COLOMBIA PREHISPANICA
Regiones arqueológicas
Instituto Colombiano de Antropología e Historia

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La Altiplanicie Cundiboyacense

Alvaro Botiva Contreras

 

ÍNDICE

VER TABLA SOBRE EL CLIMA, LA VEGETACIÓN Y LOS CULTIVOS

 

 

Las ocupaciones Prehispánicas 2

 

Con base en lo expuesto se considera que esta región debe entenderse a través de los diversos procesos socioculturales que se dieron dentro de una temporalidad de más de 13.000 años y era una zona que comprende sabanas, valles, llanuras y vertientes.

A partir de 1970 se tiene información sobre los primeros habitantes que ocuparon la altiplanicie cundiboyacense; fueron grupos de cazadores que vivieron bajo abrigos rocosos y en campamentos al aire libre; éstos se han asociado con una etapa lítica o precerámica. Las evidencias se han registrado en la Sabana de Bogotá; al Este, en la región del Guavio y al Occidente en la vertiente del Magdalena; en una época de fuertes cambios climáticos (del final de la última glaciación).

El período se extiende aproximadamente desde el año 12.400 al 3.270 A.P. Los vestigios arqueológicos muestran una tecnoeconomía basada en el trabajo de la piedra para la caza, el faenado de animales de presa y la recolección, por grupos que debieron estar organizados en pequeñas familias o bandas. Hacia el final del período se presenta en Zipacón la coexistencia de patrones de subsistencia basados en la caza, la recolección vegetal y animal con prácticas agrícolas y además la presencia de cerámica correspondiente a un nuevo período cultural denominado "Herrera"

Los habitantes de este período fueron los primeros alfareros de la región y conocieron la agricultura, pero también ocuparon abrigos rocosos y campos abiertos en la Sabana de Bogotá, la vertiente del río Guavio, el Alto Valle de Tenza, la Altiplanicie de Tunja y los alrededores de la Sierra Nevada del Cocuy. Se cree que los individuos de este período posiblemente provenían del Valle del Magdalena.

Los resultados de las excavaciones en la Sabana de Bogotá no han mostrado una continuidad cultural entre los habitantes de este período y los Muisca, siendo más las diferencias que las similitudes.

En 1984, en Tunja con base en la tipología cerámica y su posición estratigráfica, se planteó un período de transición entre la ocupación "premuisca" y la Muisca, alrededor del siglo VII d.C. Ya en 1937 Hernández de Alba al excavar el temple de Goranchacha en dicha ciudad, mencionó la existencia de un pueblo anterior y diferente al Muisca. Igualmente, en las décadas de los años 50 y 60 se señaló la posible existencia de un substrato "prechibcha" en la Sabana de Bogotá. Al finalizar la década del 70 se planteó con base en la estratigrafía cultural del sitio de Tequendama la existencia de un período oscuro, vacío cultural que se ha ido llenando con estudios recientes.

La tercera ocupación corresponde a la cultura Muisca, la cual se remonta alrededor del siglo VII d.C.. Esta se extendió por una amplia zona de la cordillera Oriental desde los actuales municipios de Fosca, Pasca (Páramo de Sumapaz) y Tibacuy al sur, hasta los municipios de Onzaga, Soatá y el valle del río Chicamocha al norte; por el oriente llegó hasta la vertiente de la cordillera que da a los llanos, probablemente desde los 1.000 m.s.n.m., incluyendo los municipios de Quetame, Gachalá, Somondoco, y Zotaquirá, y parte del Páramo de Pisba; por el occidente abarcó una gran parte de la vertiente del Valle del Magdalena, desde la población de Tena al Sur hasta los páramos de Chontales y Guantiva, al Norte.

El territorio ocupado por los Muisca incluyó valles interandinos con mesetas y laderas condicionadas por diferencias altimétricas, las que implican cambios de temperatura, humedad y precipitación; también la exposición a las corrientes de vientos húmedos y secos del Valle del Magdalena y de los Llanos Orientales estimulan la diversidad geográfica con tierras frías, templadas y cálidas, con una flora abundante y variada.

 

Sobre los Muisca existe mucha información en crónicas, archivos y documentación etnohistórica, a partir de finales de la primera mitad del siglo XVI. Los españoles se encuentran con una cultura que poseía una tecnología agrícola variada, con énfasis en el cultivo del maíz que se producía en todos los climas y constituía la base de su alimentación, junto con el fríjol, la ahuyama y la papa; también cultivaron la calabaza, el ají, el algodón, el tabaco y la coca, demostrando un excelente manejo en el control de los diferentes pisos térmicos de su territorio; explotaron las fuentes de agua salada; produjeron cerámica para uso doméstico, ritual y para el intercambio; tuvieron una próspera industria textil y un complejo desarrollo de la orfebrería. La circulación y el intercambio de productos se llevó a cabo en varios sitios donde se realizaban mercados periódicos. El tributo y la distribución cacical, favoreció el aprovisionamiento regular de las comunidades y la existencia de una especialización local en la producción de artículos.

Tuvieron templos construidos en forma circular y otros lugares de culto y ofrenda, como cavernas, grandes piedras, lagunas y las cumbres de algunos cerros.

Los patrones de asentamiento estuvieron condicionados por la formación de grandes aldeas y la construcción de viviendas dispersas permanentes o temporales situadas en los sitios de cultivo.

Las estructuras de las tumbas, el contenido de éstas y en general las practicas funerarias presentan variaciones relacionadas con el personaje enterrado, ya que reflejan el status que este tuvo dentro de su sociedad. Es importante recalcar las diferencias regionales, ya que éstas en parte reafirman la heterogeneidad de los Muisca. Al parecer no fue una gente igual en todas partes, la variación regional en las formas de enterramiento es muy significativa. En el asentamiento de Soacha (Cundinamarca) (Botiva en preparación), las tumbas son rectangulares, de poca profundidad, se localizan muy cerca unas de otras, en algunos casos superpuestas con orientaciones variables. Menos de un 10% de las tumbas están cubiertas con lajas y sólo alrededor del 30% presentan ajuar funerario. Los individuos en general fueron colocados en posición de decúbito dorsal extendidos. En Guasca (Botiva, 1976) al noreste de la sabana las tumbas en su mayoría están tapadas con lajas, el ajuar funerario es más abundante y se encuentran tumbas de pozo con cámaras laterales. Las tumbas de Ubalá en la región del Guavio (Botiva, 1984) al oriente de Cundinamarca son de corte trapezoidal y el personaje, posiblemente se colocó sentado. En el Valle de Samacá (Boada, 1987), algunos individuos al morir recibían un tratamiento muy complejo, se flexionaba el cadáver hasta dejarlo en posición fetal, para ello muy posiblemente fue atado y envuelto en mantas. En algunos casos se les colocó arcilla en la cabeza y los pies, luego fueron recubiertos con una capa de ceniza; se depositaron en una tumba cuya forma variaba entre oval, pozo redondo y pozo con nicho. Cuando se utilizó el último tipo de tumba, el cuerpo podía ser puesto en posición sentada o acostada. En este sitio también se encontraron entierros de infantes en vasijas funerarias. En síntesis el tratamiento de los cuerpos, el complejo ritual funerario y toda la variabilidad de información que ofrecen los reportes arqueológicos confirman que los Muisca no fueron tan homogéneos como se ha creído.

