PRÓLOGO
Sin los profundos y amenos trabajos de la antropóloga Nina S. de
Friedemann se conocería muy poco de nuestros negros del Pacífico,
ignoraríamos la mayoría de sus aportes culturales, no sabríamos
casi nada de sus modos de actuar, pensar y vivir y, sobre todo, los
amaríamos menos. La húmeda, selvática y abandonada costa Pacífica
de Colombia alberga una numerosa población afroamericana
prácticamente pura y coincidencialmente aislada que ha conservado
su herencia espiritual con celoso orgullo y admirable tesón hasta
el día de hoy.
A ella llegaron los esclavos fundamentalmente como mineros de oro
en sus múltiples corrientes acuáticas, sobre todo después de 1700,
aunque muchos de ellos o sus descendientes libres trabajaron
posteriormente como peones en los trapiches e ingenios azucareros o
en las haciendas ganaderas del Valle del Cauca, especialmente desde
1851 hasta hoy. Casi todos entraron por Cartagena y tomaron
principalmente la ruta del río Magdalena para llegar al Chocó y a
las costas de los departamentos del Valle, Cauca y Nariño. Un menor
número remontó el río Atrato desde Cartagena y los restantes
pasaron de Cartagena o de Jamaica, a Panamá, desde donde fueron
trasladados, casi siempre fraudulentamente a las bahías, o los
esteros de la costa Pacífica.
La gran mayoría de estos negros entró al país en el siglo XVIII,
exactamente a partir de 1700, año en el cual la minería de oro tomó
un inusitado auge en el Chocó yen otros lugares de la costa
Pacífica. Ya por esta época la caudalosa corriente de esclavos
bantúes que llegó masivamente (sobre todo a la costa Atlántica) en
el período que va de 1580 a 1640 (unión de las dos coronas) había
disminuido mucho siendo reemplazada, desde la segunda mitad del
siglo XVII, por negros ararás (ewe-fon) y minas (akán) los cuales
siguieron predominando en el siglo XVIII cuando comparten su
primacía con los carabalíes (efik e igbo) superando en su conjunto
a los bantúes, pero sin hacerles perder a éstos su importancia
cultural.
Como lo señala Robert C. West en su clásica y excelente monografía
The Pacific Iowlands of Colombia el cabo Corrientes divide
radicalmente, como un poderoso hito, nuestra costa Pacífica: al
norte, los acantilados de la serranía de Baudó (y de la serranía
del Sapo en Panamá) salpicados de bellas playas de arena fina,
interrumpidas por promontorios llamados longos. Al sur, los
manglares que bordean las costas de la zona meridional del Chocó,
Valle del Cauca, Cauca y Nariño y que penetran al Ecuador hasta más
allá de Esmeraldas. También allí, entre el mangle y el mar, hay
playas. Los mangles, tan entrañablemente evocados en un bello libro
por el la mentado profesor Von Prahl, no pertenecen, como pudiera
creerse a primera vista, a una sola familia botánica sino a cuatro
o cinco de ellas que han adaptado sus hojas, tallos y raíces al
ambiente salino o salobre en el cual pululan. Uno de estos mangles
es primo hermano de las bogotanas camelias y desde que nos
enteramos de eso, nos parece advertir (aunque ello no tenga
explicación científica alguna) en las hojas de las camelias un
extraño parecido con las hojas de los mangles.
En el Chocó las aguas de las fuertes lluvias se recogen principal
mente en dos grandes sistemas fluviales: el del río Atrato que las
lleva al Atlántico y el del río San Juan que las conduce al
Pacífico. En cambio al sur de Buenaventura abundan los ríos
medianos, con una sola excepción: el Patía. Entre el Atrato y un
afluente del San Juan existe un breve espacio de tierra que hoy se
recorre en bus, pero que en la Colonia se pasaba por el
"
arrastradero de San Pablo" sobre el
cual los indios empujaban las cargas que traían las canoas para
depositarias en otras canoas, atravesando así de una cuenca a otra.
De Buenaventura al sur se navega por mar o surcando los largos
canales de agua salada paralelos a la costa, escoltados por
inmensos bosques de mangles.
