| OMBLIGADOS DE ANANSE:
Hilos ancestrales y modernos en el Pacífico colombiano
Jaime Arocha Rodríguez, Ph.D.
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| Cobero (La Bocana, ensenada de Tumaco). Foto: Jaime Arocha, agosto de 1995) |
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CAPÍTULO II
ANANSE EN ESTEROS Y MARES (1)
Las telarañas de Ananse
La región que quizás más ha puesto a prueba la capacidad de supervivencia de Ananse y sus ombligados es el sur del litoral Pacífico colombiano. Se trata de un ambiente caluroso y superhúmedo, cuyos contornos cambian día a día debido a la altura excepcional que la atracción lunar le imprime a los pleamares. Así, el acceso a los sitios de pesca, recolección y cultivo, o la disponibilidad de especies, varían de acuerdo con las fases de la Luna. También responden a cambios más drásticos como los que más o menos cada lustro impone el fenómeno climatológico conocido como El Niño, o los terremotos y maremotos que --si bien ocurren con menos frecuencia-- borran puertos y playas de la faz de la Tierra.
Además de esos remezones telúricos, están los que provienen del sistema económico. El litoral Pacífico posee materias apetecidas por los mercados del Atlántico Norte: maderas, oro, camarones y demás productos sujetos a intervalos de auge y decadencia, que dictan las leyes de la oferta y la demanda, pero, en especial, las de la especulación (Whitten 1970, 1974). Estos colapsos son tan impredecibles y desestabilizadores como lo es un temblor de tierra.
En Colombia no son muchos los trabajos antropológicos acerca de las personas que viven del mar y sus incertidumbres. Cuando comencé a realizar éste, mis observaciones de terreno sobre las artes, aparejos y técnicas que emplean los pescadores y las recolectoras de conchas de la ensenada de Tumaco me mostraron que la extracción, procesamiento y venta de productos marinos ocurría en concordancia con la explotación de los manglares, el cultivo de la tierra y otras actividades económicas. Entonces, tuve que ir ampliando mi visión para hacerle justicia a la estrategia polifónica mediante la cual los ombligados de Ananse le han salido al paso a la incertidumbre.
Una de las bases de esa estrategia era la teleraña que hizo Ananse uniendo pesca y agricultura. Su funcionamiento consistía en atender las parcelas cuando las pleamares hacían riesgosa la navegación, y en pescar durante los bajamares. A lo largo del año, los descensos en la producción de una actividad tendían a ser compensados por los ascensos de la otra.
Alcancé a ser testigo de parte del funcionamiento de esta red, la cual también recibía apoyos de la de los agricultores que tenían sus parcelas a lo largo de la carretera entre Pasto y Tumaco, y que se fue rompiendo por la modernización económica del decenio de 1980. Primero llegaron las piscinas para la camaricultura y luego, con la pavimentación de esa vía, se expandió el cultivo de oleaginosas. La erosión de las economías campesinas tomó fuerza a medida que muchos de los pescadores-agricultores vendieron sus tierras y pasaron a trabajar en las plantas procesadoras de camarón, mientras que los de la carretera se refugiaban en el puerto o en otras áreas metropolitanas.
Pese al resquebrajamiento de la relativa autosuficiencia alimentaria de la región, los ombligados de Ananse no han cejado en su lucha por sobrevivir. Quienes habían vivido de la explotación del mangle han formado asociaciones para defenderse en el mercado, buscar apoyos para proteger el recurso del cual subsisten e, incluso, impulsar camaroneras comunitarias. Han surgido nuevos grupos de concheras y los pescadores han seguido innovando artes y técnicas. Esas transformaciones aparecen inventariadas en la tesis de maestría de Marta Luz Machado, y también en el libro Pacífico: ¿desarrollo o diversidad? Estado, capital y movimientos sociales en el Pacífico colombiano, editado por Arturo Escobar y Álvaro Pedrosa, y son objeto de estudios a profundidad por parte del equipo que el instituto francés Ostrom auspicia en la Universidad del Valle. Aquí no me propongo reseñar los resultados de estos últimos trabajos, sino sistematizar datos recogidos dentro del proyecto Etnodesarrollo de grupos negros en Colombia, el cual llevé a cabo en asocio con Nina S. de Friedemann. He presentado parte de esa información en el libro De sol a sol: génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia y en artículos de revistas y periódicos. La visión unificada de este libro facilitará comparaciones futuras.