Al finalizar la década de los años 70, Reichel-Dolmatoff (1978) planteó que eran muy pocas las investigaciones arqueológicas que corroboraban dichas apreciaciones; que no se habían encontrado las grandes aldeas que describían los cronistas; tampoco las excavaciones sistemáticas dejaban reconocer un solo sitio de habitación, ni ninguna planta de vivienda; y que los pocos conocimientos sobre la cultura prehispánica Muisca se fundamentaban en hallazgos ocasionales de piezas de oro, cerámica, textiles, tallas de piedra o madera y tumbas generalmente carentes de contexto; también planteó que las escasas excavaciones científicas adelantadas en esta región referentes a los siglos antes de la Conquista se habían limitado a problemas locales y a sitios arqueológicos superficiales; igualmente comentó lo poco que se sabía sobre la estratigrafía cultural en el territorio Muisca; siendo así, no era posible definir las fases de desarrollo que permitieran reconocer cambios adaptativos y sus correlaciones tecnológicas y sociales. Además planteó que el nivel cultural logrado por los Muisca no debía juzgarse por los escasos y sencillos restos materiales, sino en su desarrollo espiritual e intelectual y que los verdaderos logros de los Muisca fueron sus elaboraciones religiosas y observaciones astronómicas, elementos indicadores de un avance científico e ideológico, que junto con las instituciones políticas, y económicas constituyeron un nivel socio-cultural que no fue alcanzado por las otras sociedades nativas que ocuparon el actual territorio colombiano.

Válidas o no las anteriores consideraciones, el estudio de los Muisca continúa siendo tema de interés. Actualmente, la investigación para lograr inferir los orígenes y sucesivas fases de desarrollo de esta etnia, tiene en cuenta que ésta junto con los SUTAGAOS, TUNEBOS, LACHES, GUANES, CHITAREROS, TIMOTOS y CUICAS formaron parte de la gran familia lingüística Chibcha que ocupó en el siglo XVI un área conjunta de más de 70.000 Km2. Estas sociedades guardaban entre sí muchas similitudes y relaciones; por ello el estudio de los Muisca se viene enfocando en un marco regional, cultural y cronológico amplio que se relaciona con los "Chibchas de los Andes Orientales". Esta denominación comprende los grupos mencionados en una región que abarca la cordillera Oriental de Colombia desde el norte del Macizo de Sumapaz, hasta la Serranía de Mérida en Venezuela. Lleras y Langebaek (1987).

 

El Período Lítico o Precerámico

 

Las primeras evidencias de ocupación temprana en la Sabana de Bogotá, se localizaron en abrigos naturales (Rocas de Sevilla) en la hacienda El Abra (Zipaquirá). La investigación adelantada por T. Van Der Hammen, G. Correal, L.C. Lerman (1970); y W. Hurt, T. Van der Hammen y G. Correal (1976),(1977), permitió determinar las características tipológicas y cronológicas de un conjunto lítico formado básicamente por artefactos de chert, cuya técnica preferencial fue la percusión, para producir bordes cortantes; sólo ocasionalmente, se utilizó la técnica de presión para producir retoques secundarios a los artefactos. Se conocieron además las características ecológicas y adaptaciones culturales, que se dieron en la Sabana de Bogotá y las diferentes épocas del poblamiento "pre-chibcha"; así se estableció que el desecamiento del antiguo lago sabanero debió ocurrir entre los años 40.000 y 30.000 A.P. El período comprendido entre los 30.000 y 20.000 años A.P. correspondió a una época fría con una vegetación de páramo húmedo, época en la cual todavía no hay vestigios culturales. Hacia el año 20.000 A.P. el clima se vuelve más frio aún y además muy seco. Alrededor del 12.500 años A.P. el clima mejoró notablemente, aumentó la temperatura y la humedad, la vegetación adquirió un carácter de subpáramo y los bosques especialmente de alisos cubrieron casi toda la sabana. Para esta época ya hay vestigios de la presencia del hombre, representados en carbón vegetal y artefactos líticos, sin descartar la posible utilización de otros materiales como madera y hueso en la fabricación de instrumentos.

La secuencia de El Abra culminó con grupos recolectores hacia el año 7.250 A.P.

El sitio Tibitó (50 Kms. al norte de Bogotá), estudiado por Gonzalo Correal U. (1981) ofreció, por primera vez en Colombia, evidencias culturales precerámicas asociadas a restos de megafauna (mastodonte y caballo americano) y de otras especies menores como venados. Los vestigios se asociaron con una fecha de 11.740 + o - 110 años A.P. El material cultural, consistió en artefactos de asta de venado, perforadores de hueso, e instrumentos líticos; un raspador aquillado muy elaborado muestra una tecnología similar a la que se presentó en la zona de ocupación 1 del sitio Tequendama fechada en el milenio XI A.P. Las evidencias palinológicas de Tibitó I, revelaron un descenso en la temperatura, hasta condiciones de subpáramo y permitieron establecer correlaciones con el estadial de El Abra (entre los años 11.000 y 10.000 A.P.). Este sitio se puede considerar como una estación de beneficio de presas de megafauna (mastodontes) y especies menores (venados y otros).

Con los resultados de las investigaciones de Correal U. y Van der Hammen (1977) en los abrigos rocosos del Tequendama se presentan los primeros intentos de sistematizar la información sobre la etapa precerámica o lítica en Colombia. Los investigadores localizaron yacimientos arqueológicos estratificados que abarcan una secuencia temporal que va desde finales del pleistoceno (10.920 años A.P.), hasta aproximadamente el año 5.000 A.P. para las industrias líticas precerámicas y entre los 2.500 años A.P. y la época de la conquista para los elementos cerámicos.

En el estrato inferior de la secuencia, depositado hace aproximadamente 12.500 años, al principio del tardiglacial, se encuentran vestigios de la presencia del hombre. Los pocos desperdicios de talla de piedra señalan la existencia de campamentos de cacería de corta duración. Alrededor del décimo milenio A.P. se evidencia la presencia estacionaria del hombre por los restos de fogones y artefactos de chert de tipo Abriense, los cuales se caracterizan por la preparación de un borde de utilización por medio de la técnica de percusión. Se supone que la zona I de ocupación se destinó para la preparación de las presas de caza. Otros artefactos fueron hechos con una técnica más refinada (Tequendamiense), empleando materiales más densos y a veces provenientes de otros lugares (Valle del Magdalena). Los instrumentos muestran retoques superficiales muy bien controlados, logrados mediante la técnica de presión (hoja bifacial delgada, instrumento bifacial escotado, punta de proyectil y raspador aquillado). En otros, se observan retoques secundarios muy finos en el contorno y en el borde de utilización.

Los restos de fauna sugieren la caza del venado en un alto porcentaje y, en menor proporción, de roedores (ratón, curí, conejo), armadillos, zorros y perros de monte.

El conjunto de evidencias demuestra que los abrigos del Tequendama estuvieron habitados durante el estadial de El Abra por cazadores especializados que se habían adaptado a los terrenos semiabiertos de la Sabana de Bogotá.

La zona de ocupación II, se ubica temporalmente hacia el año 8.500 A.P., allí abundaron los fogones y alrededor de ellos grandes cantidades de restos de mamíferos y deshechos de comida. También se identificó un taller de artefactos líticos de tipo Abriense: perforadores, raederas, raspadores terminales y cóncavos, (estos últimos para el trabajo de la madera) lo mismo que artefactos de hueso.

La fauna representada indica una baja en la cacería de venados y aumento en la de roedores, lo cual parece indicar un cambio en el modo de subsistencia de cazadores especializados a cazadores recolectores. En esta época se dio la práctica ritual de la cremación de cadáveres, seguida del entierro de los restos.

