Sentidos y contornos
Para entender mejor la propuesta de este nuevo experimento
narrativo, vale la pena considerar otra reflexión de Bateson (1972:
131-135): por debajo de las palabras que usamos para designar
objetos, conceptos o fenómenos yacen los sentidos. Estos últimos se
dan por hechos, debido a que el avance del aprendizaje los hunde en
el subconsciente. Las comunicaciones serían difíciles si tales
significados fueran infinitos. De ahí que la gramática los limite.
Si escribo lápiz =, después del igual podría poner escritura,
educación, madera, carbón. Empero, con mayor frecuencia lo que
figura es escritura.
Pese a los contornos creados por el lenguaje verbal, por
fortuna, las variaciones son inevitables. Algunas de ellas sur gen
porque los significados interactúan entre sí; otras, en reflejo de
los cambios en el ámbito físico y sociohistórico. En el primer
caso, tienen una manifestación inicial en las metáforas e ironías
de las cadenas pictóricas que la gente construye soñando despierta
o dormida. Así, la ecuación
|lápiz = entierro podría haber
resultado de la cadena
|lápiz / punta / herida / arma / violencia
/ muerto / entierro o de otra totalmente ininteligible. Las
segundas nacen de la adaptación cultural. El diccionario enseña que
|sapo es batracio anuro insectívoro de cuerpo rechoncho.
Empero, durante los años de La Violencia el lenguaje clandestino
que las víctimas inventaron para defenderse lo convirtió en
delator.
La antropología se ha concentrado en el último tipo de
innovaciones y ha documentado, entre otras, taxonomías que ponen
dentro de las mismas clases plantas y animales que nosotros
insistimos en mirar separadamente; mapas del cielo sin osas ni
guerreros, pero llenos de tigres y anacondas; categorías que hablan
de colores inexistentes en occidente, y nomenclaturas que deletrean
lazos de parentesco que nosotros no distinguimos.
Muchos etnógrafos han hecho de su ejercicio una cruzada en
defensa de esa heterogeneidad. Paradójicamente, tratan de
aprehender la polifonía mediante unas categorías y un idioma
restrictivos. Por ello, muchos de los libros que escriben pueden
resultar agravando problemas enfrentados por otros trabajadores de
la cultura. Al término de varios años de labor, el antropólogo
puede hallarse ante una descripción monótona que reemplaza la
estereofonía captada en el terreno.
La noche que pudo soñar con bisontes, como lo hacían los indios,
el etnógrafo de Borges supo que había descubierto el secreto del
grupo con el cual llevaba meses conviviendo. Escribir sobre ese
hallazgo parece haber sido un reto de tal calibre, que optó por la
reclusión muda y perpetua como bibliotecario de la Universidad de
Yale.
|Criele criele son. Del Pacífico negro no esteriliza las
ricas sartas iconográficas que imaginan los portadores de las
culturas del litoral Pacífico.
|La negra de las piñas es un
cuento sin ficción que comienza evocando el impacto que sufrió un
niño al ver de improviso ante sí a unos negros corpulentos. Para
Camilo Arroyo Arboleda, la experiencia de ese día quedó engarzada
con el olor húmedo del barro aferrado a las piernas desnudas de los
visitantes. El aroma de mojado, a su vez era selva, y selva,
madera, madera que convivía con los frutales, frutales entre los
cuales era apreciada la piña, piña que a su casa llevaba una negra.
Esta secuencia, válida como memoria cultural, se convierte en
denuncia de las aberraciones que todavía rigen los contactos entre
blancos y negros, cuando Friedemann pregunta por el nombre de la
mujer. Arroyo dijo no saberlo, después de que, entrando y saliendo
de casa de él en Popayán, ella se había convertido en la madre de
los hijos de su propio abuelo viudo, otro Arboleda, por supuesto.
Las demás narrativas del capítulo Negros y blancos, completan el
panorama aterrador que dibuja la terquedad con la cual persiste la
discriminación sociorracial.