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A los héroes palenqueros de ayer
que lucharon por su libertad
y a los palenqueros de hoy
que siguen luchando, con el orgullo de ser negros.
TRABAJO DE TERRENO
ENTRE PALENQUEROS
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Localización geográfica de las comunidaded cimarronas en
Colombia entre los siglos XVI y XVII
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Localización geográfica de las comunidaded cimarronas en
Colombia durante el siglo XVIII
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Cuando las ruedas del
jet tocaron tierra, experimenté
una sensación diferente de la que generalmente tenía aterrizando en
el aeropuerto de Cartagena. Al igual que para muchos colombianos,
especialmente aquellos provenientes de los Andes, Cartagena ha sido
para mí el símbolo mágico del mar y de la arena y de las vacaciones
inolvidables. En esta ocasión, sin embargo, no pensaba ni en la
arena ni en la espuma de la playa. ¿Cómo sería Palenque?, me
preguntaba una y otra vez. ¿Cómo sería el trabajo de terreno entre
palenqueros?
Desde 1970 el subtítulo del libro de Roberto Arrázola sobre
Palenque,
Historia de las sublevaciones de los esclavos de
Cartagena, comparado con aquel sosegado del artículo de 1954
de Aquiles Escalante,
Notas sobre el Palenque de San
Basilio,
una comunidad negra en Colombia, me habían
provocado interrogantes. Arrázola, con su recopilación de
documentos, avivaba la historia de los palenques como un episodio
de lucha por la libertad en América, iniciada por gentes negras
doscientos años antes de que los descendientes de blancos europeos
empezaran a hacerlo. Escalante describía una comunidad negra
descendiente de aquellos rebeldes que vive plácidamente, en la
actualidad, en un vallecito de los Montes de María,
"cerca" de Cartagena. ¿Cuál habría sido el
proceso de formación y organización de los grupos rebeldes y de sus
poblados? ¿Por qué las trescientas páginas de Arrázola discurrían
solamente alrededor de la persecución de palenques y palenqueros
por los soldados de la gobernación de Cartagena?, ¿cómo habría
llegado a establecerse el poblado que ahora ostentaba como nombre
el de un movimiento de sublevación contra un sistema? y, más aún,
¿cómo sería la comunidad veinte años después de la visita de
Escalante? Pero estos eran apenas algunos de los interrogantes.
Aunque siempre he sentido pánico al iniciar un nuevo terreno,
esta vez era muy fuerte. No conocía fuera de Escalante a nadie que
hubiera estado allí y tampoco a ningún palenquero. Hacía cuatro
años esperaba este momento y ahora casi tenía miedo de seguir.
Cuando la portezuela del jet se abrió y empecé a caminar hacia la
salida, el peso del maletín con el equipo fotográfico y la bolsa de
mi máquina de escribir portátil me pareció agobiador. Empecé a
descender; el vaho ardiente de la pista que subía por las
escalinatas me abrasó de pies a cabeza, a tiempo que el sol que vi
rojo en un instante me encegueció.
Dos horas más tarde, repuesta de mi encuentro con la realidad de
enfrentar mi trabajo, subía las escaleras de piedra amplias que en
el antiguo Palacio de la Inquisición conducen a la sede de la
Academia de Historia, en busca del historiador Arrázola. Él, como
los demás académicos de Cartagena, asistía asiduamente a su oficina
del Palacio, me dijeron. Don Roberto, un hombre de 66 años, pálido,
de cabellos, ojos y bigotes negros, vestido inmaculadamente de
blanco almidonado y corbatín negro, se hallaba sentado con
arrogancia, allí en la mitad de ese enorme salón, frente a una gran
mesa redonda. Toda la narrativa sobre aquellos que en un tiempo
fueran los amos, dueños y señores del Caribe repentinamente
adquirió vivencia y dimensión.
-Usted está interesada en Palenque, me acaban de decir.
¿Conoce mi libro?
-Sí, don Roberto, lo he leído con cuidado. Pero quisiera
solicitarle alguna información sobre cómo llegar a Palenque y con
quién me aconseja usted que hable primero.
Don Roberto me miró y se sonrió con el tono juguetón que yo
aprendí a reconocer cuando en visitas posteriores quería que le
relatara detalles de la vida de los palenqueros.
