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Haciendas y linajes en tierras nuevas
En 1617 Jacinto de Arboleda, un comerciante que primero desembarcó
en Portobelo, llegó al territorio que hoy es Colombia y se
convirtió en uno de los fundadores de una familia que a su vez
amasaría una gran fortuna representada en minas, esclavos, tierras,
ganado y poder social.
Arboleda inició la explotación de oro con una cuadrilla de esclavos
negros, primero en Anserma y luego en Caloto en el valle del río
Cauca. Setenta años después, en 1688, los Arboledas poseían entre
otros bienes la hacienda de La Bolsa en el valle del Cauca y minas
en los altos del río Timbiquí y en el Micay, en el litoral Pacífico
caucano y también en el Chocó (Colmenares 1979: 81). En 1777 cuando
Francisco Antonio Arboleda compró en la misma región, otra hacienda
llamada Japio, ésta y La Bolsa con sus esclavos suministraron
entonces provisiones agrícolas y mano de obra a las minas del Chocó
y del litoral que ya constituían lo que Mateo Mina (1979) ha
llamado "
un imperio minero". El que a su
vez prestaba también mano de obra esclava a las haciendas.
Al cabo de varias generaciones, los Arboledas, así como los
Mosqueras, Bonillas, Hurtados y Prietos, con similares historias
económicas y sociales habían conformado linajes. Yen la mitad del
siglo XVIII, sus miembros mediante alianzas matrimoniales mantenían
una élite de Señores de las minas con intereses en Caloto y en el
Chocó (Colmenares 1979:152).
La familia de los Mosqueras además, fundada a partir de la
encomienda, desde el siglo XVI permanecería en escena a lo largo de
siglos y en los diversos teatros de la sociedad y la economía
colonia les. Los Mosqueras conforme dice Colmenares (1979: 146)
"
ejemplifican una continuidad entre las empresas de
encomenderos-terratenientes y mineros".
La hacienda que evolucionó a partir de las encomiendas de indios a
favorecidos como los Mosqueras, tuvo una forma antigua que se
conoce como
hacienda de campo y que utilizó en
gran parte la obra de mano indígena para la producción de trigo y
maíz. Pero en el siglo XVIII cuando la producción de oro aumentó,
los dueños de minas compraron enormes extensiones de tierra y los
dedicaron al levante y engorde de ganados que venían del valle del
Patía y de Neiva. A esta unidad de producción se la conoce como
latifundio de frontera (Colmenares 1979: 201). El
ganado crecía a sus anchas y el número de trabajadores así como de
herramientas era escaso. Pero a medida que los frentes mineros
intensificaron su producción se hizo necesario mayor número de
trabajadores en las minas y desde luego un aumento de provisiones
del agro. Surgió entonces la hacienda de trapiche que combinó la
siembra de caña de azúcar con los cultivos de arroz y fríjoles, la
preparación de mieles y desde luego la ceba de ganados para el
abasto de carnes. En esta hacienda la mano de obra negra y esclava
se encargó de todas las actividades y conforme se mencionó antes, a
sus trabajadores que habían tenido tiempo de nacer y criarse allí,
se los trasladaba si era necesario a las minas y viceversa.
La aparición de la hacienda de trapiche no significó que los otros
dos tipos de hacienda desaparecieran. Por el contrario, las tres
unidades de producción siguieron existiendo hasta el siglo XIX
(Colmenares 1979: 202). Por supuesto que no sobra la reiteración de
la importancia que en este largo período colonial tuvo la
producción minera como sustento económico para el surgimiento de
las actividades de hacienda y de comercio. Y en este conjunto
vuelve a señalarse de nuevo la preponderancia de la mano de obra
negra esclava.
En el valle del río Cauca, como en otros lugares, el negro tuvo
escaso acceso a la tierra. Cuando fue posible, aquellos que
compraron su libertad ocuparon terrenos baldíos que convirtieron en
parcelas de cultivos. Palenques como El Castigo en tierras
occidentales del Patía fueron otra manera de acceder a la tierra.
