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PALENQUE: EPOPEYA DE UNA SOCIEDAD
GUERRERA
Los grupos de rebeldes negros que durante la colonia española se
conocieron en América como
cimarrones y que formaron los
llamados palenques en el territorio que hoy es Colombia, son apenas
una parte del fenómeno histórico que se inició hace cuatrocientos
años en el marco de las sociedades esclavistas en el nuevo mundo.
En Méjico y Cuba también se conocieron como palenques, en tanto que
en Venezuela fueron
cumbes; en Brasil
quilombos,
mocambos, ladeiras y
mambises, así como
maroons en el Caribe, las Guayanas y en regiones de lo que
actualmente es el sur de los Estados Unidos. Los vocablos cimarrón,
palenque y arcabuco son de origen español y en Colombia se
combinaron indistintamente para señalar el mismo fenómeno. Los
negros rebeldes fueron cimarrones de los palenques, éstos fueron
palenques de los arcabucos, es decir de los montes tupidos, y sus
gentes cimarrones de los arcabucos.
Los palenques fueron comunidades de negros que se fugaban de los
puertos de desembarque de navíos, de las haciendas, de las minas,
de las casas donde hacían servidumbre doméstica y aun de las mismas
galeras de trabajo forzado. Su historia siglo tras siglo durante
trescientos años constituye una estela epopéyica del negro en el
paso obligado desde su continente a un nuevo mundo y a un destino
nuevo.
En la costa atlántica colombiana florecieron, fueron diezmados
por las armas de los españoles, perseguidos por sus perros y por
milicias en las que también marcharon indígenas, como los chimilas
del pueblo de San Ángel y los de Malambo, blandiendo flechas y
lanzas (Borrego Plá, 1973: 20). Pero de nuevo surgieron y
florecieron con la vitalidad de su lucha por la libertad. Los
documentos históricos muestran palenques en la gobernación de
Cartagena, en la de Santa Marta y en la de Río de Hacha en la
península de la Guajira, en donde además hay evidencia de que se
refugiaron entre los indígenas guajiros imprimiendo en estos rasgos
que tal vez puedan ser considerados como reflejos culturales de
origen africano (Wilbert, 1976). Su formación y organización fueron
estrategias de resistencia hacia la esclavitud. El estado de
permanente guerrilla en que vivieron año tras año debió influir
sobre aspectos de su organización social y política en el proceso
de su transformación de bandas trashumantes, como fueron unos, a
palenques temporalmente estables o a la conformación de poblados
palenqueros que, como el de San Miguel en 1694, llegaron a tener
hasta 137 bohíos, sementeras de tubérculos, fríjoles y maíz, y a
formar parte de una federación de palenques establecidos sobre una
región como la Sierra de María. Pero ese estado de guerrilla
también debió influir sobre los perfiles de su cultura en el ámbito
doméstico, en su visión del mundo natural, en su religión, en su
expresión artística y tecnológica y en su lenguaje.
En Colombia, en la Costa Atlántica, solamente se ha localizado
una comunidad que es descendiente directa de gentes que
pertenecieron a uno o a varios de los palenques de los Montes; de
María. Algunas de sus gentes también podrían ser descendientes de
aquellos palenques en la Sierra de Luruaco o de los de Norosí y
Cimarrón en la serranía de San Lucas, ya que existía una
comunicación activa no solamente entre los palenques de la región
sino entre los de Santa Marta, Panamá, etc. La precisión sobre el
origen de los actuales pobladores de Palenque de San Basilio es un
escrutinio que ha intentado realizar el trabajo sobre el cual se
basa esta publicación. Pero las fuentes documentales que han estado
al alcance no dedican mayor espacio a los; palenques. Ello es
comprensible teniendo en cuenta, por una parte, el hermetismo que
guardaron los grupos frente a misioneros, militares, mensajeros,
etc., procedentes de la sociedad blanca, de la cual desconfiaron
como una táctica básica en su estrategia defensiva. Por otra parte,
el tratamiento
deshumanizado que se infligió a las gentes negras en la esclavitud
también se aplicó a los documentos que se refirieron a su
rebelión.
Consecuentemente las descripciones más copiosas en relación con
los palenques son aquellas sobre las milicias españolas que los
hostigaron y sobre cómo lo hicieron, sobre el costo de cada
expedición y aun sobre las viandas con que alimentaron a los
soldados. Por otro lado lo que abundan son descripciones de los
ahorcamientos y degollamientos de los cimarrones, de los lugares
donde les cortaron sus cabezas y de las plazas donde las exhibieron
como escarnio. Pero hay ausencia total de datos sobre asuntos de
organización social no solamente de los palenques, que era
información difícil de conseguir, sino aun de los esclavos urbanos
que, por ejemplo, se reunían en Cartagena en cabildos con nombres
de etnias africanas (Posada Gutiérrez, 1929; Friedemann: 1985,
1987).
