Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
A la Biblioteca Municipal en el puerto de Buenaventura no le
cabía un alma. Era el 11 de junio de 1988 cuando el poeta e
investigador Alfredo Vanín, inauguró el Primer Encuentro Literatura
Oral del Pacífico, organizado por él mismo.
Decimeros, trovadores y narradores; copleros, contadores de
historias y músicos con bombos, guasás, flautas y cununos seguían
llegando. Venían de los ríos chocoanos, de los manglares del Cauca,
de los esteros de la costa. La intención era reunirse a la orilla
del mar de sol a sol y bajo la luna durante tres días y tres noches
a cantar y contar.
-Para que nuestros pueblos no pierdan la memoria- decía Vanín a
quienes en Cali y en Buenaventura habían indagado por el sentido de
su llamado.
Pero en el puerto no cesaba de llover. Había caído agua de día y
de noche y seguía diluviando.
-Hoy va a llover
en un día de lluvia
fue el saludo de Janeth Riascos, la gran artista guapireña del
canto, la danza y el teatro y quien también acudió al encuentro
bajo el aguacero. Al fin y al cabo así es el litoral. Allí, el agua
es parte del paisaje y del alma de su gente, tanto como de su
poesía y sus fábulas repletas de humedad, de barcos, canoas e
increíbles navíos. Como el del decimero Bartolomé Cortés que según
él venía bogando desde Limones en el río Guapi con un guía bastante
singular:
"¡me embarqué a navegar
en una concha é cangrejo
y sólo embarqué a un caimán
pa que me mostrata el estero
y arrimé a Buenaventura
en esa concha é cangrejo!"
O la nave de otro poeta popular, Catalino Moreno:
"Yo me embarqué
en una concha de almeja
pa rodear el mundo entero
navegando noche y día
en una concha de almeja"
|
|
|
Alfredo Vanín, el poeta de las culturas fluviales del
encantamiento. Buenaventura 1988. Foto: Greta Friedemann.
|
Otros decimeros y cuenteros entraban al edificio municipal:
Sebastián Montaño, Benildo Castillo, Carlina Andrade, Cristóbal
Grueso, María Juana Ángulo y desde luego Marga rita Hurtado, la
extraordinaria trovera y decimera nacida en Guapi hace 70 años.
Afuera la lluvia caía incesante. Adentro, en los anaqueles los
volúmenes húmedos sentían el acoso de la sabiduría proverbial de la
tradición oral que invadía el ambiente. La gente se apretujaba
contra las estanterías para escuchar las rondas de relatos,
adivinanzas, visiones del cosmos, fórmulas para trasladarse al
cielo y hacer descender los santos a la tierra. Pero al comienzo de
cada una de las tres noches del encuentro, el habla de los tambores
reemplazó la de los narradores. La vibración de bombos y cununos
estremecía cualquier polvo de las estanterías y lomos de libros.
Era un mar de conocimientos compartido y probablemente ignorado por
muchas de las páginas impresas que servían de testigos inusitados
del encuentro. Con razón, la letanía de Vanín apenas terminaba cada
ronda:
Sea mentira o sea verdad
se abra la tierra
se vuelva a cerrar
que el que lo está oyendo
lo vuelva a contar.
La mística de este analista social impulsaba el evento. No había
sido fácil la empresa de movilizar gente, conseguir ayuda monetaria
y preparar el escenario para el alud de literatura oral que invadió
al puerto durante setenta y dos horas continuas.
Según sus propias palabras, Alfredo Vanín había nacido en "un
pueblo donde la vida parece un cuento inventado para matar
insomnios eternos". Meses atrás, frente a una audiencia en la
Universidad del Cauca, confesó su fascinación de niño con las aguas
del Guapi que a causa de la presión de la marea en un momento del
día corren hacia el oriente y en otro hacia el occidente. Pasaba
horas en las orillas imaginando que durante las pujas un enorme
animal se subía por el río. Las quiebras comenzaban apenas volteaba
la cola. Con su fuerza descomunal, le cambiaba el rumbo al río.
Tenía memorias vivas de su asombro con los relatos de ancianas
adorables. Ellas miraban las estrellas durante horas y describían
animales y hombres encantados que salían de castillos y bosques
debajo del agua. "Sentadas en los pisos de guadua o de nato, con
las faldas recogidas, las viejas contaban historias de reyes sin
poder y sin gloria, de príncipes transformados en animales
insufribles y de pueblos y hechiceros poderosos que cambiaban el
espacio y el tiempo terrenal. Convertían la realidad en magia... El
ritmo de sus voces prolongaba el deslumbramiento que le producían
las misteriosas corrientes cambiantes y encontradas del Guapi".
- ¿Qué magia que todavía persigo, había detrás de esas palabras
rumorosas, húmedas de selvas y ríos, con jadeos de fieras,
tironeadas por cataclismos bestiales y surgiendo invictas de su
propio ahogamiento?, preguntaba Vanín en su prosa poética.
Y a fe que su ansiedad en el encuentro dejaba ver su férrea
aspiración de hallar maneras de entender el ser de su gente en esa
costa de torrentes y corrientes.
-Es que la imaginación de un pueblo trabaja con los mismos
materiales de su historia, pero su proceso y su sentido van por
lados diferentes-, explicaba Vanín luchando por penetrar y
dilucidar el inconmensurable fenómeno de la creatividad artística
en el litoral.