Entre los años 7.000 y 6.000 A.P, se presenta en la zona III de ocupación, un aumento en la densidad de artefactos que son únicamente del tipo Abriense, y de desperdicios óseos. Se nota la ausencia de cuchillas, raspadores aquillados y laterales; se encuentran lascas laminares, prismáticas y raspadores cóncavos que muestran la importancia de la industria de la madera. Para esta época disminuyen los instrumentos de hueso; se produjo un incremento de la vida en los bosques y se dio mayor énfasis en la recolección. La caza del venado persistió, aunque aumentó la de roedores y hay indicios de domesticación del curí. Los restos de caracoles (gasterópodos) son más frecuentes. En los entierros se observaron esqueletos completos colocados en posición de decúbito lateral o dorsal, con los miembros flejados; los infantes fueron enterrados en posición de cuclillas. El ajuar funerario consistió en instrumentos de hueso. Un entierro fue fechado en 7.200 años A.P. y otro en 5.800 años A.P.

La fuerte abrasión dentaria, sumada a otros rasgos mandibulares, se relaciona con un régimen de alimentos duros característico de los cazadores recolectores.

La continuidad del trabajo de G. Correal (1979), ha permitido la identificación de nuevos sitios estratificados, uno de ellos Sueva I, se localiza en la margen derecha del río Juiquin (vertiente del río Guavio), donde bajo un abrigo rocoso se identificaron varias unidades de estratos culturales.

En la unidad estratigráfica 1 se encontró una baja densidad de artefactos líticos; el estrato 2 presentó mayor cantidad de instrumentos en piedra de tipo Abriense en chert rojo muy compacto. El análisis de C 14 arrojó un fecha de 10.090 años A.P. la cual se asocia con el entierro de un joven, cuyo ajuar funerario consistió en artefactos líticos y restos de mamíferos.

La unidad estratigráfica 3 no contenía elementos culturales; sin embargo, en el estrato 4 abundaban los instrumentos líticos en chert, asociados con fogones y restos de fauna, los cuales fueron fechados en 6.350 años A.P. En la capa vegetal erosionada se encontraron fragmentos cerámicos y volantes de huso de tipología Muisca.

Es de interés la presencia de hematita especular, transportada por el hombre, la cual, igualmente es registrada en Los Alpes, municipio de Gachalá, (también en la vertiente del río Guavio). Las evidencias de los dos sitios son similares y posiblemente éstos corresponden a la misma oleada de individuos. La fecha más antigua se obtuvo bajo el abrigo rocoso de Los Alpes y corresponde al año 9. 100 A.P.

Las investigaciones arqueológicas adelantadas por Sergio Rivera (1986) en el Páramo de Guerrero, Municipio de Tausa (Cundinamarca), permitieron reconocer bajo los abrigos rocosos de Payará, sobre la ladera occidental del embalse del río Neusa a 3.360 m.s.n.m. una sucesión de ocupaciones humanas desde épocas precerámicas hasta tiempos recientes. Bajo una capa de piedra producida por esfoliación se encontró la mayor densidad de elementos arqueológicos, fragmentos de hueso calcinados, artefactos líticos de tipo Abriense, utensilios burdamente tallados asociados a la industria de chopper y chopping tools, restos óseos de mamíferos y aves, así como fogones, ceniza y carbón. Se sugiere que la ocupación de este estrato ocurrió entre los años 8.000 y 6.000 A.P. (Período Hipsitermal). La riqueza de instrumentos óseos y la técnica bien desarrollada permitió deducir que se trataba de una cultura de cazadores adaptada al páramo; la actividad de la cacería fue perdiendo importancia, sin desaparecer, mientras crecía la práctica de la recolección y posiblemente de agricultura primitiva. De otra parte, en la abundante muestra cerámica se encuentran fragmentos que abarcan toda la secuencia de las ocupaciones tardías establecidas para el altiplano cundiboyacense. Dentro de la cerámica Muisca se identificaron tipos de diversas procedencias.

Las excavaciones de Gonzalo Correal (1979) en Nemocón 4 mostraron una secuencia que se caracterizó, en la unidad estratigráfica 3 por una baja densidad de artefactos líticos, instrumentos de hueso y una fauna variada representada por abundantes restos óseos de venados, zorros, nutrias, saínos, mapuros, jaguares y roedores. La fecha asociada corresponde al año 7.640 A.P.

El estrato siguiente carece de elementos culturales. La unidad 5 contenía una alta frecuencia de deshechos de talla; allí se observó un incremento de raspadores y de cantos rodados, lascas utilizadas, núcleos y martillos relacionados con el desarrollo de la actividad recolectora; también aumentó el volumen de huesos de roedores y se registraron crustáceos (cangrejos). Asociados con los artefactos líticos aparecen instrumentos de hueso, principalmente punzones; se identificaron restos humanos, aparentemente de un entierro secundario. La unidad superior estaba representada por un mínimo de martillos que indica una menor actividad recolectora. Los artefactos continúan siendo elaborados con una técnica simple.

Otra ocupación humana precerámica fue localizada por Liselotte de García y Silvia de Gutiérrez (1983) en Quebraditas (Zipaquirá). La abundancia de deshechos de talla indica que se trató de un taller lítico fechado hacia el año 5.360 A.P. El piso superior presentó evidencias del período cerámico.

Nuevas exploraciones en 1984, en el municipio de Sutatausa (Cundinamarca), hechas por María del Pilar Gutiérrez B. (1985), dieron lugar al hallazgo de varios sitios precerámicos con material lítico consistente en raspadores, raederas, cuchillos los cuales permitieron estudiar sus implicaciones funcionales de utilización y a la vez demostraron la presencia de cazadores-recolectores en dicha zona.

Gerardo Ardila (1980-1981-1984) halló nuevas evidencias líticas y cerámicas en el municipio de Chía.

Los cortes realizados fueron: Chía I-(La Mana), con material lítico; Chía II -(Las Peñitas), con material cerámico y Chía III -(Las Peñitas), con material lítico y entierros.

Las excavaciones permitieron identificar tres ocupaciones, la más antigua, bajo un abrigo rocoso (codificado como Chía III) ocurrió aproximadamente entre 7.500 y 5.000 años A.P. Esta se asocia con un pequeño grupo de personas, quienes delimitaron las áreas de cocina, taller, descanso y enterramiento. Los artefactos líticos son de la clase Abriense. En el sitio se fabricaron cuchillos y raspadores en huesos de venado. La tipología de los artefactos, y la economía de los ocupantes de Las Peñitas, son similares a la que tuvieron los habitantes, por la misma época, en la zona III del Tequendama, Nemocón 4, Zipaquirá y Payara II. En estos sitios fue muy importante la recolección y el consumo de caracoles, complementando la dieta con venados y otros mamíferos pequeños.

En Chía III, se encontraron 7 entierros, todos de la misma época y contemporáneos con la ocupación del sitio. Los cuerpos fueron enterrados en posición decúbito lateral con los miembros flejados. El ajuar funerario consistió en artefactos líticos, y restos de venado y conejo. La fecha obtenida en el entierro 5 es de 5.040 años A.P. Los individuos eran de talla media, con fuerte desarrollo muscular, cráneo dolicocéfalo, de cabeza alta, frente angosta y corta, nariz ancha y un pronunciado prognatismo alveolar. Los restos dentarios muestran por "primera vez" caries en épocas preagrícolas.

No se sabe si los habitantes de Chía III abandonaron la Sabana o si derivaron hacia nuevas formas socioeconómicas en un lugar cercano. Lo cierto es que la región quedó deshabitada temporalmente.

Entre los años 5.000 - 3.000 A.P. ocurre la segunda ocupación en Chía I por un grupo numéricamente superior al anterior, éste ocupó un sitio a cielo abierto (terraza coluvial), sin vinculación con los abrigos. Es probable que los habitantes que utilizaron este nuevo patrón de asentamiento (semejante al de Vistahermosa en Mosquera y Aguazuque 1 en Soacha) también hayan utilizado los abrigos rocosos como vivienda. Las evidencias sugieren contactos entre el Valle del Magdalena y el altiplano. Los artefactos son de la clase Abriense, pero incluyen cantos rodados con bordes desgastados (edge ground cobbles), raspadores planos e instrumentos multifuncionales, asociados a la recolección y posiblemente a domesticación de plantas, raíces y/ o tubérculos. La tradición de cantos rodados con bordes desgastados no había sido reconocida para la etapa lítica en Colombia, pero se relaciona con otros yacimientos (Chiriqui - Panamá) con evidencias de agricultura temprana. En Chía I también aparece un piso de piedras fechado en 3.120 años A.P., en un estrato superior con cerámica del período Herrera.

