INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
Un inmenso mar de luces
 

 

En Santa María como en Coteje, otro poblado minero en la región del río Timbiqui, la procesión del sepulcro el viernes santo empieza a la media noche. Sólo que en Santa María a todas horas desde el jueves y hasta el sábado se oye el toque triste de una marimba enorme de 23 chontas colgada de las vigas en un costado de la iglesia.

Esta costumbre debe ser antigua. Los ancianos mineros cuentan que a principios del siglo a los franceses de la compañía que sacaban oro en tinajas metálicas selladas, les fascinaba la marimba. Los días santos se sentaban en la iglesia a oír sus notas finas y alucinantes.

Desde luego que el tristemente famoso padre Mera que por ese mismo tiempo andaba por el río Patía blandiendo su rejo y poniendo la penitencia de ahogar marimbas, cununos y guasás a quienes confesaran el pecado de su música, no alcanzó a llegar hasta Santa María. Y tal vez por ese motivo huellas sagradas del instrumento en los reinos legendarios del Africa del siglo XIV alcanzan a percibirse en su semana santa.

En Coteje en 1968, la procesión del sepulcro empezó a las dos de la madrugada. Decenas de velas y de cirios que iluminaban el pie de las escalinatas empezaron a subir hacia la iglesia. debajo de una llovizna fría. Los cánticos tenues de las mujeres rompían la oscuridad. La luna debía estar en otro lugar. Los doce apóstoles enfundados en sus túnicas blancas y abrigadas sus cabezas con toquillas de lienzo, entraron corriendo a la iglesia. Y procedieron a cargar el féretro para bajarlo al pueblo.

Más mujeres con sus cabezas y cuellos envueltos en toallas siguieron bajando las escaleras de sus casas y uniéndose al coro. Todas llevaban cirios y velas prendidos para alumbrar el viaje del difunto. Dejarlo sin luz es ponerlo en las manos del demonio. Del mismo modo que no quitarle anillos o cadenas o cualquier diente de oro es someterlo a sufrimiento porque el oro es de Satanás y arde.

El coro alababa a Cristo como a cualquier otro muerto enumerando sus virtudes y los recuerdos que les había dejado:

Que encarnó en María
Virgen y naciente
se quiso hermanar
para mi remedio
Conversó en el mundo
con malos y buenos
para mis remedios
con inmenso precio.

En una casa una niñita trataba de mirar la procesión.

Acurrucada metía la nariz y parte de los cachetes por entre el dibujo del calado del balcón. En otra, un par de adolescentes la observaban desde los peldaños de las escaleras. Quienes caminaban detrás del féretro y aquellos que apenas tuvieron tiempo para envolverse en una colcha de hilo y salir al balcón sabían que a lado y lado y atrás del coro de cantadoras iban las ánimas. Descendían todas las semanas santas del purgatorio, un lugar en el infinito cielo en donde permanecen después de abandonar la tierra. Porque son muy pocas las almas que alcanzan a entrar a la gloria, otro sitio del cielo, donde están Dios, los santos y las almas de los angelitos o niños muertos, que pueden regresar varias veces a la tierra a animar el cuerpo de un nuevo niño.

En fin. En Santa María a las ánimas se les conoce como ánimas tristes y se les distingue por las lucecitas que despiden y que vuelan como luciérnagas.

A propósito de las ánimas, Leonardo Venté comentó que el año anterior él había visto dieciséis. Todas enfunda das en sábanas blancas, con gorros altos y puntiagudos y enarbolando un látigo de cuero de novillo. Veloces entraban y salían de aquellas casas donde vivían sus parientes o los amigos de quienes no habían recibido muchas plegarias durante el año. El se refería a la liturgia juguetona que al amanecer del sábado santo escenifica de modo realista una alegoría al culto de los muertos. Que es una memoria antigua llegada desde el continente africano donde también sigue vigente. Ahí en el litoral Pacífico es a las almas de los parientes que se han conocido en vida, a quienes se les reza.

