INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
En un taller de música
 

 

El motorista deslizaba la canoa con sigilo. Había resultado celosa y se inclinaba audazmente a un lado y al otro, con el menor movimiento. En la oscuridad de la noche, el agua del Guapi se reflejaba como un espejo negro. Liana Patricia Martán, sobrina del poeta del mar, Helcías Martán Góngora, escudriñaba el firmamento buscando la luz de las estrellas.

-La otra noche -dijo- uno podía seguirle la estela a Venus que titilaba en sus andanzas. Hasta vi un lucero grande corriendo detrás de uno chico...

Hija del dueño de uno de los aserríos grandes de la región, la ágil joven de nariz aguileña, cabellos largos ensortijados y brillante piel morena, entraba y salía de las canoas y manejaba los motores de las lanchas con tanta facilidad como se subía y se desmontaba de su motocicleta. Cuando no lucía la última moda del penúltimo magazín de costura internacional, se ataviaba con los faldones de la tradición guapireña embutidos con encajes de crochet y se peinaba con el estilo corona de trencillas africanas. Graduada en una universidad bogotana, dirigía en ese momento la oficina de Bienestar Familiar y el programa gubernamental de Hogares Infantiles.

Esa mañana de domingo era calurosa y húmeda. Seguramente más que de costumbre porque la noche anterior no había cesado de llover. Debajo de los árboles de mango que sombreaban el parque frente a la iglesia de Guapi empezaba a reunirse una variedad de personas de todas las edades. Junto a Liana Patricia se distinguían tres hombres, cada uno con un tambor a su lado: la tambora, el conuno hembra y el otro un cuno o conuno macho. Cuando vieron aparecer el grupo de cinco mujeres que asomaron por una de las esquinas debajo de sus enormes sombreros de tetera, coloreados como mandarinas y guayabas, los tres hombres levantaron los tambores y se dirigieron hacia el árbol frente a la puerta principal de la iglesia. La mujer más vieja que resultó ser la cantadora principal, hizo una seña y las otras cuatro subieron sus guasás a la altura de sus caras haciéndolos sonar a tiempo que la percusión de los tambores rompía la expectativa de quienes rodeaban al grupo de músicos.

¡Criele, criele, criele son
Santa María, la madre de Dios!

Con este estribillo, interpretación del Kyrie eleison -Señor, ten piedad- invocación de origen griego, de uso en la misa católica, las cuatro cantadoras respondían al verso de la vieja que entonaba por encima de los tambores y guasás, los arrullos al niño Dios y a la Virgen:

Ayudame madre mía
a conocer el portal
pa conocé la gloria
y conocé tu altar

¡Criele, criele, criele son
Santa María, la madre de Dios!

En el cielo está María
y mi padre San José
del mismo Espíritu Santo
un solo Dios no má e.

 

Un aleteo de espíritus y ritmos.., una cultura nutrida por ríos cortos y poderosos... el mar bello y vengativo.., la desdicha histórica... la felicidad danzante... el encantamiento del Pacífico...: A. Vanín. Foto: N. S. de Friedemann 1988.

 

Criele criele son

Criele, criele son
Santa María, la madre de Dios!

Tan pronto como las campanas de la iglesia tañeron el último toque para llamar a misa, los músicos cruzaron la calle, entraron al recinto y se colocaron cerca al altar mayor. Terminado el ritual, el grupo anduvo por el poblado paseando bundes y arrullos y el habla de los tambores y guasás. Los seguía una procesión de gentes. Después regresarían a su barrio que ese día tenía a cargo la novena de la Virgen. Pero antes pasaron por el mercado de agua y de tierra, en las escalinatas y en las calles atiborradas de cestos, bateas, perfumes, efluvios y hedores. Aborígenes y negros procedentes de playas y ríos vendían y compraban cocos, plátanos, papayas, tomates, naranjas y pescados frescos y secos, ahumados y fritos. Era tiempo de fiesta. Era diciembre.

¡Hay que ir a oír la marimba de los Torres! ¡Claro!

Esa misma tarde Argenis Castellanos, promotora de la CVC y Liana Patricia consiguieron la canoa y el motorista y cuando las luces del crepúsculo apenas se insinuaban, despegamos del embarcadero. El itinerario era llegar primero donde los Martán en el sitio de El Partidero, no muy lejos de la casa de los Torres. Allí en las dependencias del aserrío se consultarían viejos álbumes de familia y fotografías del antiguo Guapi de casonas y calados.

La residencia de los dueños del aserrío construida con maderas de la región, exhalaba aromas de trópico y prosperidad sobre un diseño contemporáneo de balcones y amplios helechos colgantes.

Montañas de aserrín de varios colores. Lanchas rápidas en el muelle. Activos perros con nombre de bellas maderas: sande, sajo, cuángare, ¡quietos! La fronda de los pomarrosos brasileros, la abundancia de sus flores y la fragancia de rosas de los frutos maduros color de manzana caídos en el piso acabaron de deslumbrar las primeras sombras de la noche.

