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A los héroes palenqueros de ayer
que lucharon por su libertad
y a los palenqueros de hoy
que siguen luchando, con el orgullo de ser negros.

TRABAJO DE TERRENO
ENTRE PALENQUEROS
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Localización geográfica de las comunidaded cimarronas en Colombia entre los siglos XVI y XVII

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Localización geográfica de las comunidaded cimarronas en Colombia durante el siglo XVIII

Cuando las ruedas del jet tocaron tierra, experimenté una sensación diferente de la que generalmente tenía aterrizando en el aeropuerto de Cartagena. Al igual que para muchos colombianos, especialmente aquellos provenientes de los Andes, Cartagena ha sido para mí el símbolo mágico del mar y de la arena y de las vacaciones inolvidables. En esta ocasión, sin embargo, no pensaba ni en la arena ni en la espuma de la playa. ¿Cómo sería Palenque?, me preguntaba una y otra vez. ¿Cómo sería el trabajo de terreno entre palenqueros?

Desde 1970 el subtítulo del libro de Roberto Arrázola sobre Palenque, Historia de las sublevaciones de los esclavos de Cartagena, comparado con aquel sosegado del artículo de 1954 de Aquiles Escalante, Notas sobre el Palenque de San Basilio, una comunidad negra en Colombia, me habían provocado interrogantes. Arrázola, con su recopilación de documentos, avivaba la historia de los palenques como un episodio de lucha por la libertad en América, iniciada por gentes negras doscientos años antes de que los descendientes de blancos europeos empezaran a hacerlo. Escalante describía una comunidad negra descendiente de aquellos rebeldes que vive plácidamente, en la actualidad, en un vallecito de los Montes de María, "cerca" de Cartagena. ¿Cuál habría sido el proceso de formación y organización de los grupos rebeldes y de sus poblados? ¿Por qué las trescientas páginas de Arrázola discurrían solamente alrededor de la persecución de palenques y palenqueros por los soldados de la gobernación de Cartagena?, ¿cómo habría llegado a establecerse el poblado que ahora ostentaba como nombre el de un movimiento de sublevación contra un sistema? y, más aún, ¿cómo sería la comunidad veinte años después de la visita de Escalante? Pero estos eran apenas algunos de los interrogantes.

Aunque siempre he sentido pánico al iniciar un nuevo terreno, esta vez era muy fuerte. No conocía fuera de Escalante a nadie que hubiera estado allí y tampoco a ningún palenquero. Hacía cuatro años esperaba este momento y ahora casi tenía miedo de seguir. Cuando la portezuela del jet se abrió y empecé a caminar hacia la salida, el peso del maletín con el equipo fotográfico y la bolsa de mi máquina de escribir portátil me pareció agobiador. Empecé a descender; el vaho ardiente de la pista que subía por las escalinatas me abrasó de pies a cabeza, a tiempo que el sol que vi rojo en un instante me encegueció.

Dos horas más tarde, repuesta de mi encuentro con la realidad de enfrentar mi trabajo, subía las escaleras de piedra amplias que en el antiguo Palacio de la Inquisición conducen a la sede de la Academia de Historia, en busca del historiador Arrázola. Él, como los demás académicos de Cartagena, asistía asiduamente a su oficina del Palacio, me dijeron. Don Roberto, un hombre de 66 años, pálido, de cabellos, ojos y bigotes negros, vestido inmaculadamente de blanco almidonado y corbatín negro, se hallaba sentado con arrogancia, allí en la mitad de ese enorme salón, frente a una gran mesa redonda. Toda la narrativa sobre aquellos que en un tiempo fueran los amos, dueños y señores del Caribe repentinamente adquirió vivencia y dimensión.

-Usted está interesada en Palenque, me acaban de decir.

¿Conoce mi libro?

-Sí, don Roberto, lo he leído con cuidado. Pero quisiera solicitarle alguna información sobre cómo llegar a Palenque y con quién me aconseja usted que hable primero.

Don Roberto me miró y se sonrió con el tono juguetón que yo aprendí a reconocer cuando en visitas posteriores quería que le relatara detalles de la vida de los palenqueros.