Aunque la situación en el momento empieza a cambiar, la ausencia
de interés por el examen histórico del transcurso del negro en
Colombia ha mostrado la permanencia de ese rasgo de deshumanización
y etnocentrismo aun en los niveles intelectuales. Ello es
comprensible, si se tiene en cuenta que quienes hasta hace algunos
años manejaron los documentos históricos e hicieron su
interpretación, eran en su mayoría miembros de las clases
dominantes. Tales individuos no demostraron tener una conciencia
social que los inclinara a realizar escrutinios sobre aquellos
grupos étnicos que, como los negros, han estado en la base de la
pirámide socioeconómica por tanto tiempo. Más aún, semejante
fenómeno de exclusión no ha sido solamente prerrogativo de la
historia. El negro colombiano escasamente ha motivado el interés
científico de unos pocos estudiosos (Friedemann: 1978b, 1984).
La tradición oral en el actual poblado Palenque de San Basilio
es una visión sin muchos matices. Sobre un escenario homogéneo, los
palenqueros dibujan un pasado guerrero con un caudillo omnipotente,
de calidades heroicas, secundado por jefes valientes, pero sin las
exactitudes de sitios, nombres de hombres ni fechas. A partir de
este escenario, que es apenas un atisbo en lontananza, los actuales
palenqueros relatan su historia inmediata que abarca un siglo de
precisión genealógica, geográfica y sociopolítica.
Remontándonos al siglo XVI, cuando el movimiento de los
palenques fue detectado oficialmente y anotado en documentos,
podríamos entonces preguntarnos de dónde provinieron los negros
que, fugados, empezaron a conformar las bandas de rebeldes que
huían por entre los montes, y ello nos transporta de inmediato al
problema de la proveniencia africana de los esclavos llegados a
Cartagena. Pero a un mismo tiempo podríamos preguntarnos también
cuál es la razón para averiguar la procedencia de los esclavos,
particularmente teniendo en cuenta no solamente las circunstancias
en que fueron reclutados en África, sino la manera como se
designaron y registraron en documentos o patentes en los puertos de
factoría y de embarque. Según dice Colmenares (1978: 12), las
designaciones tenían origen africano, pero eran aplicadas desde un
punto de vista europeo y por los mismos europeos. De tal suerte que
el apelativo podía significar un lugar geográfico, un grupo
lingüístico, o una organización política: tribu, reino, etc. Si la
averiguación fuera para intentar dar una explicación al bagaje
cultural en este caso de los palenques, no tendría suficiente
asidero, ya que los esclavos provinieron de distintas partes del
continente africano, de numerosos grupos tribales y lingüísticos y
de diferentes sociedades en cada región, y por ende no compartieron
una cultura (Mintz y Price, 1976: 1). 4o que compartieron fue un
sistema de subyugación dentro del cual elaboraron estrategias de
supervivencia que interpretaron la creatividad de sus gentes y que
probablemente transformaron el bagaje cultural diferenciado de
individuos o grupos de individuos en el marco formal del palenque,
como una sociedad guerrera.
Sin embargo, los nuevos marcos teóricos que estimulan la
exploración de explicaciones alternativas sustentan la validez del
examen de los lugares de donde hayan provenido los primeros o los
últimos migrantes forzados del África, así como la identificación
de supervivencias socioculturales y sus posteriores
transformaciones cuyo origen pudiera proceder de un grupo en una
región particular. Claro que de ningún modo esto significa que la
explicación teórica sobre la ocurrencia de un determinado tipo de
organización guerrillera en el Palenque de la Matuna de hace tres
siglos o sobre los ritos de guerra de los niños en el poblado
actual de Palenque de San Basilio, se apoye en explicaciones sobre
retenciones o supervivencias culturales africanas.
El enfoque que aquí se adopta, interpreta la propuesta flexible
de entender la cultura de los grupos negros en el ámbito de su
transformación, innovación y creación, adaptativa a las
circunstancias ecológicas del ambiente natural y del trance
socioeconómico (Friedemann, 1974). De esta suerte los
planteamientos rígidos que han señalado a los palenques como
sociedades africanas en América no hacen parte de la interpretación
antropológica aquí seguida. Pero a este respecto es muy valioso
tener en cuenta las reflexiones y evaluaciones de Sidney Mintz y
Richard Price (1976) alrededor de las posiciones teóricas que con
mayor vigor han modelado la explicación en los estudios
afroamericanos, particularmente en el área del Caribe. Al contrario
de las tendencias de años anteriores que se encauzaron por senderos
teóricos de determinada escuela antropológica para proponer
explicaciones acordes, Mintz y Price sugieren aproximar la
explicación afroamericana sin desechar totalmente o desaprobar las
diversas ópticas que dinamizaron los estudios de negros en años
pasados. Pero al hacerlo, el enfoque primordial, en su opinión,
debería dar más énfasis a los valores que a las formas
socioculturales (Mintz y Price, 1976: 5), acogiendo también el
examen de las orientaciones cognitivas.