Gonzalo Correal (1986) excavó en la hacienda Aguazuque (municipio de Soacha) un campamento de cazadores recolectores y pescadores al aire libre, y a la vez un complejo funerario precerámico. El asentamiento estaba resguardado de las inundaciones por hallarse sobre una terraza que presentaba condiciones propicias para vivir y aprovechar los recursos que ofrecían los remanentes lacustres de la Sabana de Bogotá, así como los recursos faunísticos y vegetales de los alrededores. Además de campamento de cacería, el sitio sirvió de basurero y a la vez como cementerio.

En la formación del yacimiento se presentan 7 unidades estratificadas. Las unidades 1 y 2, las más bajas, son dos capas arenosas que culturalmente solo representan el fondo del entierro inferior de la tumba doble de la unidad superior. La unidad 3 es la base de la secuencia cultural; en esta se registraron fogones rellenos de ceniza, carbón, restos de fauna (venados, roedores, caracoles terrestres, moluscos de agua dulce y crustáceos), artefactos líticos, pesas para redes de pesca, plataformas concéntricas con huecos periféricos, entierros primarios, secundarios y una tumba de pozo doble, sobre una plataforma apisonada. Los restos se encontraron cubiertos con pintura blanca revestida con ocre, en ellos aparecen rasgos anatomopatológicos que corresponden a treponematosis (Sífilis) avanzada. También se registró la presencia de huecos que delimitan áreas circulares, que en un caso enmarcan la plataforma mencionada y en otros casos aparecen independientes de dichas estructuras, configurando cobertizos en forma de colmena.

La unidad 4 (1) presentó los vestigios arqueológicos de mayor interés, fechados en 4.030 años A.P. Allí se encontró un entierro humano; los restos se hallaron cubiertos de pintura blanca y están asociados con artefactos líticos de la clase Abriense e instrumentos de hueso. También se hallaron restos de cráneos con bordes biselados, decorados con incisiones rellenas de pintura blanca, delineando motivos curvilíneos (volutas, círculos y líneas paralelas); sobre algunos de estos se aprecia pintura de color rojo.

Los huesos largos recuperados, sin epífisis, muestran pintura plateada y blanca sobre negro, en líneas paralelas. Esta unidad muestra un complejo funerario no definido anteriormente en Colombia para yacimientos de cazadores recolectores; consta de 23 entierros primarios y secundarios en disposición circular. En los primeros se incluyen mujeres, hombres y niños, predomina el entierro doble, en posición lateral derecha o izquierda, con los miembros flejados. Los paquetes de huesos humanos y de animales así como los huesos calcinados y cráneos aislados sugieren la practica del canibalismo.

La unidad 4 (2) no muestra variaciones significativas en los artefactos, restos de fauna o entierros, con relación a las unidades superiores. En esta unidad aparecen las plataformas circulares de color rojo con huecos rellenos de piedras areniscas angulares y huesos de venados.

Las unidades 51 y 52 incluían fogones, construcciones de planta oval identificadas por huecos de postes, entierros primarios y secundarios. A éstos se les puede asignar, por asociación estratigráfica con el sitio (MSQ 14) Vistahermosa, fechas entre 3.400 y 3.100 años A.P. respectivamente. Para esta última época se destaca una inhumación doble (hombre y mujer adultos), colocados en la misma posición que los de la unidad inferior, pero con el rostro hacia el oeste. también se encontraron huesos con pintura blanca, deformación craneal fronto-occipital y huesos largos pintados de rojo. Los entierros de niños muestran posición sedente con los miembros flejados.

Los restos de fauna pertenecen a venados, ratones, curíes, faras y comadrejas, entre los restos de peces se destacan el capitán y la guapucha, otros restos parecen corresponder a batracios, (ranas), crustáceos (cangrejos), gasterópodos y moluscos, este último representado por la especie de agua dulce (Unio pictorum) que debió servir como fuente de proteínas y para la extracción del colorante plateado (Nácar).

Los artefactos líticos siguen siendo de la clase Abriense; pero se incluyen martillos de mano y cantos rodados con borde desgastado (edge ground cobbles), tradición lítica similar a la de Chía I y Vistahermosa. En este sitio se registraron punzones de hueso reconocidos también en Vistahermosa y pesas circulares bucólicas para redes de pesca, elaboradas en cantos rodados de arenisca.

La capa 6 solamente contiene pequeños trozos de carbón vegetal y unos pocos fragmentos cerámicos del período Muisca. La unidad 7, la más alta, presenta cerámica moderna, vidrio y tiestos definidos para el período Muisca.

Los restos óseos de Aguazuque presentan rasgos ya descritos para series precerámicas de Colombia, tales como la dolicocefalia, atrición dentaria, prognatismo alveolar moderado, pómulos fuertemente desarrollados etc.; es importante destacar cómo por medio de los estudios paleopatológicos se han identificado en los restos óseos de este sitio lesiones luéticas (sífilis).

En la investigación realizada en la Hacienda Vistahermosa sitio (MSQ 14) en el municipio de Mosquera al borde de la Laguna de Herrera G. Correal, (1984) identificó una estación precerámica abierta, con dos capas culturales. La capa 1 u horizontal A, se caracterizó por la presencia de un piso de piedras irregulares y postes de madera en posición horizontal, posiblemente utilizados como aisladores de humedad. Se encontraron raspadores, raederas, lascas con borde cortante y abundantes artefactos de asta y hueso que incluyen raspadores, perforadores, leznas, y punzones, estos últimos denominados Vistahermosa, los cuales se caracterizan por haber sido elaborados "con la porción superior de omoplatos de venados, presentan una parte próxima laminar oblonga y un extremo agudo". También se encontraron fogones y entierros humanos, destacándose un esqueleto completo rodeado por cinco cráneos. Los restos de fauna incluyen mamíferos, aves y caracoles los cuales indican actividades de cacería y recolección. Esta capa fue datada en 3.135 años A.P. La capa 2 presenta artefactos de piedra y hueso; fue fechada en 3.410 años A.P. La presencia de basalto sugiere desplazamientos entre esta parte del altiplano y el Valle del Magdalena.

María Victoria Palacios (1972), excavó en las colinas del Alto de La Cruz, cerca de Bojacá (Cundinamarca). Encontró esqueletos humanos cuyos cráneos fueron definidos como dolicocéfalos, con un índice promedio de 66.8%, por lo cual la investigadora supuso contemporaneidad con la etapa precerámica. También encontró asociación con artefactos líticos, trabajados por percusión y retocados por presión. Además registró instrumentos de hueso (agujas, un cuchillo y un pulidor). Los artefactos y los restos de fauna los relacionó con actividades de caza y recolección.