Al muelle tuvimos que acercarnos ayudados de linternas. La canoa empezó a balancearse violentamente en su celo. El motorista con el sigilo de un domador controlaba la fiera de madera. Argenis no pronunciaba palabra y tampoco Chucho Grueso, el estudiante de antropología de la Universidad del Cauca. Diana, la juez de Guapi oriunda de Timba temblaba de terror frente a Fernando -el biólogo de la camaronera- y frente a mí. Solo Liana Patricia parecía en su salsa, localizando estrellas arriba en el oscuro cielo.

-Nos pasamos, perdimos la casa de los Torres, dijo Argenis...

El motorista protestó. Que no, que aún no.

Unos minutos más transcurrieron y del lado derecho del río salieron las notas inconfundibles de las tablillas de chonta de la marimba.

-¡Aquí es, aquí es!

La música se hacía más vibrátil a medida que la canoa encontraba el lugar dónde meter la trompa.

La casa de los Torres parada sobre pilotes empezaba al final de la escalera que arrancaba casi al borde del río. Era una gran plataforma de tablas. Sin puertas, sin paredes, abierta en medio de la vegetación. La luz de una antorcha de petróleo despedía humo gris. Detrás de éste, las manos de dos hombres con bolillos cortos uno frente al otro parecían hablar. Tocaban la gran marimba que colgaba de las vigas del techo.

José Torres el viejo músico, legendario ya, tremolaba en momentos sobre la marimba como exorcizándola con sus manos. El espinazo del instrumento corcoveaba. Al otro lado tocaba José Antonio, el hijo que en 1983 había alcanzado a llevar a Paris la marimba del litoral y a traerse para Colombia el premio del primer intérprete en el Festival de La Vignete.

-Los africanos en Paris querían más y más marimba. Les gustó mi toque, -había dicho una semana antes cuando compraba unas provisiones en el pueblo antes de irse a covar y a mover piedras en un trabajo de minería.

José Antonio acaba de llegar de la mina. Apenas se había quitado las botas de caucho que permanecían junto a él. Aún tenía greda amarilla en los brazos, en la camisa y en los calzones cortos. Sonreía debajo de su sombrero de pajilla. Asimismo, los jóvenes que percutían los tambores: Conrado, hijo de su hermano Jenaro con el cununo, Francisco, otro hermano con la tambora y Segundo Velasco, un vecino, con el tambor arrullador.

El ritmo, el sonido, el ámbito social casi que intimidaban.

La esposa del viejo maestro me señaló la escalerilla que conducía a otro piso encima, y luego allí la cocina con un fogón grande de leña donde Francisco, uno de sus nietos, fritaba patacones de plátano y ahumaba canchimalas, los pececitos para la merienda del trabajo en la mina el próximo día.

Al volver sobre mis pasos saliendo de la cocina, la luz de muchas velas que alumbraban el altar de los santos sobre una columna, descubrió cantidades inusitadas de troncos ahuecados de anime y jiguarastrojo. Otros troncos ya en forma de cununos, tamboras y cajas y más todavía. Cestos llenos de guasás, algunos grabados con triángulos y dibujos parecidos a los de los calados de los balcones y a la filigrana de oro. Del techo colgaban aros de chípero y galve infernal para los tambores y hasta unos cununitos como para niños. De las vigas descendían lo que se me antojaron como enormes alas de mariposas inmaculadamente blancas. Eran toldillos de lienzo sobre las camas dispuestas en ambientes separados por los cuerpos de marimbas que también se agarraban a las vigas con gruesas cuerdas.

La música abajo en el piso no cesaba. La brisa movía las mechas de las velas de los santos y las sombras cambiaban de forma sobre las alas de los toldillos. Un instante de luz sobre una marimba iluminó un par de calabazos. Eran nada menos que tambores cubiertos con piel de tatabra y de venado a lo que llaman tumbadoras. Nunca los había visto antes. El vaho de la selva húmeda impregnaba cada momento de la marimba

No había duda de que con el instrumento, como decían los antiguos, se hacían fiestas en el cielo y que san Pedro pasaba eternidades tocándolo.

Al bajar la escalerilla vi a Chucho Grueso sacar un pañuelo, ponérselo en el hombro derecho y mirar a Liana Patricia que ese día lucía una pollera solferina y sandalias de hilo. El grupo se electrizó. Chucho Grueso saltó como si intentara sumergirse en un vacío, agitó el pañuelo al aire e inició la danza en torno a Liana Patricia. No sin razón, a lo largo y ancho de esos ríos se dice que con diablo es que los hombres compiten porque baila como el mejor al son de la marimba.

¡CURRULAO!, exclamó Argenis. Y José Antonio gritó:

¡Oye la marimba
como quiere hablar
como es que la toca
la sabe tocar!

Y la joven guapireña se lanzó al ruedo, escabulléndose, pero acercándose provocativamente al parejo con un baile de los mismos diablos. Obviamente, para Chucho, nacido en Santa Bárbara de Timbiquí y lo mismo para Liana Patricia, la marimba había logrado ebullir esencias amadas y profundas de su cultura. Que el currulao les permitía saborear como ambrosía celestial.

De regreso a Guapi, otra vez en el celo de la canoa, no solo vimos a Venus. En el firmamento aparecieron miles de estrellas.

 

Referencias

 

Friedemann 1986, Friedemann y Arocha 1986, Martán Góngora 1980.

 

 

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