COLOMBIA PREHISPANICA
Regiones arqueológicas
Instituto Colombiano de Antropología e Historia

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Valle Intermedio del Río Magdalena

Gilberto Cadavid

ÍNDICE

 

Subregión comprendida entre los raudales de Honda y Barrancabermeja

 

Para esta subregión se ha delimitado la cota de nivel de 1.500 m.s.n.m. Entre sus puntos extremos, el río tiene un recorrido de 260 kilómetros, el valle una longitud de 220 kilómetros. Los raudales de Honda se encuentran a 220 m.s.n.m. y Barrancabermeja a 75 m.s.n.m., presentando un desnivel en el curso del río de 145 metros.

Como en la anterior subregión, el valle presenta características diferentes sobre las respectivas vertientes de las Cordilleras Oriental (banda derecha) y Central (banda izquierda).

Sobre la banda derecha, a la altura de los Saltos o Raudales de Honda, el valle tiene apenas 10 kilómetros de anchura sobre la cota de los 1.000 m.s.n.m., más al norte se va abriendo poco a poco en las cabeceras del río Negro en cercanías de Puerto Salgar, para ampliarse definitivamente en el Territorio Vásquez, alcanzando posteriormente, a la altura de Barrancabermeja, los 60 kilómetros de ancho. En esta banda el Magdalena recibe el tributo de los siguientes cursos de agua: ríos Negro, Palenque, Hermitaño, y Quebradas La Muerta, Carolina y Montoyas, ríos Carare y Opón.

Sobre la banda izquierda, el valle conserva una anchura promedio de 30 kilómetros, desde la desembocadura del río Guarinó, en límites entre los departamentos de Tolima y Caldas; posteriormente, ya en tierras del departamento de Antioquia, el valle presenta un perfil sinuoso sobre las estribaciones de la Cordillera Central, en donde tiene un promedio de anchura oscilante entre los 35 y 40 kilómetros.

Los suelos son variables en fertilidad y capacidad de uso. La vegetación predominantemente es el bosque húmedo tropical y el bosque húmedo premontano; posee una alta precipitación y clima cálido con más de 26ºC.

 

Investigaciones Arqueológicas

 

Las investigaciones en el Valle Intermedio del Magdalena se iniciaron en 1942 con Graciliano Arcila Vélez, en la Paz y Alto Opón; reseñó varios cementerios ya guaqueados y algunas cuevas, en las cuales efectuó recolecciones superficiales de material óseo y cerámico, practicando además pequeños pozos de sondeo para determinar la profundidad cultural de los sitios.

El Oro se excavó algunas pequeñas tumbas de pozo, con profundidad promedio de 1.50 metros, en las cuales encuentra un ajuar funerario pobre consistente en cerámica tosca. Concluye del análisis de los materiales obtenidos, que los grupos que habitaron los sitios de La Paz y Alto Opón pertenecían a culturas diferentes.

Reichel-Dolmatoff (1943), menciona urnas funerarias en los siguientes sitios:

Región de Ocaña, en la margen derecha del río Lebrija, área en donde se han hallado numerosas urnas que se han atribuido genéricamente a la "Civilización Mosquito". Las urnas en cuestión son de cuerpo cilíndrico alto, bases redondeadas y cuello ligeramente invertido; su tapa es un casquete semiesférico, sobre el cual hay una figura humana sedente, cuyos brazos descansan sobre los músculos en posición natural. Este tipo de urnas también se ha reportado en varias ocasiones en la región de Bucaramanga.

Río La Miel, región que fue habitada por los Pantágora o Palenque. Los hallazgos provienen de dos tumbas de pozo y cámara lateral, que aportaron 142 piezas cerámicas, en las que predominan las grandes urnas funerarias con formas que varían entre ovaladas con cuello cilíndrico, ovoidales achatadas de cuello cilíndrico, subglobulares achatadas de cuello corto y boca ancha y ovoidales achatadas con cuello cilíndrico. Sus tapas se caracterizan por tener representaciones antropomorfas muy realistas, que consisten en una figura sentada en un banquito en posición erguida, en la que se detallan minuciosamente los rasgos de la cara, el adorno personal y la deformación intencional de brazos y piernas. Se presentan también motivos ornitomorfos sobre las tapas. Es muy típica localmente la decoración de pequeñas lentejuelas (vértebras de pescado) adheridas a la superficie de las urnas formando diseños geométricos.

En Puerto Niño se reportaron así mismo, algunas urnas de características idénticas a las de la zona del río La Miel.

