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Los orígenes y el predominio étnico
Pero si las cifras de la trata son tan elusivas, la composición
étnica de las víctimas no es menos. Su dilucidación está en ciernes
aún por parte de los estudiosos africanos que han decidido
emprender la pesquisa académica que por mucho tiempo fue exclusiva
de los europeos.
No han sido suficientes los documentos de embarque y desembarque de
los africanos para saber a qué grupo pertenecían, aunque la
construcción de catálogos de grupos tribales a partir de tales
documentos fue una base importante para iniciar el rescate de esta
historia étnica. Se precisan entonces nuevas formas de
investigación con la ayuda de otras ciencias. En Colombia, con el
desarrollo de los estudios de biogenética ha surgido la posibilidad
de rastrear los orígenes de sus poblaciones negras. El conocimiento
de elementos de la estructura cromosómica de los grupos en áreas
tradicionales de concentración demográfica, mediante estudios de
marcadores como el HLA puede ofrecer elementos valiosos para
confirmar datos como los documentales y los lingüísticos sobre la
proveniencia de los inmigrantes africanos (Friedemann y Briceño
1990, Keyeux 1993).
La preocupación en torno a los orígenes de los africanos que
llegaron a América tiene, por supuesto, una razón: descubrir las
huellas que los distintos grupos dejaron en las nuevas culturas y
sociedades americanas, con el propósito de dibujar el proceso de
algunos de los perfiles de la diáspora africana.
En la discusión académica de la trata negrera, durante mucho tiempo
se hizo hincapié en la estrategia de separación de gentes de una
misma región para romper la comunicación lingüística, la
identificación religiosa o la solidaridad tribal. Entonces, las
consecuencias deculturadoras de la disgregación se volvieron
argumentos para sostener la incuria cultural del africano en
América. No obstante, la deculturación total es imposible y
conforme anota Moreno Fraginals (1977:14) antes bien, en un sistema
de explotación puede suceder que la clase dominante estimule la
permanencia de algunos valores culturales de la clase dominada, con
miras a reforzar la estructura establecida. Efectivamente, durante
la Colonia, la constitución de cabildos negros como los que
existieron en Cartagena al borde del mar primero como enfermerías
que congregaban gentes procedentes de una misma tribu o nación fue
una táctica de las autoridades con la cual se intentó erosionar
cualquier brote de solidaridad rebelde. Además, se trataba de
propiciar la continuidad de las hostilidades intertribales. Esas
que en algunas regiones africanas habían sustentado la venta de
hombres y mujeres a los traficantes negreros. Empero, con esa
táctica, los cabildos, conocidos en Cartagena en un principio como
casas de cabildo, se convirtieron en refugios
culturales de africanía (Friedemann 1988). Con el tiempo, esa
africania elaborada y transformada penetro y modifico la sociedad
en amplias regiones. En la rutina y en la fiesta, en lo sagrado, lo
profano y lo funéreo.
En el transcurso de la trata es preciso distinguir un proceso de
reintegración étnica del africano y sus descendientes en América, a
lo largo de varios siglos (Friedemann y Arocha 1986: 37). Es cierto
que la táctica de agrupar a los trabajadores cautivos manteniendo
un patrón de heterogeneidad tribal o regional buscaba ejercer un
dominio más certero mediante la atomización cultural de cada
víctima. Sin duda alguna, la técnica fue eficaz. No obstante, debió
llegar un momento cuando las posibilidades de mantener esa
heterogeneidad fueron desbordadas por la abundancia de esclavos con
afinidades culturales. A esa situación debió llegarse por diversos
caminos. Uno de ellos, originado en las mismas costas africanas, en
las factorías, donde a los cautivos se les concentraba para esperar
a los barcos negreros que a veces demoraban en atracar o en
despegar de los puertos.
