Un inmenso mar de luces
En Santa María como en Coteje, otro poblado minero en la región
del río Timbiqui, la procesión del sepulcro el viernes santo
empieza a la media noche. Sólo que en Santa María a todas horas
desde el jueves y hasta el sábado se oye el toque triste de una
marimba enorme de 23 chontas colgada de las vigas en un costado de
la iglesia.
Esta costumbre debe ser antigua. Los ancianos mineros cuentan
que a principios del siglo a los franceses de la compañía que
sacaban oro en tinajas metálicas selladas, les fascinaba la
marimba. Los días santos se sentaban en la iglesia a oír sus notas
finas y alucinantes.
Desde luego que el tristemente famoso padre Mera que por ese
mismo tiempo andaba por el río Patía blandiendo su rejo y poniendo
la penitencia de ahogar marimbas, cununos y guasás a quienes
confesaran el pecado de su música, no alcanzó a llegar hasta Santa
María. Y tal vez por ese motivo huellas sagradas del instrumento en
los reinos legendarios del Africa del siglo XIV alcanzan a
percibirse en su semana santa.
En Coteje en 1968, la procesión del sepulcro empezó a las dos de
la madrugada. Decenas de velas y de cirios que iluminaban el pie de
las escalinatas empezaron a subir hacia la iglesia. debajo de una
llovizna fría. Los cánticos tenues de las mujeres rompían la
oscuridad. La luna debía estar en otro lugar. Los doce apóstoles
enfundados en sus túnicas blancas y abrigadas sus cabezas con
toquillas de lienzo, entraron corriendo a la iglesia. Y procedieron
a cargar el féretro para bajarlo al pueblo.
Más mujeres con sus cabezas y cuellos envueltos en toallas
siguieron bajando las escaleras de sus casas y uniéndose al coro.
Todas llevaban cirios y velas prendidos para alumbrar el viaje del
difunto. Dejarlo sin luz es ponerlo en las manos del demonio. Del
mismo modo que no quitarle anillos o cadenas o cualquier diente de
oro es someterlo a sufrimiento porque el oro es de Satanás y
arde.
El coro alababa a Cristo como a cualquier otro muerto enumerando
sus virtudes y los recuerdos que les había dejado:
Que encarnó en María
Virgen y naciente
se quiso hermanar
para mi remedio
Conversó en el mundo
con malos y buenos
para mis remedios
con inmenso precio.
En una casa una niñita trataba de mirar la procesión.
Acurrucada metía la nariz y parte de los cachetes por entre el
dibujo del calado del balcón. En otra, un par de adolescentes la
observaban desde los peldaños de las escaleras. Quienes caminaban
detrás del féretro y aquellos que apenas tuvieron tiempo para
envolverse en una colcha de hilo y salir al balcón sabían que a
lado y lado y atrás del coro de cantadoras iban las ánimas.
Descendían todas las semanas santas del purgatorio, un lugar en el
infinito cielo en donde permanecen después de abandonar la tierra.
Porque son muy pocas las almas que alcanzan a entrar a la gloria,
otro sitio del cielo, donde están Dios, los santos y las almas de
los angelitos o niños muertos, que pueden regresar varias veces a
la tierra a animar el cuerpo de un nuevo niño.
En fin. En Santa María a las ánimas se les conoce como ánimas
tristes y se les distingue por las lucecitas que despiden y que
vuelan como luciérnagas.
A propósito de las ánimas, Leonardo Venté comentó que el año
anterior él había visto dieciséis. Todas enfunda das en sábanas
blancas, con gorros altos y puntiagudos y enarbolando un látigo de
cuero de novillo. Veloces entraban y salían de aquellas casas donde
vivían sus parientes o los amigos de quienes no habían recibido
muchas plegarias durante el año. El se refería a la liturgia
juguetona que al amanecer del sábado santo escenifica de modo
realista una alegoría al culto de los muertos. Que es una memoria
antigua llegada desde el continente africano donde también sigue
vigente. Ahí en el litoral Pacífico es a las almas de los parientes
que se han conocido en vida, a quienes se les reza.
