No olvidar
Mirando hacia atrás, una forma de haberle salido al paso a esta
carencia habría consistido en describir las operaciones que nos
permitieron construir la primera edición de Herederos del jaguar y
la anaconda (1982, Bogotá, Carlos Valencia editores). Para elaborar
cada capítulo de ese volumen comenzamos estudiando una partitura
compuesta por etnografía, etnohistoria y teoría antropológica. Así,
el enfoque sobre los grupos humanos de la Amazonía se fundó en las
teorías sobre etnociencia, ecología cultural, avance y retroceso de
refugios selváticos, e intercambio matrimonial entre los tucanos
orientales. Por su parte, las innovaciones en las teorías de la
antropología médica cimentaron las secciones referentes a los
cunas, los chocoes y los sibundoyes.
Con base en tales perfiles, entrevistamos a los trabajadores del
terreno. Al lado de preguntas sobre la forma como ejercían su
profesión, les averiguábamos por sus, últimos hallazgos, y por sus
emociones, temores, sentimientos, tristezas y alegrías despertados
en la convivencia con los indígenas. Accedimos así al lenguaje
iconográfico de estos protagonistas y pudimos presentarlos con las
aristas humanas que una mal entendida objetividad ha borrado de las
publicaciones científicas.
Algo similar era necesario de hacer con los sacerdotes, médicos,
adalides políticos, cazadores, pescadores, y madres y agriculturas
indígenas. Empero, el tiempo y los recursos tan sólo permitieron un
viaje a la Orinoquía. Así fue necesario reconstruir esa otra
iconografía desde los escritos antropológicos. Le pusimos
particular atención a las transcripciones literales de los mitos
que tradicionalmente hacen los etnógrafos. No obstante su
monotonía, reiteratividad y, en ocasiones, carencia de claridad,
retratan asociaciones de imágenes desconocidas dentro de nuestra
cultura que nos permitieron imaginar porciones del mundo desde una
perspectiva indígena. Esa compenetración con formas y expresiones
ajenas pudo no haber culminado en "sueños con bisontes", pero sí
con la percepción de ritmos y órdenes distintos al propio.
Esta oportunidad de soñar alternativas ya nos fue aproximando a
la elaboración de cada ensayo. Faltaba "el gancho", la muleta,
quizás la primera frase, aquello que permitiera el desbordamiento
tanto del torrente verbal, como de la concatenación de iconografías
propias y prestadas. En esta tarea culminante, fueron definitivos
los mundos fantásticos de Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Mario
Vargas Llosa y Jorge Amado.