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SAN BASILIO: EL SANTO
Pambelé, el boxeador, ha sido el único palenquero que
descendiendo de las nubes, de entre el cuerpo de un helicóptero y
trayendo la luz eléctrica para Palenque, ha sido recibido en el
poblado por un enjambre delirante de niños, mujeres y hombres.
Además, ha sido el único palenquero que ha logrado hacer esperar a
San Basilio mes y medio para la celebración de su gran fiesta
anual. Meses antes en 1974, Pambelé había conversado con San
Basilio, conforme se acostumbra en el pueblo, y le había dejado en
la iglesia, que es la casa del santo, el gran trofeo que le dieran
en Panamá como campeón mundial de boxeo
welter ligero. En
esa ocasión Pambelé también le prometió al santo que vendría para
su fiesta y lo acompañaría a pasear en la procesión por entre las
calles del poblado. Así le mostraba su agradecimiento por la ayuda
que le estaba dando en sus peleas de boxeo que finalmente lo habían
hecho un campeón del mundo.
Hasta hace unos años la fiesta del 14 de junio se anunciaba con
toqué de tambor en cada esquina. Era obligación blanquear las
viviendas y limpiar tanto los solares o patios como las bóvedas del
cementerio.
San Basilio vive con su mujer Santa Catalina, en la iglesia de
Palenque, que yergue su torre y una cruz sobre un costado de la
placita polvorienta. Los palenqueros llaman a San Basilio el santo,
y aunque dicen que no es Dios, afirman que está muy cerca de él y
por lo tanto es fácil conseguir su ayuda.
-Si me ayudá San Basilio -le dijo una jovencita en voz alta,
parada en la puerta de la iglesia-te traeré velas. Si no me ayuda
¡cuando regrese no te voy a saludá siquiera!
-¡Te traje doscientos pesos en velas! -le gritó un hombre al
santo, levantando su mano izquierda, cuando San Basilio salía para
la procesión en medio de una multitud, ese día de la fiesta.
La procesión es solamente una parte de las fiestas de junio, que
duran tres días. San Basilio y Santa Catalina salen de la iglesia
alrededor de las cuatro de la tarde, llevados en hombros por los
palenqueros que se disputan el honor, seguidos de filas de niños,
mujeres y hombres que al caer la tarde forman una estela luminosa
de velas encendidas detrás de los santos. Caminan despacio,
recorriendo los sectores de Arriba y Abajo, se devuelven a la
placita, le dan una vuelta y entran nuevamente al santo y a su
compañera a la iglesia. Son los palenqueros mismos quienes
organizan la procesión, aunque generalmente durante las fiestas un
sacerdote de Malagana, el pueblo vecino, llega al poblado a
celebrar matrimonios, bautizar niños y encabezar la procesión.
La quema de velas en la iglesia es un homenaje intenso a San
Basilio, que al final de la celebración deja el piso de la iglesia
literalmente cubierto con parafina y al poblado henchido de
orgullo.
San Basilio es un santo blanco con bigotes y barbanegros, con
mitra de gran jerarca religioso, bastón de mando y túnica de holán
y encajes blancos. A veces sostiene en su mano izquierda la
iglesita de madera de su propiedad que guarda todos los milagros
del mundo. De acuerdo con muchos palenqueros, San Basilio fue
traído a Palenque desde San Agustín de Playa Blanca sobre el río
Magdalena, como parte de una incursión cimarrona. Por ello, siendo
blanco, fue con la voluntad de los negros que pudo quedarse en la
comunidad en un tiempo cuando a Palenque no podía acercarse
ninguno. Pero- la historia de Santa Catalina, a quien consideran la
mujer de San Basilio, es tan borrosa como la de San Agustín y su
mujer la Virgen del Carmen, que también viven en la iglesia y a
veces salen a pasear con San Basilio en las fiestas de junio. De
San Agustín, por ejemplo, dicen que fueron los blancos de la
hacienda Toro quienes lo cedieron para Palenque. De Santa Catalina,
como compañera de San Basilio, mientras algunas personas dicen que
ella es la Virgen de la Concepción, otros opinan que es la Virgen
del Rosario y el único acuerdo es que ella es la Santa Hembra. La
situación marital de los santos conjuga en un todo las normas
palenqueras de que todo hombre y toda mujer deben conseguir,
respectivamente, su mujer y su marido en esta tierra y disfrutar el
derecho a esa diversión, evitando que cuando mueran tengan que
unirse y aguantar encima no sólo al burro o la burra que Dios les
tiene listos como consortes, sino sus constantes relinchos.
