La presencia
La creatividad es una de las esencias del fenómeno humano. En la
historia de innumerables países del Viejo y del Nuevo Mundo, el
arte étnico ha sido parte del panorama cultural y de la creatividad
de los grupos de gentes que conforman las naciones. No siempre, sin
embargo, este arte, la artesanía y la cultura de quienes los
originan han sido interpretados de maneras que se ajusten al
tiempo, a las circunstancias y a las sociedades que los producen.
Más grave aún, conforme el ensayista Edmund Carpenter menciona
"Hemos sacado al llamado hombre 'primitivo' de su refugio, lo
hemos revestido con el mote del salvaje noble, le hemos enseñado a
tallar el tipo de arte que nos gusta, y lo hemos contratado para
que nos baile sus danzas a la hora del almuerzo".
No obstante, sólo a finales del siglo pasado la irrupción de la
extraordinaria escultura africana en Europa empezó a quebrar y
modificar los viejos patrones del arte occidental. Y, a estimular,
los ojos ávidos de los buscadores y traficantes que encontraron
también la escultura de Oceanía y el arte americano precolombino.
Pero, fueron los artistas europeos de vanguardia quienes en busca
de nuevas formas, hallaron luces en el arte escultórico de las
máscaras rituales de tribus africanas. Después que en la
inspiración de las obras de Picasso, Braque y Juan Gris participara
la escultura negra, el arte africano, su valor plástico y su
proyección en las concepciones del mundo estético occidental de
este siglo, estas empezaron a llenar museos, salas de exhibición y
muchas páginas escritas.
En el caso de los aborígenes americanos, también a finales del
siglo pasado las sociedades europeas y las americanas recién
formadas en repúblicas independientes; comenzaron a reconocer en
esas obras de los indios -a las que llamaban antigüedades-, los
perfiles de la creación artística.
En Europa, a comienzos de este siglo, el arqueólogo Conrad
Preuss, director del Museo Etnológico de Berlín y a quien le
maravilló la estatuaria de San Agustín, escribió su volumen
titulado Arte Monumental Prehistórico. En Colombia y en torno al
tema del arte de los indios, le cupo al pintor Luis Alberto Acuña,
en 1936, llamar la atención estética del ámbito artístico en el
país, al escribir su libro
|El arte de los indios
colombianos. De esta suerte, los aborígenes colombianos, los de
ayer y los de hoy, iniciaron su presencia en el escenario de
nuestra historia estética. Presencia que actualmente es monumental
en el Museo del Oro en distintos lugares de Colombia y aún en
exposiciones itinerantes por el mundo. Y, muy significativa en
otros museos de cerámica precolombina como el de la Casa del
Marqués de San Jorge y el del Museo Nacional en Bogotá.
Hoy en día, museos en Europa, Africa o América han acogido en
sus salas de exhibición y de admiración, obras provenientes de
sociedades aborígenes ya desaparecidas como las de los indios
precolombinos en Colombia, o las de aquellos grupos que todavía
conservan perfiles considerados aún "primitivos".
Pero hablar de arte étnico, uno de los temas de este libro,
requiere una explicación frente al concepto de arte con el cual
mayor número de personas están más familiarizadas. Como arte, el
étnico tiene los elementos básicos de cualquier otro: un creador,
que trabaja con diversos medios, sean cortezas, fibras vegetales,
papeles, maderas, metales, barnices, textiles, para expresar
estéticamente un símbolo, un sentimiento, una emoción en el campo
de la plástica. Y en la expresión literaria sus materiales pueden
ser la experiencia de su vida, la de su comunidad o la tradición
oral. Así, el arte étnico aparece en cualquier lugar del planeta en
épocas antiguas o en tiempos presentes donde quiera que han
existido o existan seres humanos.