-No le puedo decir nada -contestó don Roberto-. ¡Yo nunca he estado en Palenque! y añadió incrédulo: -¿Pero, usted a qué quiere ir a Palenque?, ¿y cuándo? y ¿qué va a hacer allí?

Nuestra conversación se tornó en interrogatorio mutuo, y fue apenas la primera de una serie que durante varios años celebraríamos.

-Vaya y cuénteme cómo es Palenque -me dijo-. Yo, aquí, en Cartagena, eso sí, puedo reconocer a cualquier palenquero. Primero por su color, porque son negros muy oscuros, tienen buenos cuerpos, las mujeres tienen caras bonitas y todas tienen trencitas en su cabello. Luego, también por el habla. ¿Ha oído hablar a un palenquero? Mire, hablan gritando, hablan a gritos, con un tono fuerte, ronco, la sensación es la de que hacen ruidos no usuales en gente corriente. Las mujeres son muy trabajadoras. Usted las reconoce también por esos enormes platones que llevan sobre sus cabezas, llenos de frutas para la venta. Caminan por las calles, se acomodan en las esquinas sentadas en grupo y también venden en el mercado frente a la Torre del Reloj.

Efectivamente, al salir del Palacio de la Inquisición hacia la Universidad de Cartagena, pude ver algunas palenqueras, la mayoría con trajes de color blanco y negro, con sus platones posados sobre almohadillas circulares en la cabeza y anunciando con voces fuertes los aguacates, platanitos, mangos, guanábanas y guayabas.

Días más tarde, por el camino polvoriento que arranca de la troncal de occidente que comunica a Cartagena con Medellín, a setenta kilómetros de Cartagena y a la altura del poblado Malagana, Leonardo y yo, que viajábamos en un campero, vimos grupos de palenqueras entrando al camino. Acababan de apearse del bus que saliendo de Cartagena pasa por Turbaco, Arjona, Gambote y Sincerín, a donde también van diariamente a vender maíz, yuca, ñame, plátanos, batatas y frutas. Unas traían pescado, otras carne, tomates y una que otra tortuga en las porcelanas, o poncheras, como llaman a los platones de aluminio. Era la una de la tarde.

Leonardo Herrera Cásseres, un profesor con un master en administración de educación, miembro de una familia prominente de Palenque y a quien días antes había conocido por conducto de la Universidad de Cartagena, se entusiasmó con la idea de mi estudio y decidió acompañarme a Palenque para presentarme a su familia, a sus parientes y amigos y mostrarme el poblado, y la finca y el ganado de sus padres. A la entrada del camino una enorme valla en colores brillantes anunciaba "Palenque cuna del campeón mundial" con el dibujo de un boxeador negro. Hacía dos años Antonio Cervantes, Kid Pambelé, nacido en Palenque había conquistado para Colombia el primer campeonato mundial de boxeo welter ligero.

Desde el campero veíamos a lado y lado de la vía tupidas plantaciones de caña de azúcar, luego una y otra casa con techo de palma, una fila de cajitas de madera rojas, azules y amarillas, con crías de abejas. En algunos potreros se movían ganados blancos criollos y cruce de estos con cebú. Unos cuantos gavilanes amarillentos merodeaban por el lugar. Enjambres de garzas inquietas, iguales a aquellas que hacía poco habíamos visto en las orillas de las ciénagas, desde el puente de Gambote, suavizaban el paisaje seco y cálido de guásimos, bongas, cedros, volanderos o makondos, bombo imbos y matarratones.

El campero descendió la Loma Grande, que en otro tiempo debió de ser una trinchera para el palenque, y el poblado empezó a percibirse. Con anterioridad había consultado documentos en oficinas de gobierno en Cartagena, en donde aparecía un censo con 388 viviendas, dos escuelas y 2.400 habitantes. Las viviendas en su mayoría eran de barro y caña, las paredes y techos de palma, los pisos de tierra; no tenían acueducto ni alcantarillado ni luz y solamente existían diez letrinas. La temperatura: 29°C. La mayoría de sus habitantes estaban anotados como agricultores y jornaleros.