En este esquema amplio y sobre el basamento de la esclavitud
como una forja cultural, son válidos, tanto el examen de las
continuidades entre el viejo y el nuevo mundo, como los análisis
demográficos durante el periodo de esclavitud. Claro que, según
Mintz y Price lo afirman en el estudio citado, y Germán Colmenares
refiriéndose al mismo problema (1978: 13) en su análisis sobre la
proveniencia de esclavos al Nuevo Reino de
Granada lo explicita, cualquier aproximación de esta índole debe
enmarcarse en el contexto histórico.
Hacia esa meta, el esfuerzo del historiador Philip D. Curtin
(1969) por realizar una síntesis censal sobre el tráfico esclavista
por el Atlántico, el trabajo de Jorge Palacios Preciado (1973)
sobre la trata por Cartagena de Indias, las interpretaciones de
Jaime Jaramillo Uribe (1963) sobre las relaciones sociorraciales en
la Nueva Granada en el siglo XVIII, y últimamente el trabajo de
Germán Colmenares (1978) sobre los esclavos de la gobernación de
Popayán constituyen amplias avenidas para la dilucidación del
trayecto histórico del negro colombiano. En 1967 el historiador
Pavy también acopió datos que más tarde fueron confirmados en
relación con áreas de las cuales llegaron negros a Colombia.
Senegambia los suministró hasta la mitad del siglo XVII. Para el
siglo XVIII y en una interpretación de Curtin, Colmenares (1978:
14) precisa nuevamente Senegambia, luego Sierra Leona, Costa de
Marfil, Costa del Oro, Golfo de Benin o Costa de los Esclavos,
Golfo de Biafra y finalmente África Central o Angola, mencionando
Mozambique aunque fueron muy pocos los que de tal zona llegaron.
Pese a la heterogeneidad de su proveniencia, en 1971, Germán de
Granda, apoyado en elementos lingüísticos, sugirió que la
influencia congo-angoleña debió ser significativa en la costa
atlántica. En la misma vena, la investigación lingüística de Carlos
Patiño Rosselli (1978) sobre la lengua criolla del actual Palenque
de San Basilio confirma y amplía datos iniciales de Bickerton y
Escalante (1970) y de Germán de Granda (1971), así como otros datos
de Escalante (1954) sobre literatura oral y el registro de cantos
funerarios en el mismo poblado, con procedencias congo-angoleñas.
En 1973 Price presentó en un volumen lo que puede considerarse una
antología sobre los palenques de América, precedida de una
introducción que se esfuerza en dibujar los andamios estructurales
de la formación y evolución de las sociedades cimarronas, en tanto
que, en un análisis de la resistencia negra a la esclavitud
colonial europea, el historiador Carrera Damas ha señalado
estrategias de huida y enfrentamiento (1977: 34-52) en la formación
de las sociedades cimarronas, estrategias que además tienen
vigencia aún para el negro contemporáneo (Friedemann, 1978c).
La huida de uno o varios esclavos de galeras, trabajos mineros,
haciendas o servicio doméstico aparece como un paso inicial hacia
un primer estadio en la formación de los palenques y a esta gente
se le conoció como negros
zapacos (Arrázola, 1970: 21).
Este estadio se define primero por un movimiento de bandas,
formadas cada una por un grupo pequeño de hombres y muchas veces
mujeres que en huida rastrean ágilmente lugares inaccesibles para
sus perseguidores, superiores numérica y bélicamente. Las
motivaciones básicas del grupo son supervivencia física y libertad.
Las necesidades vitales de alimentación y abrigo se satisfacen por
recolección de frutos silvestres y pequeña cacería. En la
gobernación de Cartagena las bandas de negros en huida echaron mano
de provisiones, lanzas y flechas de los indígenas que encontraron a
su paso. Fueron bandas que ya en 1540 usaban en forma trashumante
varios sitios de refugio, de acuerdo con las necesidades de su
huida. Levantaban dos o quizás tres bohíos rudimentarios,
mimetizados en el bosque, tan escondidos que podía transitarse en
la región sin descubrirlos. Eran generalmente de palos, caña, palma
y bejuco. Los primeros debieron tener techo de una sola agua,
semejantes a algunos estaderos que aún hacen los palenqueros en
retiros como La Bonga en Palenque actual. Sus gentes debieron
dormir sobre esterillas como las que todavía usan y que siguen
tejiendo. Fáciles de cargar, fáciles de incendiar con los bohíos,
para cubrir la huida una de las estrategias básicas del periodo
formativo del palenque.
En el momento, es difícil describir el tamaño de la planta
habitacional del bohío palenquero o precisar los materiales que
integraron a medida que el asentamiento se hizo firme en algunos
lugares. Es posible que el uso de materiales para las paredes,
tales como el afrecho y la boñiga que todavía hoy utilizan, se
hubiera dado cuando los palenqueros pudieron mantener una que otra
cabeza de ganado y hacer algunos cultivos. Algunas casas todavía
utilizan la esterilla como división interna de los ambientes
domésticos. Es posible que la esterilla también se usara en las
puertas de los primeros bohíos. Claro que los primeros palenques
contaron con pocas mujeres, debieron tener más un carácter de
campamentos y la preparación de la comida debió ser rudimentaria.