-No le puedo decir nada -contestó don Roberto-. ¡Yo nunca he
estado en Palenque! y añadió incrédulo: -¿Pero, usted a qué quiere
ir a Palenque?, ¿y cuándo? y ¿qué va a hacer allí?
Nuestra conversación se tornó en interrogatorio mutuo, y fue
apenas la primera de una serie que durante varios años
celebraríamos.
-Vaya y cuénteme cómo es Palenque -me dijo-. Yo, aquí, en
Cartagena, eso sí, puedo reconocer a cualquier palenquero. Primero
por su color, porque son negros muy oscuros, tienen buenos cuerpos,
las mujeres tienen caras bonitas y todas tienen trencitas en su
cabello. Luego, también por el habla. ¿Ha oído hablar a un
palenquero? Mire, hablan gritando, hablan a gritos, con un tono
fuerte, ronco, la sensación es la de que hacen ruidos no usuales en
gente corriente. Las mujeres son muy trabajadoras. Usted las
reconoce también por esos enormes platones que llevan sobre sus
cabezas, llenos de frutas para la venta. Caminan por las calles, se
acomodan en las esquinas sentadas en grupo y también venden en el
mercado frente a la Torre del Reloj.
Efectivamente, al salir del Palacio de la Inquisición hacia la
Universidad de Cartagena, pude ver algunas palenqueras, la mayoría
con trajes de color blanco y negro, con sus platones posados sobre
almohadillas circulares en la cabeza y anunciando con voces fuertes
los aguacates, platanitos, mangos, guanábanas y guayabas.
Días más tarde, por el camino polvoriento que arranca de la
troncal de occidente que comunica a Cartagena con Medellín, a
setenta kilómetros de Cartagena y a la altura del poblado Malagana,
Leonardo y yo, que viajábamos en un campero, vimos grupos de
palenqueras entrando al camino. Acababan de apearse del bus que
saliendo de Cartagena pasa por Turbaco, Arjona, Gambote y Sincerín,
a donde también van diariamente a vender maíz, yuca, ñame,
plátanos, batatas y frutas. Unas traían pescado, otras carne,
tomates y una que otra tortuga en las porcelanas, o poncheras, como
llaman a los platones de aluminio. Era la una de la tarde.
Leonardo Herrera Cásseres, un profesor con un
master en
administración de educación, miembro de una familia prominente de
Palenque y a quien días antes había conocido por conducto de la
Universidad de Cartagena, se entusiasmó con la idea de mi estudio y
decidió acompañarme a Palenque para presentarme a su familia, a sus
parientes y amigos y mostrarme el poblado, y la finca y el ganado
de sus padres. A la entrada del camino una enorme valla en colores
brillantes anunciaba "Palenque cuna del campeón
mundial" con el dibujo de un boxeador negro. Hacía dos
años Antonio Cervantes,
Kid Pambelé, nacido en Palenque
había conquistado para Colombia el primer campeonato mundial de
boxeo
welter ligero.
Desde el campero veíamos a lado y lado de la vía tupidas
plantaciones de caña de azúcar, luego una y otra casa con techo de
palma, una fila de cajitas de madera rojas, azules y amarillas, con
crías de abejas. En algunos potreros se movían ganados blancos
criollos y cruce de estos con cebú. Unos cuantos gavilanes
amarillentos merodeaban por el lugar. Enjambres de garzas
inquietas, iguales a aquellas que hacía poco habíamos visto en las
orillas de las ciénagas, desde el puente de Gambote, suavizaban el
paisaje seco y cálido de guásimos, bongas, cedros, volanderos o
makondos, bombo imbos y matarratones.
El campero descendió la Loma Grande, que en otro tiempo debió de
ser una trinchera para el palenque, y el poblado empezó a
percibirse. Con anterioridad había consultado documentos en
oficinas de gobierno en Cartagena, en donde aparecía un censo con
388 viviendas, dos escuelas y 2.400 habitantes. Las viviendas en su
mayoría eran de barro y caña, las paredes y techos de palma, los
pisos de tierra; no tenían acueducto ni alcantarillado ni luz y
solamente existían diez letrinas. La temperatura: 29°C. La mayoría
de sus habitantes estaban anotados como agricultores y
jornaleros.