Hasta 1971, cuando se terminó el camino por el que empezaron a circular camiones y el bus que va a Cartagena, los palenqueros, dijo Leonardo, recorrían a pie y en 40 minutos la trocha abierta en 1956 por un buldozer de los Vélez, unos blancos terratenientes. Burros, mulas y caballos eran entonces y siguen siendo ahora medios de transporte y carga para los palenqueros. Pasamos frente al cementerio y entramos en la plaza. Una iglesita con torre y campanario. Algunas de las casas con techo de palma se ven inclinadas sobre uno de sus costados, otras hechas de bloque de cemento y techo de zinc, y entre una y otra las divisiones de los corrales formadas con palos grises de guarumo o sancaraño. El ambiente era seco, polvoriento de tierra amarilla, las palmas de coco asomaban detrás de las casas y en la lejanía los montes enmarcaban los techos de las viviendas que estaban en la parte arriba del poblado. Ni una brizna de viento. Una niñita cruzaba la plaza con una olla en la cabeza, dos cerdos corrieron al sonido del motor del campero. Seguimos subiendo por una de las dos calles en que se abre la plaza. Súbitamente Leonardo hizo la seña de frenar. En la puerta de una casa de cemento apareció una anciana en traje negro, apoyándose, para caminar, en un palo. Nos miró, y gritando hacia dentro anunció:

- Flora, miná, miná... Mona sí miní cu mujé colorá. (Flora, mira, mira... tu hijo viene con una mujer blanca).

Era la primera vez que yo oía la lengua criolla, el palenquero.

Escalante había anotado en su artículo un vocabulario de lo que él llamó dialecto; y el lingüista Derek Bickerton, sobre la recopilación de Escalante y sus propios estudios, había publicado en 1970 una nota en la que proponía la existencia del palenquero como lengua criolla. Sin embargo, cuando Leonardo saludó a Ña Flora, su mamá; a don Fermín, su padre; a Yeyita, Dilsa, Purita, Sólida, Tranquilina, William, Robertico, Andrea, María Conce, Niñita, Pollo, Aniano, Cenén, Mañe y demás familiares que viven allí en la casa o en casas vecinas, todos hablaron español. ¿Dónde está la lengua palenquera, que existía porque la acababa de oír, y cuándo se habla?, me pregunté.

Y me seguí preguntando lo mismo mientras saboreábamos el arroz con coco, el conejo deshilachado y coloreado con achiote, acompañado de bollo limpio de maíz que Yeyita nos había preparado como comida. Ña Flor y Yeyita habían hecho barrer el cuarto que quedaba entre el corredor y la cocina y por el otro lado la tienda de víveres que hacía de sala de visitas de la casa. Le habían puesto un mantel limpio a la mesa que con unos
asientos tapizados con cuero de res blanca hacían el comedor para los visitantes.

Leonardo y yo habíamos recorrido el poblado de arriba a abajo yendo por los bordes del arroyo Caballito hacia el monte y regresando hasta la entrada de Palenque frente al cementerio. Nos detuvimos a la puerta de muchas casas. Leonardo me presentó como su compañera de universidad. Sus parientes y amigos y familiares le llamaban doctó con respeto y reconocimiento. Indudablemente él se esforzaba por crearme un ambiente amable realzando mi condición universitaria, para evitar el rechazo sutil o abierto con que el palenquero se defiende frente a los intereses de comerciantes, funcionarios de gobierno o políticos, que son generalmente coloraos, como los palenqueros llaman a los blancos.