Diez años más tarde en 1946, Eliécer Silva Celis, realizó una inspección arqueológica por el Alto río Minero, en el municipio de Buena Vista (Boyacá), en donde encontró cerámica muy similar estilísticamente a la reseñada anteriormente en las localidades de Honda, Guarinó, La Miel y Ricaurte, con la peculiaridad de encontrar en el mismo sitio cerámica Muisca clásica. El territorio en cuestión era dominado por los Colimas y Muzos, que se acercaba a Chiquinquirá en el momento de la Conquista.

Luisa Fernanda Herrera y Mauricio Londoño, en 1975, efectuaron en Puerto Serviez un trabajo de salvamento arqueológico. Localizaron en esta zona, ocupada en tiempos de la Conquista por el grupo Pantágora, una tumba parcialmente guaqueada en donde encontraron a 6.60 metros de profundidad dos cámaras intactas, con material cerámico consistente en 63 urnas funerarias cuyas tapas estaban fracturadas por el derrumbe del techo de la bóveda, y 63 vasijas más como parte del ajuar Funerario. En algunas urnas hallaron huesos humanos parcialmente calcinados en mal estado de conservación y en otras, restos de armadillos y venados. El material cerámico se clasificó en un solo tipo denominado Habano medio, tipológicamente igual al hallado por Reichel en La Miel.

Gonzalo Correal (1976) investigó en cercanías de Puerto Berrío, las Cuevas de la Gustina, La Enganera y Los Liberales, en formaciones calizas que bordean el curso del río Alicante. En ellas obtuvo pocos elementos líticos, especialmente en chert.

En cercanías de Nare (Antioquia), reseñó el sitio de Portobelo, en donde obtuvo 107 elementos líticos que se caracterizaron por la presencia de raspadores que indican una subsistencia basada en la cacería, lascas concoidales con huellas de utilización para actividades relacionadas con la pesca y raspadores cóncavos para el trabajo de la madera.

Los sitios arqueológicos del Edén y Guayaquil I, en cercanías de Puerto Boyacá (territorio Vásquez) y Bocas de Palagua en inmediaciones de Puerto Serviez, presentan industrias líticas cuya mayor densidad está representada por desechos de tallas, lascas concoidales y navajas laminares que conjuntamente con los cantos rodados indican actividades de cacería y recolección. Iguales características se manifiestan en los sitios del Portal y Pipintá en el departamento de Caldas. Conviene destacar que la pauta de poblamiento para el área que se extiende desde Portobelo (Antioquia) hasta El Portal (Caldas), indica pequeñas estaciones temporales con una baja densidad en líticos, localizados en terrenos semiondulados, colinas y terrazas por encima del nivel de inundación.

El sitio de Puerto Parra, en jurisdicción de Vélez en la confluencia del río Carare con el Magdalena, aportó 210 elementos líticos, especialmente desperdicios desbastados o desechos de talla.

En San Juan I al sureste de Puerto Carare, se hallaron lascas irregulares sin evidencia de utilización, lascas concoidales, núcleos, choppers y raspadores laterales.

Tal vez el sitio más importante de esta subregión está representado por la Estación Paleoindígena de la Ciénaga de Chucurí, localizada a unos 40 metros sobre el nivel del río, en un área plana de 90 por 80 metros. Allí se obtuvieron 1.010 líticos, la mayoría de éstos en chert, consistentes en desperdicios desbastados, lascas triangulares, navajas laminares, lascas prismáticas, raspadores de varios tipos y cantos rodados. El número relativamente alto de utensilios indica por su tipología, que fueron elaborados in-situ y se utilizaron en actividades de limpieza de pescado, y en menor proporción en tareas de recolección.

Carlos Castaño y Carmen L. Dávila excavaron en 1981 los sitios de Colorados y Mayaca, en inmediaciones de Puerto Salgar (Cundinamarca). El sitio de Colorados corresponde a un conjunto habitacional localizado en el Alto de Miraflores, a una altura de 350 a 400 metros, en la que además se encontró una sementera, basureros de pendiente, un taller lítico y cementerios en dos montículos. Por su parte el sitio denominado Mayaca, localizado entre Puerto Salgar y Guaduas (margen derecha del Magdalena) corresponde a un área arqueológica de unos 2.000 metros cuadrados, en la que se detectó un sitio de vivienda de forma oval de 12 por 6 metros, que aportó numeroso material cultural consistente en 14 recipientes cerámicos y varios líticos. Según los autores esta vivienda fue ocupada por un grupo de 10 a 12 personas, de acuerdo a los materiales y disposición interna de los mismos.

