En un taller de música
El motorista deslizaba la canoa con sigilo. Había resultado
celosa y se inclinaba audazmente a un lado y al otro, con el menor
movimiento. En la oscuridad de la noche, el agua del Guapi se
reflejaba como un espejo negro. Liana Patricia Martán, sobrina del
poeta del mar, Helcías Martán Góngora, escudriñaba el firmamento
buscando la luz de las estrellas.
-La otra noche -dijo- uno podía seguirle la estela a Venus que
titilaba en sus andanzas. Hasta vi un lucero grande corriendo
detrás de uno chico...
Hija del dueño de uno de los aserríos grandes de la región, la
ágil joven de nariz aguileña, cabellos largos ensortijados y
brillante piel morena, entraba y salía de las canoas y manejaba los
motores de las lanchas con tanta facilidad como se subía y se
desmontaba de su motocicleta. Cuando no lucía la última moda del
penúltimo magazín de costura internacional, se ataviaba con los
faldones de la tradición guapireña embutidos con encajes de crochet
y se peinaba con el estilo corona de trencillas africanas. Graduada
en una universidad bogotana, dirigía en ese momento la oficina de
Bienestar Familiar y el programa gubernamental de Hogares
Infantiles.
Esa mañana de domingo era calurosa y húmeda. Seguramente más que
de costumbre porque la noche anterior no había cesado de llover.
Debajo de los árboles de mango que sombreaban el parque frente a la
iglesia de Guapi empezaba a reunirse una variedad de personas de
todas las edades. Junto a Liana Patricia se distinguían tres
hombres, cada uno con un tambor a su lado: la tambora, el conuno
hembra y el otro un cuno o conuno macho. Cuando vieron aparecer el
grupo de cinco mujeres que asomaron por una de las esquinas debajo
de sus enormes sombreros de tetera, coloreados como mandarinas y
guayabas, los tres hombres levantaron los tambores y se dirigieron
hacia el árbol frente a la puerta principal de la iglesia. La mujer
más vieja que resultó ser la cantadora principal, hizo una seña y
las otras cuatro subieron sus guasás a la altura de sus caras
haciéndolos sonar a tiempo que la percusión de los tambores rompía
la expectativa de quienes rodeaban al grupo de músicos.
¡Criele, criele, criele son
Santa María, la madre de Dios!
Con este estribillo, interpretación del Kyrie eleison -Señor,
ten piedad- invocación de origen griego, de uso en la misa
católica, las cuatro cantadoras respondían al verso de la vieja que
entonaba por encima de los tambores y guasás, los arrullos al niño
Dios y a la Virgen:
Ayudame madre mía
a conocer el portal
pa conocé la gloria
y conocé tu altar
¡Criele, criele, criele son
Santa María, la madre de Dios!
En el cielo está María
y mi padre San José
del mismo Espíritu Santo
un solo Dios no má e.
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Un aleteo de espíritus y ritmos.., una cultura nutrida por ríos
cortos y poderosos... el mar bello y vengativo.., la desdicha
histórica... la felicidad danzante... el encantamiento del
Pacífico...: A. Vanín. Foto: N. S. de Friedemann 1988.
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Criele criele son
Criele, criele son
Santa María, la madre de Dios!
Tan pronto como las campanas de la iglesia tañeron el último
toque para llamar a misa, los músicos cruzaron la calle, entraron
al recinto y se colocaron cerca al altar mayor. Terminado el
ritual, el grupo anduvo por el poblado paseando bundes y arrullos y
el habla de los tambores y guasás. Los seguía una procesión de
gentes. Después regresarían a su barrio que ese día tenía a cargo
la novena de la Virgen. Pero antes pasaron por el mercado de agua y
de tierra, en las escalinatas y en las calles atiborradas de
cestos, bateas, perfumes, efluvios y hedores. Aborígenes y negros
procedentes de playas y ríos vendían y compraban cocos, plátanos,
papayas, tomates, naranjas y pescados frescos y secos, ahumados y
fritos. Era tiempo de fiesta. Era diciembre.
¡Hay que ir a oír la marimba de los Torres! ¡Claro!
Esa misma tarde Argenis Castellanos, promotora de la CVC y Liana
Patricia consiguieron la canoa y el motorista y cuando las luces
del crepúsculo apenas se insinuaban, despegamos del embarcadero. El
itinerario era llegar primero donde los Martán en el sitio de El
Partidero, no muy lejos de la casa de los Torres. Allí en las
dependencias del aserrío se consultarían viejos álbumes de familia
y fotografías del antiguo Guapi de casonas y calados.
La residencia de los dueños del aserrío construida con maderas
de la región, exhalaba aromas de trópico y prosperidad sobre un
diseño contemporáneo de balcones y amplios helechos colgantes.
Montañas de aserrín de varios colores. Lanchas rápidas en el
muelle. Activos perros con nombre de bellas maderas: sande, sajo,
cuángare, ¡quietos! La fronda de los pomarrosos brasileros, la
abundancia de sus flores y la fragancia de rosas de los frutos
maduros color de manzana caídos en el piso acabaron de deslumbrar
las primeras sombras de la noche.