Entre el grupo de santos que habitan la iglesia, innegablemente
la personalidad de San Basilio es dominante. Tanto que, según los
mismos sacerdotes católicos que ocasionalmente llegan a Palenque,
ninguna otra figura ha logrado desplazar al santo desde su
aparición hace cerca de doscientos años. Claro que muchas mujeres
viejas últimamente se quejan de San Basilio porque le está dando la
cara a las fotografías, y ya sus ojos no parpadean como antes,
cuando el santo era tan reacio como los mismos palenqueros, tanto
que cuando "le apuntaban fotos", éstas no salían.
Pero tales no son los únicos santos que animan el firmamento de
Palenque.
Fuera de la casa de San Basilio, donde se celebran las
ceremonias religiosas pertinentes a la iglesia católica, a la cual
aseguran los palenqueros que pertenecen, existe una órbita
doméstica de santos cuyas imágenes aparecen sobre las paredes de
boñiga y afrecho de las casas antiguas y sobre las de bloque de
cemento en las nuevas viviendas. De ellas cuelgan el Sagrado
Corazón de Jesús, la Virgen de Chiquinquirá y varias otras
vírgenes, José Gregorio Hernández, imágenes de Cristo Crucificado,
y de unos años para acá la imagen de Pambelé boxeador, que
enmarcada con el mismo cuidado que el resto de los santos ha pasado
a ocupar lugar prominente en el firmamento de Palenque. Estos
santos y cristos son los que además se invocan con frecuencia en
las rutinas diarias de la enfermedad de las gentes o de los
tropiezos de los ganados. Así, junto con aquellas oraciones citadas
por Escalante (1954) para la curación de diarreas, la prevención
contra mordedura de "gusano" en las plantas o
mordedura de culebras en las gentes, utilizan efectivamente a los
santos de la órbita doméstica junto con los jugos o los baños de
las yerbas apropiadas, la manteca de armadillo, la hiel de
guatinaja o el corazón de la hicotea.
Una de las expectativas que estimula las fiestas de San Basilio
durante todo el año es la celebración de los matrimonios de muchos
jóvenes que meses anteriores han realizado su
salimiento,
su
endichamiento y sus arreglos para casarse en la
iglesia. Tradicionalmente en Palenque han existido los
cuagros, que son grupos de edad que empiezan a formarse
desde la infancia, cuando los niños salen a jugar fuera de sus
casas. A medida que crecen, los niñitos empiezan a tomar conciencia
del
cuagro. Los hombrecitos van a arrear los ganados de su
casa y de la casa mayor del conjunto o compuesto; las mujercitas
acompañan a sus mamás, hermanas o tías y van con sus compañeritas
de juego a la casimba en el arroyo para recoger el agua en los
tanques y llevarla a las viviendas. Cada
cuagro tiene una
mitad masculina y una femenina, un jefe y una jefa y un nombre que
lo distingue de los otros grupos en el mismo sector: Orisa,
Vendaval, Flor del Campo, Ruana, Nailanga. Hay cuadros de Arriba y
cuadros de Abajo. Cuando llegan a la pubertad, cada cuadro se
establece formalmente con su nombre, sus jefes y sus insignias
frente a los otros grupos y a la comunidad.