Las leyes de abolición de la esclavitud de 1851 por su parte, nunca
consideraron la concesión de tierra o de herramientas a ningún
negro. Por el contrario se autorizó la compra estatal de esclavos a
los dueños de latifundios, haciendas y minas, con el objeto de
indemnizarlos. Así, se propició el peonaje de negros sin tierra que
entraron al servicio de haciendas y minas de los antiguos dueños
(Friedemann 1976).
Hubo por otra parte, mecanismos de captación de mano de obra de
negros, como reacción a la abolición. Y ahí aparece la acción de
Sergio Arboleda en 1853 con los negros libres a quienes enroló para
trabajar dentro del sistema de terraje que era un pago que el negro
debía hacer a la hacienda en productos de siembra y en dinero (Mina
1975: 54). Arboleda les permitía asentarse en los bordes boscosos
de la hacienda para tumbar monte e iniciar cultivos. Los negros
además debían dedicarle diez días de cada mes a los trabajos de la
hacienda La Bolsa que eran la siembra de caña dulce, plátanos y
árboles de cacao. En sus parcelas pequeñas sembraron yuca,
arracacha, maíz, caña de azúcar, cacao y plátanos. Pero en la
hacienda una vez terminada la siembra de 15.000 árboles de cacao,
20 plataneras y 50 suertes de caña, en vista de que allí el trabajo
disminuyó, Arboleda resolvió cobrarles el terraje en dinero tasado
por cada fanegada ocupada por las familias negras (Mina
1975:55).
Así, los antiguos barracones de la esclavitud apenas parecían
cambiar de forma. Para salir de la hacienda, los trabajadores
tenían que pedir permiso por un tiempo estrecho, se les permitía
pocas celebraciones entre ellos mismos y además, tenían que dar
cuenta de cómo empleaban su propio dinero. Por supuesto que muchos
tomaron el camino del éxodo y se fueron a los montes a lo largo del
río Palo, donde sabían que había existido un palenque. Allí
iniciaron nuevas labranzas (Friedemann y Arocha 1986:206).
Entonces, cuando en ciertos lugares y momentos las urgencias de
mano de obra se agudizaron surgieron reclamos y la respuesta fue la
creación de mecanismos coercitivos. Los jefes de policía tenían
facultades legales para obligar a trabajar en las haciendas a los
llamados "vagos". Más aún, la ley autorizaba al
patrón para azotar y privar de alimento al trabajador rebelde. Todo
esto sucedía en 1785, 25 años después de que a los negros se les
había declarado libres.
A finales del siglo XIX, la tenencia de la tierra en el Valle del
Cauca, es definida por Rolf Knight (1972) en su análisis de la
evolución del cultivo de caña, como un embrollo de litigios,
compras, transferencias y ocupaciones de facto de tierras de monte.
En los albores del ingenio de azúcar en 1890 en La Manuelita había
100 negros y sus familias trabajando en los campos de la caña. Eran
peones negros, descendientes de esclavos en las antiguas haciendas
y quienes habían vivido allí por varias generaciones.
En tanto que el capital, la mecanización del ingenio y el ensanche
acelerado del territorio convertían a los ingenios en plantaciones
(Friedemann 1976: 155), sus trabajadores iniciaban su ingreso en el
proletariado. Solamente unos pocos mantenían una parcela o un
solar, aunque todos eran originarios de la región. En el decenio de
1970, el proceso de monopolio de la tierra, aún de aquella que
habían conservado los descendientes de esclavos en los bordes de
las haciendas era una característica de la nueva agroindustria que
ya había sembrado caña en miles de hectáreas en el Valle del Cauca
(Mina 1975).
Otras alternativas para el campesino negro que perdía su finca
tradicional de cacao, café, plátanos, frutales y tomates fueron la
de ingresar en programas de desarrollo rural sin tierra (Friedemann
1976:164). Optaron por la artesanía de la teja de barro que sacaban
de pequeños lotes alrededor de sus poblados, pero al final muchos
acabaron emigrando a los cinturones de pobreza de las ciudades en
el Valle del Cauca y vecinas al mismo (Friedemann y Arocha
1986).
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