La tarde había dejado de ser sofocante. Las gentes estaban descansando, unas sentadas en los taburetes recargados sobre las puertas de las viviendas, otros sentados en las terracitas y conversando, algunos jóvenes jugando dominó y bolitas, las mujeres en los corrales de las casas preparando el arroz y algunas fritando pescado. El pueblo poco a poco parecía adquirir vitalidad con muchas gentes en la calle. El sol del mediodía mantenía a sus gentes resguardadas. Aquellos que trabajaban en el monte salían a la madrugada y regresaban al mediodía. Los ganados empezaban a ser jarreados hacia los corrales, muchos de ellos detrás de las casas. El ambiente era tibio y amable. Leonardo había escogido una magnífica oportunidad para enseñarme a Palenque y sus gentes. Sin embargo aquel paseo no fue más allá de la presentación hecha por Leonardo. La gente se mostró reservada y nadie me preguntó sobre el propósito exacto de mi visita, pese a que traté de hacerles saber que me quedaría por un tiempo para conocer la vida, el trabajo y en general las actividades de las gentes de Palenque.

-¿Tú hablas la lengua de aquí? -le pregunté a quemarropa a Leonardo.

-Sí -contestó, pero hace años que no la practico. Cuando estudiaba en Cartagena, mis compañeros de colegio me hacían la burla porque tenía un dejo diferente al hablar español.

Leonardo se fue a la zona andina, estudió ingeniería forestal, luego se graduó en educación y más tarde hizo un postgrado. Se casó con una mujer blanca y ahora vive en Cartagena con ella y sus cuatro hijos, desempeñando un cargo ejecutivo.

Aniano Casiani, que estaba parado en la puerta de la tienda, alcanzó a oír mi pregunta y se arrimó a la mesa en que comíamos.

-Yo sé la lengua -dijo-. Si quiere le enseño. Pero eso le cuesta a usté, seño, ¡a cien pesos por palabra! Aquí han venido compañías de folclor y de cine y nos pagan por hablar, por cantar y por dejarnos fotografiar. En efecto, Evaristo Márquez, un palenquero, pocos años antes había coprotagonizado, con Marlon Brando, la película Quemada, cuyo rodaje en gran parte se efectuó en Cartagena sobre el argumento de una rebelión de negros en algún lugar del Caribe colonial.

La manera cortés pero reservada de las gentes que Leonardo me había presentado, sus esfuerzos por hacerles caer en la cuenta una y otra vez de que yo era su compañera de universidad, y ahora la actitud desprevenida de Aniano me advirtieron que mi terreno no sería tan fácil. Los palenqueros son defensivos, agresivos y demandan respeto. Esta percepción sobre ellos la encontré más tarde en poblaciones vecinas como San Pablo, María la Baja, Rocha, Malagana y Mahates. Además, las gentes mismas de Palenque tienen conciencia de tales actitudes. Los días siguientes, por ejemplo, cuando me preparaba para salir a caminar, Ña Flor siempre ordenó que me acompañara a alguno de los jóvenes que estuvieran en su casa.

-La gente aquí es fregada -decía-, mejor que no salga sola.

Ella, y su hija Yeyita adoptaron una manera protectora conmigo desde el momento en que Leonardo me presentó. Para instalarme acomodaron un catre de lona en una esquina del corredor donde se almacenaban los bultos de ñame, los plátanos y las cantinas de la leche. El sitio estaba a pocos pasos del fogón de leña, cuyos rescoldos hacían sofocantes las horas del sueño, pero durante el día cámaras de fotografía, grabadora, papeles y libros se mantenían bajo la vigilancia de las mujeres de la casa que permanecían en la cocina. Siendo la casa de Ña Flor una unidad mayor en un conjunto de casas, es continuamente frecuentada por chicos y grandes, mujeres y hombres, se intercambia comida, se consultan decisiones, etc.

-¡ Mujer que mi hijo traiga a casa, yo tengo la obligación de cuidarla! -dijo Ña Flor cuando, al regresar aquella otra noche del gran fandango en la fiesta de San Basilio, traté de averiguar por qué se me rodeaba de una protección casi opresiva. Le conté lo que me acababa de suceder. La misma banda de músicos que había animado la procesión de los santos esa tarde, por la noche tocaba subida en una tarima en la mitad de la plaza. Mujeres y hombres bailaban a su alrededor, haciendo un torbellino continuo de ritmo y movimiento. Las emanaciones del sudor, las del humo de las espermas sostenidas en alto por las mujeres, el chisporroteo y la lumbre de esas espermas que iluminaban los rostros jadeantes de las parejas eran alucinantes. Un hombre se acercó para invitarme a bailar. Antes de que yo pudiera decir nada, una mujer vieja que estaba junto a mí se interpuso diciéndole:

-¡Respete!, ¿no ve que ella es la yerna de doña Flor? ¿Se me confundía, entonces, con la esposa de Leonardo? Siendo ella blanca y todos los blancos pareciéndoles iguales a los palenqueros, era posible. ¿Acaso se suponía que, de acuerdo con la costumbre de Palenque de que un hombre puede tener varias mujeres a un mismo tiempo en un patrón de poligamia, Leonardo hubiera traído una segunda mujer a la casa de su mamá? La respuesta de Ña Flor en ese momento no contestó mi inquietud. Tal vez para ella misma era aún muy temprano tener tal situación completamente clara.

El hecho de haber entrado directamente en la medula de un grupo familiar importante en la comunidad por razones económicas, políticas y de prestigio me allanó obstáculos y significó economía de tiempo y de incomodidades personales. Y me parece importante mencionar esta circunstancia frente a la glorificación a la que aspiran algunos antropólogos por el hecho de hacer terrenos venciendo incomodidades personales en áreas selváticas o rurales. Ello es aún rezago del uso de un estereotipo de antropólogo que resultó cuando en el ambiente universitario de Colombia, a finales de 1960 y buena. parte de la década de 1970, el prestigio del antropólogo se apoyó en realizar trabajos de terreno en áreas indígenas y en la prédica y esfuerzos de algunos por adoptar elementos del estila de vida de tales indígenas. Se sustentaba la posibilidad de que, al lograr tal integración, los resultados serían un conocimiento más profundo de los grupos indígenas y el ejercicio de una responsabilidad social consecuente con una antropología al servicio de los indígenas.

Es indudable que los reflejos del movimiento hippy: retorno a lo primitivo, nostalgia por la naturaleza, prostituida por la tecnología contemporánea, paz y amor, y el uso de alucinógenos encontraron campo feraz. Asimismo, la evidencia de los genocidios indígenas en los Llanos y del permanente etnocidio con el resto de grupos de indígenas movieron la conciencia social de otros antropólogos y estimularon reflexiones sobre la responsabilidad de su ciencia. Entretanto, muchos estudiantes de antropología y antropólogos mambearon coca, vistieron las mantas indígenas, discutieron y transportaron la música y las flautas de la selva hasta sus oficinas de profesionales en Bogotá, y las pasearon por las galerías de exposición de "arte burgués" y los cocteles de intelectuales. Posaron como antropólogos listos a entrar en terreno, o acabados de salir de él, aunque no hubieran ido en los últimos ocho meses. Pero muchos se desgastaron en esas demostraciones y, aunque produjeron una imagen, nunca presentaron literatura guía que sustentara la continuación de sus esfuerzos por parte de nuevos egresados de la universidad u otros individuos interesados en la experiencia antropológica. Tales esfuerzos por introducir una nueva manera de trabajo en terreno quedaron truncos y tampoco produjeron un movimiento solidario profesional de respaldo a los derechos de los indígenas con quienes los antropólogos trataron de identificarse. El modelo a que se aspiraba se convirtió en un estilo, y las esperanzas de aquellos que seguían el experimento de sus colegas se tornaron en nostalgia.

En este punto, cualquiera podría preguntarse por qué motivo me desvié a hablar de grupos indígenas, si precisamente estoy tratando sobre grupos negros, y tanto el estudio de los primeros como de los segundos cae en el ámbito de la disciplina antropológica. Tengo que aclarar que, en relación con las situaciones arriba referidas, no se tienen datos sobre experiencias similares entre grupos negros, ya que tales estudios no han interesado a la antropología colombiana ni en la academia universitaria ni en la investigación de terreno. Así es como el estereotipo de antropólogo del que anteriormente hablé se construyó en el marco de estudios de grupos indígenas exclusivamente.