-
Suto a poné cuagro suto en diciembre [Nosotros
iniciamos nuestro cuadro en diciembre], me dijo un joven del cuadro
Vendaval narrando la formalización reciente de su grupo. Días antes
los jóvenes y las niñas habían acordado llevar un traje del mismo
color en la fiesta de sancocho con la cual harían la inauguración
de su grupo. El
cuagro compite con los demás cuagros. Cuál
hace el mejor baile, cuál tiene los mejores trajes y quiénes de los
jóvenes pelean con mayor efectividad. Los puños hacen parte vital
de los
cuagros y proveen el escenario de afirmación de
cada grupo y dentro de éste cada individuo. Niños y niñas aprenden
y practican los puños. En su juventud el grupo masculino baila,
pelea a puños y generalmente escoge esposa entre las jovencitas de
la mitad correspondiente o
cuadrilla, con quienes ha
jugado y crecido desde niño, que tienen su misma edad y son de su
mismo vecindario.
Los hombrecitos del grupo planean lo que equivale al rapto de la
niña. Usualmente ello tiene lugar cuando los miembros del
cuagro tienen entre 16 y 18 años y a veces desde los
catorce años. Entre varios conducen a la jovencita al sitio que el
joven interesado sha señalado. A veces la niña no está de acuerdo,
aunque los padres tanto de ella como del joven sí lo están. La
acción del rapto se conoce como
jaleo. El hecho de que la
jovencita se quede en el mismo cuarto con el joven implica la
pérdida de la virginidad, por la cual el hombre y su familia deben
responder ante la familia de aquella. En tiempos pasados después
del jaleo los jóvenes dejaban a la pareja en la
unificación y al día siguiente se dedicaban a celebrar el
acontecimiento con una comilona con sancocho, y música de
sesteto, hecha con tambor, chicharra y rayador. Pero la
base del sancocho era otro rapto. Los muchachos con palo en mano
capturaban un pato de propiedad de la mamá de la muchacha y lo
sacrificaban a golpes.' Luego se lo comían e invitaban a la
jovencita que había caído en el
jaleo. El golpe de tambor
durante el sancocho, anunciaba a la comunidad el
salimiento. Este tiene lugar cuando la niña después del
jaleo permanece en la casa de los padres del varón, en
tanto se inicia la notificación a la familia de la niña y el
convenio respectivo. Si el hombre ha encontrado virgen a la mujer
así se hace saber, y si el arreglo es tal que acuerde la
celebración de un matrimonio en la iglesia, los jóvenes inician un
periodo de
endichamiento, en el cual la joven recibe
instrucción intensa en la cocina, la
casimba y bajo la
vigilancia de la familia de su futuro esposo. Según los convenios,
el periodo de endichamiento puede durar varios meses, durante el
cual la mujer demuestra que es buena trabajadora, no puede
conversar con otros hombres y no sale de la casa. El siguiente paso
consiste en un compromiso con el sacerdote para que los case.
Si por cualquier circunstancia, aunque la niña haya resultado
virgen, el hombre o la familia del hombre no encuentran conveniente
el matrimonio, se procede a discutir la
dote de la mujer,
que debe recibir el padre o la familia de la joven como
indemnización. La mayoría de las veces esta dote se garantiza con
un documento de denuncia del rapto ante el juzgado respectivo en
Mahates y se complementa con una letra de cambio por el valor que
las partes hayan acordado. El valor de la dote, que usualmente es
fijado por la familia de la joven, refleja la prestancia y la
afluencia económica de su familia en la comunidad. Si la joven es
devuelta "dotada" a la casa de sus padres, estos
le compran ganado o unas "cabuyas" de tierra con
el dinero. De aquí en adelante, la mujer puede casarse con otro
hombre, ya sin
salimiento, o bien establecerse como
compañera de un hombre casado, o de un hombre que aún no
se haya casado.
-Mi hija es cara -dijo Aniano cuando discutíamos las dotes hace
unos años. Empero añadió-: No me gustaría que me la dotaran; mejor
que se case.
Claro que a lo largo de los años los valores monetarios que
aparecen en tales documentos han variado de acuerdo con las
fluctuaciones externas de la moneda. Aquiles Escalante (1954: 277),
por ejemplo, registró documentos de dote por cuatrocientos pesos,
en tanto que, al comienzo del estudio de cuyo corpus proviene esta
publicación, se examinaron documentos por seis mil pesos, mientras
que en 1978 las dotes de jóvenes de familias prestantes ascendían a
30 mil pesos, y muchas de ellas ya se tasaban en bolívares, a causa
de que las familias o los mismos jóvenes se encontraban trabajando
en Venezuela.