Mi interés por la gente de Tumaco, El Chajal y la Caleta Viento Libre se relaciona con un simposio llevado a cabo en San José de Costa Rica, en diciembre de 1981. Durante ese encuentro académico se examinaron los alcances de los procesos de etnodesarrollo. El antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla (1982) había acuñado el término para referirse a la capacidad social de un pueblo para construir su futuro, aprovechando las enseñanzas de sus experiencias y los recursos reales y potenciales de su cultura. A pesar del prestigio académico y político de los invitados al evento de San José, en su mayoría consideraron que en América Latina los únicos que habían ejercido el etnodesarrollo eran los amerindios.
La antropóloga Nina S. de Friedemann estuvo presente allá y concluyó que, una vez más, la academia tendía el velo de la invisibilidad sobre los pueblos afrodescendientes de América Latina y del Caribe. Exceptuando su voz aislada, no figuró en la agenda de ese simposio aproximación alguna sobre las formas de resistencia impulsadas por los pueblos negros para hacerle frente a los proyectos hegemónicos estatales. Tampoco aparecieron las maniobras constantes que ellos desarrollan para ejercer la participación política que, con terquedad, los gobiernos insisten en negarles. En conclusión, volvía a relucir esa antropología excluyente y discriminatoria, cuyos efectos venía denunciando la mencionada autora desde finales del decenio de 1960 (Friedemann 1984b).
Para contrarrestar esa exclusión, ella y yo diseñamos en 1982 un proyecto de investigación que demostrara que muchos de los descendientes de africanos no sólo forman etnias, sino que han impulsado proyectos de etnodesarrollo. La propuesta que formulamos, Una contribución al etnodesarrollo de grupos negros en Colombia, incluía la preparación de materiales que coadyuvaran a la consolidación de procesos de afirmación étnica, como ha sucedido con los herederos del legado cimarrón en el palenque de San Basilio, con los campesinos que cultivan café y cacao en un enclave rodeado de plantaciones industriales de caña de azúcar, localizado en la zona plana del norte del Cauca, o con los mineros-agricultores de los ríos del litoral Pacífico.
A medida que avanzábamos en el diseño, descubríamos otros grupos cuyas organizaciones también daban indicios de etnodesarrollo. Entre ellos descollaban los pobladores de La Boquilla, cerca de Cartagena, y los de la ensenada de Tumaco. En uno y otro lugar, la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia contaba con un nutrido número de miembros.
El Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CIID) decidió auspiciar esa porción de nuestro trabajo de terreno, a cuyo término Friedemann viajó a Senegal y Mali, donde constató la validez de algunas suposiciones sobre aquello que desde entonces llamábamos huellas de africanía.
Hemos esgrimido este concepto en contra de aquel que persiste en ver a las culturas afroamericanas como resultado de la herencia de patrones que permanecen más o menos incólumes a lo largo del tiempo. Hace 20 años la afroamericanística se guiaba por el modelo de encuentro postulado por Melville Herskovitz. Esta interpretación tenía como punto de partida una concepción mecanicista que especificaba el área cultural como la coincidencia entre un territorio y complejos de rasgos culturales. Así, los especialistas imaginaron a los esclavos como portadores, si no de la totalidad, por lo menos de componentes de un complejo africano occidental que habría chocado con complejos de origen europeo (Mintz y Price 1992: 7-24). La pureza de las africanidades contemporáneas sería inversamente proporcional a la intensidad del encuentro y podría medirse de acuerdo con escalas de relativa autenticidad. Esos cálculos se construían comparando las expresiones culturales del África occidental con las de este continente (Friedemann 1984b).
Este panorama de viejas retenciones y persistencias comenzó a cambiar con el uso del concepto de adaptación introducido por Norman Whitten en 1970 para interpretar las manifestaciones socioculturales del litoral Pacífico colomboecuatoriano. Sus trabajos rompían con el difusionismo lineal, introducían la posibilidad de ver en los desarrollos de esas costas el impacto de invenciones independientes y facilitaban el prestarle atención a la relación de la gente con su entorno físico y sociohistórico.