En el actual poblado de Palenque muchas de las cocinas son un
rancho rústico separado de la casa. El techo de palma del rancho
generalmente es cónico, hay un fogón sobre la tierra y el humo de
la leña cura la caza del monte: conejos, a veces armadillos y de
vez en cuando un pisingo.
Quienes estaban asentados cerca a las ciénagas, utilizaban el
agua de ésta o de los arroyos vecinos, y cuando el palenque estaba
incrustado en lugares tupidos del monte, las mujeres debieron
cargar agua de los arroyos en recipientes, al igual que hoy. Hasta
hace poco, tales recipientes eran artesanía de las mujeres que
usaban- arcilla del lugar y luego quemaban las vasijas. Todavía en
muchas viviendas el agua de beber se conserva en las antiguas
grandes ollas en un lugar especial de la sala.
El desecho de las heces humanas en el tiempo del palenque se
cumplió como ahora fuera del poblado, respetando los bordes del
mismo. El "cagadero" es una franja que permite a
sus gentes señalar una dirección como "más allá del
c..." o "más acá del c..."
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yo tené ke ablá má un (yo no tengo mas que hablar) (foto de
N.S. de Friedemann, 1975).
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Pero a medida que los palenques lograron alguna estabilización
material y un número apreciable y equilibrado de hombres y mujeres,
los bohíos probablemente se construyeron en conjuntos compactos
interpretando las necesidades del guerreo. Por el, estudio de la
organización social actual de los descendientes del palenque se
infiere que los ranchos debieron estar distribuidos en núcleos de
acuerdo con la jerarquía de los jefes de los grupos de guerrilla
cuyos rastros posiblemente se reflejan en los cuadros (Friedemann,
1978a) del poblado contemporáneo, a los cuales se hará referencia
más adelante. En la organización social actual se encuentran
rudimentos de lo que posiblemente fue un diseño arquitectónico
articulado: una casa mayor y unas casas menores, como viviendas
satélites y de cierta manera interdependientes en un marco de
cooperación. En la casa mayor viven el hombre y el grupo doméstico
más destacado del grupo. Esto, transportado a tiempos históricos,
debió traducir necesidades de la organización del palenque. Las
casas de los jefes debieron estar rodeadas por las casas de los
jefes menores para facilitar el cumplimiento de acciones inmediatas
y conjuntas.
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Antonio Cervantes, Kid Pambelé, campeón mundial de boxeo,
con el halo de un dios terrenal compartió el firmamento palenquero
(foto de N. S. de Friedemann, 1974).
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Algunos palenques como el de San Miguel alcanzaron a tener hasta
137 bohíos grandes y alrededor un foso amplio, encubierto con una
capa de tierra y sembrado por debajo de púas fuertes y venenosas.
Otros se protegían con las ciénagas, cuajadas sus orillas de púas
afiladas de madera, y cuyos bordes constituían barricadas de palos
y obstáculos.
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Antonio Cervantes, Kid Pambelé y la autora en palenque de
San Basilio en 1983
(foto de Robert E. Friedermann, 1983).
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En 1599, cuando el líder Bioho se fugó de galeras, debió contar
con un grupo de rebeldes más o menos apreciable y decidido a
emprender acciones de enfrentamiento a las milicias españolas, ya
que adoptaron hacer un asentamiento en territorio de la Ciénaga de
la Matuna, construyeron un fuerte o empalizada alrededor de lo que
después fue el poblado y se organizaron con una perspectiva de
permanencia. Entretanto, otras bandas de rebeldes continuaron en
huida y éstas u otras en los años siguientes, formaron los núcleos
que también acogieron la estrategia del enfrentamiento y solamente
huyeron ante la contingencia de una derrota o de un encuentro
demasiado sangriento. En tales ocasiones quemaban los bohíos para
establecerse en lugar diferente o engrosar otros palenques. Para
ese. -tiempo hacía casi treinta años, desde 1570, que, frente al
crecido número de negros huidos o ausentes de los amos, el cabildo
de la ciudad de Cartagena había expedido un código con ordenanzas
punitivas, así (Arrázola, 1970: 24): A quienes se ausentaran por
quince días, la pena de cien azotes que se le administraría a la
víctima luego de amarrarlo y ponerle sobre el cuerpo un pretal de
cascabeles que sonaran a cada azote. El castigo se haría en sitio
público y por la mañana. Así se dejaría al individuo a la vista y
para escarnio de quienes intentaran la fuga.
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Antonio Cervantes, Kid Pambelé, en palenque (foto de N.S.
de Friedermann, 1983).