Al muelle tuvimos que acercarnos ayudados de linternas. La canoa
empezó a balancearse violentamente en su celo. El motorista con el
sigilo de un domador controlaba la fiera de madera. Argenis no
pronunciaba palabra y tampoco Chucho Grueso, el estudiante de
antropología de la Universidad del Cauca. Diana, la juez de Guapi
oriunda de Timba temblaba de terror frente a Fernando -el biólogo
de la camaronera- y frente a mí. Solo Liana Patricia parecía en su
salsa, localizando estrellas arriba en el oscuro cielo.
-Nos pasamos, perdimos la casa de los Torres, dijo
Argenis...
El motorista protestó. Que no, que aún no.
Unos minutos más transcurrieron y del lado derecho del río
salieron las notas inconfundibles de las tablillas de chonta de la
marimba.
-¡Aquí es, aquí es!
La música se hacía más vibrátil a medida que la canoa encontraba
el lugar dónde meter la trompa.
La casa de los Torres parada sobre pilotes empezaba al final de
la escalera que arrancaba casi al borde del río. Era una gran
plataforma de tablas. Sin puertas, sin paredes, abierta en medio de
la vegetación. La luz de una antorcha de petróleo despedía humo
gris. Detrás de éste, las manos de dos hombres con bolillos cortos
uno frente al otro parecían hablar. Tocaban la gran marimba que
colgaba de las vigas del techo.
José Torres el viejo músico, legendario ya, tremolaba en
momentos sobre la marimba como exorcizándola con sus manos. El
espinazo del instrumento corcoveaba. Al otro lado tocaba José
Antonio, el hijo que en 1983 había alcanzado a llevar a Paris la
marimba del litoral y a traerse para Colombia el premio del primer
intérprete en el Festival de La Vignete.
-Los africanos en Paris querían más y más marimba. Les gustó mi
toque, -había dicho una semana antes cuando compraba unas
provisiones en el pueblo antes de irse a covar y a mover piedras en
un trabajo de minería.
José Antonio acaba de llegar de la mina. Apenas se había quitado
las botas de caucho que permanecían junto a él. Aún tenía greda
amarilla en los brazos, en la camisa y en los calzones cortos.
Sonreía debajo de su sombrero de pajilla. Asimismo, los jóvenes que
percutían los tambores: Conrado, hijo de su hermano Jenaro con el
cununo, Francisco, otro hermano con la tambora y Segundo Velasco,
un vecino, con el tambor arrullador.
El ritmo, el sonido, el ámbito social casi que intimidaban.
La esposa del viejo maestro me señaló la escalerilla que
conducía a otro piso encima, y luego allí la cocina con un fogón
grande de leña donde Francisco, uno de sus nietos, fritaba
patacones de plátano y ahumaba canchimalas, los pececitos para la
merienda del trabajo en la mina el próximo día.
Al volver sobre mis pasos saliendo de la cocina, la luz de
muchas velas que alumbraban el altar de los santos sobre una
columna, descubrió cantidades inusitadas de troncos ahuecados de
anime y jiguarastrojo. Otros troncos ya en forma de cununos,
tamboras y cajas y más todavía. Cestos llenos de guasás, algunos
grabados con triángulos y dibujos parecidos a los de los calados de
los balcones y a la filigrana de oro. Del techo colgaban aros de
chípero y galve infernal para los tambores y hasta unos cununitos
como para niños. De las vigas descendían lo que se me antojaron
como enormes alas de mariposas inmaculadamente blancas. Eran
toldillos de lienzo sobre las camas dispuestas en ambientes
separados por los cuerpos de marimbas que también se agarraban a
las vigas con gruesas cuerdas.
La música abajo en el piso no cesaba. La brisa movía las mechas
de las velas de los santos y las sombras cambiaban de forma sobre
las alas de los toldillos. Un instante de luz sobre una marimba
iluminó un par de calabazos. Eran nada menos que tambores cubiertos
con piel de tatabra y de venado a lo que llaman tumbadoras. Nunca
los había visto antes. El vaho de la selva húmeda impregnaba cada
momento de la marimba
No había duda de que con el instrumento, como decían los
antiguos, se hacían fiestas en el cielo y que san Pedro pasaba
eternidades tocándolo.
Al bajar la escalerilla vi a Chucho Grueso sacar un pañuelo,
ponérselo en el hombro derecho y mirar a Liana Patricia que ese día
lucía una pollera solferina y sandalias de hilo. El grupo se
electrizó. Chucho Grueso saltó como si intentara sumergirse en un
vacío, agitó el pañuelo al aire e inició la danza en torno a Liana
Patricia. No sin razón, a lo largo y ancho de esos ríos se dice que
con diablo es que los hombres compiten porque baila como el mejor
al son de la marimba.
¡CURRULAO!, exclamó Argenis. Y José Antonio gritó:
¡Oye la marimba
como quiere hablar
como es que la toca
la sabe tocar!
Y la joven guapireña se lanzó al ruedo, escabulléndose, pero
acercándose provocativamente al parejo con un baile de los mismos
diablos. Obviamente, para Chucho, nacido en Santa Bárbara de
Timbiquí y lo mismo para Liana Patricia, la marimba había logrado
ebullir esencias amadas y profundas de su cultura. Que el currulao
les permitía saborear como ambrosía celestial.
De regreso a Guapi, otra vez en el celo de la canoa, no solo
vimos a Venus. En el firmamento aparecieron miles de estrellas.
Referencias
Friedemann 1986, Friedemann y Arocha 1986, Martán Góngora
1980.