Hasta 1971, cuando se terminó el camino por el que empezaron a
circular camiones y el bus que va a Cartagena, los palenqueros,
dijo Leonardo, recorrían a pie y en 40 minutos la trocha abierta en
1956 por un
buldozer de los Vélez, unos blancos
terratenientes. Burros, mulas y caballos eran entonces y siguen
siendo ahora medios de transporte y carga para los palenqueros.
Pasamos frente al cementerio y entramos en la plaza. Una iglesita
con torre y campanario. Algunas de las casas con techo de palma se
ven inclinadas sobre uno de sus costados, otras hechas de bloque de
cemento y techo de zinc, y entre una y otra las divisiones de los
corrales formadas con palos grises de guarumo o sancaraño. El
ambiente era seco, polvoriento de tierra amarilla, las palmas de
coco asomaban detrás de las casas y en la lejanía los montes
enmarcaban los techos de las viviendas que estaban en la parte
arriba del poblado. Ni una brizna de viento. Una niñita
cruzaba la plaza con una olla en la cabeza, dos cerdos corrieron al
sonido del motor del campero. Seguimos subiendo por una de las dos
calles en que se abre la plaza. Súbitamente Leonardo hizo la seña
de frenar. En la puerta de una casa de cemento apareció una anciana
en traje negro, apoyándose, para caminar, en un palo. Nos miró, y
gritando hacia dentro anunció:
-
Flora, miná, miná... Mona sí miní cu mujé colorá.
(Flora, mira, mira... tu hijo viene con una mujer blanca).
Era la primera vez que yo oía la lengua criolla, el
palenquero.
Escalante había anotado en su artículo un vocabulario de lo que
él llamó dialecto; y el lingüista Derek Bickerton, sobre la
recopilación de Escalante y sus propios estudios, había publicado
en 1970 una nota en la que proponía la existencia del palenquero
como lengua criolla. Sin embargo, cuando Leonardo saludó a Ña
Flora, su mamá; a don Fermín, su padre; a Yeyita, Dilsa, Purita,
Sólida, Tranquilina, William, Robertico, Andrea, María Conce,
Niñita, Pollo, Aniano, Cenén, Mañe y demás familiares que viven
allí en la casa o en casas vecinas, todos hablaron español. ¿Dónde
está la lengua palenquera, que existía porque la acababa de oír, y
cuándo se habla?, me pregunté.
Y me seguí preguntando lo mismo mientras saboreábamos el arroz
con coco, el conejo deshilachado y coloreado con achiote,
acompañado de bollo limpio de maíz que Yeyita nos había preparado
como comida. Ña Flor y Yeyita habían hecho barrer el cuarto que
quedaba entre el corredor y la cocina y por el otro lado la tienda
de víveres que hacía de sala de visitas de la casa. Le habían
puesto un mantel limpio a la mesa que con unos
asientos tapizados con cuero de res blanca hacían el comedor para
los visitantes.
Leonardo y yo habíamos recorrido el poblado de arriba a abajo
yendo por los bordes del arroyo Caballito hacia el monte y
regresando hasta la entrada de Palenque frente al cementerio. Nos
detuvimos a la puerta de muchas casas. Leonardo me presentó como su
compañera de universidad. Sus parientes y amigos y familiares le
llamaban
doctó con respeto y reconocimiento.
Indudablemente él se esforzaba por crearme un ambiente amable
realzando mi condición universitaria, para evitar el rechazo sutil
o abierto con que el palenquero se defiende frente a los intereses
de comerciantes, funcionarios de gobierno o políticos, que son
generalmente
coloraos, como los palenqueros llaman a los
blancos.
La tarde había dejado de ser sofocante. Las gentes estaban
descansando, unas sentadas en los taburetes recargados sobre las
puertas de las viviendas, otros sentados en las terracitas y
conversando, algunos jóvenes jugando dominó y bolitas, las mujeres
en los corrales de las casas preparando el arroz y algunas fritando
pescado. El pueblo poco a poco parecía adquirir vitalidad con
muchas gentes en la calle. El sol del mediodía mantenía a sus
gentes resguardadas. Aquellos que trabajaban en el monte salían a
la madrugada y regresaban al mediodía. Los ganados empezaban a ser
jarreados hacia los corrales, muchos de ellos detrás de
las casas. El ambiente era tibio y amable. Leonardo había escogido
una magnífica oportunidad para enseñarme a Palenque y sus gentes.