Por su parte, Sidney Mintz y Richard Price reformularon el modelo de encuentro con base en los siguientes argumentos: (1) la comparación de rasgos contemporáneos se basa en una visión estática de la historia; es muy posible que los complejos que hoy por hoy existen en el África occidental, poco tuvieran que ver con los de hace dos o tres siglos, en especial por las profundas transformaciones acarreadas, precisamente, por la esclavitud. (2) Cada grupo de esclavos embarcados a la fuerza en África tenía procedencias étnicas muy disímiles; lo usual era que quienes compartían espacio en urcas y filibotes, durante la travesía, ni hablaran los mismos idiomas, ni adoraran a los mismos dioses, ni practicaran las mismas tradiciones artesanales. (3) Tampoco es posible suponer que los esclavos hayan traído con ellos sus instituciones; la captura de sacerdotes individuales no garantizó que todo un complejo ritual y teológico atravesara el océano; algo similar puede decirse de los gobernantes y los sistemas políticos, de los médicos y de la medicina.
Ante tal heterogeneidad, ambos autores proponen que lo homogéneo entre los individuos capturados y explotados habrían sido las orientaciones cognoscitivas o «supuestos básicos sobre las relaciones sociales y el funcionamiento de los fenómenos reales» (p. 10). Una sola orientación puede manifestarse mediante rasgos muy diversos. Así, expresiones tan distintas como el sacrificio de mellizos entre los ibos y la deificación de los mismos entre los yorubas corresponderían a una orientación cognoscitiva única: los nacimientos inusuales tienen un significado sobrenatural y merecen un tratamiento especial (ibid.)
Tales principios gramaticales, esas huellas de africanía, sí habrían sobrevivido al encuentro con la cultura europea de los colonizadores blancos, constituyéndose en la materia prima para un proceso evolutivo que ocurriría con una celeridad inigualada. Los amos trataban a sus esclavos como bienes muebles. Si bien las condiciones de vivienda y vida familiar que les permitieron eran precarias, a la hora del trabajo les exigieron desempeñarse como miembros de grupos sociales. Parecería que supusieron que por el hecho de exhibir obvias destrezas culturales, lingüísticas y manuales, todos los esclavos compartían sistemas comunes de coordinación y comunicación. Pero, por lo menos al principio de la trata, la realidad equivalía a heterogeneidad. Ante el horror de perecer si no trabajaban de sol a sol, afianzaron sus orientaciones cognoscitivas y, aplicándolas al ámbito que les era extraño, probaron y experimentaron. Así, con una eficiencia quizás no alcanzada por el resto de la humanidad, los africanos en América reinventaron tecnologías, economías y formas de organización social; reencarnaron a las deidades africanas en imágenes de yeso o en tallas barrocas de madera, y crearon nuevos lenguajes en su habla, su música y su gestualidad.
Pese a la aceptación de estos postulados, nuestra investigación mostró que la heterogeneidad de los cautivos fue pasajera. Las regiones de aprovisionamiento permanecieron constantes a lo largo de la vigencia de cada uno de los asientos, de modo tal que la consecuente reagrupación étnica no sólo fue inevitable, sino activada por los legados de Ananse: cimarronaje que se extendió desde la llanura Caribe hasta El Patía y Tadó; insumisión en los cabildos de negros de Cartagena y en los procesos de automanumisión cuyo auge aumentó a partir del siglo XVIII. (Véase capítulo I). Esa investigación sí ratificó que el sur del litoral Pacífico agigantó la autosuficiencia de Ananse, como se verá en las secciones que siguen.
Terremotos, incertidumbre y creatividad
A Rafael Valencia lo mataron el 20 de septiembre de 1992. Resulta irónico recordar que Martha Luz Machado, en ese momento mi estudiante de posgrado, me hubiera dado la noticia minutos antes de que Anne Marie Losonzcy y yo iniciáramos un diálogo sobre las formas no violentas de resolver el conflicto social que primaban en el litoral Pacífico. El escenario era el Coloquio internacional sobre la contribución de África a la cultura de las Américas. La ametralladora de utopías ya no está con nosotros.
