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PREFACIO

Un artículo periodístico del historiador Donaldo Bossa Herazo publicado en julio de 1971 sobre el libro de Roberto Arrázola Palenque, primer pueblo libre de América, fue una invitación para emprender un viaje al fondo de la noche. Y esa noche era el siglo XVII, al cual él llama con mucha propiedad el Siglo del Terror en Cartagena de Indias. La población de la provincia estaba constituida en una proporción de seis negros por cada blanco. Los esclavos se fugaban, se rebelaban, se organizaban y atacaban. Las guerrillas negras se movilizaban en los montes, saqueaban las haciendas y hacían incursiones en la misma ciudad de Cartagena. El pánico ocasionado por la guerrilla que reclamaba el reconocimiento de su libertad y la de los negros esclavos, permeaba la vida de los habitantes blancos y morenos de la ciudad, de funcionarios del gobierno, amos, señores y comerciantes. Los negros esclavos, los libertos y los cimarrones sufrían la violencia de las milicias oficiales. El terror era opresivo.

Según Bossa Herazo ni el mismo San Pedro Claver, llamado el apóstol de los esclavos, pudo redimir a los negros de Cartagena de su triste condición social. Claro que ningún santo sólo con plegarias ha logrado cambiar situaciones socioeconómicas, al menos en nuestra América. En cambio, los negros de los palenques de la provincia de Cartagena, mientras tanto, sí elaboraron un modelo bélico de reclamo de sus derechos, que mantuvieron sin flaquear durante dos siglos; y la documentación de esas acciones ha permitido mostrar que, en la historia de la libertad de América, fueron negros palenqueros quienes primero la alcanzaron.

El presente libro se ha preparado a partir de trabajos de investigación antropológica iniciados en 1974 por la autora dentro de su plan de estudios de grupos negros en el litoral atlántico de Colombia. Al iniciar un examen del palenque colonial y de la comunidad palenquera actual, que tanto ayer como hoy han presentado una organización dinámica, evolutiva y vivencial, se intenta contribuir a desdibujar algunos de los perfiles estereotipados con los cuales se ha definido al negro colombiano sobre un indigno lienzo de discriminación social, racial y económica. La situación del negro colombiano no es aislada; por el contrario, es similar a la de otros negros en las Américas. En los procesos de blanqueamiento a los cuales se han visto abocados, la privación de conocimiento sobre sus propias realizaciones a nivel histórico y contemporáneo ha constituido una táctica para el aniquilamiento de su solidaridad como grupo social.

En la comunidad actual de Palenque de San Basilio, directa descendiente de guerreros de los palenques coloniales, el lenguaje criollo, por ejemplo, ha sido un elemento que ha sustentado la solidaridad de la comunidad. Pero las clases dominantes de la región se han ensañado en ella. La estrategia ha sido la discriminación lingüístico-racial en el ámbito de las relaciones sociales diarias en ciudades y poblados vecinos. En la escuela de Palenque, los maestros hasta hace muy poco tiempo no habían tenido informes de que la manera como los niños hablan no era un "mal castellano" sino su idioma materno, una lengua criolla, considerada como una reliquia lingüística en las Américas. Y en las clases de historia, al igual que en muchas de las escuelas de Colombia, nunca se han incluido la dimensión de la participación del negro en la formación del país ni mucho menos alusiones a la historia de sus antepasados guerreros. Otros perfiles de la cultura negra de Palenque, tales como los ritos de la muerte, así como los juegos de guerra de las niñas, han sufrido constantemente los embates de la censura social y gubernamental. Durante varios años los inspectores de policía representantes de la sociedad blanca y morena de Cartagena y Bolívar prohibieron con multas la cultura negra del tambor y de los puños, del velorio y de la casimba.

En el curso de mi trabajo en Palenque, tuve la ocasión de conversar acerca de estos problemas con muchas de sus gentes, quienes son conscientes de ellos. En el mismo curso del trabajo surgió también la idea de mostrar a Palenque en forma asequible, de suerte que su lectura, así como su descripción visual, estuvieran al alcance de muchas gentes, pero principalmente de los palenqueros, actores e inspiradores de esta publicación.

Aquellos individuos que son mencionados con sus nombres propios y muchos otros cuyos nombres no se citan han esperado varios años la publicación de este volumen. Sin embargo, gran número de las fotografías que aquí aparecen han estado en manos de los palenqueros desde hace tres años, cuando se las entregamos como parte de nuestro trabajo.