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Estos castigos fueron refinándose a medida que los rebeldes
aumentaron en número y que sus acciones implicaron muertes, robos y
creciente terror. Entonces dispusieron cortarles "el
miembro genital y supinos, lo cual cortado lo pongan an la picota
da asta ciudad para qua da ello toman ejemplo...". Más
tarde se iniciaron las expediciones punitivas, qua requirieron
financiación. Se estableció entonces un impuesto de dos reales y
medio por cada negro esclavo qua llagara en los navíos. El impuesto
debía ser pagado al momento del desembarque del navío y con destino
a lo que se llamó "la caza de los negros
cimarronas". Este impuesto también se exigió de aquellos
dueños que ya manejaban sus esclavos en haciendas, minas y
estancias.
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La televisión australiana también encontró insólitas
imágenes en el poblado palaquero (foto de Robert E. Friedermann,
1983).
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El Palenque de La Matuna, encabezado por Bioho, se mantuvo desde
su inicio en estado beligerante. En 1602 al gobernador Gerónimo da
Suazo, ante la muerte de cuatro españoles y la desaparición de
otros, envió una milicia de treinta arcabuceros y un capitán que
fueron repelidos. Entonces armó una segunda expedición de 250
hombres con tres capitanes. Uno de ellos comandaba al grupo de
negros
horros como se llamaban a los negros que ya habían
comprado su libertad, y que por ende socialmente se hallaba fuera
del marco de la subyugación esclava. La emprendieron contra las
gentes da la Ciénaga de la Matuna. La expedición tuvo que
internarse en la ciénaga y caminar con el barro casi hasta los
hombros, tratando de penetrar la empalizada cubierta de púas y
latas e iniciar lo que con propiedad el dicho gobernador llamó la
guerra de los cimarrones. Aunque de esta incursión el
gobernador informó al rey de España grandes éxitos, aduciendo que
sus soldados le habían traído las cabezas de Domingo Bioho y la de
Lorencillo su general, lo cierto es que los palenqueros se
defendieron con las armas qua tenían: lanzas arrojadizas, flechas,
arcos, piedras y con algunos rifles que habían conseguido en
asaltos a las estancias vecinas. Ante el enorme número de soldados
que atacaban echaron mano de la huida y abandonaron el palanque de
uno de los islotes de la ciénaga, pero se atrincheraron en otro
detrás de otros islotes. Perdieron algunos de sus guerreros,
tuvieron que quemar sus bohíos y hombres y mujeres cayeron
prisioneros. Con todo, las milicias españolas regresaron a
Cartagena con la noticia de que no había sido posible exterminarlos
conforme había sido la orden del gobernador. De esta suerte, el
informe al rey, arriba mencionado, fue apenas una visión optimista
de la situación. Ello queda confirmado en la capitulación que con
gran diplomacia firmó el gobernador en 1603 declarando:
"... resolví en concederles paz por un año según y de la
manera que se capituló con ellos que fue que si Vuestra Majestad lo
tuviese por bien sería lo mesmo adelante y si no volviéramos a
procurar darles fin..." (Arrázola, 1970: 44).
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El dia de San Basilio (foto de N.S. de Friedermann,
1974).
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La articulación de la organización guerrillera de La Matuna se
percibe fugazmente en el relato que el gobernador hace al rey de
España sobre la batalla de 1603 (Ibídem: 41) que da cuenta cómo el
alférez negro de los cimarrones cayó abatido con su bandera en las
manos, así como también salió herido Domingo Bioho, a quien dice
llamaban Rey de la Matuna.
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Hermanas palenqueras (foto de N.S. de Friedermann,
1975).
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En este punto cabe mencionar la aparición de tres Biohos, uno
muerto y otro herido, en los documentos que van de 1602 a 1604, y
otro en 1621, a quien el nuevo gobernador, don García Girón
(Ibídem: 45), le consintió poblar con su gente, a 20 leguas de
Cartagena, un pueblo que se llamara Matuna, y según dijo sobre la
base de los arreglos hechos por el anterior gobernador Gerónimo de
Suazo Casasola.
Se puede inferir entonces que, al menos en el palenque de La
Matuna, el liderazgo mayor de la guerrilla estuvo asignado a un
individuo que tenía el estatus Bioho, fuera éste el nombre de un
lugar, o el término simbólico dado al guerrero más atrevido y
valiente del palenque.
La realidad, además, era la de un número creciente de rebeldes
que, a imagen del grupo de La Matuna, se organizaban en diferentes
lugares en estrategias de enfrentamiento. El pacto de paz firmado
por los españoles en 1603 y consolidado en 1621 estimuló nuevos
grupos. Entretanto, el pueblo de La Matuna con Domingo Bioho a la
cabeza trazá normas que prohibieron a cualquier español entrar con
armas en el poblado, e inició un sistema informal de tributo por el
cual las estancias vecinas le hacían "regalos" al
palenque para mantenerse a salvo de sus ataques. Por otro lado, los
palenqueros de La Matuna tenían la franquicia de entrar a la ciudad
de Cartagena armados y caminar libremente, lo cual da idea del
respeto que los españoles concedieron en tal momento al poder
rebelde y terrorista de los cimarrones.
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El cuagro (foto de N.S. de Friedermann, 1975).