Los dos sitios anteriormente mencionados, presentan una distribución espacial y contenido semejantes, en donde se evidencia la ocupación permanente de estos por parte de grupos que compartían una misma tradición cultural, fundamentada en el mismo patrón funerario y los mismos estilos cerámicos. Son especialmente significativas las urnas funerarias, en cuyas tapas se encuentran figuras antropomorfas sedentes, rasgos que son típicos del Magdalena medio, entre Honda y Puerto Mosquito. En estos dos sitios se aprecia, así mismo, el desarrollo de técnicas agrícolas que permitieron a estos grupos ir abandonando paulatinamente los márgenes del Magdalena, e ir ascendiendo hacia el altiplano cundiboyacense.

Por último, Carlos Castaño y Carmen L. Dávila (1984a) con el apoyo de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, efectúan un trabajo de investigación en la hoya baja del río de La Miel, en donde se pudo obtener en diferentes localidades una secuencia que parte desde el período paleoindio hasta la consolidación de los cacicazgos subandinos aunque existen, sin embargo, algunos vacíos temporales en lo referente al formativo temprano.

Las investigaciones permitieron establecer la importancia del río La Miel, en el desenvolvimiento de procesos culturales que pueden relacionarse con otras áreas del país. El material cultural hallado en esta zona permitió a los autores, establecer vínculos con el área Quimbaya, así como la del Ranchería y Cesar, particularmente con los de la Fase de Horno como con otros sitios cercanos del Valle Medio del Magdalena.

 

Subregión comprendida entre Barrancabermeja y Morales

 

Para esta subregión se ha conservado la cota de nivel de los 1.000 m.s.n.m., cerrando su perímetro hacia el oeste sobre la divisoria de aguas en la Serranía de San Lucas, bajando por la quebrada Labranza hasta su desembocadura en el Magdalena, frente al municipio de Morales.

En este sector, el río tiene un recorrido de 190 kilómetros, el valle una longitud de 160 kilómetros y el desnivel entre sus puntos extremos es de 25 metros. El valle alcanza en algunos sectores una anchura superior a los 200 kilómetros, presentando un cambio definitivo al tornarse en una llanura inundable. Sobre el margen izquierdo confluyen al Magdalena los ríos Cimitarra y Boque, además de otras pequeñas quebradas de segundo orden. Por la margen derecha recibe el caudal de los ríos Sogamoso, Caño Negro y Lebrija.

En esta zona hay diversidad de suelos que tienen la limitante severa de su carácter inundable. Predominan el bosque húmedo tropical y bosque húmedo premontano, con alta precipitación y clima superior a los 26°C.

 

Investigaciones Arqueológicas

 

Zaida Castellanos excavó, en 1975, en inmediaciones de los cultivos de Indupalma en San Alberto (Cesar), un basurero poco profundo, que evidenció una corta ocupación por un grupo del Formativo. El material cerámico hallado se clasificó en cuatro tipos, cuyas formas generales son cuencos, copas y vasijas subglobulares con un porcentaje de decoración superior al 29% y diferente tipológicamente del hallado anteriormente en zonas relativamente cercanas. La autora concluye que este material apenas tiene algunas similitudes con el de Zambrano, y ninguna relación con el de San Lucas, menos desarrollado estilísticamente.

Correal (1977), reseño en esta subregión en el sitio de Ciénaga de San Silvestre (en cercanías a Barrancabermeja), una estación abierta, en la que halló numerosos artefactos, entre ellos, lascas triangulares, navajas laminares, raspadores y choppers.

Roberto Lleras Pérez, investigador del Instituto Colombiano de Antropología efectuó un Trabajo de salvamento en la localidad santandereana de Landázuri en el año de 1983. Se trataba en este caso de un sitio de habitación en el que también se encontraron tumbas de pozo con cámara lateral. La excavación arrojó resultados particularmente interesantes, por la presencia de material cerámico típico del Magdalena Medio (Santa Helena del Opón, La Paz y La Miel), asociado con material clásico Guane al cual se relacionan algunas piezas de orfebrería de láminas recortadas, repujadas y trabajadas a la cera perdida. El autor plantea la posibilidad de la existencia en este sitio de una colonia agrícola Guane, coexistiendo con este grupo del Valle del Magdalena, puesto que en el piso de vivienda excavado el material Guane y Magdalena se encontraba mezclado.