Una dote, por supuesto, puede ser exigida no solamente a un
joven soltero. Hay hombres que siendo casados hacen
salimiento y de hecho el arreglo se refiere solamente a la
dote de la joven, ya que no hay posibilidad de matrimonio. La dote
solamente se hace efectiva cuando el hombre no se casa con la mujer
y ésta regresa a la casa de sus padres. El dinero se dedica a la
compra de ganado o de tierra, pero si la joven se queda viviendo
con el hombre, ya sea éste soltero o casado, la dote no se hace
efectiva, ya que supuestamente el hombre y su familia se hacen
cargo de la mujer. En Palenque, por otra parte, un hombre puede
tener varias mujeres y ello es parte de la tradición palenquera.
Hay hombres que cohabitan simultáneamente con su esposa de iglesia
y dos o tres mujeres más, aunque cada una de ellas vive, en casa
diferente. Si las viviendas son en el mismo sector, puede suceder
que los hijos con cada una de las mujeres sean de la misma edad,
hagan parte de un mismo
cuagro, en el mismo compuesto, y
por lo tanto, además del lazo familiar, se establezca el del
cuagro. Los hijos de estas uniones también llevan el
apellido del padre. Los hombres cuentan con orgullo el número de
hijos y de mujeres que tienen y que han tenido. Y las mujeres
también relatan el número de hijos que ha engendrado su hombre,
sosteniendo que éste tiene todos los derechos, Estas normas de
poligamia se interpretan aquí como un rasgo de adaptación en la
organización de los palenques como sociedad guerrillera en su
estadio tardío, cuando el asentamiento territorial estable permitió
a su gente mantener poblados en lapsos continuos, aunque dentro de
patrones de defensa permanente. Los juegos de guerra de los niños,
los puños y la rivalidad de los
cuagros, actualmente
también permiten entrever el hecho de que tanto hombres como
mujeres debieron de entrenarse para la lucha palenquera. Pero
fueron los hombres quienes se enfrentaron como guerreros y murieron
en las contiendas. Así, la reducción de hombres en los poblados y
el mayor número de mujeres debió propiciar la convivencia
compartida. En la actualidad con la abundante emigración de
palenqueros a trabajar como ordeñadores, vaqueros y agricultores en
las haciendas de la frontera de Venezuela con Colombia y aquellos
que se van a la Guajira como ayudantes- de los comerciantes, la
dramática disminución del número de hombres, particularmente de los
jóvenes, es un hecho. Así, los patrones de poligamia interpretan,
hoy como ayer, el mandato cultural de ayuntamiento sexual vigente
en la comunidad no sólo entre sus gentes sino también entre sus
santos.
Por ello, cuando el padre Dionisio -celebrando en ceremonia del
día de San Basilio el matrimonio de catorce parejas, vestidas con
sus mejores galas blancas y rosadas las novias, y con trajes
multicolores los novios y el resto de invitados y asistentes-
escogió como tema de su sermón la fidelidad eterna, no tuvo eco
alguno. Más aún: el padre Dionisio, que había empezado a advertir
tenuemente la incongruencia de su presencia como representante del
credo católico, al aportar apenas la parafernalia ceremonial
litúrgica en su aspecto puramente externo, se aventuró allí mismo a
ofrecer algo de instrucción sobre el significado del matrimonio en
la iglesia. Así, usando el micrófono, que le ayudaba a vencer la
algarabía de los niños, el murmullo de los adultos y la inquietud
general causada por el apretujamiento de las gentes, el sudor de la
ansiedad, el calor sofocante del ambiente, del nailon de los
trajes, las pelucas, los guantes y sombreros, dijo:
-Quiero que me contesten: ¿para qué estamos aquí? Unos cuantos
palenqueros que ya ponían atención dijeron: -Estamos para un
matrimonio.