Arte étnico es la cerámica precolombina de los tumacos, a las
obras arqueológicas de oro clásico de los quimbayas. Y en estos
tiempos presentes, una batea de modo exquisitamente tallada en
chachajillo por los mineros negros del río Güelmambí en Nariño, o
un adorno corporal en filigrana, realizado por un orfebre de Quibdó
en el departamento del Chocó. Del mismo modo, el arte danzario o el
escénico. En éstos, la creación colectiva juega con elementos
coreográficos, lingüísticos, de parafernalia, musicales, para
conmemorar o celebrar una deidad, un santo, un mito o un milagro.
Muestras de arte escénico son la fiesta de san Francisco en Quibdó,
o las balsadas de la Virgen de Atocha en Barbacoas. También los
arrullos, los cantos funerarios, los cánticos para adorar al Niño
Dios, las coplas de pasión que se entonan el jueves y viernes
santos y los romances religiosos. Todas estas formas de arte verbal
junto con los cuentos, las leyendas o las adivinanzas son parte de
la actuación a través de la cual el negro narra y recrea su
historia y sus visiones cósmicas, manteniendo vibrante la tradición
oral.
Lo que es singular en el arte étnico es, precisamente, el
proceso de producción social que es distinto al de producción
individual en otras sociedades no indígenas, o no negras, como es
el caso de las etnias en Colombia. Basta examinar el intrincado
tejido de relaciones sociales y económicas y las normas de cortesía
que aparecen en el litoral Pacífico, aún en la talla de una
banqueta de madera para bogar. En la documentación del protagonismo
de la banqueta que un hombre obsequia a una mujer como promesa de
matrimonio, se delinea la responsabilidad que esta última tendrá en
los mercados de los puertos. Allí, las vendedoras que llegan en
canoa son las mareñas y en cualquier muelle se reconoce la banqueta
de mareña por el calado de su espaldar y el tono azul de su
pintura.
Empero, este arte también es susceptible de ser analizado en la
interioridad y en la exteriorización de sus símbolos, de sus
cánones estéticos, del tiempo y del espacio donde aparezca. Además,
tiene la particularidad de interpretar no solo la sociedad donde
surge, sino la influencia de su contacto con otros grupos e
ideologías.
Los balcones en filigrana de madera que aparecen en diversas
narrativas a lo largo de este libro ofrecen ricas posibilidades. En
algunos momentos a principios de este siglo y en regiones de ríos
como el Timbiquí y el Guapi la opulencia y el prestigio derivados
de la explotación del oro, fueron plasmados en el enorme balcón. En
otros momentos y en lugares aislados en el paisaje social y
geográfico del mismo litoral donde la escasez ha sido la norma que
ha regido la vida, la creatividad ha dado paso al goce estético ya
la afirmación de la tradición. Y allí también aparece el calado en
un balcón inserto en la pared frontal de la casa. Así, en ambas
circunstancias el fenómeno relevante es el arte de la filigrana en
madera, cuyas esencias estéticas no están aisladas de la filigrana
en oro realizada en joyería o de aquella en hojalata cuya muestra
más espectacular aún existe en la torre de la iglesia de Tadó en
Chocó.
La artesanía, por su parte, como concepto de trabajo, tiene la
cualidad de ser compartida en oficio y conocimiento dentro arte
étnico y artesanía de la comunidad y en marcos definidos por una
tradición. Y, por supuesto, también está sujeta a los procesos de
cambio originados por los diversos contactos culturales de los
grupos. Asimismo, ella puede ser menos repetitiva y más creativa
que imitadora, siendo esta cualidad una de las propiedades de su
adaptabilidad. Y, además, el germen del que eventualmente surja el
vuelo insólito que la lleve a convertirse en arte étnico, y a
transformar en artistas a algunos de sus artesanos.
La marimba, por ejemplo, es un instrumento que muchos fabrican y
no pocos interpretan a lo largo del litoral. No obstante en el
taller de música de José Torres en una orilla del río Guapi, la
fabricación de una marimba es apenas parte de un ejercicio de
sabiduría y de un ritual mágico de interpretación rítmica y
poética. Que convierten a Torres en un artista.