Ése fue el nombre que le di a Rafa en el capítulo sobre su aporte (Friedemann y Arocha 1986: 314-324). Ya se cumplieron doce años desde que lo escribí dentro del libro De sol a sol, del cual Nina S. de Friedemann es coautora. Han sido dos lustros a lo largo de los cuales las predicciones que formulábamos sobre el porvenir de los pueblos indios y negros del litoral parecen tener la desgracia de cumplirse.
Desde que conocí a Rafael, fui testigo de su capacidad para imaginar proyectos que redimieran a los miembros de la seccional tumaqueña de la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia (Anpac). Soñaba con un futuro digno, acataba las sugerencias de los egresados de varias universidades, y había ayudado a fundar esa organización. A lo largo del proceso, estos profesionales le enseñaron que uno de los problemas fundamentales de los pescadores dizque consistía en aquella marcada incapacidad para planear la construcción del porvenir, partiendo de las privaciones del hoy. Valencia decía: «Los compas sólo piensan en su traguito y en gastarse cada peso que reciben». Sus palabras evocaron el compromiso del antropólogo Marvin Harris (1971: 496, 497) de descorrer el velo tendido sobre una hipocresía llamada gratificación diferida: los supuestos redentores de los pobres les exigen posponer la satisfacción de sus deseos. Les importa poco que los medios de comunicación de masas y el sistema financiero no renuncien en su obstinada campaña tendiente a convertir caprichos vanos en necesidades cotidianas, igualando felicidad y libertad con satisfacción de antojos, y aleccionando a la gente para que crea que los préstamos de bancos y usureros son señal de éxito personal.
Rafa había pertenecido al MOIR. Sus años de militancia maoísta habían agudizado su conciencia de clase, mas no aquella que quizás le hubiera ayudado a comprender que el cambio de valores que él proponía a sus compañeros quizás podría reñir con las exigencias cotidianas del medio social dentro de cual se movían. Capté este contrasentido en febrero de 1984, cuando me hallaba analizando el cúmulo de notas legadas por un semestre de trabajo etnográfico. En ellas reconocía las huellas del enfoque ecológico-cultural dentro del cual me había formado (Steward 1973). Éste hace énfasis en cómo las relaciones entre un pueblo y el escenario de su existencia moldean la forma como aquel organiza su tecnología, su economía y su estructura social. Por eso dejé de traducir el verbo adaptarse por conservar y lo convertí en sinónimo de innovación cultural para salirle al paso a los cambios ambientales. Todo ello sin desconocer la consolidación de esa aldea universal que, de manera asimétrica, estrecha los nexos entre los niveles locales, regionales, nacionales e internacionales.
A partir de ese marco acumulé decenas de fichas sobre los cambios que, de manera continua, experimenta el entorno tumaqueño, así como sobre las diversas estrategias a través de las cuales han respondido los pobladores de la ensenada. También recogí informes sobre las crisis profundas que sufre la cotidianidad como consecuencia de las decisiones tomadas por empresarios transnacionales, desde sus rascacielos de Nueva York o Los Ángeles. Mi suma de datos dibujaba un hábitat tan deleznable como el andamiaje económico construido sobre él. Ante semejante incertidumbre, los intentos universitarios por cambiarle a los pescadores tumaqueños su orientación temporal podrían ser tareas tan arduas como inútiles.
El litoral Pacífico se puso de moda desde que el presidente Belisario Betancur incluyó a la región en el inventario de mercancías que se vienen ofreciendo a japoneses, coreanos y chinos. Las administraciones siguientes le han dado continuidad a esa noción de desarrollo y, en octubre de 1996, el presidente Samper viajó al lejano oriente para firmar acuerdos que profundizaran la integración del país con las naciones de la cuenca del Pacífico (Presidencia 1996). Durante este lapso, la prensa despliega las ejecutorias de las entidades responsables de la modernización de esa zona.
Así, se va asociando al litoral con El Dorado del siglo XXI. Éste incluye un gigantesco almacén de canales transoceánicos, puertos, carreteras, maderas, oro, platino, palma africana, camarones y camaroneras, pero se tiende a ignorar a los moradores negros e indígenas de la región (Arocha 1998d: 380-383). Recuérdese la forma como Laureano Gómez (1928: 59) se refería a nuestro país: «Somos un depósito de incalculables riquezas, que no hemos podido disfrutar porque la raza no está condicionada para hacerlo».