-¿Y quién celebra este matrimonio? -volvió a preguntar el padre
Dionisio, manteniendo su aire de maestro.
-¡EL PUEBLO!
El padre Dionisio se quedó en silencio por unos instantes. De
modo que, su presencia era apenas circunstancial. Así me lo
manifestó días después en un esfuerzo analítico de la situación de
Palenque frente a la religión. Él mismo se había dado cuenta de
que, cuando las gentes iban a Malagana a solicitar la ceremonia
religiosa de matrimonio en Palenque, ya las jovencitas habían
estado viviendo con sus futuros esposos, consecuentes con la
tradición palenquera. ¿Podría entonces inferirse que los
palenqueros "utilizaban" al sacerdote? No. Quizás
nos encontrábamos frente a una estrategia dinámica de adaptación
sociorreligiosa de la cultura de Palenque, dentro de la perspectiva
contemporánea de su enfrentamiento a la imposición religiosa
proveniente de la sociedad dominante.
Tan pronto terminó la ceremonia en la iglesia, la concurrencia
salió a la placita y alrededor de cada pareja formó un grupo Allí
estaban también las cuadrilleras de la novia y los
cuagros
del novio. La dinámica del
cuagro como grupo solidario era
visible.
Aun sus trajes mantenían similitud de color. De la placita cada
grupo encabezado por los recién casados inició una peregrinación
por calles y casas de parientes, cuyo paso levantó alegres abanicos
de polvo. El séquito se dirigió primero a la casa de los padres de
la novia; luego a las de los del novio, los abuelos y los tíos.
Ello obligó a la pareja y a sus acompañantes a caminar por la misma
calle y cruzar asimismo la placita varias veces para cumplir el
orden jerárquico del saludo.
En cada casa la pareja recibió obsequios: una gallina, un
cerdito, un pato para poner en el corral. Los padres de la novia,
que generalmente ofrecen la fiesta después de la ceremonia en la
iglesia, reciben también, como regalos de sus cuadrilleras y
cuagros yuca y gallinas para el sancocho, gaseosas y también ayuda
personal en la preparación de las viandas. La visión era magnífica.
Unos grupos iban y otros venían. Todos seguidos por la algarabía de
los niños y los perros, los comentarios de las gentes, la sonrisa
del pueblo, un marrano que asustado atravesaba la calle. La
respuesta que la concurrencia había dado al padre Dionisio en la
iglesia de que era el pueblo quien celebraba el matrimonio,
expresaba la realidad del trance.
Desde 1915 cuando la apropiación de los terrenos bajos y el
ensanchamiento del latifundio ganadero en la región ya estaba en
marcha, San Basilio y los palenqueros empezaron a ver en las
fiestas de diciembre,
la corraleja, una celebración de
ganado en un escenario de clientelismo (Miranda: 1977) montado por
los grandes ganaderos. Estos, haciendo alarde de su poder, de sus
toros y de su haber, aprovechan la ocasión para amarrar lazos que
luego usan en la manipulación política de elecciones y decisiones.
Un escrutinio de la dinámica del latifundio ganadero en el marco de
ese poder político regional aparece en la publicación de Alejandro
Reyes Posada (1978).
Años atrás, recuerdan los palenqueros que fueron los Segreras y
luego los Vélez quienes trajeron los toros para la corraleja. Los
hacían encerrar en un toril y luego los enfrentaban a los
manteros, quienes también eran gente de fuera contratada
por los ganaderos para el espectáculo. Hasta la fecha, los toros de
los palenqueros y los mismos palenqueros no han sido actores
activos en la corraleja de la plaza de Palenque, aunque la
disfrutan mucho.
Después de una corraleja, el comentario entusiasta de uno de los
hombres en el pueblo fue:
-
Ombe, fieta á kelá güeno [Hombre, la fiesta resultó
buena]. ¡
¡Uú! ata í toro guapo ese ma toro güeno [i Uy!,
hasta ahí toros guapos, esos toros buenos].