Mi propia experiencia en la selva aurífera del litoral pacífico, al finalizar la década de 1960, y mi terreno entre palenqueros en el presente decenio sí me han mostrado que, aunque la ausencia de obstáculos de cualquier índole no, constituyen garantía para la excelencia en el trabajo científico, los terrenos con escasez de comida, abundancia de insectos, faccionalismo, persecución misionera, aislamiento, etc., tampoco son garantía para esa excelencia. El antropólogo colombiano, por otra parte, se ha formado en ambientes urbanos y responde con mayor facilidad a situaciones que, aunque tenuemente, reflejen su entrenamiento vivencial.

Así, cuando Yeyita y Ña Flor me propusieron instalarme con mi máquina de escribir en el cuartico que llaman "la casita" y que está pegado a un lado de la casa, pero con puerta y ventana hacia la calle, acepté rápidamente. Pero al ruido de la máquina, cuando intentaba escribir unas fichas, enjambres de niños bloquearon la puerta y literalmente cubrieron la ventana de la casita. "¿Qué es lo que ella toca?" preguntaban.

Entonces, me vi obligada a abandonar la casita. Más tarde conseguí permiso para usar un cuarto en el puesto de salud, escribir fichas, estudiar notas y encontrar un momento de intimidad que de ninguna otra manera resultaba posible. El médico del puesto de salud solamente atendía cuatro horas un día a la semana, de suerte que aquella circunstancia, al menos durante un tiempo, me ayudó.

Después de mi primera entrada en Palenque las gentes empezaron a abandonar la reserva original con la cual me habían mantenido distanciada. Doña Flor y Yeyita comprendieron mi labor. Los hombres me permitieron ir con ellos hasta sus sitios de trabajo en el monte, hasta los potreros donde ordeñaban el ganado; las mujeres me llevaron a velorios en otros poblados y a bailes en caseríos adentro en el monte, en donde otros palenqueros viven. Pude anotar genealogías, datos sobre los cuagros actuales y otros de generaciones anteriores, historias de vida y aun hacer grabaciones en lengua palenquera.

En cuanto al registro fotográfico, debió esperar más tiempo. En un comienzo, no más caminar con la cámara al cuello causaba tremendo malestar. Era difícil sentarse a conversar con alguien. La reacción inmediata era la de que no me permitirían tomar fotografías. Pensaban que la misma cámara las tomaría por el hecho de tenerla colgada al cuello. Durante mis primeras estadías, solamente enfoqué conjuntos de casas, corrales, ganado y calles, en tanto que las gentes literalmente huían de la cámara. Mis estadías, fueron, sin embargo, seguidas por viajes a Bogotá y, a medida que este patrón fue estableciéndose los palenqueros me solicitaron que les cumpliera algunos encargos como compras de telas, remedios, algunas herramientas o diligencias ante la Secretaría de Educación, la División de Salud, etc. Dilsa, una de las hermanas de Yeyita, aceptó mi invitación para viajar conmigo a Bogotá. A su regreso llevaría a Palenque un equipo de oxígeno, una nevera y otros implementos que por mi conducto se habían conseguido para equipar el puesto de salud. Dilsa tuvo que conseguir permiso de sus tíos, de su mamá María y la aprobación de varios miembros del conjunto que conforman la casa mayor de don Fermín y otras casas.

Por otra parte, el reclamo continuo de querer conocer a personas de mi familia me estimuló a llevar a Palenque a Nancy,
mi hija de catorce años. El día de nuestra llegada, estando en la tienda de Yeyita, después de los abrazos y saludos acostumbrados, entró un niño de unos cinco años que tan pronto vio a Nancy salió llorando y gritando: "¡La mojana, la mojana!". Entonces nos contaron la historia de una bruja blanca de cabellos largos y amarillos que había estado en Palenque últimamente robándose a los niños, dejándolos perdidos en el monte o llevándoselos para siempre. Volví a mirar a Nancy y ella empezó a recogerse sus cabellos amarillos largos en una trenza pegada a la cabeza y que nunca deshizo mientras permaneció en el poblado. Días más tarde nos relataron otras historias de diablos y seres malignos. ¡Todos eran blancos!