Gilberto Cadavid, en el desarrollo de trabajos arqueológicos en el área Guane en 1982, trabajó esto último, financiado por la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, intentando delimitar el territorio Guane; excavó tres tumbas de pozo con cámara lateral en las que se hallaron varias urnas funerarias para enterramiento secundario. El material cerámico es típico del Magdalena Medio, descartándose la ocupación Guane del territorio de Llano de Palmas (municipio de Rionegro, Santander), confirmando por su parte, la del grupo Yareguí.

 

Balance General de la Región

 

El Valle del Magdalena, ruta natural para la migración humana, desempeñó un papel de primera magnitud pues por él se desplazaron en diferentes épocas grupos humanos que, de acuerdo con el momento histórico, poseían diversos grados de desarrollo cultural.

De acuerdo con las investigaciones de Gonzalo Correal sobre la etapa de cazadores-pescadores-recolectores, los primeros pobladores de nuestro territorio ingresaron por el Istmo de Panamá y fueron avanzando hacia la costa, evitando las zonas inundables, desplazándose posteriormente por diversas rutas naturales, una de éstas, el valle del río Magdalena que los conduciría hacia el interior del país.

La localización de los sitios arqueológicos se ha dificultado por el hundimiento progresivo de la cuenca del Magdalena, fenómeno que ha destruido incontables yacimientos. Sin embargo, algunas de las estaciones arqueológicas correspondientes a esta época se encuentran localizadas generalmente sobre terrazas inundables próximas a las ciénagas o confluencia de los ríos, sitios estos que presentan una mayor disponibilidad de recursos. Dichas estaciones corresponden, generalmente, a estaciones temporarias al descubierto, con industrias líticas denominadas de chopper y chooping tools, que presentan algunas variantes locales determinadas por la adaptación a diferentes ecologías. Sitios de este tipo se encuentran concentrados, especialmente, en las ciénagas aledañas al río Magdalena (Ciénagas de San Silvestre y Chucurí), prolongándose hasta los llanos de Huila y Tolima (El Hotel, La Argentina, San José y Pachingo).

A partir del segundo milenio antes de Cristo, se modifican los aspectos cualitativos de subsistencia en los grupos de las llanuras del Caribe, cambios que inciden en el desarrollo y evolución de los grupos del Valle del Magdalena, en donde se da un gradual movimiento hacia las laderas andinas, favorables para el desarrollo del cultivo del maíz, por parte de pequeños grupos, generando, a la postre, un regionalismo marcado y el surgimiento de la jerarquización en estas sociedades.

Los planteamientos teóricos de Reichel-Dolmatoff (1978), sugieren que algunas etnias del primer milenio a.C. crearon complejos cerámicos de avanzada tecnología y concepción estética, como por ejemplo los habitantes de las orillas de los ríos Ranchería y Cesar, los pobladores de las riberas del Bajo Magdalena en las Areas del Banco, Plato y Zambrano, o los grupos ribereños del medio y alto Magdalena (Barrancabermeja, Honda, Girardot, Espinal y el Guamo). En estos últimos grupos es común encontrar entre sus costumbres la práctica de entierros secundarios en grandes urnas funerarias. La importancia de estas etnias, esencialmente selváticas, estriba en que muy probablemente formaban parte del gran horizonte de horticultores mixtos, del cual surgieron, en algunas regiones, los cacicazgos. Algunas de las sociedades organizadas en cacicazgos perduraron hasta la conquista española, por ejemplo los Pantágora, Pijao, Panche y Carare en el valle del río Magdalena.

Las investigaciones arqueológicas que se han realizado en el Magdalena medio y alto (exceptuando la región de San Agustín) han sido muy esporádicas y existen muy pocos datos sobre el desarrollo histórico-cultural que se dió en esta amplia zona, desde las tempranas estaciones temporales de cazadores y recolectores, hasta el advenimiento y fortalecimiento de los cacicazgos. La mayoría de los estudios no cuentan con datación absoluta, carencia que es una limitante para la comprensión del desarrollo cultural que se dió en las laderas andinas del valle del Magdalena, y en las llanuras del Tolima y del Huila.

Sobre la llamada colonización maicera de las vertientes andinas, es muy poco lo que se conoce y dado que es el eje de todo un proceso histórico cultural, es importante que se efectúen los respectivos estudios arqueológicos y paleocológicos. Si bien es cierto que el maíz se introduce tardíamente en las llanuras del Caribe (Momil), poco se sabe sobre la domesticación de esta planta en Colombia o sobre la dirección de su difusión. Tan sólo se tienen unos pocos datos sobre el cultivo temprano del maíz en San Agustín y en la Sabana de Bogotá, lo que estimula aún más la investigación de este aspecto en los valles interandinos.


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