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Otros cimarrones en el llamado Término de María en 1632
(Arrázola, 1970: 63), mientras tanto atacaban las estancias, las
quemaban, robaban el ganado y raptaban las mujeres indígenas y las
negras que encontraran. Durante el periodo de los palenques estas
comunidades tuvieron que enfrentar el peligro serio de su
desequilibrio, ya que casi siempre el número de hombres era mayor
al de las mujeres. En otros palenques de América, durante el mismo
tiempo -dice Price (1973: l6)- las normas de organización interna
permitieron a los hombres compartir las mujeres siguiendo reglas de
tantas noches cada uno con cada mujer. Para los palenques de
Cartagena no se encuentran datos al respecto. Claro que en varios
de los choques violentos entre milicias españolas y huestes
palenqueras, cuando los primeros arrasaron bohíos y quemaron las
sementeras de yuca y maíz, fríjoles, patatas y plátano, también
apresaron mujeres indígenas y negras, que anteriormente habían sido
raptadas, y las usaron como informantes para obtener datos sobre el
palenque por dentro. Por medio de algunas de estas confesiones,
cuyos apuntes se escurrieron en las misivas de los gobernadores al
rey de España, se infiere la existencia de una organización
jerarquizada y firme en el palenque. Según la interpretación
española tenían un teniente de guerra, un alguacil, un tesorero, un
jefe religioso o zahorí y un líder supremo, a quien algunos de los
primeros palenques consideraron rey, como en el caso de La Matuna;
y en palenques de fechas posteriores se convirtieron en capitanes
que actuaban seguidos por un jefe de guerra. Así, en 1693 Domingo
Padilla fue capitán de Matuderé y fundador de Tabacal en la sierra
de Luruaco y Francisco Arara fue su jefe de guerra; Domingo Criollo
fue capitán del Palenque de San Miguel y Pedro Mina era jefe de
guerra del mismo palenque. Este con un total de seiscientos hombres
estaba organizado en escuadras de guerrilleros que, como en el caso
de San Miguel, tenían ocho y
diez negros minas cada una. En estas escuadras, que andaban
emboscadas para el ataque, sus guerreros llevaban las caras
pintadas de colores blanco y rojo (Arrázola, 1970: 194). Es
interesante anotar que en este palenque eran los negros minas
quienes utilizaban con mayor destreza las armas de fuego, en tanto
que los criollos preferían los tradicionales arcos y flechas
(Borrego Pla, 1973: 27). El Palenque de Tabacal parece que, por el
contrario, no tenía negros criollos. Sus gentes eran congos, popos
y minas.
Una visión comprensiva sobre un lapso de cerca de trescientos
años en el cual los negros procedentes de África y sus
descendientes participan en el poblamiento de la costa atlántica,
en un primer periodo movilizándose en huida y luego asentándose en
palenques y más tarde en pueblos, aparece en un estudio de Orlando
Fals Borda (1976). De Cartagena, centro generador de la población
negra, arrancan las corrientes palenqueras que se mueven hacia el
sur por la costa de Sotavento estableciéndose en La Matuna y
Berrugas hasta San Antero. Hacia el centro de la región, de acuerdo
con Fals (Ibídem: 18-25), se mueven hacia Arroyohondo, San Miguel,
Heyamar y otros palenques del llamado Término de María, en donde
siglos después aparecería localizado el poblado actual Palenque de
San Basilio. Yendo hacia el norte en la dirección del río Magdalena
aparecen Tabacal, Matuderé, Betancur, San Benito, Duanga y Bongué.
Cuando Carmen Borrego Pla (1973) se refiere a los palenques de
negros en Cartagena de Indias a fines del siglo XVII, señala entre
los del sur a Cimarrón y Norosí en la serranía de San Lucas. A
estos palenques se suman Carate, Cintura, Lorenzana, Palizada,
Guamal y Uré, que como parte de las corrientes de poblamiento negro
partieron desde Antioquia, a principios del siglo XVIII, según el
estudio de Fals Borda arriba citado.
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El lenguaje del tambor (foto de N.S. de Friedermann,
1976).
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Borrego Pla (Ibídem: 26) encuentra que los palenques del norte
como Betancur y Matuderé en la Sierra de Luruaco, así como los del
centro en la Sierra de María entre los que menciona San Miguel y
Arenal están formados por negros criollos y que cada uno tiene un
capitán en el tope de su jerarquía de organización. Igual situación
es la de los palenques del sur arriba citados. Aquí vale la pena
señalar la diferencia entre lo que se llamó un negro bozal que era
el recién desembarcado del África y un negro criollo, que era aquel
experimentado en el nuevo mundo por haber estado largo tiempo o
bien por haber nacido en las colonias y así haber adquirido no sólo
habilidades en el habla sino la cortesía colonial surgida en la
interacción amo blanco esclavo negro, y otras destrezas. Los
primeros palenques fueron de negros bozales pero a finales del
siglo XVII ya estaban conformados por criollos. Al respecto, es
profundamente estimulante una reflexión de Price (1973: 22) sobre
la necesidad de indagar acerca de la ideología que sustentaron
quienes los formaron. Por ejemplo, hubo criollos que por un lado
hicieron cimarronaje yéndose a las áreas urbanas donde su
desenvoltura les permitió pasar por libres y otros que con tales
cualidades prefirieron constituir palenques. En principio, ello
muestra la creatividad adaptativa y las distintas alternativas de
supervivencia seguidas por los negros durante su trance en la
sociedad colonial.