Korraleja é un
kolao, un kolao, un poko etaka, etaka [La corraleja es un
corral, un corral, un poco de estacas, estacas],
I depué suto á
sé malalo un ma sinta palo [Y después nosotros le amarramos
unas cintas de palos].
/toro a se yegá, á sé pegáo ndurisimo ku
flende [Y el toro llega, le pega durísimo con la frente].
É á sé kaí de kulo [Él se cae de culo].
É sé polo pasá
ri al nu [Él no puede pasar de ahí].
Sé salí nu [No
se sale].
I é mu bonito, pae, fleta korraleja [Y es muy
bonita, compadre, la fiesta de la corraleja].
Mantiá toro í
plasa, ¡ú! [Mantear un toro en la plaza, i huy¡].
Á tené
un majaná ke á sé rnontá [Hay unos muchachos que montan]
andi ma kabayo aré k'un ma puya [en sus caballos con unas
puyas],
ma lo ke aré á sé ablá garrochero [ unos los que
la gente llama garrocheros],
I ma uto k'un trapo pa mantiá
[Y los otros con un trapo para mantear].
De manera ke asina jue
korraleja [De manera que así es la corraleja].
La estructura física de la corraleja ha venido creciendo a
medida que pasan los años. Anteriormente no tenía palcos de varios
pisos como actualmente. Tampoco Palenque disfrutaba del prestigio
que ha adquirido en la región en los últimos años con el
surgimiento de sus hombres como campeones y aspirantes a campeones
de boxeo en el mundo. Tanto, que en las corralejas se ven toros con
el nombre de Pambelé escrito con pintura. Los
manteros
tientan a los toros, los excitan. A veces tiran en la plaza cinco y
seis astados y a los manteros se une multitud de hombres
embriagados con ron blanco, sol ardiente y las nubadas de polvo que
tornan más candente la tarde. Toros y hombres pierden el control.
Desde los palcos los grandes ganaderos arrojan dinero a las gentes
y al ganado, estimulan a los jinetes para aguijonear a
los animales hacia el centre de la plaza, cuando estos,
atemorizados por la multitud de gentes, tratan de refugiarse en los
toriles. Un toro salta sobre un borracho. Carcajadas en los palcos,
los manteros corren. Diversión bestial. No ha habido muchos muertos
en las corralejas de Palenque. San Basilio los protege, dicen los
palenqueros. El Santo alcanza a ver la corraleja desde su sitio
alto en la iglesia, que está en una de las esquinas de la
plaza.
Una corraleja en Palenque atrae a muchos visitantes, fuera de
tos palenqueros que cuando se trata de las fiestas de San Basilio,
regresan con las velas y velones para el santo desde Venezuela, la
Guajira, Barranquilla y Cartagena, donde tienen núcleos sólidos de
comunicación y ayuda que mantienen el espíritu de Palenque como
comunidad.
El espíritu de pertenencia, participación y solidaridad de los
palenqueros va más allá de las fiestas y más allá de la vida.
Cuando alguien muere, los miembros de su
cuagro, tanto la
mitad masculina como la femenina, lo acompañan y contribuyen a los
gastos que demanda el velorio de las nueve noches. Lo mismo ocurre
si el muerto es un infante. Los miembros del
cuagro de los
padres del niño acuden con prontitud. SI se trata de alguien que
vive en Cartagena, Barranquilla y aun La Guajira o poblados como
Rocha, San Pablo, María La Baja, San Cayetano o Gallo donde hay
colonias de palenqueros, sus cuadros y cuadrilleras viajan al lugar
del velorio.
El velorio hace parte de los ritos funerarios en los cuales
hombres y mujeres se desempeñan siguiendo todavía tradiciones cuya
autenticidad, pese a las transformaciones y presiones que han
sufrido, ha mantenido perfiles frescos y arrogantes frente a la
embestida aniquilante de las clases dominantes de la región.