-Uno le reza al ánima del pariente muerto para que le proteja de
otras ánimas que hacen cosas... yo le rezo a mi abuelo, exclamó
Edison Carabalí. El joven con sonrisa de ángel y cuerpo hercúleo no
tenía más de veintidós años. Mientras clavaba la palanca en el
lecho del río para evitar que la corriente lanzara a la canoa
contra una enorme piedra repetía una y otra vez:
Anima del purgatorio
la más querida de Dios
Ruégale a Dios por mí
que yo rogaré por vos.
¿Que si yo le tengo miedo a las ánimas?
No... protestó Edison... es que uno también reza cuando ve algo
que brilla y se mueve rápidamente en el aire, así como los cocuyos
de las animas en la procesión del sepulcro
¿Yo?... yo le tengo miedo es al diablo.., porque busca
almas.
-Y, ¿dónde puede uno ver al diablo?
Edison sonrió incrédulo ante la pregunta.
Y, ¿usté es que quiere verlo? Don Leopoldo García, dueño de la
mina La Rotura, por aquí cerquita, lo veía. Tenía un pacto con él.
El diablo le daba oro y don Leopoldo le conseguía almas. Don
Leopoldo se sentaba encima de costales llenos de oro.
- ¿Cómo era eso?
-Pues don Leopoldo era bueno con la gente que trabajaba en la
mina, pa conquistarla. Por eso se morían tantos en el socavón. Pero
un día no alcanzó a entregarle tantas almas. Entonces otro día que
venía bajando así como ahora, el motor se le atrancó y la canoa se
partió contra la peña. Tenía las botas de caucho puestas. Se le
llenaron de agua y como era gordo se fue abajo. Allá el diablo lo
mantuvo tres días. Pa sacarlo tuvieron que poner en el agua una luz
en totumo, como se hace cuando la gente se muere de hondon, cuando
se ahoga. La velita empezó a dar vueltas y ahí lo
encontraron...
- ¿Con una lucecita?
-Quién sabe...
Edison ya no resistía más preguntas.
Sin embargo, treinta años atrás, el antropólogo chocoano Rogerio
Velásquez posiblemente interrogando a viejos y jóvenes como Edison
Carabalí o como Venté, había logrado recoger tradiciones orales que
servirían para interpretar visiones del mundo en el litoral
Pacífico.
Y además había registrado términos como la rotura que con su
significado de sepultura permitirían entender la riqueza simbólica
en una historia como la del oro de don Leopoldo.
Velásquez, haciendo gala de una perspicacia analítica
transcribió tales materiales señalando a sus verdaderos autores
como los hombres que se quedaron varados entre el cielo y la tierra
del occidente de Colombia. No obstante, en los textos que él
publicó la gente del litoral aparece en constante transhumar entre
esas dos esferas. En Neguá, por ejemplo, le contaron que:
Un día Dios le permitió a un hombre subir al cielo y contemplar
las vidas de los hombres. ¿Qué inmenso mar de luces! Unas son
chiquitas y pálidas, casi arrastradas por el suelo. Otras son
gruesas, fuertes como la de los ambiles de palma. Muchas son
serenas, aunque el viento las azote con fuerza. Hay otras que
chisporrotean como las velas de sebo...
Y para ampliar la definición de la vida, allí mismo le aclararon
que
Las vidas de los hombres son lámparas que arden en el cielo
sobre una mesa grande. Cuidando tanta luminaria está el ángel de la
muerte, quien a una señal de Dios apaga el mechón.
En verdad lo que puede verse en las procesiones de la semana de
pasión católica, o en los arrullos a las vírgenes y a los santos, o
al fin y al cabo en la religión de la gente del litoral es un
diálogo poético entre espíritus y seres humanos, entre el cielo y
la tierra. Porque San Antonio y Santa Bárbara, como las ánimas
también descienden. Lo siguen haciendo en Coteje y en Santa María.
Y en éste último poblado el jueves, el viernes y el sábado santos
al son de la marimba, el instrumento que según dicen se toca en el
cielo, donde San Pedro sigue siendo el mejor marimbero.
Referencias
Friedemann 1988c, Friedemann y Arocha 1986, Garrido 1980,
Velásquez 1959, 1961.