La agregación de personas de la misma procedencia en el estadio
africano del cautiverio seguramente propició formas de
reintegración étnica a las que podría denominarse pasivas, en
oposición a las activas que se darían en circunstancias como el
cimarronaje (Friedemann 1988). Otro de los caminos para la
reintegración pasiva debió propiciarlo la captura selectiva de
esclavos procedentes de de terminados grupos y preferidos en los
mercados americanos por sus habilidades como trabajadores o por
ciertas cualidades de educación que los tornaba
"
apetecibles" (Escalante 1964: 105
-110). Al respecto de la captura, vale mencionar que de acuerdo con
investigaciones sobre la trata (Klein 1986: 97), los datos muestran
que fueron los africanos quienes dominaron el mercado de la oferta
en su propio continente. Quienes abastecían los esclavos eran jefes
locales (Meillassoux 1990: 79) o miembros de determinada clase de
alguna sociedad africana, a veces mulatos u otros oriundos también
de África. En la costa de Guinea a esas generaciones que surgieron
a raíz de las necesidades del comercio europeo y cuyas gentes
fueron engendradas por portugueses con mujeres africanas, se les
conoció como
hijos de la tierra. Entre éstos están
los
lançados o cazadores de gente a quienes ya en
1508 se les encuentra en Guinea, viviendo entre los africanos. El
mismo fenómeno se encontraría en Angola y a quienes se ocupaban de
la cacería se les conoció como
pombeiros. Su
oficio consistía en hacer prisioneros en las orillas de los ríos y
riachuelos para cargar los navíos anclados al borde del mar con
destino a los mercados de Lisboa y luego hacia América (Rodney
1970).
El pillaje esclavista con destino a los europeos se generalizó
entre muchos grupos africanos cuando éstos fueron instigados por
los mercaderes europeos mediante el acicate comercial y el poder
que algunas tribus empezaron a tener sobre otras y sus territorios,
gracias al respaldo de las armas de fuego. Los conflictos
intertribales, las venganzas personales, las diferencias entre
clases gobernantes y gentes de menor rango estimularon la
agresividad que prendió la contienda. Por ejemplo, beafadas,
pepeles y bijagos atacaron a los nalus; los balantas soportaron el
pillaje de beafadas y pepeles, mientras que los yolas sufrieron a
los mandingas. Rodney (1970: 113) afirma que entre 1562 y 1640, las
grandes tribus cazadoras de esclavos en la costa de Guinea hacia el
norte, fueron los manes, mandingas, casangas, cocolis y, en menor
escala los susus y los fulas. El terror se expandió así a lo largo
de Senegambia, y luego por entre los grupos de África Central
alcanzando a llegar a Mozambique.
A partir de 1483 cuando las primeras carabelas portuguesas llegaron
al Congo, las relaciones con el reino de Portugal desembocaron en
el comercio de africanos que fueron enviados a Lisboa y a Santo
Tomé. El comercio de esclavos se alimentó de gente como los tekes y
los mpumbus en el noroeste y en el país de los mbundus en el mismo
Congo. Los historiadores de África Occidental afirman que al final
de la trata la vida social, económica y política de dicha región
africana estaba enderezada a producir un flujo continuo de esclavos
para llenar los navíos que fondeaban uno tras otro a lo largo de la
costa, con las funestas consecuencias que ello acarreó en sus
estructuras.
Durante la trata, las naciones poderosas europeas se involucraron
disputándole a Portugal desde el siglo XVI sus derechos sobre las
costas occidentales del continente africano. La franja de la
ambición empezaba en Senegambia y se extendía hasta Angola. A
medida que los acontecimientos sociopolíticos y económicos
envolvieron a las potencias europeas en la trama del comercio con
los africanos y la explotación del nuevo mundo con sus promesas y
recursos, el manejo del tráfico pasó de las manos portuguesas a las
holandesas, inglesas y francesas en los siglos XVII y XVIII. Los
ibéricos que iniciaron la trata, fueron los últimos en
abandonarla.
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