Sin embargo aquel paseo no fue más allá de la presentación hecha
por Leonardo. La gente se mostró reservada y nadie me preguntó
sobre el propósito exacto de mi visita, pese a que traté de
hacerles saber que me quedaría por un tiempo para conocer la vida,
el trabajo y en general las actividades de las gentes de
Palenque.
-¿Tú hablas la lengua de aquí? -le pregunté a quemarropa a
Leonardo.
-Sí -contestó, pero hace años que no la practico. Cuando
estudiaba en Cartagena, mis compañeros de colegio me hacían la
burla porque tenía un dejo diferente al hablar español.
Leonardo se fue a la zona andina, estudió ingeniería forestal,
luego se graduó en educación y más tarde hizo un postgrado. Se casó
con una mujer blanca y ahora vive en Cartagena con ella y sus
cuatro hijos, desempeñando un cargo ejecutivo.
Aniano Casiani, que estaba parado en la puerta de la tienda,
alcanzó a oír mi pregunta y se arrimó a la mesa en que
comíamos.
-Yo sé la lengua -dijo-. Si quiere le enseño. Pero eso le cuesta
a usté, seño, ¡a cien pesos por palabra! Aquí han venido compañías
de folclor y de cine y nos pagan por hablar, por cantar y por
dejarnos fotografiar. En efecto, Evaristo Márquez, un palenquero,
pocos años antes había coprotagonizado, con Marlon Brando, la
película Quemada, cuyo rodaje en gran parte se efectuó en Cartagena
sobre el argumento de una rebelión de negros en algún lugar del
Caribe colonial.
La manera cortés pero reservada de las gentes que Leonardo me
había presentado, sus esfuerzos por hacerles caer en la cuenta una
y otra vez de que yo era su compañera de universidad, y ahora la
actitud desprevenida de Aniano me advirtieron que mi terreno no
sería tan fácil. Los palenqueros son defensivos, agresivos y
demandan respeto. Esta percepción sobre ellos la encontré más tarde
en poblaciones vecinas como San Pablo, María la Baja, Rocha,
Malagana y Mahates. Además, las gentes mismas de Palenque tienen
conciencia de tales actitudes. Los días siguientes, por ejemplo,
cuando me preparaba para salir a caminar, Ña Flor siempre ordenó
que me acompañara a alguno de los jóvenes que estuvieran en su
casa.
-La gente aquí es fregada -decía-, mejor que no salga sola.
Ella, y su hija Yeyita adoptaron una manera protectora conmigo
desde el momento en que Leonardo me presentó. Para instalarme
acomodaron un catre de lona en una esquina del corredor donde se
almacenaban los bultos de ñame, los plátanos y las cantinas de la
leche. El sitio estaba a pocos pasos del fogón de leña, cuyos
rescoldos hacían sofocantes las horas del sueño, pero durante el
día cámaras de fotografía, grabadora, papeles y libros se mantenían
bajo la vigilancia de las mujeres de la casa que permanecían en la
cocina. Siendo la casa de Ña Flor una unidad mayor en un conjunto
de casas, es continuamente frecuentada por chicos y grandes,
mujeres y hombres, se intercambia comida, se consultan decisiones,
etc.
-¡ Mujer que mi hijo traiga a casa, yo tengo la obligación de
cuidarla! -dijo Ña Flor cuando, al regresar aquella otra noche del
gran fandango en la fiesta de San Basilio, traté de averiguar por
qué se me rodeaba de una protección casi opresiva. Le conté lo que
me acababa de suceder. La misma banda de músicos que había animado
la procesión de los santos esa tarde, por la noche tocaba subida en
una tarima en la mitad de la plaza. Mujeres y hombres bailaban a su
alrededor, haciendo un torbellino continuo de ritmo y movimiento.
