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APORTES DEL NEGRO A LA CULTURA COLOMBIANA
Raíces africanas y visiones culturales
La religión católica llegada a América junto con el sistema
legislativo y el de la milicia constituyeron un sólido mecanismo de
dominación sociopolítica y de cambio cultural en amplios
territorios de la Nueva Granada, en lo que hoy es Colombia. No
obstante, la visión del mundo social, natural o sobrenatural en
caseríos, pueblos o ciudades enmarcados históricamente por la
presencia de africanos y sus descendientes, no puede caer en
definiciones homogeneizantes que señalen dominio total
occidental.
En ciertas regiones colombianas se observan conglomerados de gente
fenotípicamente negra que así mismo tienen expresiones específicas
que han venido a reconocerse como pertenecientes a la cultura
negra. Hay también regiones ocupadas por una variedad socio-racial
amplia que podrían considerarse impregnadas de cultura negra.
Entonces, al hacer referencia a esta cultura se alude
metafóricamente a raíces africanas que hubieran contribuido en la
formación de un nuevo o de nuevos sistemas culturales.
¿Pero cómo se explican tales raigambres o la tercera raíz, como se
ha venido a denominar el componente cultural africano en algunas de
las sociedades del continente americano?
En previos trabajos se ha aludido a la existencia de huellas de
africanía entendidas como memorias, sentimientos, aromas, formas
estéticas, texturas, colores, armonía,, es decir materia prima para
la etnogénesis de la cultura negra (Friedemann 1988, 1989). Se
destaca además, su compleja dinámica de creatividad y
transformación y no se niega la participación de supervivencias y
sincretismos y dentro de éstas no solamente las africanas, sino
también las europeas y las aborígenes (Friedemann y Arocha
1986:36).
Con todo, al hablar de huellas de africanía es preciso referirse a
los procesos de reintegración étnica ocurridos entre los esclavos
desde el siglo XVI, de manera simultánea a la trata, cuando gente
de igual o similar procedencia volvió a encontrarse en escenarios
distintos a los de su cotidianidad africana (Friedemann y Patiño
1983, Friedemann y Arocha 1986). Esos procesos de reintegración
étnica serían marcos para la génesis de nuevos sistemas culturales
afroamericanos que debieron haberse iniciado tan pronto como en las
factorías de las costas africanas se juntaron las primeras
víctimas. La dinámica interétnica de esta génesis ha sido discutida
por Mintz y Price (1976) con relación a la diáspora africana.
Dinámicas análogas, como parte de una propuesta de explicación
teórica sobre control cultural en la formación de grupos étnicos
diferenciados, también referidas a culturas negras han sido
examinadas por Bonfil Batalla (1987). A esas dinámicas en las
relaciones interétnicas, este autor ha denominado
etnogénesis.
La táctica de desarticular social y culturalmente a los prisioneros
siguiendo un patrón de heterogeneidad tribal o regional, buscaba
ejercer un dominio del comercio, sin sobresaltos y mediante la
atomización de los esclavos. Con todo cabe preguntarse el grado del
éxito alcanzado, frente a una homogeneidad de condiciones
compartidas que debieron provocar similares reacciones. Con la vida
amenazada, la familia destruida, perdida la tierra y sumergidos en
la incertidumbre de la vida y de la muerte, un primer gesto de
compasión mutua pudo convertirse en un hilo de comunicación que con
otros similares urdiría la trama de futuros tejidos sociales y
cultura les (Mintz y Price 1976:27). Estos momentos cruciales de
etnogénesis inducen al examen de la condición cultural del grupo.
Aunque los africanos en la trata llegaran desnudos de sus trajes,
armas y herramientas, desposeídos de sus instrumentos musicales y
de bienes terrenales, por fuerza traían consigo imágenes de sus
deidades, recuerdos de los cuentos de los abuelos, ritmos de
canciones y poesías o sabidurías éticas, sociales y tecnológicas.
Es decir, se descarta el hecho de que el bagaje cultural traído por
los africanos hubiera podido ser aniquilado. Más bien empieza a
explorarse el proceso de cómo tales iconos o representaciones
simbólicas, aquí denominadas huellas de africanía, han llegado a
reflejarse en los sistemas de las culturas negras (Torres 1989,
Arocha 1989, Ascensio 1990).
El propósito sería además conocer la dinámica del control cultural
(Bonfil Batalla:1987) mediante la cual elementos gramaticales u
orientaciones cognoscitivas en términos de Mintz y Price (1976) e
iconográficos, aludiendo a Bateson (1972) de las culturas africanas
permanecieron en el consciente y en el subconsciente de los
portadores de las nuevas culturas negras, para surgir en
expresiones y gesto o en ricos teatros religiosos y sociales:
fiestas de santos, carnavales, velorios, rituales de funebria o
danzas acuáticas en honor a figuras sagradas, en amplios horizontes
geográficos.
Por lo pronto, la información histórica muestra cómo los cabildos
de negros que en un primer momento fueron enfermerías en Cartagena
de Indias, se convirtieron en ámbitos de resistencia a la sociedad
dominante y en refugios de africanía. Eran barracas húmedas y
fangosas situadas junto al mar, que servían de asilo a aquellos
africanos que al descender de los navíos no podían caminar o
estaban casi agónicos. Allí, quienes se recuperaban cuidaban a los
nuevos enfermos. El alivio del infortunio no era sólo físico, pues
la desgracia era también cultural. Encontrar un modo de comunicarse
debió ser la urgencia primordial. El tambor, una de las primeras
recreaciones a partir de iconografías se constituyó en lengua
franca en los cabildos. Primero anunciaba la muerte. Con el tiempo,
convocaba a esclavos y libres para diversas actividades, incluyendo
el cimarronaje. Los cabildos entonces, fueron tempranos escenarios
de la génesis del sistema cultural del negro en Colombia
continental. No sucedió lo mismo en el archipiélago de San Andrés y
Providencia en el Caribe, donde a la sazón el dominio cultural
inglés, al igual que en otras islas caribeñas, desterró al tambor
considerado como instrumento evocador del poder de espíritus (Perea
Escobar 1989:58).
Cuando los cabildos-enfermería dejaron de servir como estaciones de
recuperación porque los hospitales de San Lázaro y de San Sebastián
en la ciudad recibieron los enfermos, el cabildo-nación con el
espíritu de las cofradías que desde el siglo XII existían en España
y que cobijaban "
naciones" africanas y
otros grupos, se inauguró en diversos lugares en Cartagena. Y
aunque personajes del santoral católico fueron entronizados, la
función de refugio cultural permaneció vigente. Tanto los
cabildos-enfermería como los cabildos-nación fueron centros de
evocación y afirmación de valores, expresiones lingüísticas o
gestuales, imágenes, música o culinaria (Friedemann 1988).
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