Tomar fotografías se volvió una obligación cuando regresé con fotos de algunos niños y se las obsequié. Fue entonces el momento oportuno para iniciar un registro visual de Palenque con la aprobación de sus gentes. Invité a Richard Cross y luego a Fernando Urbina. En su primera visita, Richard no pudo usar su cámara sin que yo estuviera a su lado. Las gentes no aceptaban que él tomara fotografías. Además debió someterse, al igual que Fernando, al ritual de presentación similar al que Leonardo hiciera conmigo. Pero un año después de la primera visita de Richard y cuando muchas de sus fotografías habían regresado como obsequio para muchos palenqueros, él pudo trabajar solo y sin problema alguno.

Carlos Patiño Rosselli, de la Universidad Nacional, fue el único que al unirse al grupo de estudio como lingüista no necesitó el ritual de presentación. Ya por ese tiempo era tenue la resistencia que viejos y jóvenes habían desplegado alrededor de la lengua palenquera en relación conmigo y mis compañeros. En un comienzo no vacilaron en aducir su extinción a causa del maltrato social que por años sufrieron después de 1924, cuando se inició la salida de hombres hacia los ingenios de azúcar y la zona bananera. Las gentes de otros pueblos, las de Cartagena, las de las haciendas, todos les hacían la burla no solamente por su lengua, sino por la manera de hablar español. Consecuentemente debieron esconder su práctica cuando quiera que un extraño aparecía en el trance de una interacción que se estuviera dando en lengua palenquera. Mi interés por aprender frases y palabras y luego usarlas creó la expectativa de que yo hablara la lengua. En esta coyuntura la llegada de un profesor interesado exclusivamente en la lengua fue bienvenida.

Pese a ello, Carlos se desenvolvió cautelosamente los primeros días y solamente se aventuró a caminar hasta el arroyo. Esos meses el calor era sofocante a toda hora. Carlos no resistió mucha ropa y adoptó un traje de terreno peculiar para los palenqueros que siempre usan camisa y pantalón en el poblado: pantaloneta de baño y un enorme sombrero de ganadero costeño. A las cinco de la tarde cada día, en la acera de la casa de Ña Flor, Carlos invitaba a quienes llegaran, a compartir un trago de ron blanco con gaseosa y ocasionalmente a comer pescaditos fritos, que vendían las jovencitas en las calles. Ello propició grupos de conversación cuyos temas y datos muchas veces se precisaron al día siguiente y se grabaron. A Carlos lo conocen como Papiño, un nombre que le dieron Andrea, Ana, Pérdiga y otras de las mujeres viejas que le han colaborado en su estudio de la lengua, en tanto que Richard y yo hemos conservado nuestros nombres.

Muchos cambios han ocurrido en Palenque durante los cinco años que Richard, Carlos, Fernando y yo hemos estado en contacto con sus gentes. Dos días después de entrar por primera vez en 1974, llegó la luz eléctrica empujada por el campeón mundial de boxeo Pambelé. Detrás de la luz llegaron la televisión, las enfriadoras, las neveras y los ventiladores. A finales de 1978 el agua en acueducto, cuyos trabajos iniciaron conjuntamente en 1975 el departamento de Bolívar y la comunidad palenquera, llegó en medio del alborozo de hombres y mujeres que gritaban ¡Agua! ¡Agua! y del escepticismo de otros que nunca creyeron que el agua pudiera llegar en tubos. La valla de colores brillantes a la entrada del camino que conduce a Palenque ya tiene dos campeones mundiales de boxeo: Pambelé y Cardona; y anuncia que Palenque es la cuna de los campeones mundiales. Sin embargo, el camino por el cual circulaban camiones y el bus a Cartagena cargado de yuca, ñame y frutas, se ha convertido nuevamente en una trocha. Desde finales de 1978 el puente de la Loma Grande se derrumbó y los palenqueros han tenido que apelar al transporte de mulas, burros y caballos para sacar sus productos del monte al mercado regional.

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