Hubo un tiempo. por ejemplo, cuando las gentes debían pagar
impuestos a la inspección de policía de Palenque, dependiente del
municipio de Mahates, por cada velorio que hicieran los palenqueros
con tambor y baile de muerto. Estos no se doblegaron y pagaron el
impuesto. Un velorio es un deber y un honor que se rinde no
solamente al muerto, sino a su familia. Y para quienes pertenecen
al Cabildo Lumbalú es un momento de afirmación y solidaridad de sus
miembros. Este cuadro, importante ahora por la música y por
preservar aún, dentro de su lenguaje ritual de funebridad,
vocablos-reliquias de lenguas bantúes, debió de haber sido el
depositario sagrado de la sabiduría religiosa palenquera. En la
época del guerrero cimarrón, el zahorí, a quien los españoles
definieron como un jefe implacable, debió de ser el jefe mayor del
Lumbalú y una figura política importante.
Pero en tiempos recientes, las tradiciones de Palenque
desazonaron tremendamente a los poblados de la región, tanto que
sus gentes se sintieron avergonzadas de los palenqueros no
solamente como vecinos, sino porque lucían negros como ellos
mismos. A tal punto llegó la censura que a Pechiche, el tambor
mayor del
bail`e mueto y que hasta hace pocos años tocaba
batata como jefe del Cabildo Lumbalú, en una ocasión gente de
Malagana, el pueblo vecino, le rompieron su instrumento, arguyendo
que con ese tambor se desacreditaba la región.
-Ahora es al contrario, qué raro -dice Yayita, la hija de Ña
Florentina y don Fermín-. ¡Ahora, cuando los velorios con tambor y
bail é mueto se están acabando, las gentes de afuera
reclaman que no se tienen que acabar!
El velorio dura nueve noches después de aquella en la cual el
muerto yace en su cajón en la mitad del cuarto, en medio de velas,
antes de ser enterrado. Su espíritu sigue vagando en su casa
alrededor del cuerpo, cerca de la viuda, o del marido, de los
parientes y de los miembros del cuadro hasta el último día del
rito, cuando se levanta el altar y él toma su camino tranquilo y
contento. Claro que hay espíritus que se han quedado en el pueblo o
que han regresado. Muchos de ellos han encontrado refugio en la
iglesia y deambulan por las noches asustando a los palenqueros.
El velorio con tambor y baile es un acontecimiento en Palenque.
Aquellos que han sido miembros del Lumbalú tienen derecho a ese
velorio. Claro que si el individuo antes de morir solicita que se
lo acompañe hasta las puertas del otro mundo con tambor y baile, el
Cabildo Lumbalú se traslada al lugar del velorio, ya sea éste en el
poblado o en otros sitios de la región.
-¡
Tenemo carávor! (cadáver) -dijo Luz Valdez, jefa del
Lumbalú, parándose frente al cajón en que yacía don Salomé, un
miembro del Cabildo y quien acababa de fallecer a los 82 años. Luz
Valdez, esposa de Batata, quien había sido jefe del Lumbalú y
tocaba el tambor Pechiche hasta cuando falleció, ha sido la jefa
del cuadro durante muchos años. Cuando La Lú, como la llaman las
gentes de Palenque, llegó, ya había un grupo de mujeres alrededor
del ataúd.
-¡
Ay pae, ay pae, dañáte mi día de hoy! ¡
Tan bueno
que eras! -decía una de las hijas. Y la mujer de don Salomé,
delgada, huesuda, saltaba, agitaba los brazos, su cuerpo se movía
en ritmo de convulsión dolorosa, doblándose sobre el cadáver, con
las palmas de las manos extendidas, abiertos los dedos, en
constante movimiento. Otras mujeres que llegaron, tan pronto se
acercaron al cadáver iniciaron el ritual, la contorsión en ritmo
expresivo de dolor y queja. Lamentos y gritos seguidos del cántico
y del baile. Alrededor del cadáver tocaban palmas y bailaban. La
lengua criolla surgía vital:
Yantongo... Yantongo
itá cantando ele, arfó... pa Kasariambé
ario, ai, ario.
