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NEGROS, ESCLAVOS Y CRONISTAS DE INDIAS
Han transcurrido casi cinco siglos desde cuando los primeros
africanos empezaron a llegar a Colombia, no precisamente como parte
de los cautivos en la empresa de la trata. Hubo africanos que
viajaron con los españoles en la aventura del
"
descubrimiento" pero que se perdieron
en las crónicas de conquista. El hallazgo de algunos nombres como
el de Ñuflo de Olano, que al lado de Vasco Núñez de Balboa subió a
la cumbre de Quareguá y miró también por primera vez la inmensidad
del Mar del Sur -el océano Pacífico- el 25 de septiembre de 1513 es
un testimonio. Afortunadamente en este caso, el escribano Andrés de
Valderrábano, miembro de la expedición de Balboa anotó la presencia
de Olano y su escrito fue a dar a las manos del cronista Gonzalo
Fernández de Oviedo y Valdés.
Ñuflo de Olano debía hacer parte de esos africanos conocidos como
negros ladinos,
negros de Castilla o negros de
Portugal, llamados así por estar familiarizados con el
lenguaje y la idiosincrasia de españoles y portugueses. Provenían
de aquellos que desde antes de 1445 habían comenzado a llegar a la
península Ibérica a bordo de las barcas y barineles de Enrique el
Navegante que, merodeando por las costas de Guinea, ya se habían
dado mañas para agarrar y transportar cautivos. Tanto que en 1552,
de los 100.000 habitantes de Lisboa 10.000 eran esclavos negros. A
su vez, a fines del siglo XVI en España, el 2.5% de sus nueve
millones de almas también era de esclavos negros (Álvarez Nazario
1974:24).
El documento en que por primera vez en la historia americana
aparece autorizada la entrada de esclavos negros a las colonias de
ultramar (Díaz Soler 1974:20) fue la
Instrucción
que el 16 de septiembre de 1501, los reyes le dirigieron a don
Nicolás de Ovando, Gobernador de las Indias. La tal
Instrucción especificaba que no se permitía
introducir "
moros nin xudios, nin erexes, nin
rreconcyliados, nin personas nuevamente convertidas a Nuestra Fée,
salvo
si fueren esclavos negros u otros esclavos
que fayan nacido en poder de crystianos, nuestros subditos é
naturales" (ídem). La proporción de población es
clava negra que vivía en la península Ibérica facilitaba con
holgura el cumplimiento de la
Instrucción. Así en
1538 la expedición de Juan Vadillo que salió de Cartagena en un
bergantín hacia Sebastián de Urabá, (Del Castillo 1990:137), para
luego seguir por tierra, llevaba como lo apunta la crónica de fray
Pedro Simón, un "
gran número de negros y negras, pues
eran más de ciento" (Ed. 1981: T. IV: 188). Pero,
¿cuántos de éstos en España eran esclavos y cuántos eran negros
residentes libres y que voluntariamente engrosaban la aventura?
Estas son preguntas que aún no tienen respuestas precisas, aunque
es factible presumir que estas dos categorías de negros debieron
llegar con los conquistadores: los esclavos y los libres, ambos
procedentes de España en un principio. Ello a juzgar por la
investigación histórica sobre el transcurso de los africanos en la
península Ibérica, desde antes de la mitad del siglo XV. Además,
porque durante el siglo XVI muchos de los residentes llamados
"
de color" con ascendencia africana,
cuando se embarcaron en Sevilla hacia el Nuevo Mundo, entre 1509 y
1559 anotaron su procedencia peninsular en el
Catálogo de
pasajeros a Indias (Álvarez Nazario 1974:25).
De todos modos, la crónica sobre la expedición de Vadillo hacia el
sur en 1538 anota la participación de unas trescientas cincuenta
personas entre las cuales también había indios e indias de
servicio. La nómina era de nobles, alféreces, capitanes de
infantería, oficiales, curas, soldados y gente de pueblo. Entre el
grupo se encontraba Pedro Cieza de León quien años más tarde se
convertiría en uno de los notables cronistas de Indias. En ese
tiempo era apenas un joven de dieciocho años que se había iniciado
en América desde los 14 años. Había llegado a Cartagena en 1534
desde Sevilla en una de las tres naves del Contador de la
gobernación de Cartagena de Indias, Rodrigo Durán (Del Castillo
1990: 137). Su experiencia de ocho años de estadía en la región
antioqueña le permitiría incluirla en la primera parte de su
Crónica del Perú.
Esta expedición de Vadillo duró catorce meses y estuvo plagada de
incidentes, de marchas en lodazales, ataques a grupos indios,
heridos, muertos, caballos sacrificados para aplacar el hambre,
accidentes en despeñaderos, robos a los indios, saqueo de sus
tumbas y todo el horror que como una constante marcó el episodio
brutal de la entrada de Europa en el territorio americano. Según la
crónica de Fray Pedro Simón (Ed. 1981, T. V: 224), en Cali se
repartió el pillaje de oro entre los que quedaron después de haber
perdido noventa y dos españoles, ciento diecinueve caballos y
"
muchos indios e indias y muchos negros
esclavos". Aunque en esta crónica también se
perdieron los nombres de los indios y de los negros y el número de
sus muertos, en el transcurso del relato su presencia aunque
esporádica es un testimonio valioso. Tal es el caso de aquellos
diez negros que son enviados a las labranzas de los indios para
robarles el maíz y otra comida. Dos de ellos caen abatidos cuando
los indios les salen. La narración también anota cómo en ocasiones
en el fragor de los enfrentamientos, los negros huyen de la
expedición y seguramente se vuelven cimarrones. Cuenta la crónica
que algunos ya heridos se escondían para morir en paz. Lo que no
indica es si aquellos que alcanzaron a llegar a Cali recibieron
algo de la repartija del botín que produjo cinco pesos en oro para
cada soldado.
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