INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
Partituras pictográficas
 

 

Un año más tarde, cuando iniciamos el trabajo que produjo |Carnaval en Barranquilla (1984, Bogotá, La Rosa) |y De sol a sol, génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia (1986, Bogotá, Planeta editorial), Friedemann tenía la ventaja de haber sido protagonista en la creación de la partitura que en Colombia ha guiado el desarrollo de los estudios sobre grupos negros. Yo, el privilegio de trabajar con alguien cuya familiaridad con esos terrenos le permitía independizarse de las categorías del método etnográfico. En el lago subconsciente de Friedemann yacían los iconos que sintetizaban concepciones complejas sobre la historia y consecuencias de la trata, el origen y función de los cabildos de negros, así como los vínculos entre éstos, las luchas por la libertad, los lenguajes secretos del tambor y las fiestas de carnaval. También, los de los ciclos rituales y agrícolas del litoral Pacífico, las maniobras realizadas por los orishas para sobrevivir escondidos en los templos cristianos, pero en especial los de la cortesía para aproximarse a los individuos y a las comunidades negras, con amabilidad, sin avasallar su privacía.

Hoy comprendo que todo este idioma sintético y eficiente estaba en la raíz de algo que me pareció una hazaña de brujería. El 19 de enero de 1983, después de que los 50°C que marcaba el termómetro del Land Rover derritieron hasta nuestra conversación, llegamos a Pailitas en el Cesar. Roberto Friedemann y yo íbamos en nuestra segunda cerveza helada, cuando Nina detuvo su torrente de preguntas, para tomarse el primer sorbo de Coca-Cola. La mesera se alejaba, después de habernos aclarado inquietudes sobre la duración del viaje para ver esa noche la inauguración de la Fiesta del Caimán en Ciénaga. Entonces, Nina arremetió de nuevo:

-¿Conoces al hombre caimán?-.

-No, yo no, pero sí conozco a su hermana que lo cuida y le da la alimentación-, respondió la muchacha y, alegre, fue disipando nuestro cansancio con sus precisiones sobre el medio hombre: anatomía, costumbres sexuales y gustos por los viajes a lo largo de los puertos del bajo Magdalena. ¿Cómo había logrado Nina desencadenar tal torrente de imágenes? Descartando la energía para sacar papel y lápiz en ese momento, así como la intuición que le hizo imaginar que nuestra mesera tuviera algo que ver con El Banco, lugar de residencia de la figura mítica, sé que no usó ninguna de esas palabras tan caras para los antropólogos, como leyenda o mito. Siempre hizo las preguntas como si no le cupiera la duda más remota sobre la existencia del hombre caimán; pero además, en su memoria iba barajando los retratos de la región y su gente, para formularle más preguntas a partir de ellos.

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