 

El Periodo Herrera (3)

La investigación de Gonzalo Correal U. y María Pinto Nolla (1983) en Zipacón sugieren que los desarrollos agrícolas alfareros en la Sabana de Bogotá se remontan más allá del año 3.270 A.P. Esta fecha modifica la periodización cultural anteriormente establecida, con base en la información de la zona IV de ocupación del Tequendama con prácticas agrícolas por el año 2.225 A.P. Los hallazgos de Zipacón muestran la coexistencia de patrones de subsistencia basados en la cacería y la recolección, el cultivo incipiente de maíz y batata. Este sitio, además de suministrar la fecha más antigua para la cerámica de la Sabana, permite una visión más concreta sobre los acontecimientos ocurridos hacia el cuarto milenio A.P., esclareciendo en parte, el vacío de información que existía. Según Correal y Pinto, el aspecto de mayor interés es la presencia de los tipos cerámicos del "Período Herrera", "Zipacón Cuarzo Fino", "Zipacón Rojo sobre Crema". La cerámica de este sitio se ubica entre principios del segundo milenio a.C., y primeros siglos D.C. Los artefactos líticos obtenidos no difieren de los ya reconocidos en otras áreas de la Sabana.

La fauna asociada incluye mamíferos, peces, aves, crustáceos y gasterópodos (caracoles), sobresale la presencia de restos de pecarí, que junto con la de semillas de aguacate y rasgos en la cerámicas relacionados con otros del Valle del Magdalena, sugieren una lenta migración de esta región hacia el altiplano, a finales de la etapa lítica, de grupos diferentes a las bandas de cazadores que habitaron la Sabana de Bogotá durante largo tiempo. Estos eran recolectores, horticultores y alfareros.

Los resultados de esta investigación son de gran importancia, por ser la primera vez que se plantea una etapa antes desconocida en el desarrollo cultural de la Sabana de Bogotá como fue el paso de la agricultura incipiente (horticultura) y la recolección, a la etapa agrícola ya desarrollada, en Zipaquirá y otros sitios del Período Herrera. De otra parte los datos obtenidos en Zipacón permiten ir aclarando lo relativo al "Período Oscuro" o "Vacío Prehistórico" planteado en investigaciones anteriores, para un período comprendido entre los años 5.000 a 2.225 A.P.

Silvia Broadbent (1971) fue quien registró la cerámica Herrera (3) en los municipios de Mosquera, Madrid y Bojacá (Cundinamarca), en sitios por lo menos del tamaño de una aldea (aproximadamente 5 has.). La investigadora definió los tipos "Mosquera Rojo Inciso" y "Mosquera Roca Triturada"; planteó que esta cerámicas era muy particular, y diferente a la Muisca encontrada en los mismos sitios. Ahora, con base en los resultados de varias investigaciones, se puede plantear que la cerámica Herrera, a pesar de su amplia distribución en la altiplanicie cundiboyacense, es muy homogénea.

Al Período "Herrera" corresponden los desarrollos culturales ocurridos entre el precerámico tardío y el período Muisca; Cardale de Schrimpff (1985) afirma que éste se definió principalmente por el estilo cerámico más antiguo conocido en la Sabana de Bogotá y que, con anterioridad a los trabajos de Broadbent, Duque Gómez (1955) y Hernández de Alba (1937) habían planteado la existencia de sitios y objetos diferentes a los asociados con los Muisca en esta región.

Las excavaciones de García y Gutiérrez (1983), en el abrigo rocoso Tequendama III , mostraron un piso de vivienda, probablemente permanente tanto para la etapa lítica como para el período cerámico "Herrera". En este sitio también se encontraron dos pisos de piedra superpuestos y claramente diferenciados que correspondieron a ocupaciones humanas, el piso inferior presentó material lítico, óseo y un entierro, y el superior estaba asociado al período cerámico.

Gerardo Ardila (1981) identificó en el abrigo rocoso Chía II la tercera ocupación de esta zona, por gente portadora de cerámica Herrera. La fecha obtenida fue de 2.090 años A.P. y según las evidencias los abrigos no se utilizaron como sitios de vivienda, sino esporádicamente, como campamentos de paso.

Uno de los trabajos más significativos sobre el Período Herrera es el de Marianne Cardale de Schrimpff (1981) sobre las Salinas de Zipaquirá. Allí la ocupación premuisca se asentó en las laderas de la planicie o parte alta de la colina de La Sal. En la primera mitad del último milenio a.C. el sitio había sido desmontado y los primeros habitantes cultivaron maíz y quinoa. La cacería estuvo representada por restos de venado grande, soche y curí. Se calcula que para el primer siglo a.C. habitaron el lugar de 35 a 70 personas. Por el año 2.326 A.P. en Nemocón también se producía sal por el proceso de evaporación.

En Zipaquirá durante el primer siglo d.C. se incrementó la producción de sal. Los cálculos sugieren la presencia de 500 toneladas de fragmentos de vasijas utilizadas en la compactación de la sal. La investigadora planteó que la población de la zona fue aproximadamente de 30.000 habitantes.

El conjunto cerámico de Zipaquirá, está representado por los tipos "Mosquera Roca Triturada", "Zipaquirá Rojo sobre Crema", "ollas con decoración ungulada" y "Zipaquirá Desgrasante de Tiestos". Estos comparten rasgos decorativos y aparecen asociados en sitios contemporáneos. Un tipo adicional, en muy baja proporción, es el "Mosquera Rojo Inciso" importado tal vez de los límites suroccidentales de la Sabana. No se sabe si se trató de un tipo cerámico del "Período Herrera" o si fue elaborado por gentes de otra etnia, tal vez provenientes del Valle del Magdalena.

En Zipacón y en varios sitios de Mosquera, se halló el tipo "Zipaquirá Desgrasante de Tiestos", lo cual sugiere que la sal se transportaba en las vasijas en que se compactaba.

En la Sabana de Bogotá, Karl H. Langebaek R. y Hildur Zea S. (1983-85-86) en el sitio El Muelle II (municipio de Sopó) identificaron tres períodos cerámicos. En el primero (Herrera) el sitio de utilizó como basurero de una cerámica dedicada a la evaporación de aguasal.

Los tipos cerámicos asociados son el "Zipaquirá Desgrasante de Tiesto", que corresponde a vasijas utilizadas en la producción de sal y, en menor proporción, el "Sopó Desgrasante Calcita", cuyas formas sugieren una función de almacenamiento. Tipos como el "Mosquera Roca Triturada" y "Mosquera Rojo Inciso" se asocian a cerámica doméstica, comúnmente relacionados con el "Zipaquirá Desgrasante Tiestos". Estos no se encontraron en el sitio, lo cual hace pensar que el lugar de vivienda quedaba en las inmediaciones de El Muelle II. Los vestigios de fauna sugieren la caza de venado grande, venado pequeño, ratones y patos.

Las características estratigráficas, y evidencias obtenidas para el segundo período identificado en el sitio, corresponden a la cultura Muisca y probablemente El Muelle sea el antiguo asentamiento de Meusa.

En dicho sitio entre los períodos Herrera y Muisca cambiaron las características de ocupación, lo cual sugiere que entre estos no hay mayor continuidad cultural. Al tercer período le corresponde la cerámica post-conquista. Langebaek (1986), compara los resultadas obtenidos en la región de Sopó con los de otras excavaciones del altiplano. El investigador comenta que las excavaciones en "El Muelle" brindaron la oportunidad de conocer la historia de un sitio donde se arrojaron desperdicios de los dos períodos cerámicos previos a la invasión española; también identificó algunos rasgos comunes para ambos períodos. Se sabe que los indígenas de estos períodos compartieron el conocimiento de prácticas agrícolas y alfareras, escogieron el mismo sitio para vivir y al parecer mantuvieron relaciones de intercambio que les daban acceso a productos de lejana procedencia. Sin embargo entre los indígenas de uno y otro período parecen haber existido más diferencias que similitudes. En la cerámica existe un evidente contraste: el uso de pintura para la decoración en el Período Muisca, con técnicas y motivos que recuerdan tradiciones del norte de Colombia, Venezuela y los Llanos Orientales. Tanto Langebaek (1986) como Cardale (1981) opinan que no es difícil relacionar los tipos incisos de dicha región con el material de los sitios de Sopó y Zipaquirá. El tipo Herrera "Mosquera Rojo Inciso", se asemeja a vasijas encontradas en el Valle del Magdalena; este tipo no está representado en el material de los dos sitios mencionados. Esta cerámica es común en el sur y occidente de la Sabana de Bogotá y presenta estrecha relación con tiestos de cerámica "Pubenza Rojo Bañada", característicos de algunos sitios de la vertiente occidental de la cordillera. Lo anterior sugiere el traslado de dos tradiciones cerámicas en el límite entre las dos áreas. Langebaek plantea que la relación entre el Muelle II y el Valle del Magdalena, se debe trazar a partir de la cerámica con desgrasante de calcita (Mosquera Roca Triturada), cuyas formas y decoración recuerdan aspectos de vasijas encontradas en Arrancaplumas, cerca a Honda.

