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INSERCIÓN Y ARRAIGO DEL NEGRO
Minas y troncos en ríos de oro

 

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Asomarse al desarrollo de las culturas de los negros en los distintos ámbitos donde fueron obligados a iniciar su historia americana, implica un examen de su cotidianidad. Claro que como anota Colmenares (1979: 60), el comercio de esclavos no dependía solamente de los grandes comerciantes. Muchos se vendían en Cartagena de a uno o de a dos y se empleaban en los servicios domésticos, como cargueros en el transporte por tierra, en las haciendas y luego en la boga por el río Magdalena y el Cauca, en cuyas canoas viajaban esclavos a los mercados de Popayán y con destino al litoral Pacífico. Pero, para comenzar podría seguírsele el rastro a la vida de las cuadrillas mineras porque como unidades de trabajo son las que han presentado más materiales documentales útiles al análisis histórico.
En 1620, por ejemplo, indios y negros comandados por conquistadores o " pacificadores" -éstos todavía en pos de El Dorado- abrían trocha en los ríos Telembí, Patía y Güelmambí en el litoral Pacífico, buscando en la selva aurífera sitios para la explotación del oro (Friedemannn y Arocha 1986: 273). En cuanto al Chocó en el mismo litoral, los documentos anotan que fue en 1670 cuando buscadores independientes llegaron arrastrando pequeñas cuadrillas de negros.
Aunque la región era descrita como " un abismo y horror de montañas, ríos y lodazales", a los españoles les asombró la posibilidad de alimento proveniente de peces, moluscos y manatíes que vivían en los ríos. Además del venado, los tapires y los jabalíes que merodeaban cerca a las aguas dulces (Sharp 1976: 13). Entonces, los campamentos mineros se alzaron al borde de los ríos: Santa María del Puerto que luego se convertiría en Barbacoas, sobre las aguas del Telembí, Quibdó (Citará) y Lloró, en las orillas del Atrato, Nóvita y Tadó, al borde del río San Juan. Las rutas de los expedicionarios corrieron por el norte navegando el Atrato y desde Antioquia por tierra, a través del valle de Urrao. Por el sur desde Buenaventura buscando el San Juan. Y por entre las brechas de la cordillera occidental saliendo des de puntos como Popayán, Cali o Cartago, a donde habían llegado desde Cartagena (Friedemann y Arocha 1986).
Una cuadrilla debía constar al menos de 5 esclavos para que el aspirante a Señor de mina y de cuadrilla pudiera recibir el derecho de una mina o más y también el de la fuente de agua para la explotación del metal (Colmenares 1979: 73). En 1711 las cuadrillas en el Chocó tenían desde 5 hasta 100 trabajadores y en 1759 llegaban a tener hasta 500 esclavos (Jaramillo Uribe 1963: 18, Colmenares 1979: 74). Las primeras cuadrillas estuvieron conformadas por hombres, pero a medida que el asentamiento de explotación minera echó raíces, el ingreso de mujeres al grupo suplió necesidades urgentes. No obstante, durante largo tiempo la proporción del elemento femenino fue escasa.
La cadena de mando del amo al esclavo tenía en el tope al Señor de mina y de cuadrilla que llegó a vivir como patrón rico y ausente en una de las ciudades mayores como Popayán o Cali. Empleaba un administrador de minas que podía ser blanco de condición rasa o mulato y quien residía en el centro minero, siendo su estatus el más importante de la comunidad. Debajo de él, estaba el capitán de cuadrilla quien era negro y estaba encargado de la disciplina de la cuadrilla, de la distribución de la comida y de la recolección del oro que sacaban sus trabajadores y que entregaba al administrador. Este generalmente llegaba al sitio minero en compañía de una mujer esclava, con frecuencia su manceba o concubina. Con el tiempo, el estatus de ésta adquirió otros ribetes al volverse madre de hijos de varios de los trabajadores en la cuadrilla. El estudio de Mario Diego Romero (1991) examina el rol de las primeras mujeres que entraron a las cuadrillas como cocineras y administradoras de abastecimientos en las minas y traza su evolución en la trama social donde se convierten en médula de una familia con referencia matrifocal. De esta suerte, la cuadrilla que había comenzado como una unidad de significado económico para el Señor de mina, adquirió otro sentido para los mineros esclavos que a su vez creaban su propio lenguaje de parentesco social y genético.
Conforme señala Colmenares (1979) el transcurso histórico de la cuadrilla la muestra en ocasiones constituida por individuos de varias generaciones. Los grupos no parecen haber sufrido tantas roturas o desmembramientos que causaran la pérdida de su identidad con un propietario o con series de propietarios de la misma familia de amos. Entonces, aunque la vida cotidiana se alterara por venta o fraccionamiento, los miembros de las cuadrillas mantuvieron nexos más o menos continuos en el complejo económico de minas y haciendas. La producción del metal y el abastecimiento de alimentos para las minas requería movilización de esclavos entre la costa y el interior. A los primeros -trabajadores de minería- se les llamaba piezas de minas y a los segundos -trabajadores de la agricultura- piezas de roza.

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