Las emanaciones del sudor, las del humo de las espermas sostenidas
en alto por las mujeres, el chisporroteo y la lumbre de esas
espermas que iluminaban los rostros jadeantes de las parejas eran
alucinantes. Un hombre se acercó para invitarme a bailar. Antes de
que yo pudiera decir nada, una mujer vieja que estaba junto a mí se
interpuso diciéndole:
-¡Respete!, ¿no ve que ella es la yerna de doña Flor? ¿Se me
confundía, entonces, con la esposa de Leonardo? Siendo ella blanca
y todos los blancos pareciéndoles iguales a los palenqueros, era
posible. ¿Acaso se suponía que, de acuerdo con la costumbre de
Palenque de que un hombre puede tener varias mujeres a un mismo
tiempo en un patrón de poligamia, Leonardo hubiera traído una
segunda mujer a la casa de su mamá? La respuesta de Ña Flor en ese
momento no contestó mi inquietud. Tal vez para ella misma era aún
muy temprano tener tal situación completamente clara.
El hecho de haber entrado directamente en la medula de un grupo
familiar importante en la comunidad por razones económicas,
políticas y de prestigio me allanó obstáculos y significó economía
de tiempo y de incomodidades personales. Y me parece importante
mencionar esta circunstancia frente a la glorificación a la que
aspiran algunos antropólogos por el hecho de hacer terrenos
venciendo incomodidades personales en áreas selváticas o rurales.
Ello es aún rezago del uso de un estereotipo de antropólogo que
resultó cuando en el ambiente universitario de Colombia, a finales
de 1960 y buena. parte de la década de 1970, el prestigio del
antropólogo se apoyó en realizar trabajos de terreno en áreas
indígenas y en la prédica y esfuerzos de algunos por adoptar
elementos del estila de vida de tales indígenas. Se sustentaba la
posibilidad de que, al lograr tal integración, los resultados
serían un conocimiento más profundo de los grupos indígenas y el
ejercicio de una responsabilidad social consecuente con una
antropología al servicio de los indígenas.
Es indudable que los reflejos del movimiento
hippy:
retorno a lo primitivo, nostalgia por la naturaleza, prostituida
por la tecnología contemporánea, paz y amor, y el uso de
alucinógenos encontraron campo feraz. Asimismo, la evidencia de los
genocidios indígenas en los Llanos y del permanente etnocidio con
el resto de grupos de indígenas movieron la conciencia social de
otros antropólogos y estimularon reflexiones sobre la
responsabilidad de su ciencia. Entretanto, muchos estudiantes de
antropología y antropólogos mambearon coca, vistieron las mantas
indígenas, discutieron y transportaron la música y las flautas de
la selva hasta sus oficinas de profesionales en Bogotá, y las
pasearon por las galerías de exposición de "arte
burgués" y los cocteles de intelectuales. Posaron como
antropólogos listos a entrar en terreno, o acabados de salir de él,
aunque no hubieran ido en los últimos ocho meses. Pero muchos se
desgastaron en esas demostraciones y, aunque produjeron una imagen,
nunca presentaron literatura guía que sustentara la continuación de
sus esfuerzos por parte de nuevos egresados de la universidad u
otros individuos interesados en la experiencia antropológica. Tales
esfuerzos por introducir una nueva manera de trabajo en terreno
quedaron truncos y tampoco produjeron un movimiento solidario
profesional de respaldo a los derechos de los indígenas con quienes
los antropólogos trataron de identificarse. El modelo a que se
aspiraba se convirtió en un estilo, y las esperanzas de aquellos
que seguían el experimento de sus colegas se tornaron en
nostalgia.
En este punto, cualquiera podría preguntarse por qué motivo me
desvié a hablar de grupos indígenas, si precisamente estoy tratando
sobre grupos negros, y tanto el estudio de los primeros como de los
segundos cae en el ámbito de la disciplina antropológica. Tengo que
aclarar que, en relación con las situaciones arriba referidas, no
se tienen datos sobre experiencias similares entre grupos negros,
ya que tales estudios no han interesado a la antropología
colombiana ni en la academia universitaria ni en la investigación
de terreno. Así es como el estereotipo de antropólogo del que
anteriormente hablé se construyó en el marco de estudios de grupos
indígenas exclusivamente.