En cuanto al área ocupada por los Muisca fue por lo menos cuatro veces mayor que la ocupada por los habitantes del período anterior. Estos grupos presentan diferencias en las pautas de asentamiento. Durante el Período Herrera hay utilización de abrigos rocosos y sitios a campo abierto, mientras que los asentamientos Muisca son únicamente de la segunda categoría.

Durante el Período Herrera tuvieron importancia para la dieta los frutos de la caza y la recolección, la cual se complementaba con productos de una agricultura incipiente; la evaporación de aguasal era una actividad económica notable. Para los Muisca la economía se basó en la agricultura desarrollada con énfasis en el cultivo del maíz. Durante el Período Herrera es notable la ausencia de tejidos, de orfebrería y de cerámica ceremonial, lo que apunta a diferencias en la vida ritual y espiritual. Langebaek defiende la tesis que se trata de dos épocas en las cuales predominaron grupos de distinta filiación cultural, Herrera y Muisca, que probablemente son de origen disímil.

Alvaro Botiva (1984), obtuvo una muestra superficial de Cerámica Herrera del tipo "Mosquera Roca Triturada", en la Cueva del Nitro (Municipio de Ubalá) sobre la margen izquierda del río Guavio. Esta se encontró asociada superficialmente con cerámica Muisca, pesas tubulares para red, cuentas de collar en calcita y concha marina. Aunque no fue posible adelantar excavaciones en dicho sitio, es interesante la presencia de dicho material en la vertiente oriental de la Cordillera Oriental, ya que sirve como indicador de la gran expansión que tuvieron las gentes del Período Herrera en la altiplanicie. Esta migración se confirma una vez más con el trabajo de Sergio Rivera (1986) quien, al noroeste de la Sabana de Bogotá, en el Páramo de Tausa bajo los abrigos rocosos de Payará, encontró cerámica de dicho período además de Muisca y moderna. Para este sitio se planteó que pudo haber sido una estación tardía de caza y recolección, y a la vez parte de una ruta de comercio. Es interesante observar que los dos sitios mencionados corresponden a dos pisos térmicos diferentes, clima medio y páramo, lo cual nos confirma que la ocupación Herrera se asentó en regiones de distintos ambientes y explotó varios nichos ecológicos.

El sitio "La Loma" (Facatativá, investigado por García y Gutiérrez (1983) se caracterizó por la ausencia total de un período lítico y el hallazgo de abundante cerámica, instrumentos de hueso y un fogón. La fecha 310 años A.P., obtenida de un piso cultural, no es del todo consistente con el tipo cerámico "Mosquera Roca Triturada" pero aceptable, por la asociación con el tipo cerámico, "Funza Cuarzo Fino". Se cree que el lugar sólo se utilizó esporádicamente como estación de caza, a la vez que probablemente sirvió como refugio de los desbordes del río Chueca.

El Período Herrera en Boyacá se remonta a una fecha de 2.160 años A.P.; ésta fue obtenida por Virgilio Becerra (1985) en "Piedrapintada" (Ventaquemada-Boyacá). Se asocia con cerámica Herrera, un fogón, huecos de poste, una zona de deshechos de cocina, un sector para depósito de tiestos y una zona para la industria lítica.

Ya en 1937 Hernández de Alba, al excavar en Tunja, encontró 7 columnas de piedra que formaban un círculo; según él, debieron ser parte de construcciones trabajadas por un pueblo distinto al que en el mismo sitio dejó huecos de maderos de una construcción también circular. Hernández de Alba, encontró cerámica con decoración incisa y pintada. También excavó varias tumbas, en la No. 4 además del esqueleto, halló tiestos pintados con líneas negras, piedras de moler y carbones; el autor es muy claro en afirmar que los cortos trabajos revelan diferentes tipos de construcciones, dos clases de cerámica, usos funerarios, detalles religiosos, características raciales y un llamativo problema sobre dos culturas. Es interesante anotar que el sitio donde Neila Castillo (1984), encontró cerámica Herrera, está localizadas muy cerca de las excavaciones hechas en 1937 por el mencionado investigador y que identificó como el Temple de Goranchacha.

Para la región del Alto Valle de Tenza, Roberto Lleras (1986), encontró en el Municipio de Tibaná dentro de una pequeña cueva, cerámica del período Herrera.

Las fechas entre los años 2. 180 y 2.880 A.P. obtenidas por E. Silva Celis (1981-1883-1986) en El Infiernito, sugieren que las estructuras megalíticas orientadas Este-Oeste se erigieron durante el período Herrera. Desafortunadamente todavía este investigador no ha publicado la descripción del material cerámico asociado a las esculturas; sin embargo, Boada (1987) hace la analogía de la cerámica de El Infiernito con la de Sutamarchán, Samacá y Tunja, con lo cual deja entrever que esta cerámica es indiscutiblemente Muisca.

No sobra aclarar que dicho investigador asocia las construcciones megalíticas del observatorio de Zaquencipa (El Infiernito) con los Muisca. Con base en la cronología que él obtuvo los remonta a una época que oscila entre los siglos III y X a.C. Estos datos son contradictorios con las primeras fases de la ocupación Muisca, conocida en otros documentos de la literatura arqueológica del Altiplano Cundiboyacense.

Las investigaciones de Neila Castillo (1984), en Tunja, muestran una primera ocupación que va desde el siglo III o IV hasta el siglo X d.C. (950 años d.C.). Esta se definió con base en una secuencia relativa, pues solo se obtuvieron dos fechas de C-14; la primera de año 690 d.C. o 1.260 A.P. El material cerámico corresponde al complejo de cerámica incisa, caracterizado por los siguientes tipos "Tunja Desgrasante Calcita", "Tunja Rojo sobre Crema o Gris", "Tunja Desgrasante Tiestos", "Tunja Fino Inciso" y "Tunja Carmelito Ordinario". Estos se encontraron estratificados en dos pozos en los estratos 8, 7, 6 y 5 y revueltos en los otros. Según Castillo, las notables diferencias de esta cerámica con la Muisca, permitieron definirla como un complejo anterior. Esta primera ocupación se caracterizó por que los tipos cerámicos ya citados que son semejantes a los del Período Herrera de la Sabana de Bogotá; no obstante, fueron denominados de manera diferente.

A esta ocupación sigue una zona de contacto cuya duración pudo extenderse por unos 300 o 400 años a partir del siglo VII-VIII d.C., hasta el X u XI d.C. (1.170 d.C. o 780 A.P.). La investigadora obtuvo esta última fecha en la base de la unidad 4 de los pozos T VII y T IX, de manera que existe un lapso de tiempo de casi 500 años de diferencia entre el límite superior del estrato 7 y la base del estrato 4, que se reparte entre los estratos 6 y 5. A este período correspondería la zona de contacto o transición entre un complejo inciso Período Herrera y uno pintado Muisca. Un hecho relevante es la aparición del tipo Tunja Arenoso, que la arqueóloga presenta como la cerámica transicional en la medida que porta elementos representativas como las formas de vasijas del período precedente y la pintura roja como técnica decorativa en la cerámica del período siguiente; un elemento propio de esta cerámica es la variación en la pasta. El complejo de cerámica pintada va a caracterizar el segundo período de ocupación a partir del siglo IX d.C. Los tipos cerámicos representativos y en orden de aparición son los siguientes: "Tunja Desgrasante Gris", "Tunja Desgrasante Fino", "Cucáita Desgrasante Blanco", "Tunja Naranja Pulido" y "Valle de Tenza Gris (bicromo)".

