Humor, amor y objetividad
En Criele criele son. Del Pacifico negro, Nina S. de Friedemann
vuelve a romper con esta fórmula y es capaz de plasmar Imágenes que
hacen sonreír, como la que aparece en el capítulo dedicado a narrar
|El terreno y la aventura: un pescado esbelto, vestido con
lentejuelas de fiesta, hizo las veces de martillo. De otro modo un
piloto sin herramientas no hubiera podido remo ver el tapón que
permitía achicar la lancha en la cual viajaban por las aguas
turbulentas del Pacífico. Será la primera etnografía colombiana,
cuya riqueza iconográfica integra el humor y el amor con la
objetividad científica.
Esto puede parecer increíble, pero al leer
|Rocío Colorado
en
|Las Flores es difícil no sentir ternura por esa tejedora
de espartos con sólo cuatro años de edad. Sin embargo, unas líneas
más abajo cambian los sentimientos con el desgarra miento que
produce al enterarse de que la niñita se ahogó. Fue tal la cantidad
de familiares y amigos que asistieron al
|chigualo para
decirle adiós, que su casa se "cantió".
La madre de Rocío vive reconstruyendo su existencia. Igual hacen
los protagonistas del resto de las narrativas. En capítulos como La
vida y la muerte y Dioses y santos la autora deletrea las dos
grandes fuerzas que hacen posible esa épica. Por una parte, está el
batallar contra misioneros obsesionados con demonios y dogmas
infalibles. Por otra parte, la lucha que tienen que librar contra
terremotos, maremotos, lluvias torrenciales, y demás elementos de
un paisaje que parecería creado para conspirar contra la
supervivencia de la gente.
Figuran las angustias y aspiraciones, en colisión con las
visiones, racionalizaciones y justificaciones de blancos como aquel
sacerdote, quien -ante la tozudez con la cual
|Changó
persistía en robarle el alma a la imagen de Santa Bárbara- decidió
prohibir fiestas y luminarias, balsadas y arrullos musicales. A
partir de entonces, tuvo que estrellarse con una de las formas de
oposición política quizás más insufribles: el silencio y la
indiferencia absolutos de todos los habitantes del pueblo de Santa
Bárbara de Timbiquí (ver
|Un fraile que sí sabe).
Este libro nació de un estudio sobre aquellos objetos bellos que
los descendientes de africanos hacen apoyándose en muchas de las
orientaciones cognoscitivas de sus ancestros. Artesanías de
Colombia lo patrocinó. Los directivos de la empresa estatal quizás
imaginaban encontrarse los catálogos usuales que los antropólogos
siempre han enmarcado con quejas y lamentos por la irreparable
pérdida de las tradiciones ancestrales. Debieron sorprenderse ante
un trabajo que además de ver el futuro con optimismo, parece
responder más a los lineamientos de una arqueología viva que los de
una museología inerte. En efecto, para las fichas que Artesanías
requería con premura, Friedemann convirtió en protagonista a cada
objeto. Con la minuciosidad del arqueólogo, precisó sus contextos
ambientales, económicos y sociohistóricos. Logrado un delineo tan
detallado, surgieron con fuerza los perfiles de una etnografía
inusual sobre los pobladores de una región del Pacifico colombiano:
transacciones étnicas, estratificación social, patrones de cortejo,
guerras entre dioses, y diálogos entre aquellos que viven en el
cielo y los habitantes de esta tierra.