Desde luego que él aludía a los despiadados episodios de la
historia de los africanos en Colombia y a la perenne invisibilidad
a que sus descendientes han sido sometidos mientras la nación se ha
consolidado en regiones, grupos humanos derechos y qué más da. A un
mismo tiempo exponía que la articulación del universo de las gentes
en el litoral en tales condiciones, sólo había sido posible a
través de ¡una cultura del encanta miento!
Un encantamiento definido como una caja de resonancia mágica del
ambiente social y físico del litoral, una caja llena de secretos
rítmicos y poderes sobrenaturales, a los cuales sólo es posible
acercarse mediante personajes espíritus que son dueños de la
sabiduría, de la vida feliz o la desgracia...
De modo pues, que yo al fin empezaba a comprender la tesis de
Alfredo Vanín: que las realidades patéticas de la sociedad negra de
ancestro africano en el litoral se sublimaban en expresiones
literarias musicales o religiosas Que estas eran respuestas
poéticas a la marginalidad socio-económica constituyendo
estrategias de supervivencia, esgrimidas como armas en todas las
actividades de la vida.
Por ello el júbilo de los narradores cuando hablaban de sus
experiencias con los espíritus. Con la tunda, el riviel, la
candela, las sirenas o el buque Maravedí cargado de espíritus y
esqueletos endemoniados procedentes de otros mundos que están más
allá de las aguas que rodean la tierra. Espíritus a quienes se
exorciza con cánticos y conjuros para evitar la enfermedad, el
naufragio de la canoa o la muerte lejos de la familia.
De ahí el interés en hablar de otros personajes del mundo
celestial abstracto, infinito e ilimitado: de los antepasados
míticos y de las almas; de los dioses que arribaron con los
europeos esclavistas desde el siglo XVI, detrás de los cuales
seguramente se refugiaron las deidades que llegaron con los
africanos. Toda esa visión compleja de comunicación entre el mundo
celestial y el terrenal que en un momento dado se conjugó en el
escenario del encuentro cuando Benildo Castillo, contando en
décimas su propia experiencia, interpretó magistralmente la visión
del universo de mucha gente allí reunida:
Una vez en un letargo
soñando que estaba muerto
me subí a los elementos
y anduve un rato paseando
Yo conversé con la luna
que se hallaba en su aposento
hablé con todos los muertos
sin dificultad ninguna
Conversé con San Alberto
y la Virgen del Consuelo
llegué a la puerta del cielo
soñando que estaba muerto.
A petición de los asistentes Castillo tuvo que repetir muchas
veces más todas las décimas sobre su letargo. Vanin parecía
agobiado pese a su gesto impasible. Claramente sus expectativas
habían sido desbordadas. Si el poeta estaba abrumado, el resto de
asistentes no lo estaba menos. Aun individuos en calidad de
observadores, como el estudiante Pastor Murillo. Este, miembro de
la organización Cimarrón, debió sentir la urgencia de evocar sus
memorias de niño en Andagoya.
Durante la última noche del encuentro, comenzó a circular el
rumor de que a la vuelta de la esquina habría arrullo en honor a
San Antonio. Entonces, con otros de quienes escuchábamos la ronda
de adivinanzas, Pastor abandonó la biblioteca.
-En Andagoya, mi pueblo, también se arrulla a San Antonio,
empezó a decir...
-El último día de la novena recuerdo que mi mamá Jovita, que ha
sido panadera, amasaba panes en forma de muñecas que luego metía al
horno de barro. Cuando estaban bien doraditas las sacaba con una
pala de madera. Las muñecas, tan grandes como un niño de un año,
las hacía por encargo y el que las pagaba se convertía en padrino o
madrina tan pronto las colgaba del techo, encima del altar del
santo, junto a las velas. Bien temprano, por ahí a las seis de la
mañana cuando se levantaba el altar, cada padrino y madrina
agarraba su muñeca canturreando:
María Carcoma
el que te bautice
que te coma
Y ya en sus casas, se comían la muñeca que no duraba...ah, con
esas piernas tan doraditas, comentó Pastor.
En el arrullo a San Antonio en la casa cerca a la biblioteca no
había muñecas de pan. La sala donde estaba el santo reverberaba de
velas y de bombillitos eléctricos, de calor húmedo y de gozo.
Alrededor del altar, apretujados por la multitud, los hombres se
turnaban el toque de los cununos. El biche saltaba de mano en mano;
las cantadoras elevaban sus preces al santo para que descendiera
del cielo en la madrugada.
Al salir de la casa donde se arrullaba al santo, y mientras
caminaba por las calles desiertas de Buenaventura, acompañada de
Alfredo Vanín, Pastor Murillo y una tenue llovizna, el eco de las
décimas de Benildo Castillo seguía golpeándome las sienes:
Yo conversé con la luna
hablé con todos los muertos
llegué donde estaba el rayo
el relámpago y el trueno
Conversé con San Alberto
y la virgen del Consuelo
llegué a la puerta del cielo
pensando que estaba muerto
vi la estrella de Venus
y la rosa de los vientos.
Referencias
Castillo 1988; Friedemann 1988a, 1988d; Vanín 1986a, 1986b,
1986c.