Ann Osborn (1985), menciona varias alineaciones de columnas de piedra (menhires) en los alrededores de la Sierra Nevada del Cocuy, especialmente en Chita y la presencia de abundante cerámica del Período Herrera alrededor de éstas. Según Marianne Cardale (1985), la cerámica se relaciona estrechamente con la excavada en Tunja por Neyla Castillo, que pertenece al complejo de Cerámica Incisa, En la muestra abundan los cuencos hemisféricos decorados con motivos incisos, e impresos alrededor del borde. Esta decoración a veces se combina con franjas de pintura o baño rojo; estas formas y motivos decorativos son característicos de los tipos "Tunja Desgrasante Calcita" y "Tunja Rojo sobre Gris o Crema". Sin embargo se descarta la posibilidad de comercio directo de las vasijas, ya que la pasta de la cerámica de Chita no tiene calcita. Otros fragmentos con decoración de escobilla o superficie raspada se parecen al tipo "Tunja Carmelito Ordinario"

Entre el primer siglo a.C. y el sexto siglo d.C. W. Bray (citado por Cardale M. en Osborn (1985), encuentra en el municipio de Carrizal una cerámica que corresponde a la denominada Fase La Antigua. Esta sugiere relaciones entre la zona montañosa de Santander del Sur y la parte norte de la altiplanicie cundiboyacense, durante el primer milenio d.C. última época del Período Herrera.

Para culminar lo referente a este período podemos comentar que en cuanto al tipo de vivienda a cielo abierto, no es muy claro todavía; Duque Gómez (1965) comenta que él excavó un bohío circular en Mondoñedo (Mosquera Cundinamarca) que tenía cerámica diferente a la Muisca. En Tequendama, Zipaquirá, Nemocón (Cundinamarca) y Piedrapintada (Boyacá) se encontraron huecos de poste, recientemente en Soacha (Cundinamarca) la planta completa de un piso de habitación o vivienda.

Las evidencias obtenidas a la fecha sobre los asentamientos del período Herrera para el altiplano Cundiboyacense indican que fueron ocupados 9 abrigos rocosos, 4 sitios sobre colinas (Sauquirá en Cogua y las Salinas de Zipaquirá, Tausa y Nemocón), y 20 sitios en áreas abiertas, (entre ellas la pequeña salina de El Muelle en la vereda de Meusa (Sopó). El reconocimiento y distribución de 30 sitios del período Herrera muestran una ocupación extendida por todo el altiplano (Mosquera al sur, Tunja al Norte, Zipacón al suroccidente y Ubalá al oriente), así como en diferentes pisos térmicos, que incluyen áreas de páramo (Payará II), de clima frío (Sabana de Bogotá) y de clima templado (en las dos vertientes Ubalá y Valle de Tenza al Este y Zipacón hacia el oeste).

De otra parte es claro que en la Sabana de Bogotá el Período Herrera y el Muisca se encuentran separados. En cuanto a la transición Herrera-Muisca en Boyacá, es interesante observar que la cronología de los sitios del Valle de Samacá (Boada, 1987), plantea una alternativa de colonización proveniente del norte que va ocupando los valles interandinos (Sutamarchán, El Infiernito, Samacá y luego Tunja). Esta propuesta se opone a la de Castillo sobre un período de contacto y transición entre Herrera y Muisca, puesto que se trataría de un grupo de gente que habría llegado a asentarse en Tunja, llevando una tradición cerámica ya desarrollada.

 

El Período Muisca

La complejidad social, económica y política de los Muisca fue sin duda la más notable del actual territorio colombiano en la época prehispánica. Este planteamiento se viene afirmando cada vez más de acuerdo a la información de los cronistas, con el análisis de la documentación de archivos que ha permitido entre otras cosas establecer el vasto territorio ocupado por esta etnia, y con los resultados de la investigación arqueológica que han dado cuenta de los diferentes momentos del quehacer de dicho grupo no sólo a nivel de sus elementos materiales y económicos sino también brindando datos sobre sus asentamientos, aspecto físico y biológico, salud y enfermedad, manifestaciones ideológicas, (arte, religión, etc.). Muestran estos estudios también que la homogeneidad de la sociedad Muisca es aparente, puesto que hay notorias diferencias entre los habitantes del sur y los del norte de la Altiplanicie Cundiboyacense.

El presente aparte trae los resultados obtenidos por los diferentes arqueólogos que han estudiado la sociedad Muisca a nivel de asentamientos, arte rupestre, orfebrería, cerámica, osteología y consulta de archivos, de acuerdo con la división territorial establecida por Falchetti y Plazas (1973) para el siglo XVI.

José Pérez de Barradas (1941), recopiló parte de las manifestaciones rupestres de Boyacá y Cundinamarca. El autor consideró que las pinturas no eran diametralmente opuestas a los grabados, sino que ambas técnicas fueron utilizadas por la misma cultura. Reafirma la opinión de Juan de Castellanos, Juan Rodríguez Freyle y Bernardo de Lugo referente a la falta de escritura por parte de los naturales de este reino; sostuvo además que las pinturas y los grabados no pudieron ser indicios o rudimentos de escritura. También retomó los documentos y comentarios de los investigadores Liborio Zerda y Miguel Triana; para plantear que el arte rupestre ofrece la posibilidad de interpretarlo; comentó que si bien era un campo difícil de investigar, no lo creía sin solución, pero tampoco tema propicio para toda clase de fantasías.

Jaime Jaramillo Arango (1946), describió dos piezas del trabajo orfebre de los Muisca, sus técnicas de elaboración, y ofreció hipótesis sobre la utilización de las figuras. Planteó que si bien el arte chibcha presentaba ejemplares de una gran delicadeza y hermosa filigrana no obstante constituyó un tipo de orfebrería primitivo en relación con lo avanzado de la producción metalúrgica de la Colombia Prehispánica.

Ana María Falchetti y Clemencia Plazas (1973), con base en cronistas, documentos de archivo, mapas de los siglos XVII, XVIII y XIX, trabajos arqueológicos y otros escritos sobre los Muisca, delimitaron el territorio de este grupo, y localizaron los asentamientos antiguos (pueblos viejos). El mapa que elaboraron presenta los territorios del Zipa, del Zaque, y los independientes, así como los límites externos y la colindancia con Sutagaos, Guayupes, Teguas, Tunebos, Laches, Guanes, Muzos y Panches.

Gonzalo Correal y Jaime Gómez (1974), con base en los análisis y radiografías realizadas en tres cráneos Muisca diagnosticaron por primera vez en Colombia, intervenciones quirúrgicas. En el cráneo de una mujer, procedente de Sopó (Cundinamarca) además de la trepanación, se observó una craneoplastía, compuesta de arcilla silícea de alto contenido férreo, color gris y constitución densa. Por la obturación realizada en este cráneo se sugiere que la paciente debió sobrevivir algún tiempo luego de la operación. En el segundo caso, otro cráneo de mujer procedente de Belén (Boyacá), no está clara la finalidad de la trepanación que le fue practicada. En el tercer caso sobre el cráneo de un hombre procedente de Nemocón (Cundinamarca), con deformación (aplastamiento de la región frontal), la práctica quirúrgica trató una lesión traumática, indicada por una fractura.

