojó sin piedad de sus rancherías, de Navío-Quebrado, Perverito, Camarones y
Moreno, lugares que desde tiempo inmemorial ocupaban. Anticipando alguna reflexión sobre
el asunto, viene al caso decir que si las tribus guajiras han sido indomables y rencorosas
con la raza que en vano pretendió domeñarlas desde 1530, ni en tiempo de la Colonia, ni
en el transcurrido desde la fundación de la República, se ha hecho nada con espíritu
generoso, cordura y perseverancia a fin de impulsar cristianamente a aquellos aborígenes
en la vía de la civilización.
El General Mosquera calcula en 121 miriámetros y tres hectáreas, o
sean 3.527 millas cuadradas, el territorio de la Península.
M. Reclus (31), autor que me
será grato e indispensable citar en varias ocasiones, dice sobre esto:
"El territorio ocupado por los guajiros es una península de
catorce o quince mil kilómetros cuadrados, de unos 220 kilómetros de longitud y unida al
continente por un istmo, en parte pantanoso, son sesenta de anchura".
Tiene la Península no menos de 40.000 habitantes, computadas las
tribus de cosinas y paraujas, población en la cual hay que contar dolorosa
sorpresa causará el dato 1.500 a 2.000 esclavos.
De suerte que los aborígenes de la Guajira; los de la Sierra
Nevada; 4.000, lo mínimo, que pueden sumar los itotos, tupes y yukures de la Cordillera
de Motilones, y 1.800 o 2.000 chimilas, componen una cifra de 52.000 salvajes. Ellos son
el objeto principal de este trabajo, pequeña parte del que exigen, obligado y por honra
del país, los 400.000 indígenas que en completo estado de barbarie, sin estímulo alguno
civilizador, sin oír tiempo há la voz de un misionero cristiano, habitan los desiertos
de la Nación. No se crea exagerada la última cifra que he escrito; no se admire que a
tanto monten los indígenas así desamparados y en gran porción hasta desconocidos por
los Gobiernos nacional y seccionales; los datos minuciosos que sobre la materia he
recogido, concuerdan de todo en todo con los que se le han suministrado por muchos
sacerdotes y personas entendidas al señor J. B. Agnozi, Delegado Apostólico. Lo que debe
admirar y ser causa de extrañeza es que no sea mayor el número de habitantes de la
República completamente bárbaros. ¿ Qué ha hecho ella positivamente, práctico y
visible, por la civilización de las tribus indígenas?, ¿, qué? La respuesta precisa e
ineludible, no nos honra. Y de 1767 a época actual, ¿qué labor abnegada y loable, qué
obra trascendente han hecho los misioneros cristianos en este país. . .? Exceptuándose
los parciales y aislados esfuerzos del señor Presbítero Rafael Celedón, esfuerzos
ineficaces por lo mismo, nada, absolutamente nada.
La conquista de los iberos en América quedó interrumpida desde que
no hubo tesoros inmensos como estímulo de los expedicionarios pertinaces, y desde que las
riquezas del botín de medio siglo debilitaron en la molicie y viciosa holganza a los
bravos capitanes que habían sobrevivido.
Está pues por concluir, hoy, a fines del siglo XIX, la obra
realmente cristiana, de justicia, de amor, humanitaria y de reparación que se dejó en
comienzo apenas al terminar el siglo XVIII.
Las breves reflexiones que acabo de hacer, son pertinentes en este
capítulo, aunque hayan de exigir ampliación en otro .
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(31) Voyage a la Slerra-Nevada de Sainte-Marthe, par Elisée Reclus.
Paris, 1861. (regresar a 31)
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