Sin embargo, la adopción de tales alternativas debe tener
respuestas más explícitas. Price (1973: 25) postula la existencia
de un amplio compromiso ideológico hacia lo
"africano" que habría sido compartido por sus
gentes en el trance de lo que él llama la forja de la experiencia
afroamericana. En este sentido el análisis se ve abocado al
problema de localizar "lo africano", y su
permanencia en el. trayecto de grupos de cimarrones bozales y
criollos en los palenques, entre criollos fugados a las áreas
urbanas y también entre aquellos palenqueros que se recogieron. en
los Montes de María y que en este siglo XX son descendientes de los
guerrilleros de la colonia y se conocen como tales. Esto requiere
escrutinios profundos y abundante investigación.
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Madame Yacine Salimata Diaw de Dakar, Senegal, y
mademoiselle Marie Claire Moungolo Makanga de Brazaville, Congo
(foto de N S. de Friedemann, 1984).
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En este marco es significativo destacar el compromiso que
expresaron las gentes de los palenques ante los esfuezos que
hicieron los españoles por romper su solidaridad. Una expresión de
esto -y que es patente en los documentos-, lo constituye el
hermetismo que guardaron los cimarrones en los interrogatorios
acerca de su organización guerrera, económica, familiar, etc., lo
que probablemente condujo a muchos a la tortura y a la muerte. Ante
el ofrecimiento que recibieron los criollos palenqueros de la
Sierra de María de obtener su libertad a cambio de cooperar en la
cacería de los bozales y su entrega, la negativa fue rotunda. Pero,
asimismo, quedó registrado el hermetismo de los negros urbanos que
tenían comunicación activa con los cimarrones y los proveían muchas
veces de armas a cambio de oro. El interrogatorio de Francisco Vera
señalado en los documentos como "mulato" libre y
enlace de los cimarrones para una conspiración, que no arrojó dato
alguno (Borrego Pla, 1973: 97) es apenas otra de las muchas pruebas
de un compromiso que parece permear distintos tiempos y niveles de
la situación social de los negros.
El último decenio del siglo XVII estuvo cuajado de agitación,
terror, encuentros violentos, amagos de nuevos pactos de paz. Los
negros del Palenque de la Sierra de María con Domingo Criollo,
quien tenía 500 hombres a su mando y cuatro capitanes de guerra,
propusieron al gobernador Rafael Capsir, por conducto de un cura,
con quien se entrevistaron para el efecto, rendirle obediencia bajo
la condición de obtener libertad oficial y de que se les fijara un
territorio donde poblarse a las gentes del palenque. La propuesta,
atendida por el gobernador, fue rechazada por el siguiente
mandatario, quien envió una compañía de mil hombres armados hacia
la Sierra de María. La guerra entre blancos y negros se recrudeció.
Las defensas de este palenque eran tan fuertes que las milicias se
quedaron en los alrededores durante quince días discutiendo si
intentaban franquearlas o no. Resolvieron devolverse, y Domingo
Criollo ensayó de nuevo la propuesta aclarando que lo que ellos
querían era su libertad oficial, ya que desde hacía años eran
libres. El mensaje, que fue transmitido al rey, propició la cédula
real de agosto de 1691 que, conforme dice Arrázola (1970: 107),
cayó como una bala de lombarda entre los blancos de Cartagena ya
que su aplicación en los palenques habría generado más
sublevaciones. la abolición de la esclavitud, la entrega de tierras
a los negros y con ello un colapso en la economía apoyada en el
trabajo de esclavos. La gobernación de Cartagena tendría enfrente
otro movimiento rebelde: el de los propietarios de esclavos. ¡La
cédula que hacía libres a los cimarrones nunca se puso en vigor!
Por el contrario, la lucha contra los negros rebeldes se
intensificó. Cartagena entró en estado de alarma y oficialmente el
pánico se hizo provocador.
La sevicia de las milicias españolas fue tal, que luego de un
encuentro con el palenque de Betancur, donde consiguieron dar
muerte a cinco negros, enviaron las cabezas de estos al gobernador,
quien en medio de aplausos, las mandó colgar en la plaza, a tiempo
que en la catedral se celebró un ritual especial y se cantó el
Tedeum laudamus (Ibídem: 198). Pero otras represalias
habrían de ocurrir. El mismo gobernador dispuso un desfile infame
en Cartagena. Mandó que a uno de los prisioneros negros se le
pasara por las armas, luego se le amarró a la cola de una mula a la
que se arrió por las calles de la ciudad, seguida por el esclavo
Antonio Nolu, a quien se azotó doscientas veces y se le hizo
acompañar de cuarenta esclavos. De semejante barbarie, el
gobernador Martín de Zevallos y la Cerda escribe al rey solazándose
de haber disfrutado de "un día de gran aplauso en la
ciudad".