Exclusión e invisibilidad étnicas persisten a pesar del reconocimiento que la Constitución de 1991 hizo de la etnicidad afroamericana y amerindia como parte integral de la nación colombiana. En consecuencia, el proceso de legitimación de la territorialidad étnica avanza con lentitud, cuando es necesaria la condición contraria. De manera creciente, y en especial durante el último lustro, guerrilleros, fuerzas armadas y paramilitares incorporaron esa región a la cartografía del conflicto armado en Colombia. La fuerza del aparato de guerra es tal que los mecanismos dialogales y de naturaleza arbitral, que habían permitido superar los conflictos interétnicos por el territorio, no alcanzan a interponerse en calidad de antídotos contra la agresión armada o la justicia tomada por mano propia. Así, ambos pueblos ancestrales se ven forzados a engrosar las filas de los desplazados por la violencia, en tanto que los paisajes que crearon sus antepasados tienden a quedar a merced de las nuevas empresas de explotación de recursos naturales o de la especulación en transacciones de finca raíz.
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| Ensenada de Tumaco |
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La franja impredecible
La ensenada de Tumaco hace parte de la baja costa aluvial del litoral Pacífico. Esta franja que se extiende 640 kilómetros hacia el sur, desde el Cabo Corrientes hasta la provincia de Esmeraldas en el Ecuador, presenta: (1) adyacente a la orilla del mar, un cordón de bajos de barro y aguas pandas; (2) playas de arena interrumpidas por caletas de reflujo, estuarios y vastos bajos de lodo; (3) una zona de manglares, cuyo ancho por lo general es de 2,5 a 5 kilómetros; (4) a espaldas de los manglares de agua salobre, una faja cenagosa de agua dulce, cuyo nivel cambia con las mareas. Detrás de las ciénagas de reflujo, sobre tierras un poco más altas, la selva húmeda ecuatorial cubre prácticamente la totalidad de las tierras bajas del Pacífico (West 1957: 52, 53).
Este escenario figura entre los más húmedos del mundo. Recibe un promedio de 4.000 mm de lluvia anual. Aunque llueve todo el año, ocurren períodos más secos en los meses de febrero, marzo, septiembre, octubre y noviembre. Su temperatura registra fluctuaciones de menos de un grado, con una media de 28°C (ibid.: 22-39). Si bien es un territorio escaso en sabanas, es abundante en ese barro arcilloso tan característico de los suelos ácidos y poco fértiles del trópico húmedo. Allí, las ruedas tienden a enterrarse, oxidarse y pudrirse. Ese hábitat de árboles enormes y manglares es además inhóspito para bueyes, caballos y mulas. Con pocas máquinas y aún menos animales de tiro, sus pobladores tradicionales le han dado vida a sus economías invirtiendo la energía de sus propios cuerpos.
El paisaje de la costa aluvial nunca es igual porque «[...] La variación media en el nivel de las aguas es de 2,5 a 3 metros, pero durante la estación lluviosa aumenta a 4 y 4,5 metros», cuando el efecto de las pleamares puede notarse hasta en Barbacoas u otros sitios muy separados de la orilla del mar (ibid.: 53). Las aguas ascienden por períodos de 6 horas y media, y bajan durante lapsos de la misma duración (Olarte 1978). La marea comienza a subir una hora después de que la Luna haya pasado sobre un lugar; como cada día su salida se atrasa una hora, el comienzo de los flujos y reflujos siempre está cambiando (Escovar 1921). Las alturas que alcanzan las pleamares y bajamares también cambian en cada lapso. Las pujas se dan durante los plenilunios cuando el nivel de la pleamar es cada día mayor. Las quiebras, entre tanto, coinciden con las semanas de cuarto menguante y cuarto creciente; para entonces, cada seis horas la altura del flujo es menor. Es como si durante los ocho días de puja entrara más agua de la que sale, mientras que en los ocho días de quiebra sucediera lo contrario (ibid., Igac 1983).
