Partituras pictográficas
Un año más tarde, cuando iniciamos el trabajo que produjo
|Carnaval en Barranquilla (1984, Bogotá, La Rosa)
|y De sol
a sol, génesis, transformación y presencia de los negros en
Colombia (1986, Bogotá, Planeta editorial), Friedemann tenía la
ventaja de haber sido protagonista en la creación de la partitura
que en Colombia ha guiado el desarrollo de los estudios sobre
grupos negros. Yo, el privilegio de trabajar con alguien cuya
familiaridad con esos terrenos le permitía independizarse de las
categorías del método etnográfico. En el lago subconsciente de
Friedemann yacían los iconos que sintetizaban concepciones
complejas sobre la historia y consecuencias de la trata, el origen
y función de los cabildos de negros, así como los vínculos entre
éstos, las luchas por la libertad, los lenguajes secretos del
tambor y las fiestas de carnaval. También, los de los ciclos
rituales y agrícolas del litoral Pacífico, las maniobras realizadas
por los orishas para sobrevivir escondidos en los templos
cristianos, pero en especial los de la cortesía para aproximarse a
los individuos y a las comunidades negras, con amabilidad, sin
avasallar su privacía.
Hoy comprendo que todo este idioma sintético y eficiente estaba
en la raíz de algo que me pareció una hazaña de brujería. El 19 de
enero de 1983, después de que los 50°C que marcaba el termómetro
del Land Rover derritieron hasta nuestra conversación, llegamos a
Pailitas en el Cesar. Roberto Friedemann y yo íbamos en nuestra
segunda cerveza helada, cuando Nina detuvo su torrente de
preguntas, para tomarse el primer sorbo de Coca-Cola. La mesera se
alejaba, después de habernos aclarado inquietudes sobre la duración
del viaje para ver esa noche la inauguración de la Fiesta del
Caimán en Ciénaga. Entonces, Nina arremetió de nuevo:
-¿Conoces al hombre caimán?-.
-No, yo no, pero sí conozco a su hermana que lo cuida y le da la
alimentación-, respondió la muchacha y, alegre, fue disipando
nuestro cansancio con sus precisiones sobre el medio hombre:
anatomía, costumbres sexuales y gustos por los viajes a lo largo de
los puertos del bajo Magdalena. ¿Cómo había logrado Nina
desencadenar tal torrente de imágenes? Descartando la energía para
sacar papel y lápiz en ese momento, así como la intuición que le
hizo imaginar que nuestra mesera tuviera algo que ver con El Banco,
lugar de residencia de la figura mítica, sé que no usó ninguna de
esas palabras tan caras para los antropólogos, como leyenda o mito.
Siempre hizo las preguntas como si no le cupiera la duda más remota
sobre la existencia del hombre caimán; pero además, en su memoria
iba barajando los retratos de la región y su gente, para formularle
más preguntas a partir de ellos.