Mi propia experiencia en la selva aurífera del litoral pacífico,
al finalizar la década de 1960, y mi terreno entre palenqueros en
el presente decenio sí me han mostrado que, aunque la ausencia de
obstáculos de cualquier índole no, constituyen garantía para la
excelencia en el trabajo científico, los terrenos con escasez de
comida, abundancia de insectos, faccionalismo, persecución
misionera, aislamiento, etc., tampoco son garantía para esa
excelencia. El antropólogo colombiano, por otra parte, se ha
formado en ambientes urbanos y responde con mayor facilidad a
situaciones que, aunque tenuemente, reflejen su entrenamiento
vivencial.
Así, cuando Yeyita y Ña Flor me propusieron instalarme con mi
máquina de escribir en el cuartico que llaman "la
casita" y que está pegado a un lado de la casa, pero con
puerta y ventana hacia la calle, acepté rápidamente. Pero al ruido
de la máquina, cuando intentaba escribir unas fichas, enjambres de
niños bloquearon la puerta y literalmente cubrieron la ventana de
la casita. "¿Qué es lo que ella toca?"
preguntaban.
Entonces, me vi obligada a abandonar la casita. Más tarde
conseguí permiso para usar un cuarto en el puesto de salud,
escribir fichas, estudiar notas y encontrar un momento de intimidad
que de ninguna otra manera resultaba posible. El médico del puesto
de salud solamente atendía cuatro horas un día a la semana, de
suerte que aquella circunstancia, al menos durante un tiempo, me
ayudó.
Después de mi primera entrada en Palenque las gentes empezaron a
abandonar la reserva original con la cual me habían mantenido
distanciada. Doña Flor y Yeyita comprendieron mi labor. Los hombres
me permitieron ir con ellos hasta sus sitios de trabajo en el
monte, hasta los potreros donde ordeñaban el ganado; las mujeres me
llevaron a velorios en otros poblados y a bailes en caseríos
adentro en el monte, en donde otros palenqueros viven. Pude anotar
genealogías, datos sobre los
cuagros actuales y otros de
generaciones anteriores, historias de vida y aun hacer grabaciones
en lengua palenquera.
En cuanto al registro fotográfico, debió esperar más tiempo. En
un comienzo, no más caminar con la cámara al cuello causaba
tremendo malestar. Era difícil sentarse a conversar con alguien. La
reacción inmediata era la de que no me permitirían tomar
fotografías. Pensaban que la misma cámara las tomaría por el hecho
de tenerla colgada al cuello. Durante mis primeras estadías,
solamente enfoqué conjuntos de casas, corrales, ganado y calles, en
tanto que las gentes literalmente huían de la cámara. Mis estadías,
fueron, sin embargo, seguidas por viajes a Bogotá y, a medida que
este patrón fue estableciéndose los palenqueros me solicitaron que
les cumpliera algunos encargos como compras de telas, remedios,
algunas herramientas o diligencias ante la Secretaría de Educación,
la División de Salud, etc. Dilsa, una de las hermanas de Yeyita,
aceptó mi invitación para viajar conmigo a Bogotá. A su regreso
llevaría a Palenque un equipo de oxígeno, una nevera y otros
implementos que por mi conducto se habían conseguido para equipar
el puesto de salud. Dilsa tuvo que conseguir permiso de sus tíos,
de su mamá María y la aprobación de varios miembros del conjunto
que conforman la casa mayor de don Fermín y otras casas.
Por otra parte, el reclamo continuo de querer conocer a personas
de mi familia me estimuló a llevar a Palenque a Nancy,
mi hija de catorce años. El día de nuestra llegada, estando en la
tienda de Yeyita, después de los abrazos y saludos acostumbrados,
entró un niño de unos cinco años que tan pronto vio a Nancy salió
llorando y gritando: "¡La mojana, la mojana!".
Entonces nos contaron la historia de una bruja blanca de cabellos
largos y amarillos que había estado en Palenque últimamente
robándose a los niños, dejándolos perdidos en el monte o
llevándoselos para siempre. Volví a mirar a Nancy y ella empezó a
recogerse sus cabellos amarillos largos en una trenza pegada a la
cabeza y que nunca deshizo mientras permaneció en el poblado. Días
más tarde nos relataron otras historias de diablos y seres
malignos. ¡Todos eran blancos!