Cuando el muerto ha pertenecido al Lumbalú, el tambor retumba
las nueve noches del velorio y en los cánticos reaparecen los
vocablos ki-kongo (De Granda, 1978: 453-458) con el aura africana
de creencias religiosas saturadas de espíritus. Para la ceremonia
del entierro del cuerpo, al igual que durante el velorio, las
mujeres del Cabildo Lumbalú o simplemente del cuadro del muerto (si
éste no es del Lumbalú), se desempeñan dentro de la casa del
velorio, mientras los hombres permanecen fuera de ella. Estos
transportan el cadáver a la iglesia, frente a San Basilio. En los
últimos años, desde cuando en Palenque se instalaron unas monjas
católicas, éstas rezan oraciones antes que el cortejo fúnebre se
traslade al cementerio.
El cortejo se compone solamente de hombres que transportan el
cajón hacia el cementerio. El sepelio tiene dos fases. La del cajón
con el cuerpo del difunto, junto al cual se ponen algunos de sus
objetos predilectos. Cuando el muerto es un niño se le ponen sus
juguetes, su tacita, cuchara, platicos, su ropa nueva y sus
zapaticos. Así él podrá compartir con los otros angelitos todas sus
cosas, ya que un niño al morir se torna en angelito. La otra fase
es el entierro de las esteras, la ropa, los remedios y los paños
que fueron parte del trance de la muerte y arreglo del cadáver que
se consideran sucios. Todo esto generalmente se sepulta en una
zanja retirada en el mismo cementerio.
Mientras el cajón desciende o se coloca en la bóveda de concreto
y se sella, los hombres se agrupan generalmente siguiendo el
esquema de sus cuadros y entablan una competencia narrativa. Claro
que si al muerto le gustaba tanto la música y así quería, el tambor
y los cánticos mientras tanto acompañan el entierro hasta el último
momento, a tiempo que en cada círculo de los cuadros cada hombre
toma un turno, da un paso hacia el centro e inicia su relato. Al
terminar, regresa al borde y escucha atentamente al siguiente
cuagro. A veces la narración es tan humorística que el
círculo de hombres casi se rompe cuando la risa los cimbra
frenéticamente. Pero el círculo se reconstituye y el próximo
cuagro toma su turno e inicia su narración. Terminado el
entierro, los hombres regresan a la casa del velorio y allí
continúa el
acompañamiento durante el resto del velorio de
nueve días. El entretenimiento en el entierro es apenas uno de los
juegos de velorio de exclusiva participación masculina. Las noches
de velorio son largas. Hombres y mujeres jóvenes también se
entretienen. Hacen juegos que expresan casi siempre la relación
hombre-mujer y, al igual que en los cánticos del
bail'e
mueto, el código dominante en el habla es la lengua
palenquera.
-¿
Ke mujé jue ri gutá bo? [¿Cuál es la mujer que te
gusta?] -le pregunta un hombre joven a otro en el círculo formado
por hombres y mujeres, generalmente de un mismo cuadro.
-
Í a quelé ri Toño [Yo quiero la de Toño] -le contesta
el otro hombre. Entonces una de las mujeres jóvenes se suelta
del
círculo y corre hasta donde se halla el hombre que dice que la
quiere, mientras el grupo vibra con carcajadas retumbantes.
Otro juego masculino durante el acompañamiento es el dominó
animado con tragos de ron. Igual sucede en velorios de niños. Sus
compañeritos de cuadro permanecen jugando bolitas y dominó en la
calle mientras las niñitas se quedan adentro en la casa con las
mujeres adultas. Cada noche el ritual del velorio transcurre con la
rutina de la primera noche. Las mujeres viejas acompañan a las de
la casa del velorio, se lamentan en coro, de pronto se levantan y
hacen el
bail´e mueto frente al altar con imágenes de José
Gregorio Hernández, un cristo y vírgenes de la órbita doméstica de
santos.
A la tercera noche y cuando se trata de un miembro del Lumbalú,
la música del
bail'e mueto se remplaza con la de
bullerengue, hasta cuando llega la última noche y el profundo
tambor Pechiche anuncia, para tranquilidad del Cabildo, del cuadro
y del pueblo, que el alma del muerto felizmente está abándonando
este mundo.
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