Los pilotos de los equipos que pescan con chinchorro en la ensenada tienen catálogos mentales de las relaciones entre los fenómenos asociados con los cambios de marea. Por ejemplo, hablan de que con el primero de quiebra hay que ir a La Bocana porque entonces la pesca allá es muy abundante. O que en el segundo de puja siempre es mejor salir a pescar a las 4 de la mañana.
A finales de 1982, el calentamiento de las aguas evidenciaba la llegada de El Niño. Este cambio climatológico no muy bien explicado tiene ciclos de diez años y deja huellas en los cinco continentes (Canby 1984). En la ensenada de Tumaco, conforme subía la temperatura del mar, aumentaban las embarcaciones que con sus redes de arrastre peinaban el fondo, atrapando los productos de la nueva bonanza: camarones de, por lo menos, cinco especies: tití, pomadilla, tigre y langostino; también jaibas o azulejos y calamares. El resto de pescados peladas, cardumas, pejesapos, anguillas y zafiros formaba carga desechable que regresaba al mar hecha cadáver.
Entonces los pescadores artesanales idearon la changa, versión miniatura de las redes que los grandes camaroneros emplean para catar un sitio antes de hacer el lance. Le amarran la changa a sus potros, después de haberse conseguido un motor de cuarenta caballos. Para 1983, enjambres de pequeñas canoas habían conquistado un sitio en el territorio que antes habían monopolizado los pesqueros comerciales. La masacre de la fauna no tardó en preocupar a los biólogos del entonces Inderena, y se fueron lanza en ristre, no contra los pescadores empresariales, sino contra los que usaban changas: dizque porque los ojos de sus mallas eran tan pequeños que arrasaban con todo. «Con lo mismo que arrasan las redes grandes», dijeron pescadores como los de El Chajal. Pero ellos contaban con menos recursos para defenderse, y las multas reiteradas, así como la creciente escasez de jaibas y camarones, fueron sacando a muchos de ellos del panorama económico.
Para otros la única alternativa consistió en aumentar el hacinamiento de Tumaco y buscar empleo en las procesadoras de camarones. Pero en 1992, cuando El Niño apadrinó una nueva bonanza, regresaron a la ensenada con sus potros de palo y sus redes remendadas.
En la Caleta Viento Libre encontré más gente que había rehecho su vida con la autosuficiencia de los ombligados de Ananse. Se les había conocido por sus cultivos de caña, arroz, plátano y, en especial, cocos, en parcelas cercanas a la orilla. Pero la sal depositada por el tsunami de 1979 esterilizó la tierra. Esas personas reaccionaron buscando entre la basura pedazos de cordel para hacer largas líneas de anzuelos, cuyos plomos eran piedras y cuyas boyas eran trozos de plástico, también rescatados de los botaderos. Reciclando desechos, se convirtieron en pescadores de jaiba. Con el nuevo oficio, comenzaron a erigir un presente alterno.
Como otras que se repiten a lo largo y ancho del litoral, las adaptaciones creadas en La Caleta nacieron a pesar de un Estado discriminador. Los terremotos también atestiguan de la inventiva que les ha permitido a los afrodescendientes enfrentar este trauma cíclico, más severo que los anteriores, aunque menos frecuente. Éstos son recurrentes en la ensenada por la cercanía de puntos de choque entre la capa litosférica de Nazca y la americana (National Geographic, the editor 1986: 638, 639; Nel 1984, vol. 9: 9199-9201). A su vez, estos movimientos sísmicos levantan esas olas que arrasan playas como la de La Caleta y poblaciones costeras como La Ensenada, en la bocana de Iscuandé (Buzzard 1982: 4-6; Friedemann 1989: 116-120; Rosero 1981: 1, 2; West 1957: 57-60). Entre los sacudones más avasalladores figuran los de 1836, 1868, 1906 y diciembre de 1979. Los efectos de este último aún son visibles en muchos lugares (Rosero 1981, 1983).
(1) Una versión abreviada de este capítulo apareció con el título Afrocolombianos, creadores de riqueza: mineros, agricultores, pescadores y concheras, en el fascículo N° 31 que elaboré con Bernardo Leal para la serie Colombia, país de regiones, Medellín: El Colombiano y Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep).
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