-Uno le reza al ánima del pariente muerto para que le proteja de otras ánimas que hacen cosas... yo le rezo a mi abuelo, exclamó Edison Carabalí. El joven con sonrisa de ángel y cuerpo hercúleo no tenía más de veintidós años. Mientras clavaba la palanca en el lecho del río para evitar que la corriente lanzara a la canoa contra una enorme piedra repetía una y otra vez:

Anima del purgatorio
la más querida de Dios
Ruégale a Dios por mí
que yo rogaré por vos.

¿Que si yo le tengo miedo a las ánimas?

No... protestó Edison... es que uno también reza cuando ve algo que brilla y se mueve rápidamente en el aire, así como los cocuyos de las animas en la procesión del sepulcro

¿Yo?... yo le tengo miedo es al diablo.., porque busca almas.

-Y, ¿dónde puede uno ver al diablo?

Edison sonrió incrédulo ante la pregunta.

Y, ¿usté es que quiere verlo? Don Leopoldo García, dueño de la mina La Rotura, por aquí cerquita, lo veía. Tenía un pacto con él. El diablo le daba oro y don Leopoldo le conseguía almas. Don Leopoldo se sentaba encima de costales llenos de oro.

- ¿Cómo era eso?

-Pues don Leopoldo era bueno con la gente que trabajaba en la mina, pa conquistarla. Por eso se morían tantos en el socavón. Pero un día no alcanzó a entregarle tantas almas. Entonces otro día que venía bajando así como ahora, el motor se le atrancó y la canoa se partió contra la peña. Tenía las botas de caucho puestas. Se le llenaron de agua y como era gordo se fue abajo. Allá el diablo lo mantuvo tres días. Pa sacarlo tuvieron que poner en el agua una luz en totumo, como se hace cuando la gente se muere de hondon, cuando se ahoga. La velita empezó a dar vueltas y ahí lo encontraron...

- ¿Con una lucecita?

-Quién sabe...

Edison ya no resistía más preguntas.

Sin embargo, treinta años atrás, el antropólogo chocoano Rogerio Velásquez posiblemente interrogando a viejos y jóvenes como Edison Carabalí o como Venté, había logrado recoger tradiciones orales que servirían para interpretar visiones del mundo en el litoral Pacífico.

Y además había registrado términos como la rotura que con su significado de sepultura permitirían entender la riqueza simbólica en una historia como la del oro de don Leopoldo.

Velásquez, haciendo gala de una perspicacia analítica transcribió tales materiales señalando a sus verdaderos autores como los hombres que se quedaron varados entre el cielo y la tierra del occidente de Colombia. No obstante, en los textos que él publicó la gente del litoral aparece en constante transhumar entre esas dos esferas. En Neguá, por ejemplo, le contaron que:

Un día Dios le permitió a un hombre subir al cielo y contemplar las vidas de los hombres. ¿Qué inmenso mar de luces! Unas son chiquitas y pálidas, casi arrastradas por el suelo. Otras son gruesas, fuertes como la de los ambiles de palma. Muchas son serenas, aunque el viento las azote con fuerza. Hay otras que chisporrotean como las velas de sebo...

Y para ampliar la definición de la vida, allí mismo le aclararon que

Las vidas de los hombres son lámparas que arden en el cielo sobre una mesa grande. Cuidando tanta luminaria está el ángel de la muerte, quien a una señal de Dios apaga el mechón.

En verdad lo que puede verse en las procesiones de la semana de pasión católica, o en los arrullos a las vírgenes y a los santos, o al fin y al cabo en la religión de la gente del litoral es un diálogo poético entre espíritus y seres humanos, entre el cielo y la tierra. Porque San Antonio y Santa Bárbara, como las ánimas también descienden. Lo siguen haciendo en Coteje y en Santa María. Y en éste último poblado el jueves, el viernes y el sábado santos al son de la marimba, el instrumento que según dicen se toca en el cielo, donde San Pedro sigue siendo el mejor marimbero.

 

Referencias

 

Friedemann 1988c, Friedemann y Arocha 1986, Garrido 1980, Velásquez 1959, 1961.

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