La responsabilidad social del científico es interpretada de variada forma actualmente. Algunos antropólogos sostienen que puede cumplirse construyendo tiendas de vituallas y bastimento en las comunidades. Otros piensan que al convertirse en maestros rurales o en predicadores de una revolución pacífica o violenta la responsabilidad queda satisfecha. Pero los requerimientos de cada comunidad y de cada momento histórico son distintos y no han aparecido reglas universales estrictas que no hayan caído en el dogmatismo y en la inoperancia. La evaluación no solamente de cada uno de los esfuerzos del investigador dentro de las limitaciones y facilidades en sus ámbitos de trabajo institucional, académico y en el terreno, sino de los resultados de ese esfuerzo, es una manera más apropiada para señalar el cumplimiento de tal responsabilidad.

Los estudios de grupos negros como una propuesta de trabajo antropológico en el ámbito del Instituto Colombiano de Antropología fueron llevados a cabo por la autora durante los años de su permanencia en esa institución. La entrega de este trabajo, realizado con la comunidad palenquera de San Basilio, representa apenas un grano de arena en el esfuerzo por cumplir con la responsabilidad social que me incumbe. La evaluación de su cumplimiento es una tarea que considero corresponde en primera instancia a los grupos negros.

Para este trabajo sobre Palenque, la colaboración de Richard Cross en la parte fotográfica surgió de su interés por la antropología visual y de su afecto por Colombia, y atendió a una invitación mía, sin que ello implicara emolumentos financieros ni compromisos de ninguna naturaleza por parte del Instituto Colombiano de Antropología.

La colaboración del lingüista Carlos Patiño Rosselli, de la Universidad Nacional de Colombia, respondió gentilmente a mi invitación y a su interés académico por la lengua criolla de la comunidad palenquera. Las muestras de habla que se incluyen en este libro hacen parte de su investigación. Tales ejemplos se presentan en la transcripción diseñada por él mismo para este vernáculo, sobre la base de su estudio lingüístico previo. Patiño Rosselli también tuvo la bondad y la paciencia de leer el manuscrito y corregir una cantidad de anacolutos que cometí en el proceso de su elaboración. El anacoluto, me explicó el lingüista, es una ruptura o quiebre de la estructura sintáctica con que se inicia una frase. El desatino se comete por distracción, porque las frases se construyen muy largas, o cuando se quiere dar mucho énfasis a un sujeto o elemento determinado. Claro que si de ello yo hubiera sido consciente, así como de otras fallas de las que seguramente adolecía el manuscrito antes de someterlo a su revisión, mi inhibición habría arrasado totalmente mi intención.

Tropiezos técnicos como el anacoluto y los cambaludes administrativos que me asaltaron durante un año en el Instituto Colombiano de Antropología, hubieran podido demoler la continuidad de mi trabajo. Tengo que reconocer que fueron precisamente el estímulo de colegas como Jaime Arocha, Sergio Ramirez Lamus, Carlos Patiño Rosselli, León Reines Ronis, Laurie Cardona, Orlando Jaramillo, Fernando Urbina y Adela Morales de Look, el soporte emocional de Robert Friedemann, y la imagen admirable de la persistencia en su trabajo del profesor Juan Friede, los que animaron y mantuvieron el ritmo de mi trabajo.

Sergio Ramírez Lamus, por su parte, durante varios meses dedicó un tiempo precioso para él, cada vez que vino a Bogotá desde la Universidad del Valle en Cali, para leer las distintas versiones de cada capítulo. Sus sugerencias, así como las de Patiño Rosselli, han enriquecido la publicación. Carlos Garibello Aldana, del Instituto Colombiano de Antropología, colaboró con su trabajo de grabaciones del idioma y transferencias de música y textos del lenguaje de Palenque con destino a trabajos fílmicos y de laboratorio lingüístico. Alejandro Zabaleta, de la Universidad del Atlántico, tuvo la amabilidad de facilitarme algunos documentos históricos, y Fernando Urbina hizo también un registro visual limitado de algunas actividades de Palenque. No obstante, cualquier error, falla u omisión son responsabilidad exclusiva de la autora.

Finalmente, más importante que todos los reconocimientos anteriores son mis agradecimientos a las gentes de Palenque de San Basilio, quienes nos permitieron traspasar el umbral de su comunidad, y compartir su arroz con coco e hicotea y los ritos fértiles de su vida diaria.

Bogotá, 31 de mayo de 1979
Nina S. de Friedemann

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