Tomar fotografías se volvió una obligación cuando regresé con
fotos de algunos niños y se las obsequié. Fue entonces el momento
oportuno para iniciar un registro visual de Palenque con la
aprobación de sus gentes. Invité a Richard Cross y luego a Fernando
Urbina. En su primera visita, Richard no pudo usar su cámara sin
que yo estuviera a su lado. Las gentes no aceptaban que él tomara
fotografías. Además debió someterse, al igual que Fernando, al
ritual de presentación similar al que Leonardo hiciera conmigo.
Pero un año después de la primera visita de Richard y cuando muchas
de sus fotografías habían regresado como obsequio para muchos
palenqueros, él pudo trabajar solo y sin problema alguno.
Carlos Patiño Rosselli, de la Universidad Nacional, fue el único
que al unirse al grupo de estudio como lingüista no necesitó el
ritual de presentación. Ya por ese tiempo era tenue la resistencia
que viejos y jóvenes habían desplegado alrededor de la lengua
palenquera en relación conmigo y mis compañeros. En un comienzo no
vacilaron en aducir su extinción a causa del maltrato social que
por años sufrieron después de 1924, cuando se inició la salida de
hombres hacia los ingenios de azúcar y la zona bananera. Las gentes
de otros pueblos, las de Cartagena, las de las haciendas, todos les
hacían la burla no solamente por su lengua, sino por la manera de
hablar español. Consecuentemente debieron esconder su práctica
cuando quiera que un extraño aparecía en el trance de una
interacción que se estuviera dando en lengua palenquera. Mi interés
por aprender frases y palabras y luego usarlas creó la expectativa
de que yo hablara la lengua. En esta coyuntura la llegada de un
profesor interesado exclusivamente en la lengua fue bienvenida.
Pese a ello, Carlos se desenvolvió cautelosamente los primeros
días y solamente se aventuró a caminar hasta el arroyo. Esos meses
el calor era sofocante a toda hora. Carlos no resistió mucha ropa y
adoptó un traje de terreno peculiar para los palenqueros que
siempre usan camisa y pantalón en el poblado: pantaloneta de baño y
un enorme sombrero de ganadero costeño. A las cinco de la tarde
cada día, en la acera de la casa de Ña Flor, Carlos invitaba a
quienes llegaran, a compartir un trago de ron blanco con gaseosa y
ocasionalmente a comer pescaditos fritos, que vendían las
jovencitas en las calles. Ello propició grupos de conversación
cuyos temas y datos muchas veces se precisaron al día siguiente y
se grabaron. A Carlos lo conocen como
Papiño, un nombre
que le dieron Andrea, Ana, Pérdiga y otras de las mujeres viejas
que le han colaborado en su estudio de la lengua, en tanto que
Richard y yo hemos conservado nuestros nombres.
Muchos cambios han ocurrido en Palenque durante los cinco años
que Richard, Carlos, Fernando y yo hemos estado en contacto con sus
gentes. Dos días después de entrar por primera vez en 1974, llegó
la luz eléctrica empujada por el campeón mundial de boxeo Pambelé.
Detrás de la luz llegaron la televisión, las enfriadoras, las
neveras y los ventiladores. A finales de 1978 el agua en acueducto,
cuyos trabajos iniciaron conjuntamente en 1975 el departamento de
Bolívar y la comunidad palenquera, llegó en medio del alborozo de
hombres y mujeres que gritaban ¡Agua! ¡Agua! y del escepticismo de
otros que nunca creyeron que el agua pudiera llegar en tubos. La
valla de colores brillantes a la entrada del camino que conduce a
Palenque ya tiene dos campeones mundiales de boxeo: Pambelé y
Cardona; y anuncia que Palenque es la cuna de los campeones
mundiales. Sin embargo, el camino por el cual circulaban camiones y
el bus a Cartagena cargado de yuca, ñame y frutas, se ha convertido
nuevamente en una trocha. Desde finales de 1978 el puente de la
Loma Grande se derrumbó y los palenqueros han tenido que apelar al
transporte de mulas, burros y caballos para sacar sus productos del
monte al mercado regional.
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