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Dr. Barry Mody Bakar con su esposa Dra. Hadja Toure Barry,
y su hija Masseni Djneba Barry; en Abidjan, Costa de Marfil (foto
de N S. de Friedemann, 1984).
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Pese a toda esta violencia, los cimarrones vuelven a arremeter.
Roban, queman, machetean y reclaman el cumplimiento de la cédula
que, según se enteraron, había llegado de España concediéndoles
libertad y tierras. Vuelve a haber cambio de gobernador por la
muerte de Zevallos a causa de una fiebre de dengue. El nuevo
funcionario, Sancho Ximeno, entra declarando nuevamente la guerra a
los palenques y se lanza contra los de Sierra María con 450
hombres, un cuerpo de batalla de vanguardia y retaguardia y dos
mangas de arcabuceros por los costados. Las gentes de San Miguel se
refugiaron en el palenque de Duanga, corrieron hacia Arenal;
huyeron hasta el de Norosí. Pero no se rindieron. En la ciudad, los
esclavos domésticos continuaron fugándose, el número de rebeldes se
acrecentaba y los rumores sobre asaltos y conspiraciones de negros
seguían atormentando al gobierno y a la ciudad de Cartagena.
En este ambiente, aparece como intermediario el obispo de
Cartagena, fray Antonio María Casiani, quien cordialmente propone
entonces, en 1713, celebrar un pacto con mutuas concesiones y se
acerca a uno de los palenques en las faldas de la Sierra de María,
al cual señala en ese tiempo con el nombre de San Basilio, sin que
ello implique rendición alguna del palenque. Por el contrario, en
1774, el teniente coronel Antonio de la Torre Miranda en su
Noticia individual sobre poblaciones en la provincia de
Cartagena (1789: 29), registra la población de Palenque de San
Basilio a tres leguas de Gambote, que mantiene el dominio de
tierras y cultivos y dispone de su propio gobierno encabezado por
un capitán. Esta situación se tornó oficial en 1779, a la
repartición de tierras en la región en donde se reconoció al
poblado de negros con terrenos comunales, y al cual tampoco pudo
llegar el citado militar. Los palenqueros le hicieron saber
altivamente que además su situación de poblamiento estaba arreglada
desde 1713 por conducto del obispo Casiani (Arrázola, 1970).
A finales del siglo XVIII la confluencia de factores tales como
la liberación de mano de obra indígena, la competencia en la
producción de miel en los trapiches de las haciendas de la costa
atlántica (Fals Borda, 1976: 35), con destino a la fabricación de
aguardiente y otros esfuerzos similares de producción, estimularon
a la vez la competencia por mano de obra entre amos y dueños de
hatos y haciendas (Tirado Mejía, 1971: 48). Tener un esclavo
implicaba inversión de capital, gastos en su mantenimiento de
comida, vestido, vivienda, etc., fuera de ajustarse a disposiciones
sobre trato de esclavos en las colonias de España, que en 1789
fueron codificadas en el Código de las Leyes de Partida (Arrázola,
1970: 299). Ello no resultó rentable, cuando se presentó relativa
oferta de mano indígena a causa de los acontecimientos en
Resguardos (Tirado Mejía, 1971: 48) y cuando por otro lado
cimarrones de palenques vecinos a las haciendas podían trabajar
allí solamente por un salario bajo, sin ninguna otra obligación
para el dueño de la hacienda. La esclavitud empezó a tornarse
antieconómica.
No faltaron entonces los propietarios que ayudaron al
cimarronaje, para luego usar a los palenqueros como peones a bajo
precio. Las necesidades capitalistas de Inglaterra en busca de
mercados estimularon su respaldo a la abolición de la esclavitud y
a la liberación de países bajo la corona española. Las guerras de
independencia necesitaban soldados. Los negros esclavos fueron
instigados, bajo promesa de liberación, a engrosar los ejércitos,
tanto los realistas como los incipientes independentistas. La
desorganización cundió en la sociedad esclavista.
Los palenques como sociedades rebeldes a la corona española
perdieron vigencia, pero España nunca pudo jactarse del
sometimiento de los cimarrones, aunque la historia de sus
relaciones políticas con estos registre muchas propuestas en tal
sentido. Los palenqueros nunca aceptaron las promesas de amnistía a
cambio de su libertad. En el horizonte del colonialismo europeo en
América, Palenque como una sociedad guerrera ostenta una bandera de
triunfo entre los primeros pueblos libres de América.
Las leyes de manumisión se establecieron en 1821. En 1851 se
firmó la abolición. Los negros fueron declarados libres sin tierras
y sin herramientas y muchos pasaron a formar parte de la peonada de
trabajadores en las haciendas de la costa atlántica.
En los montes de María quedaron descendientes de los cimarrones
guerreros y las raíces de los actuales negros de San Basilio de
Palenque.
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