No nos debe, pues, extrañar que, a diferencia de la costa Atlántica
que se descubrió en cuatro meses, fueron necesarios cuatro años
para explorar totalmente la costa Pacífica colombiana y
ecuatoriana. Para coronar esa magna hazaña Pizarro y Almagro
dividieron amigablemente su trabajo. Almagro era el que iba a
Panamá en busca de gentes y comidas para reemplazar los numerosos
muertos y alimentar a los sobrevivientes, mientras Pizarro
permanecía en algún inhóspito lugar del océano Pacífico como las
costas chocoanas, la desembocadura del río San Juan de Micay, la
isla del Gallo o la isla de Gorgona a la espera de los
indispensables auxilios. No fue posible fundar en toda esa costa ni
en sus islas una ciudad que, actuando como centro de
aprovisionamiento, permitiera continuar los descubrimientos hacia
el sur. Todas estas expediciones hasta llegar al Perú tuvieron que
armarse en Panamá. No ocurrió nada similar en América: ni la
entrada de Hernando de Soto en los Estados Unidos, ni el duro viaje
de Quesada desde Santa Marta hasta Bogotá. Ninguno de ellos duró
cuatro años.
Con excepción de Nabugá, Bahía Solano, Tribugá, Nuquí,
Buenaventura, Timbiquí, Guapi y Tumaco, Nina de Friedemann ha
trabajado sobre todo en las poblaciones del interior de las costas
y aun en los valles intercordilleranos, como Quibdó, Istmina, Tadó,
Yuto, Lloró, Bagadó, Chambaré, Muchichí, Cuajandó, Engrivadó,
Cértegui, Tutunendó, Neguá, Beté y Tagachí en el departamento del
Chocó, Bajo Calima y Jamundí en el departamento del Valle del
Cauca; Coteje, Santa María, Mechengue, Villarica, Miranda, Corinto,
Caloto y Puerto Tejada en el departamento del Cauca; Barbacoas,
Zapote, Los Brazos, El Venero, Gertrudis en el departamento de
Nariño. Es decir grosso modo, aquellos lugares donde se concentró
la actividad minera de los negros en la Colonia y los primeros años
de la República. Con posterioridad a la liberación de los esclavos
en 1851 y hasta 1920 éstos se vieron obligados a desplazarse hasta
la propia costa Pacífica en busca de nuevas ocupaciones.
Nos cuesta trabajo imaginamos a Nina de Friedemann, una mujer
menuda, tierna y femenina, viajando por aquellas húmedas selvas,
durmiendo en hamacas, chinchorros o en el suelo y desplazándose en
incómodas canoas o
pangas a través del formidable
sistema venoso de sus ríos, único medio de comunicación en la mayor
parte de nuestra costa Pacífica. Nina ha surcado casi todos esos
ríos: Anchicayá, Napi, Mechengue, Bubuey, Saija, Timbiquí, Guapi,
Satinga, Sanquianga, Güelmambí, Telembí, Ispí, Yaguapí, Patía,
Maguí, Nansalbí y Sumbiambí. Y también el Atrato y sus afluentes:
Domingodó, Opogodó, Napipí, Bojayá, Buchadó, Tagachí, Bebará, Beté,
Neguá, Munguidó, Quito, Tanandó, Capá, Yuto, Andágueda y
Cértegui.
Pero no ha limitado Nina S. de Friedemann sus actividades a la zona
Pacífica. La autora se ha desplazado a San Andrés y Providencia, a
San Basilio de Palenque, a Cartagena, a Barranquilla y a muchos
otros sitios de nuestra costa Atlántica. Fruto de esos viajes y de
sus abundantes lecturas son varios trabajos sobre los negros de
habla criolla e inglesa en San Andrés y Providencia, sobre los
ganaderos de Palenque y los ritos funerarios (lumbalú) allí mismo,
sobre los cabildos de esclavos en la Cartagena colonial y sobre el
carnaval de Barranquilla, cuyas comparsas de congos tienen tanta
figuración.
Todos estos temas y muchos más, se tocan en este libro que es una
prodigiosa síntesis de
africanidad en Colombia en
donde aparece, así sea como simple referencia, mucho de lo que se
ha escrito sobre los negros en nuestro país yen donde se comentan
las más recientes publicaciones de autores africanos sobre su
propio continente.
Aquí en este libro puede confirmarse la facilidad con que Nina de
Friedemann se mueve en el tema de los negros en las minas de oro de
la costa Pacífica, su organización social
(
cuadrillas y
troncos), sus
métodos de trabajo y la vida cotidiana del minero, sus anhelos y
necesidades. Y también en otros muchos temas como el aporte
cultural africano en Colombia, en su música, arte e
instituciones.
Este libro está llamado a convertirse en texto para los estudiantes
de antropología y sociología y en obligada obra de consulta para
los profesores y conocedores de estos temas.
NICOLÁS DEL CASTILLO MATHIEU