El estudio de Silvia Broadbent sobre la cerámica moderna de las altiplanicies de Cundinamarca y Boyacá 1974 (Tausa, Ubaté, Chiquinquirá, Ráquira), es clave porque muestra la importancia de su comercio, así como su utilización entre el campesinado; afirma también como la cerámica moderna se ubica en dos categorías: la arraigada en la tradición indígena y la influenciada por tradiciones foráneas, posteriores a la conquista. Esta investigación complementa los estudios arqueológicos, pues permite señalar semejanzas con la cerámica antigua, en lo pertinente a la fabricación. En un trabajo anterior adelantado en 1969, relaciona los hallazgos aislados y monumentos de piedra del territorio Muisca referidos por diversos autores; estudió las terrazas de cultivos reseñadas por Haury y Cubillos (1953), y las dividió en dos clases, de acuerdo a la época de construcción. Esta arqueóloga además trabajó en 1964 documentos de archivo referentes a la organización sociopolítica de los chibchas. De este estudio obtuvo información sobre la organización interna de los grupos locales, las relaciones feudatarias entre caciques, los derechos y funciones de éstos, los pueblos de indios. En cuanto al patrón de asentamiento describe un poblamiento nucleado en Partes o Capitanías, junto con vivienda dispersa.

Clemencia Plazas (1975), tomando las colecciones de orfebrería del Museo del Oro del Banco de la República, propone una nueva metodología de clasificación empleando criterios cuantificables, para reemplazar la apreciación visual. Esta metodología aplicada a 412 tunjos Muisca, permitió establecer 42 criterios de clasificación. El análisis de las figuras arrojó un listado de sus características, las cuales fueron llevadas a tarjetas de computador. Así se obtuvieron las tablas de correlación entre dos variables y otras pruebas estadísticas. La investigadora plantea que, para obtener una clasificación científica es necesario hacer un análisis exhaustivo, según criterios objetivos, catalogación bien archivada, establecimiento de tipologías por características significativas y obtención de pruebas de distribución de frecuencias.

Lucía Rojas de Perdomo (1975),en un estudio sobre la cerámica Muisca, analizó 1817 piezas de colecciones de varios museos y estableció tipos cerámicos referidos siempre a una zona dentro del territorio Muisca. Mediante la consulta bibliográfica siguió la dispersión de la vasija a cuya forma es conocida como "mocasín". Luego de un recuento sobre las investigaciones adelantadas en el altiplano cundiboyacense, entra a estudiar la cerámica desde su aparición hasta llegar al detalle de la cerámica Muisca, definiendo los rasgos técnicos. Con base en La revisión de la documentación histórica sobre la cerámica, menciona los centros de producción y las características de la cerámica funeraria. La investigadora definió las formas y variaciones en los tipos Valle de Tenza, y Buenavista (Boyacá), Guasca y Tequendama (Cundinamarca); retoma de otros investigadores los tipos Suta y Guatavita.

Clara Inés Casilimas e Imelda López (1982), realizaron un estudio etnohistórico encaminado a reconstruir la religión Muisca, desde la preconquista hasta el siglo XVII; utilizaron la información que ofrecen los documentos coloniales, las crónicas y las investigaciones arqueológicas. A partir de la recopilación de mitos y su posterior estudio estructural se intenta reconstruir el templo Muisca. El área de estudio, correspondió a la región denominada etnohistóricamente Zipazgo; sin embargo, en algunas oportunidades se recurrió a datos arqueológicos y etnohistóricos del Zacazgo, ya sea por la carencia de información en el área estudiada o porque los datos de una y otra se complementaban y en ciertas ocasiones son comunes a los Muisca del sur y del norte. Las mismas investigadoras (1984), destacaron la importancia de las "Visitas" como fuente primaria para el hallazgo de datos etnográficos que contribuyan al conocimiento y comprensión de las etnias precolombinas, particularmente de la Muisca. De esta forma en el estudio se recogieron datos referentes a tres aspectos de esta cultura, a saber: ubicación de pueblos, composición interna de los repartimientos y actividad económica local. El material etnográfico se clasificó de acuerdo a las cuencas hidrográficas principales del territorio ocupado por el grupo Muisca. Este ordenamiento permitió distinguir y comparar las diferentes subregiones geográficas con relación a los aspectos culturales señalados anteriormente. De igual manera, las investigadoras elaboraron un diccionario de topónimos en el cual reseñan a más de su ubicación (en ocasiones) su significado en lengua.

Carl Langebaek (1984, 1985a, 1985b, 1985c, 1986a), centra su interés en la información de documentos del Archivo Nacional referentes a la organización social poblamiento, distribución étnica y economía Muisca (producción agrícola, mercados, circulación de productos, intercambio etc.) extendiéndolo a los demás grupos de la lengua chibcha que ocupaban la Cordillera Oriental en el siglo XVI, especialmente los Laches. También ha orientado otros trabajos hacia el estudio del patrón de pisos térmicos entre los grupos mencionados, documentando la existencia de una pauta de residencia mixta, un tiempo en aldeas y otro en bohíos dispersos, lo cual permitió una economía susceptible de incorporar artículos de diversos climas, posición compartida también por algunos investigadores que estudian la región. También muestra el acceso de los Muisca a los plantíos de coca durante el siglo XVI e incluye las áreas donde se dio la producción de tabaco, yopo y coca en territorio Muisca y regiones colindantes.

En el trabajo sobre "Mercados, Poblamiento e Integración Etnica entre los Muiscas del siglo XVI", Langebaek (1987), analiza la distribución de productos entre los cacicazgos de habla chibcha. Muestra como la producción y circulación de alimentos agrícolas y bienes de trabajo entre los Muiscas fue el resultado de la autosuficiencia gracias a la utilización de diversos pisos térmicos; el acceso a los recursos de éstos, así como el mantenimiento de posición y prestigio político de los caciques fue una consecuencia no de la acumulación de riqueza sino de la redistribución entre la población de los excedentes comunales (tributo) que tenía un manejo centralizado en beneficio de la comunidad, sistema que debe entenderse como fundamental de la organización socioeconómica entre los Muisca. Al tratar el intercambio plantea que no requirió de especialistas, del uso de moneda o del transporte de grandes cantidades de productos.

Con los mercados, que se hacían en sitios según las confederaciones, se fomentó la integración étnica. También plantea como algunos cacicazgos y pueblos intermedios fueron centros económicos en la circulación de productos. El investigador trae además una clara descripción de las características de los cacicazgos y los artículos de intercambio y materias primas. En síntesis presenta un panorama general de la economía Muisca del siglo XVI.

Margarita Silva (1985), clasificó tipologicamente 506 volantes de huso Muisca procedentes de Sogamoso, Tunja, Chiquinquirá, Pesca, Samacá, Sutamarchán, Soacha, Pasca, Guasca, Sopó, Guatavita y 111 de procedencia desconocida pero de tipología Muisca. Todos están elaborados en piedra negra, característica que los diferencia de los de otras culturas prehispánicas. La tipología fue establecida de acuerdo con la función desempeñada por el volante y las diferentes técnicas (Bororó y Bacairí) empleadas en el hilado. Las formas se identificaron por medio de conceptos geométricos, clase de material empleado, color, dureza, peso, dimensiones, técnica de fabricación, diseño y decoración.


EL TERRITORIO DEL ZIPA


 

NOTAS

 

2. Agradezco los comentarios y sugerencias de los arqueólogos Santiago Mora, Ana María Boada y del antropólogo Augusto Gómez.

 

3. El nombre "Herrera" proviene de la laguna del mismo nombre, en el municipio de Mosquera (Cundinamarca), en cuyos alrededores la arqueóloga la encontró por primera vez.

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